Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 21 #5
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Capítulo 21 #5

—Magruder, ve a traerlo —ordena Youngblood—, y cuidado con los dedos, ¿eh?

El Peonza se dirige hacia allí en el acto. Nemo y Nymo lo siguen. Ry se vuelve hacia la mujer.

—¿Le importaría explicarlo?

Ella mueve la cabeza en un gesto de negación, señala a Youngblood y hace una reverencia. Busca a Magruder, que ha desaparecido entre las flores y el follaje.

—La hermana de sai Stines es de Calla Bryn Sturgis —dice el Gobe—. En los Callas, ka-tets de mujeres lanzan estos platos en recuerdo de lady Oriza, cuyo sigul lucen. Según cuenta la leyenda, el ka-tet de Oriza se alzó junto con Roland de Gilead contra los asaltantes del lejano Tronido.

Alice Stines asiente, cierra el puño y se toca la frente tres veces.

—Cuando Alice se casó con Haffe y vino aquí de los Callas, trajo algunos platos de Oriza como parte de su ajuar y enseñó a unas cuantas señoras de Dezi a lanzarlos, ya que solo pueden lanzarlos mujeres, ¿entiendes?

Con el tiempo, sai Haffe encargó más platos, que antes se fabricaban en Calla Sen Chre.

Ahora están bien aprovisionadas, y los platos, a diferencia de esas armas, nunca se oxidan.

Están hechos de un metal que se llama tin… tai…

—Titanio —apunta Hestin, que sigue observando los hibiscos cercenados.

Larry Magruder ya regresa, deteniéndose de vez en cuando para realizar uno de sus giros.

A pesar de la advertencia del Gobe, el Peonza tiene la mano manchada de sangre porque se ha herido con el cortante filo del plato, pero al final ha encontrado el asidero y aparentemente conserva todos los dedos intactos.

—Las señoras cubrirán el Gran Camino al norte, pero necesito que tú, Elgin y Magruder, ese ka-mai , reunáis a sesenta hombres aptos, sesenta como mínimo, para distribuirlos a lo largo de las cunetas y los setos de la vieja carretera de Gilead que va a Pernil, ¿te consta?

, porque casi todos vendrán por ahí, doy fe de ello con mi sello.

No vayáis hasta el rancho Cielo Grande, eso jamás, pero llamad a los vaquis y a los jinetes de la Pendiente de allí, y a los cavi-cavas de la mina.

Mi intención es proteger solo Dezi, la ciudad , y, si podemos tenderles una emboscada antes de que la vean siquiera, mejor que mejor.

Larry Magruder hinca una rodilla en tierra, inclina la cabeza y devuelve el plato a lady Alice Stines. Ella lo guarda de nuevo en la funda acolchada y ajusta bien el cordón.

—¿Una emboscada a quiénes? —pregunta Ry, consciente de que va atrasado con la información.

—Niños —responde Hestin—. Han…

—¡Chitón! ¡Chitón! ¡Ya lo cuento yo! —dice el GJ.

Ryall, aunque desconoce a qué viene tanto revuelo, tiene ya un mal presentimiento.

—Según parece, hay en marcha una insurrección de jóvenes, tanto hombres como mujeres —explica Youngblood—.

Se tiñen el pelo de rojo con bayas de ave.

Vienen de todas partes. Caylee…, Hilltown…

, las Baronías Septentrionales…, incluso los mannis de Reevin y Tash.

Son… —El Gobe se golpetea la sien con un dedo—.

Son ka-mai tete-a-mai-mai. No se me ocurre otra forma mejor de definirlos.

Mira a Hestin, pero el calvo se limita a negar con la cabeza.

—Con la venia, sai alcalde —dice George Elgin.

—Ea, ea, pero deprisa.

Elgin domina la lengua por su trabajo. Y además tiene facilidad para los idiomas.

—Sai alcalde dice que están locos…

Youngblood lo interrumpe.

—Pero tete! Tete-a-mai-mai! A mai-mai-ka-tet!

—Quiere decir que todos han enloquecido a la vez —aclara Elgin.

Ry arruga el entrecejo.

—¿Como en la Beatlemanía?

—Sí, pero esos eran jóvenes pasándoselo en grande. Estos lescentes son peligrosos. Han…

—Han destruido pueblos y aldeas enteros, ¿entiendes? —clama Youngblood—. ¡Pernil! ¡Kingstown! ¡Incluso los enclaves de los mannis en el límite de las Tierras Arrasadas! ¡Ahora vienen hacia aquí! ¡Aquí! Pero estaremos preparados para recibirlos, ¿a que sí?

—Sí, sai —dice Elgin.

¿Cómo es posible que sepa todo eso? es la pregunta que acude a la cabeza de Ry, pero considera que eso quedaría un tanto agresivo. Opta, pues, por decir:

—¿Cómo se ha enterado de eso, sai?

—Un mensaje por el heliógrafo, desde Riven.

Luego esos vándalos, esos ka-mais , han derribado los postes.

Han cortado todos los cables del teli. Por lo que dicen, han cortado también los cables del tranvía y han destruido todos los tranvías que aún funcionaban, han arrancado los cables de chispa hasta el norte.

Puede que hayan estado en Mejis, aunque quiera Gan que eso sea solo un rumor.

No ha habido más comunicación, ¡y aquí no lo voy a consentir! ¿Entiendes? ¡No lo voy a consentir!

—Sí, sai. —Con mal presentimiento o sin él, ¿qué otra cosa puede decir?

—En esos pueblos, la gente dormía, y por eso los pelirrojos, esos criajos, han podido violar y robar y matar a sus anchas. ¡Pero nosotros estamos despiertos! —Tiene los puños apretados—. ¡Despiertos y listos!

—Despiertos y listos —repite George Elgin, pero su preocupación parece a la par de la que Ry siente.

Youngblood se acerca a sus perros, sus Bendiciones, y, arrodillándose entre ellos, apoya las manos en las cabezas lustrosas.

—Ha llegado la hora de que hagas el trabajo por el que te pago, sai Connors.

Como si no hubiera estado trabajando para usted desde el principio , piensa Ry con resquemor. Y por lo general la paga es una mierda.

—Para empezar, quiero que busques a una docena de hombres.

Aquellos que no ven bien o están lisiados o, de tan viejos, ya no son capaces de presentar batalla.

Esos pueden probar las armas. Bastará con una bala, dos como mucho.

No quiero malgastar la munición. Luego reúne a cincuenta o sesenta hombres aptos y tráelos aquí.

Yo me pondré al mando. Nos quedaremos al acecho cerca de la línea del tranvía Winola , junto a la carretera de Gilead.

Las Señoras del Plato se apostarán a lo largo del Gran Camino.

Acabaremos con ellos. ¡Con todos! ¡Hasta el último hombre y mujer, por jóvenes que sean!

Youngblood casi brinca de entusiasmo. La pistolera se balancea absurdamente bajo su panza y la culata del arma va de un lado al otro.