Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Los páramos

Al día siguiente, extenuados y maltrechos tras escapar por los pelos de la torre de agua y, para colmo, cavar la tumba de Destry, Jack y Mary duermen hasta mucho después del amanecer.

Mary se levanta primero, aviva el fuego y pone agua a hervir para el té, todo ello con cuidado por las ampollas de las manos.

Golden Boy se ha acercado a los raíles del tranvía por donde antes circulaba el Winola .

Mordisquea los escasos matojos que encuentra.

Se le marcan mucho las costillas. Richard, sentado debajo de él, echa dentelladas a los bichos.

Jack llama a los animales con un silbido. Ellos vuelven. Esparce avena para Boy y da a Richard el último huevo. Mary lleva el té a Jack en una taza de hojalata.

—¿Cuánto hace que nos fuimos de Dezi? —pregunta ella—. ¿Tú y yo y Pay? Parece que ha pasado al menos un año.

Él mueve la cabeza en un gesto de negación.

—Mary, la verdad es que no lo sé. Igual que no sé cómo volvió Golden Boy a Pernil desde Riven. Si supiera hablar, desde luego tendría mucho que contar.

—Quiero saber qué le pasó a Pay —dice Mary. Sin embargo, cuando Jack abre la boca, ella levanta la mano—. Pero todavía no. Pay era…

—Era tu hombre. Sin duda.

Ella le dirige una sonrisa sarcástica.

—El único que conseguí, querrás decir.

—Mary, yo…

—Puedes decirlo. Posiblemente sea verdad. Pero ¿sabes qué? Tenía su lado tierno. No era un lado muy visible, pero lo tenía.

Se pone en pie, rebusca en la parte de atrás de la señora Talbot y regresa con una hogaza de pan.

—Mary…

—No más. Quizá después.

Se enjuga con el brazo el sudor de la cara, o tal vez las lágrimas. Arranca trozos de pan y los ensarta en un pincho. De pronto, asalta a Jack un momentáneo (y doloroso) recuerdo de Dale asando brochetas en la barbacoa de su jardín mientras Sarah y él bebían gin-tonic en el patio.

—¿Vas a tostarlo? —pregunta Jack, y espera una réplica acre, algo como ¿Qué coño te creías que iba a hacer con esto? ¿Metérmelo por el culo?

—Sí. Así quedará mejor. Tienes cuatro hogazas y empiezan a estar duras. No sé quién cargó esas provisiones, pero puso suficientes para un ejército.

Jack sonríe.

—Fue la familia Ginley. Les gustaba comer. —Le ha contado a Mary alguna que otra cosa, pero no todo. Lilith Ginley es una de las partes que ha omitido.

Comen pan tostado con mermelada. Richard, sentado entre ellos, sostiene también un trozo con sus hábiles patas. Al este, aparece en el horizonte una mancha oscura por debajo del azul cada vez más intenso del cielo matutino. Mary señala hacia allí.

—¿Es eso lo que yo creo?

—No lo sé. —Pero sí lo sabe y sospecha que Mary también.

Dezi está ardiendo.

2

Avanzan despacio, y no solo porque Golden Boy los sigue al paso detrás de la señora T.

La vieja carretera de Gilead es una sucesión de socavones y hay tramos donde, como en el Gran Camino, la calzada se encuentra en tan mal estado que ni siquiera el Binny Ding puede pasar, pese a ser un vehículo concebido para terreno accidentado.

A eso se añade el hecho de que Boy podría romperse una pata en un hoyo parcialmente oculto.

Eso los obliga a cruzar zonas rocosas y a circundar afloramientos que el viento ha esculpido.

Se abren camino a través del inhóspito paisaje que solo han visto antes desde las ventanas del Winola , cuando disfrutaban del lujo del aire acondicionado.

A veces, Richard viaja en el regazo de Mary; a veces salta del Binny en lento movimiento para levantar la pata y caminar al lado de Boy.

—¿Esto es lo que llaman «los páramos»? —pregunta Mary.

—Sí.

—A este paso vamos a tardar mucho más de tres días.

Jack advierte con satisfacción el comedimiento de su tono.

También con cierto alivio. Ahora que Mary ya no está borracha ni en un estado de profundo pánico, su actitud ha cambiado…

O, mejor dicho, ha vuelto a cambiar. Esta es la mujer que conoció en Dezi, la que deambulaba con Pay por la ciudad y se camelaba a Jack (o a veces a George Elgin) para que le comprara un E.

T. o nueces de chicka-chicka garrapiñadas en Caiden’s Candies.

Es como si fuese dos mujeres distintas: Mary la Modosa y Mary la Maniaca.

Eso lo lleva a pensar en cierto libro o película antigua, pero no logra precisar cuál.

—Podríamos tardar una semana en llegar a Dezi —reconoce Jack—. O incluso dos. El humo se veía muy muy lejos.

—Eres capaz de pensar en semanas porque a veces vas al lado de Estados Unidos. Aquí es solo un tiempo. O una doza. Aquí no hay semanas, sino solo estaciones: la Tierra Ancha, la Siembra, la Tierra Llena, la Siega.

—Y a veces incluso esas se desdibujan.

—Sí. El tiempo es todavía escurridizo. Si hubiera más Haces, quizá el tiempo se…, quizá se… —Su voz se apaga gradualmente y se queda inmóvil con las manos cruzadas sobre el regazo. De pronto da una sacudida, como si se hubiera sobresaltado—. Han muerto.

—¿Quiénes? ¿Quiénes han muerto?

Mary ha desviado la mirada hacia el horizonte de levante. El humo ha desaparecido, pero una especie de bruma le empaña los ojos. Jack sospecha que tal vez se haya sumido en algo parecido a un estado de trance.

