Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

El tráiler ha rebasado el cruce. Lo sigue un camión cisterna de Shell, ajeno a la matanza o decidido a abandonar la zona antes de que la situación empeore aún más.

Kinneston apunta su fusil hacia él. Greg abre fuego y advierte que el hombre da una sacudida, pero enseguida se yergue, herido solo superficialmente, y dispara su arma, sea lo que sea, contra el camión cisterna.

El enganche se desprende de la cabina. La gasolina empieza a manar de un enorme boquete en el flanco plateado de la cisterna.

Greg sujeta el arma con las dos manos y vuelve a disparar contra el hombre.

Esta vez Kinneston cae. El fusil se le escurre de las manos.

La chica, Speckhoffer, lo ve postrado de rodillas y profiere un chillido de desolación.

La gasolina le cubre las zapatillas de color rosa.

Se vuelve hacia Greg, y este ve unas palabras escritas a lo ancho de su frente.

Hilillos de color rojo le descienden por las mejillas; no sangre, cree Greg, sino una especie de tinte.

La chica alza la pistola, pero, antes de que pueda apretar el gatillo, Greg dispara y la alcanza en el vientre.

Ella —parece muy joven— retrocede tambaleante y se dobla por la cintura.

Cuando se endereza (muy muy despacio), Greg ve la mancha de sangre extenderse por su camiseta.

No le ha dado en el centro de la masa, pero casi, una diana más que aceptable para un hombre tendido boca abajo e incapaz de entender qué demonios está pasando.

Espera que ella abra fuego otra vez contra él o suelte el arma y se rinda; sin embargo, se da la vuelta hacia el camión cisterna y aprieta el gatillo una y otra vez.

Se oye el mismo sonido repetitivo de antes, una sucesión de detonaciones huecas — chas-chas-chas— , y Greg comprende qué se propone.

— ¡Corran! —grita a los transeúntes que contemplan la carnicería, en apariencia paralizados. Es como si se sintieran protegidos por los iPhones en alto—. ¡Corran, quiere volar el camión!

No le da resultado. Al parecer, el arma funciona mediante algún principio sónico y solo consigue empujar el camión cisterna a lo largo de la calle Mayor.

Los neumáticos revientan con estampidos similares a fuegos artificiales y se forman nuevas grietas en el cascarón de acero de la cisterna, pero la gasolina que brota no se prende.

Entonces un hombre irrumpe a zancadas desde una calle adyacente, poco más allá de las ruinas de la cafetería.

Viste un absurdo pantalón corto de camuflaje y una gorra en la que se lee don’t tread on me , «No me pises».

Empuña una especie de pistola automática, quizá una Beretta, quizá otra cosa, ¿y qué más da?

— ¡NO DISPARE, JODER! —exclama Greg Cormier, pero sabe que el hombre de la gorra con el lema «No me pises» desoirá la orden; los individuos como ese nunca se atienen a razones.

Greg se pone en pie y echa a correr no hacia el jeep destrozado en el que viajaban los pelirrojos ni hacia la adolescente del tinte rojo corrido, sino para alejarse.

No tiene intención de morir con el estribillo de «Brandy (You’re a Fine Girl)» taladrándole el cerebro.

No ve el momento en que el hombre de la gorra con el lema «No me pises» hace volar a la chica de las zapatillas, pero oye el PUM-PUM-PUM de la automática del idiota, y desde luego oye prenderse la gasolina.

Dado que corre tan deprisa como puede y dado que lo protege parcialmente el uniforme, sufre solo quemaduras de segundo grado en las manos, los brazos y la nuca.

Greg sobrevive. El hombre de la gorra con el lema «No me pises», también.

Por algún motivo, los gilipollas como ese suelen sobrevivir.

Sí mueren otras veintitrés personas: doce en la calle Mayor, diez en el juzgado y un vagabundo que había instalado su pequeño campamento en la tienda abandonada.

Treinta y siete resultan heridas, en su mayoría con quemaduras de diversa gravedad.

El centro de Hemingford Home queda prácticamente arrasado.

Como Pernil, os consta.

Y como Dezi, la pintoresca localidad costera construida sobre bonitas terrazas de piedra kinna.

5

Las únicas imágenes disponibles de los circuitos cerrados de televisión son del First National Bank de Nebraska, que se hallaba más allá del cruce donde se produjo lo peor de la catástrofe.

Jerry Gaithers y su equipo las examinan una y otra vez.

Pasa el jeep, con la chica asomada a la ventanilla del acompañante exhibiendo una amplia sonrisa de imbécil en su joven cara.

El coche patrulla del Departamento de Policía de Taylor City con Greg Cormier y el difunto Mainard Stingley a bordo lo sigue con las luces de emergencia encendidas.

—Atrás —dice Gaithers—. Rebobina, o como sea que se llame.

El coche patrulla desaparece marcha atrás.

Cuando reaparece el coche de los fugitivos, Gaithers indica al policía a cargo del teclado que detenga la escena.

La imagen de la chica se ve borrosa debido a la velocidad, lo que le confiere un aspecto fantasmagórico, pero Gaithers logra leer las palabras escritas en su frente: a los muertos les da igual.

—Esa euforia se debe a algo —comenta uno de los policías—, pero desde luego no a la alegría de vivir.

—Eso no es un tatuaje —señala otro policía—. Eso se ha hecho con una navaja.

Kinneston y Speckhoffer resultaron incinerados en la explosión de gasolina. No quedó nada del hombre joven aparte de una bota de motorista; no quedó nada de Tara Lynne Speckhoffer aparte de un guardapelo en forma de corazón con una foto de su madre dentro.

—¿Cómo coño ha pasado esto? —pregunta Gaithers—. ¿Cómo? ¿Y de dónde han salido?

—Yo tengo otra pregunta —interviene el policía que maneja el ordenador. Desplaza la imagen atrás y adelante hasta que ve la parte trasera del jeep—. ¿Qué demonios es un Binny Ding?