Capítulo 20 #3
La persecución a toda velocidad entra en el centro de Hemingford Home. En las aceras, la gente se encoge de miedo al ver el bólido de color verde oliva y el estridente coche patrulla del Departamento de Policía de Taylor City detrás.
En el centro del pueblo, la carretera 44 se cruza con la 44-A, conocida como avenida Hemingford.
El juzgado se alza en una esquina, la cafetería Neutral Grounds en otra, el quiosco librería Chapters Books el hombre, un extraño fusil con cañón de boca acampanada, casi como el pabellón de una trompeta.
— ¡Armas! ¡Armas! —brama el Stinger a la vez que desenfunda la suya.
Greg pisa el freno con los dos pies. El coche patrulla de Taylor City derrapa hasta detenerse a unos veinte metros del jeep; casi con toda seguridad es un jeep, pero no de fabricación estadounidense.
Greg, que ya ha salido del vehículo por su lado, desenfunda su propia pistola.
Stingley ha abierto la puerta, pero tiene problemas con el enganche del cinturón de seguridad.
— ¡Soltad las armas! —grita Greg—. ¡Armas al suelo!
La chica se ríe y apunta a Greg con su arma. Este dispara, pero al aire, por miedo a herir a los peatones apiñados al otro lado de la calle Mayor, muchos de ellos grabando con los putos móviles.
— ¡Tira el arma, tira el arma!
Tara Lynne Speckhoffer vuelve a reírse. Es una risa aguda, de loca, como el parloteo de un mono colérico.
Se propone matarme , piensa Greg. Sin duda.
Se echa al asfalto, que quema debido a un calor impropio de octubre.
Con el golpe, la Glock se le escapa de la mano y resbala por el suelo.
Se oye un sonido raro y penetrante; más tarde lo describirá como chasquidos eléctricos , sin saber muy bien qué quiere decir, pero convencido de que es la expresión exacta.
Algo pasa justo por encima de él, una especie de huracán de aire comprimido de bolsillo.
Los escaparates enjabonados de la tienda de J. C. Penney revientan hacia dentro.
En lugar de disparar contra el policía tendido, Roy Kinneston dirige su peculiar fusil hacia el coche patrulla.
Un trazo de luz brillante e intensa se dibuja desde el cañón hasta el morro del coche.
El capó se levanta y sale despedido. El parabrisas estalla hacia dentro.
El Stinger sigue forcejeando con el cinturón de seguridad cuando su cabeza y su cuello se separan de los hombros.
También riendo, Kinneston apunta el fusil hacia el juzgado.
Esta vez la luz procedente del cañón surge en forma de rápida intermitencia.
Unos puños enormes e invisibles golpean las fachadas laterales del venerable edificio, y la mitad delantera se desmorona en medio de una avalancha de cascotes.
Los peatones huyen gritando. La chica dispara.
Chas-chas-chas es el ruido que emite el arma que empuña, y las personas que iban de tiendas salen volando, algunas despedazadas.
Kinneston lanza un grito y apunta el fusil —o lo que sea— hacia Neutral Grounds. Esta vez, el rayo que sale del cañón es de color naranja rosado, y la cafetería salta por los aires. Greg Cormier se arrastra hacia su pistola, aún incapaz de dar crédito a lo que ocurre.