Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 21 #4
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Capítulo 21 #4

Cuando lo vence el sueño, está pensando con resentimiento en Jack Sawyer, el único expatriado del lado de Estados Unidos que puede pasar de un lado al otro cuando le viene en gana e ir a sitios distintos.

Sawyer lo llama «saltar», y a Ry le encantaría saber cómo lo hace.

Si él, Ryall Connors, descubriera el truco, ¿regresaría al lado de Estados Unidos para siempre?

Seguramente no. Como algunos de quienes Hestin ha secuestrado, Ry ha acabado sintiéndose a gusto en Dezi, que es un lugar en esencia tranquilo y plácido.

Sí, surgen problemas de vez en cuando (tuvo que matar a uno de los mineros del Consorcio Pozo Profundo para impedir que se sindicaran, con lo que se convirtió en iniciado), pero, en conjunto, es un sitio agradable donde vivir.

Aun así, ¿regresaría al menos el tiempo suficiente para comerse un chuletón en el Peter Luger o disfrutar de un baile erótico? Sin pensárselo dos veces.

¡Ay, Nueva York!

6

Al día siguiente, mientras los pelirrojos se aproximan a Dezi, Ry hace su ronda de costumbre, que empieza yendo en bucka al rancho Cielo Grande, donde recolecta el pago del grumma , [2] presencia un rodeo de ponis salvajes y disfruta del aire fresco y de un popkin relleno de pavo, salsa de quinna y guindillas.

Vuelve a la ciudad y visita a John Rounds, el sheriff alcohólico de Dezi.

Entrega a Rounds una parte de los vales obtenidos en el rancho Cielo Grande, suficiente para engrasarle las bisagras , y después se deja caer por los dos burdeles de Dezi.

En uno recibe el pago de la madama, y en el otro, el del chulo jefe.

Rechaza una mamada, pero acepta un manual de una flor de alhelí que tienen allí para esos menesteres.

Realizado el trabajo y descargada el arma, por la tarde hace un alto en Caiden’s Candies, en el Barrio de Abajo.

Nada le apetecería más que una copa de helado, pero se conforma con dos de los hombrecillos verdes que los expatriados llaman E.

T. Sawyer explicó a Ry que el nombre procedía de una película estrenada unos años después de 1976, cuando Ry llegó al lado de los Territorios.

A Ry tampoco le importaría ir al cine…, pero, puestos a elegir, se quedaría con el helado.

Está sentado en una de las sillas reservadas a los clientes de la tienda de chuches, disfrutando del sol, cuando se acerca al trote Larry Magruder, quien, realizando su habitual giro en momentos de nerviosismo, con los brazos cruzados ante el pecho y las manos agarradas a los hombros, irrumpe en la serenidad de Ry.

—Date el piro, Peonza.

—El Gobe quiere verte. Ahora mismo.

—¿Para qué?

—No lo ha dicho, pero… —Larry hace otro giro— pero se ha puesto las galas.

—¿Qué galas?

—La vestimenta que llevaban antiguamente los reguladores. —Otros dos giros, lo que significa que Larry está muy preocupado por algo—. Y van armados. —Señala con los dedos índices—. ¡Bam, bam, piu, piu!

—¿Quiénes?

—El Gobe. Hestin. Incluso George va armado.

Por un momento, Ry cree que el idiota se refiere al tahúr que él ha echado de la ciudad; enseguida cae en la cuenta de que no es así.

—¿George Elgin?

—¡Ea! ¡Hay un camión lleno!

—¿Cómo? ¿Un camión lleno de armas ?

—¡Ea, ea!

Ry no se lo cree. Pero si el Gobe solicita su presencia…

Sigue al Peonza.

7

Youngblood, Hestin, George Elgin y una mujer de mediana edad esperan frente al portón abierto del preciado jardín de Youngblood, junto a un camión destartalado y herrumbroso, uno de los escasos buckas con motor diésel que todavía circulan por la Baronía de Mejis.

Nemo y Nymo —las Bendiciones caninas— se pasean a un lado, alertas.

Washam, el mecánico jefe de Youngblood (en realidad, su único mecánico), cuida de ese viejo camión como una madre de un bebé enfermizo.

Y, sí, los hombres llevan al cinto cartucheras y fundas que contienen pistolas, todas distintas, pero con dos cosas en común: son viejas y de dudosa utilidad.

Ry ha visto antes a la mujer, a veces de compras en el Barrio de Abajo, a veces pavoneándose en el Barrio de Arriba con sus vestidos de diario y sus cofias tachonadas de aljófares, o sus pantalones a medida.

Rubia y guapa, hace caso omiso del saludo de Ry, «largos días y gratas noches», como si su popó no apestara.

Se llama Alice Stines. Ella y su marido, Haffe Stines, cenan de vez en cuando con Youngblood en Villa Palisandro.

Desde luego, Ry nunca ha recaudado dinero de Stines, que es un próspero comerciante.

Usa el voseo cuando habla y luce el símbolo de Gan en el cuello de la camisa, lo que significa que es un pez gordo en la Iglesia.

Youngblood lleva un pantalón de peto de color verde oliva y una camisa de color verde oliva, pero no es el único que se ha puesto galas.

Ayden Hestin viste también uno de esos ridículos petos con botones.

Además de los revólveres enfundados, todos llevan casco.

