Capítulo 20 #2
Tom hizo caso omiso de la cinta amarilla con el aviso prohibido el paso colocada por la policía (en algunos sitios, cerca de la cueva, se había soltado y ondeaba movida por la brisa).
Ahí estaba el pequeño hoyo, claramente visible ahora que Gaithers y los demás habían pisoteado y aplastado todos los matorrales que antes ocultaban la entrada.
Habían llevado a cabo una buena labor de limpieza ellos mismos, eso Tom debía reconocerlo.
En cuanto a basura, encontró solo un guante de nitrilo.
Se agachó a recogerlo y en ese momento la atracción se intensificó de forma exponencial.
Tom Tellford había nacido y se había criado en Nebraska.
Nunca había visitado ninguno de los dos océanos, pero en los noticiarios de la noche había oído hablar de nadadores que, atrapados en una corriente de resaca, se habían visto arrastrados implacablemente lejos de la orilla y se habían ahogado.
Ahora Tom experimentaba esa misma sensación.
DB también la percibía. Su gimoteo más o menos continuo pasó a ser una andanada de ladridos: ¡Advertencia! ¡Intruso!
Tom vio los arbustos inclinarse hacia la cueva como empujados por un viento huracanado, pero no soplaba más que una leve brisa.
Dicky Boy permanecía pegado al suelo con las patas delanteras separadas, como si ofreciera resistencia a ese viento, que no era viento en absoluto, sino la misma atracción que Tom había sentido antes, solo que ahora mucho más fuerte.
Se oyó un gemido procedente de la tierra, como si esta se tensara o desgarrara.
El guante abandonado por uno de los técnicos forenses se le resbaló entre los dedos y fue absorbido por la pequeña cavidad.
Que ya no era una pequeña cavidad. Ahora era la sonrisa de unas grandes fauces de oscuridad en la ladera del monte.
Dentro, donde antes había una grieta en zigzag, ahora veía un resplandor.
Estoy viendo otro mundo , pensó, y la idea se le antojó tan catastróficamente absurda y a la vez tan convincente que cerró los ojos y, para mayor seguridad, se los tapó con las manos. Fue consciente de sus propios gritos, pero parecían llegar de muy lejos.
— ¡Ataca, Dicky! ¡Ataca!
De repente, la atracción perdió intensidad y se extinguió.
DB dejó de ladrar. Tom bajó las manos y abrió los ojos.
La cueva volvía a ser una pequeña cavidad.
Los arbustos que no habían sido pisoteados apenas se agitaban.
Tom pensó: Lo he imaginado. Y estuvo a punto de creérselo, salvo por un detalle.
El guante azul de nitrilo había desaparecido.
Pensó en agacharse para ver si estaba en el suelo de la pequeña cavidad, pero no pasó de ahí, de pensarlo. Llamó a DB y volvieron a casa para cenar. Tom no quería acercarse a esa cueva. Esa pequeña cavidad. Fuera lo que fuese.
Nunca más.
4
Sigamos en Nebraska, pero avancemos en el tiempo unos días.
En su granero, Tom Tellford almacena pacas de heno.
De pronto, siente otra vez la atracción de marea.
Busca alrededor a Dicky Boy, que suele andar cerca.
Ha desaparecido y a Tom no le sorprende.
Se deja guiar por la atracción hasta la pequeña cavidad, donde DB, sentado, observa el hoyo, tan insignificante y oscuro como siempre.
Solo que ahora parten de ahí unas huellas de neumáticos. Lo cual, dado el tamaño de la cueva, es imposible.
—No estoy viendo eso —dice Tom—. Me niego a verlo. Si lo viera, puede que empezara a beber otra vez, así que prefiero no verlo.
La atracción se atenúa y desaparece. DB se levanta con un leve resoplido de satisfacción. El hombre y el perro vuelven al granero, a las pacas de heno, a los quehaceres cotidianos. Tom se repite que no ha visto esas huellas.
No muy lejos de la granja de Tom Tellford, aparcado en el patio lateral de una gasolinera abandonada, encontramos un coche patrulla del Departamento de Policía de Taylor City.
De él procede una vieja melodía de Seals and Crofts, «Summer Breeze».
El coche patrulla se halla bajo la tupida sombra de un sauce llorón, donde no pueden verlo fácilmente quienes circulan por la carretera 44 de Nebraska, que se dirige hacia el sur desde Taylor City y, tras atravesar el condado de Hemingford, sigue hacia Kansas.
Por la ventanilla del coche patrulla asoma un radar de control de velocidad Stalker.
Lo sostiene un policía que lleva una avispa tatuada en el voluminoso bíceps.
Debajo se leen cuatro palabras: cuidado con el stinger.
La avispa, claro, alude a ese stinger , al aguijón.
Elvis Gladstone, supervisor y mecánico jefe del parque móvil del condado de Elm, no es el único que considera un dolor de muelas entre moderado y grave al agente Maynard Stingley.
Casi todos los miembros del Departamento de Policía de Taylor City comparten esa opinión sobre él.
Entre ellos, Greg Cormier. Puede que recordéis a Greg.
Es el poli que trincó a Jack Sawyer en el centro comercial de Taylor City antes de que realizara su asombroso número de desaparición de una sala de interrogatorio de la comisaría.
