Capítulo 21 #3
Un tiempo después de la llegada de Jack y Sophie a Dezi — del a , si se quiere—, una de las primeras adquisiciones humanas de Youngblood procedentes de 1976 se hallaba en el jardín, donde revisaba los libros de contabilidad de Youngblood sentado a una mesa pequeña, a la sombra de un parasol.
George Elgin es una de esas personas que poseen cierta invisibilidad , debido a lo cual es fácil que pasen inadvertidas.
Cuando Youngblood y Hestin salieron aquel día al jardín, con las manos entrelazadas a la espalda y abstraídos en su conversación, no repararon en la presencia de George.
Youngblood tomó asiento en un banco cercano.
Más gordo aún que ahora, resollaba y le faltaba el aire.
—Es otra vez el Pozo Profundo —oyó George que Youngblood decía a Hestin—. ¡Me sacan de quicio! Los mineros han empezado a reunirse. Se llaman «hermano» entre sí. Y no compran en la tienda. A eso lo llaman boicom.
George dedujo que probablemente el Gobe quería decir boicot , pero guardó silencio, ya que en momentos como ese la discreción era lo mejor.
—Ya me encargaré yo —propuso Hestin.
—No —contestó Youngblood—. Quiero que tú vayas al lado de Estados Unidos. Tráeme un gatillero.
Esto último lo dijo en inglés. Ciertas expresiones se resistían a la traducción, cosa que lo complacía.
El padre de Youngblood, el Gran Gobernador, decía que leer (excepto los libros de contabilidad) era en esencia cosa de chicos jera —chicos a quienes les atraían otros chicos—, pero Edward siguió leyendo, y le gustaban en especial las novelas policiacas en rústica —firmadas, a ser posible— que Jack le traía del lado de Estados Unidos.
Interpretaba algunos modismos intraducibles por el contexto.
—Un rompepiernas. —Esto lo añadió en la lengua, y Hestin expresó que lo comprendía con un gesto de asentimiento—. Un soldado. Un malvivente . Un buscavidas. Un reventador. Un tappista. Un pipa.
—¿Pipa? ¿En el sentido de pistola? ¿Un pistolero?
—Ca, ca. Sencillamente un hombre duro que haga el trabajo sucio.
—Yo puedo manejar a los mineros, alcalde.
Youngblood se volvió hacia él con expresión ceñuda.
—No. Quiero un matón.
Esto Hestin lo entendió. También entendió otra cosa.
Para Youngblood, la puerta era un juguete que le permitía —con Hestin como su representante— atrapar a ciertos individuos del lado de Estados Unidos.
De niño, Youngblood coleccionaba huevos de ave y piedras con fósiles grabados.
De adulto, coleccionaba personas capaces de realizar determinadas tareas.
¿Se cansaba de los estadounidenses de su colección?
A veces. ¿Le fascinaban las historias que estos contaban sobre ese otro mundo resplandeciente?
Por supuesto. ¿Y tendría historias que contar un matón y ejecutor? Sí, desde luego.
Pese a su imponente estatura y su cráneo calvo, Ayden Hestin tenía sus propias tácticas de invisibilidad.
Las pelucas eran útiles, como también lo era el vello facial aplicado de manera meticulosa.
A veces era un anciano medio ciego que caminaba acompañado del golpeteo de un bastón; a veces era un hippy con barba y una larga melena rubia hasta los hombros.
A veces llevaba unas gafas de montura metálica con lentes sin graduar (tenía buena vista); a veces se ponía unas gafas de sol envolventes.
Hizo sus indagaciones con la debida diligencia.
Después de elegir a la familia Gambino (esta disponía del mayor número de soldados), leyó todo lo que encontró sobre ellos en los periódicos.
El Times no le fue especialmente útil, pero el Newsday le sirvió, el Daily News le sirvió más y el New York Post , con sus apasionantes crónicas sobre las hazañas de los gángsteres y los lugares que frecuentaban, resultó una auténtica mina de oro, sobre todo por aquellas fechas, los desenfrenados años setenta.
Hestin elaboró una cuidadosa lista de nombres, los vinculó a los correspondientes rostros y, al final, optó por Ryall Connors, un «asociado» de Gambino que, como la cama de Osito en el cuento, no era ni demasiado duro ni demasiado blando.
Connors era un miembro de nivel intermedio de la familia Gambino y rondaba en compañía de otros buscavidas de nivel intermedio de la familia por restaurantes de Brooklyn como Ortobello, en Bensonhurst, y La Palma, en Fulton Street.
Hestin lo vio comer almejas al vapor y rollatini de berenjena con los demás, y llegó a la conclusión de que Connors era aceptado, pero que no ascendería más en la organización por su origen irlandés.
Era un buen colega, pero sería siempre un don nadie.
(Cosa que ninguno de los otros le diría a la cara).
Vestido con distintos disfraces, Hestin observó a Connors hacer la recaudación e intimidar a los vendedores callejeros en Brooklyn.
Lo mismo a los pelagatos jasídicos en el barrio de los diamantes.
