Capítulo 19 #2
—Estaba un poco entonada, ¿vale? No como aquella noche en el bar, pero desde luego entonada. En el escritorio de Destry no solo encontré kupas. También había una botella. De eso que llaman piswis.
Jack asiente. Se refiere al whisky de los Territorios.
—Eché un traguito. Para coger un punto, supongo. ¿Aún se dice eso en el lado de Estados Unidos?
—Sí.
—No había pillado una tajada, pero sí estaba lo bastante entonada para tomar malas decisiones. Vi que el restaurante seguía en pie, así que entré a ver si encontraba algo de comer. Pensando en aquel burrito, ¿entiendes?
—Claro.
—Debería haber salido de allí en el acto cuando vi a unos cuantos durmiendo la mona en el suelo o caídos boca abajo en las pocas mesas que no habían tirado por los ventanales rotos.
Pero yo tenía mi punto y estaba famélica.
Así que me colé en la cocina. A la chita callando.
Solo encontré un poco de pan enmohecido y un tarro de miel.
No habían dejado nada más. Retiré el moho lo mejor que pude y puse la miel en el pan y la extendí y me lo comí.
Después, cuando ya me iba, topé con una silla.
Al caerse, hizo mucho ruido. Dos de ellos se despertaron.
A todo correr, salí por la puerta y seguí por la calle.
En medio de un gran griterío, me persiguieron.
Si hubiese llevado puesto un vestido, creo que me habrían alcanzado.
Otros lo oyeron y salieron de donde fuera que estuviesen dormidos.
El del abrevadero se irguió e intentó agarrarme del pantalón.
Gritó crimpa, crimpa , es una crimpa. ¿Sabes qué quiere decir eso?
—Sí.
Richard gimotea, abre los ojos y la mira.
—¿Te he tirado del pelo? Perdona. Vuelve a dormirte.
Richard apoya la cabeza en su muslo y Jack siente otra vez la misma punzada de antes. Celos, sin duda.
—Me persiguieron hasta la torre de agua. Subí por la escalera. Era eso o dejarme atrapar. En ese momento ni siquiera pensé en el miedo a las alturas, ¿entiendes? Estaba cegada por el pánico.
Jack le coge una mano y le da un apretón. Ella se lo devuelve y continúa acariciando al brambo. A su espalda se oye un golpe seco. Jack echa mano a la culata de la pistola, pero es solo la señora Talbot, que ha plegado los paneles solares por ese día.
—Subí al pequeño balcón, como se llame, el que rodea la torre, a media altura…
—La pasarela.
—Sí. Encontré una puerta, pero, al abrirla, solo vi agua.
Uno de los pelirrojos empezó a subir por la escalera y otro le dijo: «Déjalo estar.
Mira esto». Disparó a una de las patas con su arma de superciencia y la voló.
Tembló toda la torre. Grité y me agarré a la barandilla.
Como si eso fuera a servirme de algo. Les divirtió oírme gritar, Jack.
Para entonces ya estaban todos allí en círculo, mirando hacia arriba y tronchándose de risa.
Decían crimpa, crimpa , baja, crimpa , si follas con todos nosotros, igual te dejamos ir.
Mary vuelve a llorar.
—De joven robaba del bolso de mi madre, y a veces me hacía pasar por vidente, y tenía por costumbre volver a casa acompañada de malos hombres, sobre todo después de tomar unas copas, pero no soy una crimpa.
—Lo sé.
—Allí abajo eran casi todos chicos, pero había unas cuantas chicas, con mechas rojas en el pelo y manchurrones de tinte en la cara, como pintura de guerra, y una de ellas dijo: «Déjame probar a mí, Bass».
Él le dio el arma de superciencia y la chica voló otra pata.
Volví a gritar y les pedí clemencia. Dije que bajaría y follaría con todos si de verdad me dejaban ir.
Entonces se rieron aún con más ganas. El tal Bass, que tenía una cicatriz a un lado de la cara, dijo: «Solo te estábamos vacilando.
Nadie quiere follarse a una crimpa como tú».
Pero entonces pasó algo. No sé cómo explicártelo ni cómo describirlo, a no ser…
, ¿sabes que los animales, según cuentan, adivinan cuándo va a haber un terremoto?
—He oído que lo presienten.
—Los pelirrojos presintieron algo en ese preciso momento. Yo también. Una especie de tirón en la cabeza.
La Garganta , piensa Jack.
—El caso es que el de la cicatriz, Bass, voló otra pata de la torre, la tercera.
Luego se marcharon. ¡No a caballo ni en burro!
¡En camiones! No veía tantos vehículos de motor desde que aquel capullo, el calvo grandullón, me secuestró en Nueva York y me trajo a Mundo Medio.
Algunos con ruedas, otros con orugas. Los que tenían orugas llevaban armas grandes, como cañones, en la parte de atrás.
Podría haber bajado entonces, solo que era incapaz.
Cada vez que me acercaba a la escalera, me veía incapaz.
Miraba abajo y me sentía incapaz. Al final habría bajado, ¿no crees?
Cuando apretara el hambre y me gruñera el estómago de verdad. Entonces habría bajado, ¿no?
—Seguramente —responde Jack, pero tiene sus dudas.
¿Cuántos días pasó escondida en la oficina de Destry y cuánto tiempo se quedó allí arriba, paralizada de terror?
