Capítulo 21 #2
—Amigo mío, eres jugador. Ahora lo que está en juego es tu vida. ¿Lo entiendes?
La punta de la navaja se encuentra ahora debajo del mentón de Georg. Por tanto, cuando asiente, mueve la cabeza con sumo cuidado.
—Has estado haciendo trampas. Te has andado con mucho ojo, pero has estado haciendo trampas.
No hay respuesta. Georg desplaza los ojos de un lado a otro, animales atrapados en busca de una escapatoria.
—Quiero oírtelo decir. —La navaja extrae una única gota de sangre, que cae con un leve plaf en el regazo de Georg.
—¡Sí! ¡He estado haciendo trampas!
—Trampas al Miradme, trampas al Sombra, trampas al Cáscaras. —Juego este último que en su querida ciudad de Nueva York se llama trile, aunque este gamal no lo sabe—. Tardé un tiempo en verlo claro, porque lo haces muy bien. Jodidamente bien. ¿Sabes quién se dio cuenta al final?
—Ese puto calvo de mierda.
—Para ti, el señor Hestin. —Otra gota de sangre—. No Ayden y, desde luego, no «puto calvo de mierda». —Ahora caen varias gotas de sangre del mentón de Georg. Quizá no suficientes como para llamarlo «hilo de sangre», al menos por el momento—. A ver, que yo lo oiga.
—Señor Hestin —repite Georg con voz ahogada.
Ahora hay más gente que observa desde la escalera. Pronto lo sabrá todo el mundo en la parte baja de la ciudad. Eso complace a Ry. En la familia Gambino no era un peso pesado, no pasaba de mando intermedio, pero en Dezi es un hombre a quien temen. Al menos casi todos. No necesariamente Jack Sawyer.
—Vas a marcharte de la ciudad —anuncia Ryall—.
Me trae sin cuidado adonde vayas…, a Far Desoy, a Debaria o a los pueblos petroleros de la región de las nieves…
Cualquiera de esos sitios le parecería bien al Gobernador, y, si a él le parece bien, también a mí.
Coge tu artilla y lárgate antes de mañana a las doce del mediodía, ¿entendido?
—Sí.
—¿Cómo? —Más sangre. Ahora sí es un hilo—. ¡No te he oído!
— ¡Sí!
—Pero antes, esta noche, tienes un encargo pendiente.
El Gobe quiere que pases por el Barril, por el Lobo y Cordero, por el Doonie y por el Loro de Dos Cabezas.
En cada local dirás a los presentes que tienes un anuncio que hacer.
Repetirás: «Hice trampas a las cartas, hice trampas al Cáscaras, hice trampas a la Gran Rueda».
—¡A la rueda nunca hice trampas! ¡Es imposible!
Ry hurga con la punta de la navaja. Georg grita.
—Dirás que hiciste trampas. Capisci?
—No… no sé qué…
—¿No sabes qué quiere decir capisci ? Claro que no, porque, por tu mala estrella, naciste en este mundo de mierda. Eres un pobre desdichado que nunca ha visto Times Square ni el mercado de pescado de Fulton, que nunca ha tomado la línea A del metro. La cuestión es si vas a seguir mis instrucciones.
—¡Sí! ¡Sí! Pero, para eso, ya podrías matarme ahora, ¡porque me matarán ellos !
—No. No te matarán. Porque verán esto. —Con una rapidez que quizá incluso un fullero como Georg envidiaría, Ry graba una «X» en la frente del tahúr con la Ayudita de Mamá.
Georg lanza un alarido.
—Venga, vete de una puta vez. Largo de aquí.
Ry lo observa mientras sube tambaleante por los peldaños de piedra. Georg no necesita abrirse paso entre los mirones —ahora hay entre treinta y cuarenta por lo menos—, porque se apartan de él como de un perro sarnoso.
Ahora ya has servido de castigo ejemplar , piensa Ry con gran satisfacción.
2
Regresa a Palisandro por el camino enlosado, entre los molinetes y los pozos de los deseos, para dar el parte.
Se planta en el felpudo ( cortalrollo), flanqueado por Marilyn Monroe a un lado y Dorothy Gale al otro.
La aldaba es un puño de bronce enorme. Llama con un sonoro golpe y abre la puerta Zumbi la Plumero, que lleva el cabello gris acero envuelto en un trapo, sostiene el paño de limpieza en una de sus manos enrojecidas de tanto fregar y luce en los labios agrietados la habitual sonrisa de horror con la que parece anunciar: Estoy al borde del ataque de nervios.
—Ry Connors; vengo a ver a sai Youngblood —dice. Aquellos que fueron secuestrados en el lado de Estados Unidos llaman «Gobe» a Youngblood cuando hablan entre sí, pero jamás se lo dirían a la cara o a un miembro de su personal, del mismo modo que él no habría llamado Charlie Boy al señor Gambino.
—Sai está en su cabezada de la tarde —contesta Zumbi—. Te recibirá Hestin. Yo tengo mucho trabajo que hacer.
A veces Ry se pregunta si Zumbi —cuyo verdadero nombre es Dolores Dustin— es del lado de Estados Unidos y se le averió el cerebro en la transición a Mundo Medio.
Habla la lengua como una nativa, con ese característico deje nasal y fluctuante, pero a la vez tiene algo de desquiciada y excéntrica.
