Capítulo 19 #3
Si hubiese dedicado un solo pensamiento al enorme palomino —y, para vergüenza suya, no lo ha hecho—, habría dicho que Boy seguía en Riven…
o que había muerto, si los pelirrojos habían saqueado el pueblo.
O que incluso se había convertido en un caballo vampiro, si eso era posible.
Sin embargo, ahí está —de algún modo—, flaco, con las costillas marcadas, pero (como dicen en esta parte del mundo) real como las rosas.
Jack acaricia el cuello a Golden Boy y revuelve entre las provisiones en el compartimento de la señora T.
Entre los abundantes víveres, el alcalde Freel Ginley incluyó un saco de trozos de manzana espolvoreados con canela y una bolsa de harina de maíz.
Jack da varios trozos a Golden Boy y un puñado doble de harina.
Le complace el roce de su hocico en las manos ahuecadas.
Boy lleva una jáquima trenzada a mano que se le ha aflojado.
No tiene riendas, sino solo una cuerda que arrastra.
Después de detenerse para acariciar a Boy, Mary se echa a correr por la calle, chapoteando en los charcos. Jack le pregunta adónde va.
—Al establo, o lo que queda de él. Puede que no se haya quemado todo el pienso.
Da la casualidad de que hay dos sacos de avena que solo se han chamuscado. Jack carga uno en el compartimento trasero del Binny, y Mary, el otro.
—¿Has sabido que eso estaba allí? —pregunta Jack—. ¿Tal como sabías lo de la Coca-Cola?
—Ha sido solo una suposición. Imagino que no puedo tomarme uno de esos refrescos, ¿verdad?
—Claro que sí, te lo has ganado. Yo me tomaré otro. Pero más tarde, cuando acampemos.
—Me parece un buen plan. —Tiene una expresión que Jack no cree haberle visto antes. Podría ser de satisfacción.
—Jack.
—Qué.
—Me alegro de que hayas venido. Me alegro de estar viva. ¿Lo sabes?
—Lo sé. —Sonríe—. Yo también.
4
Golden Boy los sigue de regreso al andén del tranvía.
Richard se yergue sobre el regazo de Mary, con las patas apoyadas en sus hombros, y mira al caballo.
La fogata ya apenas arde. Jack la aviva y a continuación extiende en el suelo un arco de avena para Boy.
Está pensando que, seguidos al paso por Golden Boy, no avanzarán tan deprisa como le gustaría.
No va a exigir al enorme caballo que vaya al trote durante una larga distancia, y menos aún al galope.
Boy ha hecho un viaje épico. Ahora les quedan aún unas cuantas horas de luz; deberían recorrer unos kilómetros más.
Ir a Dezi tal vez sea una estupidez, y desde luego es peligroso, pero eso no cambia el hecho de que esté impaciente por volver.
¿Ha llamado él «casa» a esa ciudad portuaria de terrazas de piedra kinna rosada en pendiente que descienden hasta el puerto?
No, eso lo ha dicho Mary; aun así, Dezi es el sitio donde Sophie y él fueron más felices.
No se dice Dessi, no si eres nativo , piensa. Se dice Dis-ai. Como si empezaras a decir «deseo».
Mira alrededor para decir a Mary que deberían ponerse en marcha y, en un primer momento, no la ve.
Ha cogido una manta de la parte de atrás del Binny Ding y duerme a la sombra del andén del tranvía…
, o lo que queda de él. Richard, hecho un ovillo junto a ella, tiene el hocico y el rabo en contacto.
Mary está agotada, como es natural, ¿y va a despertarla Jack ahora?
Ni hablar. Dezi puede esperar un día más.
Llena una pequeña palangana con agua de uno de los odres que han cargado los muchachos del Alcalde y se la acerca a Golden Boy para que beba.
—Richard ha decidido que Mary es su humano principal, así que solo quedamos tú y yo, grandullón. Debes de haber corrido unas cuantas aventuras. —Acaricia el cuello de Boy—. Somos un par de supervivientes, ¿eh?
Contempla el paisaje reseco y montañoso que reverdecerá con las primeras lluvias.
—Al menos por el momento. Ya nos preocuparemos mañana por lo que pase mañana. ¿Hace falta que te amarre? No lo creo. Tú relincha si presientes algún peligro.
Se tiende a la sombra junto a Mary y, mientras acaricia el pelo a Richard, contempla el cielo azul encuadrado entre las tablas rotas.
Vuelve a preguntarse cuál es su casa. Se crio en Los Ángeles, donde Paul Newman les compró una vez en Schwab’s a su madre y a él unos refrescos con bolas de helado.
Pasó una parte de su infancia en un pueblo turístico de New Hampshire fuera de temporada y otra parte en la carretera, tanto en el lado de Estados Unidos como en el lado de los Territorios.
Posteriormente vivió en Wisconsin, y ahora, cuando visita Estados Unidos, va a Nebraska, pero el pueblo de Hemingford Home no es su casa.
La ciudad portuaria construida sobre terrazas de piedra kinna rosada, situada por encima del Arco del Golfo azul, es lo más parecido a un hogar que llegará a tener, supone, pero sospecha que Speedy Parker tenía razón: él es el Viajero Jack y tiene que recorrer un largo camino de ida y un largo camino de vuelta.
—Ese es mi condenado ka —dice.
Cierra los ojos. Se duerme. Cuando despierta, ya es demasiado tarde para ir a ningún sitio. Prepara una comida, beben Cooa-Cooa Ori Tay y cuenta a Mary todo lo que ha ocurrido desde que Pay y él se marcharon de Pernil en el bucka. Es toda una historia.
—En principio iba a ser un viaje de dos días —dice a Mary—. Tres como mucho. Una puta excursión .
—Te llevaste una sorpresa, ¿no?
—Dices verdad.
Para cuando Jack termina su relato, ha oscurecido y, a lo lejos, los lobos —los de cuatro patas— aúllan a la luna.
5
Parten rumbo a Dezi al día siguiente, después de un opíparo desayuno.
Golden Boy, obediente, sigue a la señora Talbot con su chacoloteo.
Toman por la antigua carretera de Gilead, que discurre paralela poco más o menos a los raíles del tranvía.
Media hora escasa después de salir de Pernil, se encuentran con la pobre Winola , que yace de costado como un perro muerto.
Dentro de ella, en alguna parte, una voz automatizada repite una y otra vez: «Las herramientas de software se están actualizando».
—Suena como si se sintiera sola —dice Mary—. Supongo que es una estupidez.
—No lo es.
En el lateral del tranvía, escrito en jugo de bayas de ave o sangre, se lee un lema que Jack empieza a aborrecer: a los muertos les da igual.
Al rebasar la siguiente cuesta, encuentran a Aaron Destry.
Lo han inmovilizado en el suelo, desnudado…
, excepto por los botines y la estrella, que lleva prendida de un pezón.
Jack detiene a la señora T y se apea. Richard salta con Mary, pero no quiere saber nada del difunto alguacil.
Se escabulle hasta Golden Boy y se sienta a la sombra del palomino.
El alguacil Destry ha padecido una mala muerte.
Los pájaros se han dado un festín con los tejidos blandos de sus ojos y casi toda la nariz.
Tiene las muñecas y los tobillos amarrados con tiras de cuero crudo a estacas profundamente hincadas en la tierra.
Mary se postra de rodillas a su lado, quizá para rezar, pero al instante se levanta de un brinco y, desesperada, se sacude las hormigas rojas que le corren por los antebrazos.
—¡Dios, pican!