Al Gobe no le queda mal (aunque el peto le viene un poco ajustado en la cintura), pero Ry, al ver ese capirote de acero encajado en la calva de Hestin, tiene que reprimir una carcajada.

Parece una tartera sobre una bola de billar.

George Elgin, el del famoso experimento del periscopio, salta de la parte de atrás del bucka.

Se reúne con Youngblood y Hestin. Lleva un revólver que, demasiado grande para la funda, podría caerse en cualquier momento.

Ry espera que eso no ocurra, y, si está cargado, espera que no se dispare, y, si se dispara, espera que no le abra un agujero en la tripa a nadie.

A Elgin el casco le resbala hasta las cejas y, cuando se lo echa atrás, se le cae.

Lo recoge del suelo y se lo coloca de nuevo.

La mujer, Stines, no lleva galas, sino solo un chaleco sobre una de sus elegantes blusas de seda. Va desarmada. De la cadera del pantalón le cuelga una bolsa acolchada con cierre de cordón. Bordada en un costado, en lo que se conoce como azul Gan, se ve la letra «O».

Edward Youngblood se ha afeitado. Su habitual apatía ha dado paso a un estado de febril agitación.

Hestin, su mayordomo, mantiene la mirada fija en el horizonte, como abstraído en sus pensamientos.

George parece preocupado. El Peonza también está preocupado; expresa su nerviosismo dando vueltas y más vueltas con las manos en los hombros.

Ry sabe que el Peonza es un bicho raro, el muy capullo, pero en el fondo le cae bien.

Si los expatriados del lado de Estados Unidos tuvieran una mascota, esa sería el Peonza.

Ry pregunta a Youngblood qué sucede, sin olvidar dirigirse a él como sai.

—¡Mira en el bucka!

Ryall obedece. En el bucka hay un montón de armas de fuego, más de las que ha visto nunca.

Todas tienen una capa de óxido. Dos son AR-15, armas que no esperaba ver en Dezi.

Unas cuantas cajas de munición descoloridas llevan el sello de colt o de north central positronics.

Ry sabe que se almacenan armas en el sótano de Villa Palisandro; el propio Gobe se las ha enseñado.

Pero estas otras armas no han salido de ahí; la mayoría del armamento guardado en el arsenal del sótano son bas y hondas.

Hay unas cuantas armas de mano, entre ellas el viejo revólver que porta en este momento Hestin.

Ese Ry lo conoce. Cómo no va a conocerlo.

Es el que el calvo empuñaba al secuestrarlo.

—¿De dónde las ha sacado, sai? No vi hierros de repetición en su sala del sótano.

—Ca, ca, estas vienen del fuerte del valle de Dreyhon.

—¿En la Pendiente lejana, en Vi Castis?

—¡Ea, ea! —En su agitación, Youngblood recurre al dialecto de Mejis de su padre y su abuelo—. ¡Ha entrado Hestin! ¡Se ha llevado todo lo que puede ser útil! ¡Ea, eso ha hecho!

—¿Cómo? Esos fuertes viejos solo se abren con códigos numéricos que nadie recuerda, ¿no?

—El año pasado —dice Hestin— hubo una inundación en Paso del Río. El panel de acceso se cortocircuitó.

Muy oportuno , piensa Ry…, pero sabe que no le conviene decirlo.

—El armamento y la munición eran rescatables —añade Hestin.

Ry considera que la inundación explica el óxido de las armas y la decoloración de las cajas de munición. Pero ¿rescatables?

—¿Esas armas disparan? —pregunta Ry.

—Tendremos que probarlas —responde Youngblood—. Con gente de la que podamos prescindir, por si alguno de los hierros estalla. Pero hay otra cosa. Enséñeselo, Alice, ¿quiere?

Stines lleva bordado en el chaleco un pequeño puño dorado.

Parece un detalle ceremonial. Desata la bolsa acolchada y extrae de dentro algo semejante a un plato llano azul con un delicado dibujo reticular que recuerda los brotes de arroz.

Lo sujeta por el borde allí donde se entrecruzan dos tallos de arroz, formando la Letra Mayor Zn, que en la lengua significa tanto «eternidad» como «ahora».

Cuando Ry, movido por la curiosidad, tiende la mano para tocarlo, ella mueve la cabeza en un gesto de negación y lo retira.

—No conviene que hagas eso, sai Connors —advierte Youngblood, y deja escapar una risotada aguda como un relincho.

Tiene los carrillos de un rojo encendido, como por efecto de la fiebre.

Solo que no es fiebre. Connors vio en su día esa expresión en los soldados de Gambino, cuando se preparaban para la guerra e iban a los pisos francos.

El Gobe, en su estado de agitación, se ha medio trastocado.

Alice Stines arranca un lirio y lo desliza por el borde del plato.

La flor se desprende del tallo y cae en la hierba.

Stines señala una hilera de hibiscos junto a la senda de grava que serpentea a través del jardín y termina en la puerta que solo puede usar Hestin.

Echa atrás la mano con la que sostiene el plato, exclama «¡Riza, vuela certera!

» y lo lanza. El plato emite un penetrante gemido sobrenatural.

Amputa toda la hilera de flores. Ry queda boquiabierto. Nunca había visto una cosa igual.

—¿Cómo…? ¿Qué…?