Capítulo 21
Dezi
Mientras los pequeños pueblos de la costa del Mar Limpio disfrutan de una frágil paz que pronto quedará hecha añicos, encontramos a Ryall Connors sentado en el tramo del paseo marítimo de Dezi conocido como Rincón del Pescador.
Hoy, en cambio, viste un pantalón corto holgado, una camiseta sin mangas (conocida como slinkum) y un chaleco con muchísimos bolsillos, uno de los cuales contiene una navaja automática que lleva grabadas en un costado las palabras la ayudita de mamá.
Remata esa vestimenta un sombrero de ala ancha y copa baja cómicamente grande que le envuelve el rostro en oscuridad.
Es una vestimenta que no se habría puesto por nada del mundo en su época neoyorquina.
¡Ay, Nueva York! ¡Cómo la echa de menos!
Si fuera poeta, escribiría versos épicos a esa ciudad sucia y bulliciosa.
Compondría pareados sobre ancianas ricas y flacas que pasean a sus perros minúsculos y altaneros, y sobre viejos judíos barbudos con abrigos del negro más oscuro, y sobre polis de ronda que recorren de dos en dos la Quinta o Madison girando la porra.
Le gustaban las grúas, le gustaban los martillos neumáticos, adoraba la música disco de los clubes de striptease, la sinfonía de bocinazos cuando había embotellamientos… , que era siempre.
¡Ay, Nueva York! ¡Dulce y radiante Manzana!
Le gustaban el Brasserie de la calle Cincuenta y tres Este; el Caramba, con sus enormes margaritas helados; el Palm; el Palm Too, y, por supuesto, el Four Seasons.
Podía comer pez espada con aceitunas kalamata en el Seasons, pastel de langosta en el Dante’s de la Quinta o filet mignon en el Peter Luger.
Precedido de champán (siempre Moët) y coronado por una tarta Alaska de postre.
Cuando el Copa volvió a abrir como discoteca, allí estaba él la noche de la inauguración, en primera fila y en el centro, exhibiendo una cadena de oro bajo la camisa Abercrombie, abierta hasta el tercer botón.
Compartía coca —¡la mejor!— en el Trax. Ryall era un mafioso entre mafiosos, un buscavidas callejero y un matón de esquina, un gángster que podría haber salido de Uno de los nuestros , película que, por supuesto, no ha visto, porque se estrenó mucho después de su cuándo.
Ahora está sentado en una de las sillas de colores vivos dispuestas para los pescadores en el Rincón, donde empuña una caña de tramos de banbam.
En las pozas frías y profundas cercanas al Rincón abundan los peces, pero a Ry ni se le pasa por la cabeza la idea de pescar la cena.
Tiene una misión que le permitirá pagar muchas cenas, si todo sale conforme a sus planes.
En su sedal hay plomadas, pero no anzuelo.
En términos bíblicos, ha venido aquí a pescar hombres. A uno en particular.
Ry espera a un tal Georg, cuyo apellido es algo impronunciable que empieza por «U».
A Ryall le importa un carajo el apellido de Georg; no está aquí para una entrevista de trabajo.
En realidad, esto va a ser más bien una entrevista de cese.
Recoge el sedal y vuelve a lanzarlo. Un pez se abalanza sobre él, pese a que no hay cebo ni anzuelo.
Hoy es tu día de suerte, capullo , piensa Ryall. Espera que sea también el suyo.
En cuanto a Georg… Quizá no tanto.
Y, hablando del rey de Roma, por ahí asoma.
Cauteloso, desciende por la escalera de piedra con una canasta de mimbre al hombro y una caña metálica roja festoneada de cebos.
A Ryall también le importa un carajo la pesca, pero a Georg sí debe de gustarle, porque se pasa aquí una o dos horas cada mañana, cuando la sombra que se proyecta sobre las pozas del Rincón es más oscura y los peces están más hambrientos. Georg es un pescador consumado.
Ryall ocupa una silla verde. Georg elige una amarilla a unos nueve o diez metros a la izquierda de él.
Por el momento, tienen el Rincón para ellos solos.
A Ry le daría igual que hubiera más gente; en un caso así, opina, cuantos más seamos, más reiremos, aunque solo sea para servir de escarmiento a otros.
Pero tampoco le parece mal que estén solos.
Georg puede gritar y patalear todo lo que quiera, y si la gente de la parte baja de la ciudad viene corriendo a ver qué ocurre, tanto mejor.
Georg tiene dos tareas pendientes. Una es marcharse de Dezi mañana.
La otra es imponer un castigo ejemplar decretado por Edward Youngblood.
El hombre a quien Jack llama «Gran Jefe» quizá carezca de la prestancia de su padre —ese caballero se marchó al claro mucho antes de la llegada de Ryall a Mundo Medio, por lo que Ry ha oído contar—, pero tampoco es un absoluto bufón.
Youngblood entiende que, en general, la gente temerosa es obediente, y que de vez en cuando conviene recurrir al escarmiento para renovar la inquietud general de la población.
Como en este caso.
Ry enrolla el sedal y deja la caña a un lado, en el saliente de roca que bordea el Rincón del Pescador.
Justo por debajo de ese saliente, el agua clara lame la piedra.
