Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 20
53%

Capítulo 20

Nebraska

La destrucción de Pernil tuvo su reflejo en la destrucción de la zona centro de Hemingford Home, capital del condado de Hemingford (¿otro eco, acaso?).

Varios días antes de esos lamentables sucesos, Tom Tellford, un granjero del condado vecino de Elm, paseaba a su perro antes de ocuparse de sus quehaceres matutinos.

Al mismo tiempo realizaba sus meditaciones de cada mañana.

Había adquirido esa costumbre no por consejo de un evangelista o de un gurú televisivo, sino en el programa de Alcohólicos Anónimos.

Antes de asistir a las reuniones, había estado a punto de perder a su mujer, a su familia e incluso su granja.

Allí le propusieron (le exigieron, a decir verdad) que se buscara un padrino, y, después de sus primeras reuniones, se decidió por el jefe de la oficina de correos de Taylor City.

Denny B, como se lo conocía en el programa, era un veterano que llevaba veinte años sobrio.

Aceptó a Tom a condición de que su nuevo ahijado accediera a dedicar, al comienzo de cada día, media hora a la meditación, que consistía básicamente en elaborar una lista de gratitudes.

«Porque —decía Denny B— un alcohólico agradecido nunca se emborracha. Eso va a misa».

Cuando se detenía a pensar en la calamidad en que había convertido su vida, Tom estaba convencido de que, por aquel entonces, se habría paseado en cueros por Taylor City si alguien le hubiera asegurado que de ese modo habría salvado su granja y su matrimonio.

Al cabo de cinco años, la granja daba beneficios (o al menos en igual medida que cualquier otra pequeña finca agrícola de Nebraska), su matrimonio era sólido (en la medida en que puede decirse que es sólido cualquier matrimonio duradero), sus hijas volvían a hablarle y él seguía con sus meditaciones durante el paseo de la mañana con Dicky Boy, que era un chucho («Un mil leches con hocico de sabueso y cuartos traseros de bóxer», decía Tom a quienes le preguntaban), pero una joya de perro igualmente.

Ese día Tom también andaba recogiendo basura.

Llevaba a rebosar el bolsillo delantero del peto.

Tom tenía ciento sesenta hectáreas sembradas de maíz y soja, y por lo menos veinte de tierra agreste y pedregosa que no valía ni un pedo en medio de un vendaval.

Sabía que le convenía vender esa parcela (en el supuesto de que encontrara comprador), pero a Dicky Boy le gustaba pasearse por allí, y a él también.

Recogía basura porque sus tierras estaban a solo tres kilómetros del final de la carretera de Goshen, donde habían hallado el coche patrulla del sheriff Dale Gilbertson con las llaves en el contacto.

Más de trescientos voluntarios habían peinado los alrededores —incluidas las veinte hectáreas de matorrales de Tom, por supuesto— en busca de Gilbertson o de los malhechores adolescentes que, cabía suponer, lo habían capturado y probablemente matado.

Los voluntarios no encontraron a nadie, pero ahora, una vez concluida la búsqueda, Tom sí encontró un montón de desperdicios abandonados allí por los buscadores.

Además de pisotear arbustos, habían dejado cajetillas de tabaco aplastadas, colillas, mondas de naranja, corazones de manzana, bolsas de patatas fritas, envoltorios de minisalami, una gorra con el rótulo «Piezas de Automóvil O’Reilly» en la visera, pilas LR6 (gastadas, cabía suponer), bolsas de plástico, vasos de poliestireno, las sobras de un bocadillo infestadas de hormigas, una lata vacía de tabaco masticable Skoal y un rollo de papel higiénico colgado de un arbusto.

Tom no fue a mirar detrás del arbusto para descubrir qué más podía haber dejado allí ese voluntario en particular.

Lo recogió todo excepto el corrusco del bocadillo.

Eso lo dejó, partiendo de la idea ciertamente romántica de que incluso las hormigas tenían familias que mantener.

Agradecía que hubieran acudido tantas personas con la esperanza de encontrar al sheriff desaparecido (incluidos el propio Tom, su mujer y sus hijas mayores).

Al mismo tiempo, le exasperaba que esa gente fuera tan desconsiderada como para dejar semejante rastro de porquería con esa alegría.

Recogió un Kleenex arrugado y echó un vistazo alrededor en busca de Dicky Boy. Ni asomo de él.

—¡DB! —lo llamó—. ¡DB, ven!

El perro salió de entre los matorrales, gimoteó y desapareció de nuevo. Tom sintió curiosidad, se abrió paso entre la maleza y observó a DB, que, tendido, apuntaba con su hocico experto hacia unas matas enmarañadas.

—¿Qué has encontrado? Sal de ahí.

DB corrió hacia Tom, brincó y gimoteó. Criado con benevolencia, el perro casi nunca tenía miedo, pero Tom sí lo veía asustado en ese momento.

Los arbustos que habían captado la atención de DB estaban aplastados y rotos.

Tom supuso que era obra de los buscadores, pero no descubrió allí basura entre la maleza, ni siquiera un jirón de celofán colgado de un espino.