—Los que empezaron todo esto. —Se yergue—. ¡No! El que empezó todo esto se fue a la tumba hace mucho tiempo. Lo achicharraron en la Vieja Chispas.

Jack recuerda su desayuno con Jimmy Clanton.

—Un tal Starkweather. Dices verdad.

Mary vuelve las palmas de las manos hacia arriba y muestra los ojos tatuados de mirada fija. ¿Y acaso uno de ellos parpadea? ¡No, imposible!

—¿Siguen los pelirrojos, los contagiados, al que empezó esto? ¿A ese Starkweather? ¿Como las ovejas a un pastor?

Los contagiados. Esa es una buena manera de expresarlo. Tal vez la única.

—Creo que sí. Ese muchacho, Roy Kinneston, idolatraba a Starkweather o…, no sé… —Baja la voz y se interrumpe.

Mary deja escapar un resoplido.

—Ya lo diré yo si tú te resistes. Ese Starkweather, ese ka-mai, lo poseyó.

—La novia de Starkweather sostuvo que este la había secuestrado y temía por su vida. El estado de Nebraska dictaminó que era su cómplice y la mandó a la cárcel.

—Tara Lynne Speckhoffer no fue secuestrada.

—¿De verdad Kinneston y ella han muerto, Mary?

—Sí. En el lado de Estados Unidos.

—¿Cómo demonios volvieron ?

Mary da una sacudida galvánica y mira alrededor como si no supiera muy bien dónde está.

—¿Me he dormido?

No tiene sentido insistir. El estado en el que se hallaba, fuera lo que fuese, ha pasado.

—Te has dormido, dices verdad.

3

Acampan entre la carretera y los raíles del tranvía. En plena noche, Mary lo zarandea para despertarlo. Él se incorpora y se frota los ojos.

—¿Qué pasa?

—¡Tenemos que apartarnos de la carretera, Jack! ¡Ya!

—¿Por qué?

—¡No hay tiempo! ¡Vamos!

Jack no le pide explicaciones. Tal vez solo ha tenido una pesadilla y la ha confundido con una premonición, pero prefiere no correr riesgos.

Echa arena y polvo con los pies sobre los restos de la fogata y la ayuda a cargar su artilla en la parte trasera de la señora T. Richard, con las orejas en punta y los ojos luminosos, ocupa ya el asiento del acompañante.

—¡Deprisa, Jack! ¡Deprisa! ¡Ya vienen!

Sin contemplaciones, Mary empuja a Richard al hueco de los pies y se abalanza sobre el asiento del acompañante de la señora T.

—¡Arranca! ¡Ahora mismo, si quieres que sigamos vivos!

Jack monta y pone en marcha el vehículo. Mary contrae el rostro en una mueca al oír el rugido del motor diésel.

—¿No es posible que vaya en silencio? ¿Como antes?

—No hay sol, no hay energía solar —responde él, y se echa a reír al acordarse de un viejo sketch de Saturday Night Live: ¡No hay Coca-Cola! ¡Solo Pepsi!

—¡No te rías, majara! ¡Esto va en serio! ¡Sácanos de aquí! ¡Lejos de la carretera! —Señala un enorme afloramiento de roca en forma de seta—. ¡Ahí detrás! ¡Deprisa! ¡Deprisa! Y… señora T, ¡apague las putas luces!

Avanzan con un traqueteo por un pedregal, seguidos al trote por Golden Boy. Jack confía en que el caballo no meta la pata en un hoyo y se rompa un menudillo, o como coño se llame. Ahora, ve acercarse luces procedentes de Dezi. Muchas. Es un convoy.

Guiándose por el claro de una luna en cuarto creciente y la luz de las estrellas, Jack logra rodear el afloramiento sin que el Binny embarranque ni vuelque. Espera que no se hayan dejado nada olvidado. De lo contrario, ya es demasiado tarde.

—¡Apágalo, quita ese ruido! —Si es posible gritar en susurros, eso es lo que Mary hace.

Esta habla como la mujer que me dio de golpes cuando bajamos de la torre de agua. Mary 2.0.

Apaga la señora T. Mary baja y circunda el afloramiento.

Jack amarra a Golden Boy al enganche de la señora Talbot y sigue a Mary.

Las luces que se acercan iluminan la carretera y los raíles del tranvía hasta crear una ilusión de pseudoclaridad del día.

Después empieza a pasar un escalofriante desfile de camiones, Binnys y diversos vehículos blindados.

Jack queda atónito ante semejante visión.

En Dezi hay solo unos cuantos carros motorizados —buckas sin caballos, los llaman—, y no vio ni uno solo mientras Richard y él recorrían las Tierras Arrasadas, aparte del pequeño tren que funcionaba con baterías.

Esto es como ver un desfile del Pueblo Antiguo —la gente que construyó los fuertes, que construyó la ciudad presuntamente hechizada de Lud— salido de sus tumbas.

La procesión de vehículos se prolonga solo durante unos diez minutos, pero a Jack se le antoja mucho más tiempo.

Los últimos, que intentan no rezagarse como niños pequeños detrás de chicos grandes, son triciclos y UTV.

Finalmente, el desfile termina y las luces se alejan a un paso uniforme hacia el oeste por la vieja carretera de Gilead.

—¿Eran ellos? —pregunta Jack a Mary—. ¿Los pelirrojos?

Estrecha a Richard contra su escaso pecho para reconfortarse.

—Claro que sí.

—¿Adónde van?

—No lo sé. Y, si nosotros no vamos en la misma dirección, ¿qué importancia tiene?

Jack piensa que tal vez sí tenga importancia. Tal vez tenga mucha importancia.

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