«Summer Breeze» da paso a «Sailing».
Greg preferiría patrullar en solitario, y, si por fuerza ha de tener un compañero, desearía que fuese cualquier otro agente del departamento salvo el Stinger.
Pero, como sin duda diría Jack Sawyer, la esperanza en una mano, la mierda en la otra, y adivina.
Jerry Gaithers, representante de la policía del estado de Nebraska a cargo de la búsqueda de Roy Kinneston y Tara Lynne Speckhoffer, ha ordenado que todos los efectivos, municipales y estatales, patrullen en pareja.
Los nombres para los emparejamientos se han sacado al azar de un sombrero esta mañana, y a Greg le ha tocado el Stinger. Él siempre tan afortunado.
Christopher Cross da paso a los Doobies, que en su canción dedican unos cinco minutos a explicar qué cree un tonto.
Cormier y Stingley permanecen atentos a la posible aparición de malhechores, en particular Kinneston y Speckhoffer.
Greg considera sumamente improbable que los localicen; piensa que esos dos tarados homicidas se han marchado hace días a los despoblados confines de las Dakotas o incluso a Saskatchewan.
Aun así, la vida sigue. Siempre hay multas que poner.
La carretera 44 es recta como una regla hasta Hemingford Home, y ahí atrapar a infractores por exceso de velocidad es como pescar truchas en un estanque recién repoblado.
Aquí y ahora (como decía Lobo, el viejo amigo de Jack), Stingley plantea un acertijo.
—¿Qué palabra de cuatro letras empieza por «c», termina por «o» y, si no tienes, has de usar la mano? ¿Cuál es la respuesta, Gran Greg?
Este detesta los acertijos y detesta que lo llamen Gran Greg.
Piensa que el infierno tal vez consista en estar aparcado bajo un sauce, en el límite mismo del término municipal de Taylor City, mientras espera a que pase un inexistente infractor por exceso de velocidad y con el Stinger como compañero, escuchando música yacht rock por la radio.
Para toda la eternidad.
—Me rindo, Maynard —dice. La carretera está vacía. El aire vibra sobre el asfalto por efecto del calor.
—¡Un cazo! —El Stinger prorrumpe en carcajadas y da una palmada a Greg en el hombro—. ¿Captas? ¿Empieza por «c» y termina por «o»? Bueno, ¿eh?
—Supongo, pero ¿en qué palabra se supone que debía pensar empezada por «c» y terminada con «o»?
—¡En «coño»! ¡Eres un memo, Gran Greg! «Coño» empieza por «c» y termina por…
El Stinger advierte la forma en que Greg lo mira.
—¿Me estás tomando el pelo, Gregory?
—¿Cómo? ¿Tú crees?
El Stinger parece profundamente desconcertado por un momento, pero enseguida se anima.
—¿Cuánta leche da una vaca en su vida? La misma que en bajada. ¿Captas? Su-bida…
Aparece un coche pequeño de color parduzco, o quizá una camioneta de escaso tamaño. El sol reflejado en su parabrisas irradia destellos en forma de estrellas. El radar marca ciento cuarenta y nueve kilómetros por hora.
—Ponle las luces —indica Greg a Stingley.
Este acciona el interruptor. Greg arranca el coche patrulla y pisa a fondo el acelerador en medio de una nube de hierba y polvo.
Las hojas del sauce azotan el parabrisas y, al cabo de un instante, derrapando, se incorporan a la carretera 44 con las luces y la sirena encendidas.
Al principio, el automóvil que persiguen casi se pierde de vista, pero Greg va a ciento ochenta cuando cruzan la línea del condado y la distancia empieza a acortarse.
Greg apaga la radio por satélite Sirius justo en el momento en que Looking Glass comienza a cantar la historia de Brandy, que es una buena chi…
Por su micrófono, el Stinger informa a la centralita de que persiguen a un coche pequeño de color marrón o verde oliva, posiblemente un jeep, pero no está seguro porque circula muy rápido.
—Hemos cruzado la línea del condado y entrado en Hemingford, Margie. Notifícalo a sus agentes, ¿quieres? Carretera 44, a cinco kilómetros de Home, pero camino del pueblo a toda velocidad.
—Entendido, 19 —contesta Marjorie Gompers—. Cuidaos.
Ahora están a solo unos doscientos metros por detrás de su objetivo.
—Lee la matrícula, Maynard —insta Greg.
Stingley, con la nariz casi pegada al parabrisas, entorna los ojos.
—No lleva matrícula.
—¿Qué es eso? ¿Un jeep excedente del ejército?
—No lo sé. Podría ser extranjero, de Corea o Croacia o algo así.
Están entrando en la zona urbanizada de las afueras de Hemingford Home, la capital del condado. Hay muchas casas…, un parque de caravanas…, gasolineras…, un supermercado…
Un tipo en bicicleta sale del MiniMart y accede a la carretera. El bólido se le echa encima.
— ¡Cuidado, cuidado! —exclama Stingley, como si el tipo de la bicicleta pudiera oírlo.
El hombre mira por encima del hombro, vira justo a tiempo y cae de cabeza en el asfalto.
—¡No le ha pasado nada, ya se levanta, sigue adelante! —exclama Stingley—. ¡Alcanza a ese hijo de puta, Gran Greg!