Un banco de pececillos va de aquí para allá en busca de bichos.
Ry se acerca al hombre sentado en la silla amarilla.
Pese a que pasa un par de horas al día pescando al sol, Georg posee una palidez que Ry relaciona con las aves nocturnas que empiezan a revolotear a las nueve de la noche y se meten en la cama a las cuatro de la madrugada.
Georg preserva su palidez de wympi con su propio sombrero de ala ancha y copa baja, una camisa de manga larga y unos finos guantes de piel que deben de haberle costado un dineral en uno de los puestos del mercado de la parte baja de la ciudad.
Esos guantes protegen sus manos hábiles y tramposas.
Alza la vista cuando la sombra de Ry lo cubre y pregunta:
—¿Ha pescado algo?
—Sí —le contesta Ry—. A ti. —Agarra al hombre por el cuello.
Georg tiene las manos delgadas y tan flexibles como la piel del cuero que las envuelve; Ry las tiene grandes, curtidas y fuertes.
Georg empieza a boquear y a ahogarse de inmediato.
Su caña, seguramente aún más cara que los guantes, rebota en el saliente, resbala y cae al agua.
Unos peces pequeños se arremolinan y la mordisquean mientras se hunde.
Georg, en un esfuerzo por zafarse, se inclina hacia delante.
Tanto mejor. Ry, sin soltarle el cuello, lo empuja hacia abajo hasta que hinca las rodillas en tierra.
Manteniéndolo firmemente sujeto, Ry se arrodilla también y le sumerge la cabeza.
El sombrero se desprende y se aleja flotando.
Pese a los forcejeos de Georg, Ry lo inmoviliza sin la menor dificultad.
Se le marcan los músculos bajo la slinkum sin mangas.
Cuando intuye que el ka-mai ha tenido suficiente, tira de él y lo lanza a su silla amarilla, que casi se vuelca por la fuerza del empujón.
Mundo Medio ha sido beneficioso para Ryall en algunos sentidos.
Aquí ganarse la vida es difícil, pero ya no disfruta de las comidas hipercalóricas de antes.
Ha perdido diez kilos de grasa y los ha sustituido por músculo.
En esta modesta parcela del universo no hacen análisis de sangre, pero, si los hicieran, el colesterol de Ry sin duda habría caído en picado.
¿Regresaría a Nueva York si le dieran a elegir?
¿Renunciaría al Miradme por una partida de dados en el reservado del Hanratty’s?
¿Cambiaría los corteses saludos del Barrio de Abajo, como Largos días y gratas noches , por los gritos de indignación — ¿Y tú de qué vas?
¿Y tú de qué vas? — de un taxista? Sin pensárselo dos veces.
Pero, como no tiene elección, hace lo que puede por Youngblood y se embolsa lo que se puede embolsar.
Como en este caso.
A Georg le cuelga el cabello negro en mechones húmedos en torno a la cara. Farfulla y tose.
—¿Qué coño te pasa, tío? Por Ganley, ¿qué coño te pasa?
Ry saca del bolsillo del chaleco la Ayudita de Mamá (aún piensa en ella como «quitapenas», tal como la llamaba en el argot de su anterior vida neoyorquina) y pulsa el botón. El sol reverbera en la hoja y el reflejo baila en el rostro aterrorizado de Georg.
—Estate quieto, amigo mío. —Desliza el borde romo de la navaja por la mejilla de Georg—. No te gustaría probar el lado afilado de esto. Créeme, no te gustaría.
—¿Qué… qué…?
—¿Qué quiero? ¿Eso intentas decir? —Golpetea con el borde romo de la Ayudita de Mamá el mentón de Georg, tan terso como el trasero de un bebé.
He aquí a un hombre que se afeita a diario…
o que lo afeitan en Branny’s Opulance, una barbería que Ry solo puede permitirse una vez al mes…
, y solo en los meses buenos. Y, en efecto, cuando se inclina hacia él, percibe el olor de la loción para después del afeitado de Branny’s.
En una ocasión, Salvatore Gravano —conocido por los federales como Sammy el Toro— dijo a Ry: «Solo los pringados envidian a los demás por lo que tienen.
Los hombres de verdad salen y se buscan la vida».
Ahí Sammy, que era él mismo un pringado hasta cierto punto, estuvo agudo, y Ry se tomó muy en serio sus palabras.
Solo que ahora, al oler esa loción cara, no puede por menos que sentir un poco de envidia por los privilegios de ese pardillo.
De buena gana le abriría a Georg la garganta de oreja a oreja.
Pero se contendrá. En otro tiempo, su capo dei capi fue John Gotti.
Ahora es Edward Youngblood, conocido popularmente como el Gobe, y el Gobe quiere un castigo ejemplar.
Si Ry degüella a Georg, el Gobe tendrá solo un «castigo». Aun así, correrá la sangre.
No puede ser de otra manera.
—Atiéndeme. ¿Me atiendes?
Georg asiente con la cabeza. Empiezan a asomar moretones en su cuello pálido. Bien. Excelente. Y unos cuantos pescadores, tanto hombres como mujeres, observan desde los peldaños de la escalera de piedra que desciende hacia el Rincón. Tanto mejor.