Capítulo 21 #6
—Empalaremos las cabezas en estacas a lo largo de la vieja carretera de Gilead a modo de advertencia para otros jóvenes que puedan tener la tentación de sumarse a esa locura…, aunque nuestros jóvenes nunca cometerían semejante insensatez.
—¿Van armados los muchachos de esa cruzada infantil, sai? —pregunta Ry.
Cree que tendrá que explicar el término, pero Youngblood lo entiende y contesta con una pedorreta más que aceptable. Vuelan gotas de saliva.
—Quizá tengan un arma de fuego o dos, pero supongo que, por lo demás, casi todo serán bas y machetes.
Según un histérico que mandó un mensaje desde Paso de Stark por heliógrafo, había transportes de motor, pero eso me lo creo tan poco como que en la Siega el Gran Throcken trae regalos a los niños.
Puede que tengan unos cuantos caballos o burros, pero esos chavales se aprovecharon del factor sorpresa y la ventaja numérica para arrollar a los pueblos desprevenidos.
¡ Nosotros no estamos desprevenidos! ¡Estamos bien despiertos! ¡Listos!
Youngblood agarra un fusil automático del bucka entoldado.
Ry diría que es un M4. Youngblood se lo apoya en el hombro y apunta, pero, cuando todos excepto Hestin se apresuran a retroceder, reconsidera las posibilidades y lanza el fusil a Larry Magruder, a quien ordena que lo dispare, aunque no en dirección a la puerta que Hestin utiliza para acceder al lado de Estados Unidos.
El Peonza, vacilante, observa el arma y luego mira a Ry en busca de ayuda. Ry alza las manos: esta vez el gesto no indica dela , sino no te queda otra.
Magruder levanta el fusil automático y lo encara hacia el portón del jardín, que está abierto. Luego lo baja y se vuelve hacia Youngblood implorándole con la mirada: Por favor, sai, no quiero.
Youngblood desenfunda la pistola.
—¡Tira, tira! ¡O el tiro te lo pego yo a ti !
El Peonza levanta de nuevo el fusil y se encaja la culata en el hueco del hombro.
Todos se echan atrás. Alice Stines se tapa la cara.
Una idea inesperada acude a la mente de Ryall Connors, una insólita idea de insurgencia: No dispares al portón, Magruder.
Date media vuelta y pégale un tiro a Youngblood.
Pon fin a este asunto pazzo antes de que empiece.
El Peonza cierra los ojos con fuerza y aprieta el gatillo.
Dos sonoros disparos — ¡PUM! ¡PUM! — espantan a los tafis, que emprenden el vuelo desde los umbríos rincones del jardín.
El portón, con dos orificios de bala, se cierra.
El Peonza abre los ojos, asombrado sin duda por seguir vivo.
Se dispone a girar en círculo, pero el alcalde de Dezi lo interrumpe y agarra el fusil.
—Mío —dice, y besa el cañón.
Ry no presenciaba nada igual desde que vio una película de Sam Peckinpah en el Lyric de Times Square. Desde el gallinero, Tieri Sin Calcetines y él se rieron de semejante estupidez. Ahora no se ríe.
—Ryall, tienes tus órdenes. —Youngblood se cuelga el fusil automático del hombro por la correa enmohecida. Pese a la panza, casi parece un soldado—. Ve a probar esas armas, pero no desperdicies en eso a ningún hombre apto.
—Eso jamás —responde Ry. Nota que en su propia cabeza se filtra cierto ardor guerrero.
No le gusta y a la vez le gusta mucho. Percibe algo similar en los ojos de Alice Stines.
Quiere lanzar su plato y cortar cuellos en lugar de flores.
Ry sospecha que acaso las otras Señoras del Plato experimenten una sensación parecida.
Tendría que largarme de esta puta ciudad , piensa, pero esa voz —la voz de la razón, supone— es débil y quebradiza. Pronto se apagará. Además, ¿adónde va a ir?
—Trae aquí a los hombres aptos. Nos desplegaremos y nos pondremos a cubierto entre la carretera y los raíles del tranvía.
—Ea.
—Y llévate esto. —De la parte trasera del carro motorizado saca una cartuchera y una pistola enorme recubierta de óxido.
Ryall se la ciñe, pero espera con toda su alma no tener que depender de ella.
Ha oído hablar de otras armas del Pueblo Antiguo, extraordinarias pistolas de rayos y blásteres como los de una película de ciencia ficción, pero en el bucka no hay nada de eso, por lo que deduce que no lo había en el fuerte del que Hestin sacó esa variopinta colección.
Con toda seguridad, si hubiera almacenadas allí armas más potentes y fiables, el calvo se las habría llevado.
Además, el fusil de tipo M4 ha funcionado, así que quizá los otros funcionen también. Al menos algunos.
¿Y a qué viene tanta preocupación? Son críos, por el amor de Dios, un hatajo de críos armados con bas y cuchillos y hon das. Quizá unas cuantas pistolas rapiñadas de Mejis…, si es que han llegado tan lejos, cosa improbable.
Vuelve a centrarse en el encargo del alcalde.
El Gobe. El capo dei capi. En su imaginación ve a esos críos, movidos todos por su espíritu gregario a teñirse de rojo en lugar de ponerse pelucas a lo Beatle, en su lento avance por la carretera al este de Pernil y al sur de Mejis, para converger en Dezi.
Blancos fáciles que abatirán en un emboscada.
¿Qué puede salir mal?