Hestin vigiló a Connors mientras pasaba diez o veinte minutos en coches conducidos por policías fuera de servicio y, aunque nunca vio sobres cambiar de manos, supuso que era eso lo que ocurría.
En una ocasión, alcanzó a ver a Connors y otros dos hombres administrar una paliza en un callejón a un individuo que había hecho a saber qué.
En julio de 1976, Connors asistió a un concierto de viejas glorias en el Radio City Music Hall.
Actuaban Frankie Avalon, Rick Nelson, Bobby Rydell, Freddy Cannon y los Muscle Shoals All-Stars.
Normalmente, Connors iba a los espectáculos con sus colegas Toto Magliore y Benny Tieri, hermano menor de Frankie Tieri, alias Funzi, pero en esa ocasión fue solo.
Benny dijo a Connors que, cuando le apeteciera ir a ver putos dinosaurios, iría a un puto museo, y Hestin lo oyó (Benny Tieri, alias Dai-Dai, carecía de lo que la maestra de primero de Jack se complacía en llamar «media voz»).
Cuando Connors salió —tras rocanrolear a gusto, cabía suponer—, Hestin lo siguió.
Estaba dispuesto a esperar un día más si era necesario, pero no lo hizo.
En la esquina de la calle Cincuenta y uno con la Octava Avenida, cerca del Gershwin Theatre, Connors, sin compañía de nadie, esperaba en un semáforo en rojo como un buen chico.
Hestin le hincó un revólver en la espalda.
—No intentes echarte a correr ni grites —dijo Hestin en perfecto inglés—. Si lo haces, te mato de un tiro.
—¿Eres de Massino? —preguntó Connors—. Porque soy un iniciado, te conviene saber.
Hestin tenía la casi total certeza de que eso no era verdad; Connors era a veces un apaleador (en el vocabulario de Youngblood, un reventador), pero no un asesino. Al menos no por entonces.
—Esto no es un contrato; es un encargo. Y lo harás tú. —Para entonces, Hestin conocía ya ciertos términos de los bajos fondos, como «contrato» y «encargo». Levantó la mano y paró un taxi—. Si dices lo que no debes, os mato a ti y al taxista.
Ry Connors, que no sabía de ningún asesino a sueldo que se llevara a su víctima a dar un último paseo en un taxi de Nueva York, obedeció. Hestin indicó al conductor que los llevara al cruce de la Ochenta y tres con Central Park Oeste.
Poco después, en el parque, Connors avanzaba entre el denso follaje veraniego junto al Teatro de Marionetas de la Cabaña Sueca, seguido de cerca por Ayden Hestin, que de vez en cuando le clavaba el cañón del arma.
— Vas a matarme, ¿no? —preguntó Connors. Procuró evitar que le temblase la voz.
No obtuvo respuesta de Hestin.
—Primero déjame pronunciar un acto de contrición —rogó Connors. Ahora le temblaba la voz—. Por favor, tío. Por favor. No quiero ir al infierno.
Como la mayoría de las armas de Mundo Medio, la que Hestin llevaba ese día era vieja y seguramente poco fiable, pero eso Connors no lo sabía.
¿Por qué iba a saberlo? Era un reventador, un pipa, un buscavidas, un collettore.
Hestin se sabía todos los términos. Se reducían a lo mismo: Connors era un maleante y, si desaparecía, ni siquiera su madre lo echaría mucho de menos.
Hestin se metió el viejo revólver en el bolsillo del pantalón y empujó a Connors con las dos manos. Fuerte.
—¿Qué…?
Desapareció.
Salió al jardín de Edward Youngblood en Mundo Medio.
Así empezó el periodo de servicio de Ry Connors.
5
En el lado de Estados Unidos, Ry Connors iba a menudo de fiesta hasta que salía el sol, a veces con ayuda de un poco de farlopa, alias polvo de marcha boliviano, alias dama blanca.
En el lado de los Territorios, lleva una vida más sobria.
Supone que se está haciendo viejo. Esta noche se va a alargar más que de costumbre.
Bebe tres jarras de cerveza de barril en el Ganso, luego come un rosbif enorme flotando en salsa.
A continuación, visita los distintos establecimientos de bebida de Dezi para observar a Georg mientras cumple con su deber.
Ry tiene que intervenir en el Loro cuando varios parroquianos indignados, que perdieron el sueldo en una partida de Miradme con Georg, parecen resueltos a matar al tahúr de una paliza, pese al sigul del Gobernador grabado en la frente.
Ry considera que es un detalle de buena educación tomar una o dos copas en cada uno de los locales donde Georg lleva a cabo sus forzosos actos de contrición, y, para cuando vuelve a su chabolo en el Barrio del Medio, está como un odre.
La mujer con quien convive está esperándolo.
Pinna le pregunta —tímidamente— si le apetece un poco de sopa «para no tener dolor de cabeza por la mañana».
Él le contesta que puede administrarse un enema con la puta sopa y, a rastras, se retira a la cama.