Le recuerda a esos chiflados que dan vueltas y vueltas en Times Square con pancartas en las que declaran que el fin del mundo está cerca, arrepiéntete ahora, que aún estás a tiempo.
Ayden Hestin se encuentra en la antesala que da al salón de recepciones de Palisandro con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la calva reluciente bajo las luces de chispa.
Viste una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y un calzón de jinete de la Pendiente de cintura alta.
La babushka de hoy, tan rosa como las terrazas de piedra kinna sobre las que se asienta la ciudad, le cuelga suelta en torno al cuello.
Detrás de él…, delante de él…, por todas partes alrededor de él…
, la omnipresente Zumbi va de aquí para allá sacando brillo con su paño a los diversos tchotchkes del Gobernador.
Como siempre, lleva a cabo esta labor con una sonrisa desencajada en la cara.
Estoy a punto de reventar, anuncia esa sonrisa. Cuidado cuando eso pase.
Hestin está de pie junto a una gran estatua de plástico de la marioneta Howdy Doody, ataviado sai Doody con un sombrero rojo de ala ancha y copa baja, y un chaleco con flecos a juego.
Como la mayor parte de la horrenda decoración tanto dentro como fuera de la villa, procede del Bazar de Artículos de Regalo y Mercería de Pedro, por gentileza de Jack Sawyer.
Cuando se aprieta un botón en la espalda de Howdy, este exclama: «¡Kowabunga, gilipollas! ».
—¿Misión cumplida? —pregunta Hestin.
—Ea. Todo hecho y con la bragueta abotonada, como dijo el niño al volver del retrete.
Hestin tensa los labios en una sonrisa absolutamente hierática.
—Muy ocurrente. ¿Lo has marcado?
—Ea.
—¿Hará la ronda?
—Ea.
—¿Podrías predecir el resultado de sus confesiones?
—Preveo que saldrá del Barril y del Lobo y Cordero aún por su propio pie, pero después de pasar por el Doonie estará sangrando. Esos muchachos no se andan con chiquitas.
—¿Y en el Loro?
—Digamos que, si sale del Dos Cabezas con los dientes en la boca, me sorprendería mucho —responde Ry.
—¿No lo matarán?
—Con la marca de sai Youngblood en la frente, no.
—Sai Youngblood quiere que estés presente en cada uno de esos antros inmundos. Desea oír un informe completo.
—Eso puedo hacerlo.
La sonrisa hierática asoma de nuevo y deja a la vista unos dientes grandes de una blancura sorprendente.
—Lo harás. Es tu deber.
De la faltriquera cosida a la cintura del calzón de vaquero, Hestin saca unos cuantos vales con la cara de Youngblood.
Entrega el fajo a Ry, que se lo guarda en un bolsillo.
Está impaciente por quitarse esta ropa de pueblerino, en especial el pantalón corto.
Los pantalones cortos son para los niños, los viejos y los paletos a los que la cabeza no les da para más.
No puede vestir con la misma elegancia que en la Manzana, pero hace lo que puede.
—¿Se sabe algo de Sawyer y los otros dos? —pregunta.
—Eso no es asunto tuyo —contesta Hestin.
—No es asunto tuyo, no es asunto tuyo —repite Zumbi mientras saca brillo febrilmente a un espejo en el que, a ojos de Ry, no hay una sola huella o siquiera una mota de polvo—. Tengo mucho trabajo que hacer.
Sin volver la cabeza, Hestin le ordena que se calle.
—¿Informarás al gran hombre? —pregunta Ry—. ¿Le dirás que he hecho lo que se me pidió?
—¿Se te pidió?
—Se me ordenó.
—Por supuesto.
—Entonces, que te sea de provecho —dice Ry. Quiere marcharse de aquí. Quiere ir al Ganso y obsequiarse con una buena comida, que ahora se puede permitir. Una comida por todo lo alto. Sigue ganándose bien la vida, solo que ha cambiado de jefe.
Zumbi lo sigue por el pasillo principal quitando un polvo imaginario a los tapices de Mona Lisa y Nicolas Cage. Lo acompaña hasta la puerta y le desea largos días y gratas noches. Lo despide con una amplia sonrisa propia del ama de llaves psicópata de una película de terror de serie B.
Esta noche, Ry tiene que hacer la ronda por los bares para presenciar la actuación de Georg, y sabe que, cuando empiece a beber, ya no parará, pero unas cuantas cervezas con la comida por todo lo alto no le harán ningún mal. Se las merece.
Además, Zumbi y Hestin le ponen los pelos de punta.
3
Una vez, después de hacer el amor, Sophie dice a Jack:
—Lee más de lo que tú te crees.
—¿El GJ? —pregunta Jack, adormecido—. ¿Cómo lo sabes?
Sophie Sawyer —de soltera Sophie de Canna, prima de Laura DeLoessian, ahora Reina de las Sombras— sonríe. Jack nota el gesto en el hombro, porque ella está acurrucada contra él.
—Lo sé porque lo sé. De niño, le gustaban los libros. Su padre, llamado el Gran Gobernador, lo reñía por eso. Lo humillaba por eso. Aún hoy, con su padre en la tumba desde hace mucho tiempo, oculta su placer por los libros que le traes diciendo que lo que más le gusta son las cubiertas.
Para entonces, la soñolencia de Jack ha dado paso a un sueño profundo.
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