Jack no lo sabe. ¿Cuántos días habían transcurrido desde que Pay y él la dejaron y partieron hacia Riven?
Tampoco lo sabe. Los Territorios son Mundo Medio, Mundo Medio es los Territorios, y Mary tiene razón: aquí el tiempo pasa de una manera rara.
—Mientras estaba ahí arriba, hice una promesa. Prometí a Dios…, o a Gan…, que, si llegaba a bajar, no volvería a beber nunca más. Esa es una promesa que me propongo cumplir.
—Lo celebro —dice Jack, y espera dar la impresión de que la cree.
—¿Y ahora qué? ¿Vamos a casa?
—¿Te refieres a Dezi?
Ella se ríe.
—Supongo que ahora para nosotros eso es «casa», ¿no?
Jack aún no ha pensado a tan largo plazo.
En este momento lo intenta. En Dezi hay unas cuantas armas, en su mayoría a buen recaudo en la Villa Palisandro de Edward Youngblood, y en su mayoría —como la pistola de Aaron Destry— viejas y poco fiables.
Hay más armas en los arsenales de NCP, pero esas están guardadas bajo llave.
Los pelirrojos podrían saltarse Dezi —al norte y al sur encontrarían mejores botines—, pero Jack no cree que pasen de largo.
Edward Youngblood es el único hombre fuerte que queda en el Arco desde que Warrock, el gobernador de la Baronía del Norte, murió presuntamente de un infarto (algunos, incluido Ryall Connors, piensan que quizá fue envenenado).
Visitar Dezi, matar a Youngblood y eliminar así toda oposición organizada a su pillaje tiene cierto sentido.
Salvo por el hecho de que a los patanes pelirrojos no parece preocuparles el «sentido».
Ni parece interesarles en especial el robo; lo que les produce placer es incendiar y volar cosas con su armamento de ciencia ficción.
Se asemejan más a las aves migratorias que a un ejército con un objetivo organizado.
¿Por qué Dezi, pues, en lugar de los pueblos más pequeños?
Simple intuición.
—Jack, ¿en qué estás pensando?
—En que necesito volver a Pernil. En el supuesto de que la oficina del alguacil aún esté en pie. ¿Sigue entera?
—Sí. ¿Por qué?
—Tengo que pasar a buscar la Coca-Cola y un libro. Me los guardaba Destry. Los conseguí para Youngblood. Si vamos a volver a Dezi, debo llevarlo. Para tenerlo contento. — En el supuesto de que él siga allí —. Tú quédate aquí con Richard.
Jack se pone en pie. Mary coge a Richard en brazos, lo deja a un lado (él, soñoliento, parpadea) y se levanta también.
—Y un carajo. No pienso perderte de vista.
—¿Serviría de algo discutir contigo?
—Ni remotamente.
3
Regresan a las ruinas de Pernil en el Binny Ding. Jack conduce, Mary viaja en el asiento del acompañante y Richard, sentado en su regazo como un pequeño emperador, mira a su alrededor con vivo interés.
Los tres putos mosqueteros , piensa Jack.
En esta zona apenas llueve durante casi todo el año.
La tierra absorbe ya los miles de litros de la torre de agua, aunque los tramos sin asfaltar de la calle principal siguen encharcados, sobre todo allí donde los vehículos blindados de los pelirrojos han dejado profundas roderas.
La señora T los surca entre salpicones, y Jack para ante la oficina del alguacil.
Han volado un ángulo del edificio, pero este, a diferencia de la mayoría de las construcciones del pueblo, es de adobe duro como la piedra, no de madera.
Jack cree que seguramente se mantiene en pie por eso.
Prevé que la Coca-Cola haya desaparecido, y así es.
El ejemplar de ¿Acaso no matan a los caballos?
ha acabado bajo el camastro de la celda que no ocupaba Mary; aunque la tapa está un poco emborronada, por lo demás parece bastante entero.
Es decir, no se han meado encima ni lo han usado como papel higiénico.
Cuando se dispone a salir, Mary lo sujeta por el brazo.
—Mira en el armario.
Jack señala la puerta del armario, que cuelga torcida de la bisagra superior.
—No hace falta. Habrán robado todo lo que valiera la pena robar.
—En el estante de arriba. Al fondo.
Más que nada por complacerla, Jack se pone de puntillas y busca a tientas con la esperanza de que no lo muerda una rata.
Toca algo. Lo saca. Es el petate que había sido una bolsa Yeti en el lado de Estados Unidos, y oye en el interior el tintineo de unas botellas.
Mira dentro y ve Cooa-Cooa Ori Tay, también conocida como Coca-Cola.
Se vuelve hacia Mary y sonríe. Ella le devuelve la sonrisa.
—Ya te lo he dicho, Jack: lo que tengo es más fuerte aquí.
Fuera, en el entarimado, Richard empieza a emitir su agudo ladrido, con el que parece decir: Deprisa, venid a ver. Cargado con la bolsa y el libro, Jack desenfunda la pistola y sigue a Mary para ver qué ha inquietado al brambo.
Richard, erguido sobre las patas traseras en la calle embarrada, mira hacia arriba con el cuello totalmente extendido. Ante él, con la cabeza gacha de modo que sus hocicos casi se tocan, está un viejo amigo.
—¡Golden Boy! —exclama Jack—. ¡Caramba!