Se arrodilló y, cuando DB le tiró del peto, lo apartó con el codo. Se adentró entre los matorrales.

Lo que encontró fue la entrada a una pequeña cueva.

No era profunda —de hecho, era poco más que un hueco en la ladera del monte—, pero la capa de tierra depositada sobre el lecho irregular de roca estaba removida.

Cerca del fondo de la cueva, donde una grieta en zigzag surcaba la pared de piedra arenisca, vio algo que brillaba.

A gatas, avanzó un poco más notando en la cabeza el roce de las raicillas que colgaban.

No consiguió llegar hasta el fondo porque la cueva descendía en una pronunciada pendiente; aun así, tendido boca abajo, se estiró y logró alcanzar el objeto.

Al mismo tiempo, experimentó una atracción procedente de la grieta en zigzag.

No le gustó. Intentó convencerse de que eran imaginaciones suyas.

Siempre había sido un poco claustrofóbico.

Pero, si eran imaginaciones suyas, ¿por qué le ondeaba el cabello en dirección a la grieta, como si lo impulsara una intensa corriente de aire? ¿Era eso fruto de su imaginación?

Por un momento, temió quedarse atascado.

Presa del pánico, se empujó con fuerza hacia atrás y salió de la pequeña cueva como un corcho de una botella.

La tierra prendida en el pelo le cayó en los hombros.

Desplegó los dedos y observó su hallazgo.

Era una navaja en cuya empuñadura de marfil gastada constaban las iniciales DG grabadas.

No debería haberla tocado, puede que haya huellas.

Sí, probablemente, pero ¿qué iba a saber él?

Sacó el móvil del bolsillo trasero de su Levis y marcó el teléfono de la policía. Después de hablar con varios funcionarios intermedios, lo pusieron en contacto con Jerome Gaithers, el hombre a cargo de la búsqueda de Kinneston, Speckhoffer y Gilbertson.

—Creo que será mejor que vengan aquí —dijo Tom a Gaithers—. He encontrado una cosa que los buscadores no han visto.

2

Se armó mucho revuelo en torno al hallazgo de Tom Tellford (hallazgo en realidad de Dicky Boy).

En la pequeña cueva se descubrieron unas pisadas, lo que generó no poca controversia, ya que aquella pequeña cavidad no superaba el metro de altura en su punto más alto (y era de solo cuarenta y cinco centímetros en la pared del fondo).

—Tenían que estar en cuclillas —observó uno los miembros del equipo forense.

—No solo en cuclillas —intervino otro—. En cuclillas y encorvados.

No cabía duda de que Dale Gilbertson había estado en la cueva; la navaja era prueba de ello. O bien se le había caído del bolsillo, o bien la había dejado allí adrede para que alguien (con suerte) la encontrase.

La teoría de Gaithers era que los dos adolescentes, con Gilbertson como rehén o con su cadáver, se habían encajonado en la cueva hasta que los voluntarios dejaron atrás esa parte de la zona de búsqueda.

Tom, a quien habían permitido quedarse en la periferia de la investigación (al fin y al cabo, eran tanto sus tierras como su hallazgo), lo consideró poco convincente. Señaló a Gaithers y a los técnicos forenses presentes que él, Tom, solo había podido entrar a medias, y a cuatro patas.

Gaithers dirigió a Tellford la enigmática sonrisa que los agentes del orden reservan a los paisanos que insisten en meter baza, una sonrisa que transmitía simultáneamente cortesía, irritación y condescendencia.

—Buscaron un escondrijo a la desesperada.

—¿Está diciendo que, en su desesperación, menguaron?

Uno de los técnicos forenses disimuló una sonrisa, lo que animó a Tom a exponer el corolario evidente de esa deducción tan discutible.

—Aun si los tres entraron ahí…, fuera como fuese…, ¿adónde se marcharon después? En el estado los busca todo el mundo. Y, si mataron al sheriff Gilbertson, ¿dónde está el cadáver?

—Excelentes preguntas —respondió Gaithers—. ¿No tiene malas hierbas que expurgar o vacas que ordeñar, señor Tellford?

3

Esa tarde, cuando Gaithers y su partida terminaron de tomar fotografías y moldes de escayola de las pisadas y se fueron, Tom y Dicky Boy regresaron a las veinte hectáreas de tierra agreste donde habían encontrado la cueva.

Su mujer tendría la cena ya en la mesa y Tom llegaría tarde.

Le echaría la bronca, cosa que a él lo disgustaba, pero por alguna razón se sentía atraído por ese lugar.

A modo de justificación, se dijo que la reciente incursión de policías y periodistas habría dejado más basura, así que no estaría de más limpiar la zona y, ya puestos, echar otra ojeada a la pequeña cavidad.

DB también parecía muy interesado en ir, aunque soltaba una y otra vez gimoteos de preocupación impropios de él.

El perro acostumbraba a permanecer en silencio o a prorrumpir en frenéticos ladridos en señal de máxima alerta ante intrusos.