Capítulo 19
Richard ha cerrado los ojos. Entre las caricias positivas de Mary y el calor del fuego, parece haberse dormido.
Retrae las garras en las patas, lo que recuerda a Jack otra rima; no «Con Cornell contactaré, con Cornell contactaré, por favor, Cornell, contéstame», sino una lección de gramática de lo que en sus días se llamaba bachillerato: ¡Nada de dramas, usa la coma! ¡Haz la pausa y aire toma!
—Cuando volví a despertar, era ya por la tarde —dice Mary—.
Me sentía un poco mejor, pero me había vomitado en la pechera.
Entró una mujer…, Bella, se llamaba…, con comida y una palangana de agua con jabón y ropa limpia.
El alguacil me preguntó si sería capaz de comportarme y, cuando contesté que sí, dejó entrar en la celda a la tal Bella y dijo: «Apelo a tu honor».
Eso mismo solía decir mi madre cuando se marchaba de nuestro apartamento.
«Merry-Berry, apelo a tu honor», decía. Así que le dije al alguacil que me portaría bien.
Le aseguré que no haría ya más cabronadas.
Parece que sí las he hecho. Tienes un moretón en el cuello, Jack. Además, me he meado encima de ti.
—Estabas asustada.
—Muerta de miedo, eso es lo que estaba. Ruego tu perdón, pero desde niña he tenido miedo a las alturas. Solo de mirar desde el balcón de una segunda planta se me revuelve el estómago. Acabar en lo alto de esa torre de agua me estuvo bien empleado, supongo.
—Termina de contármelo. —Jack tiene que volver al pueblo, pero todavía no quiere decírselo. Mary podría aterrorizarse. Seguramente eso sea lo que ocurra.
—El alguacil salió para dejarnos cierta intimidad a Bella y a mí.
Me desnudé y ella me lavó. Lo hizo con mucha delicadeza.
Me dio comida y comí. Vio los ojos tatuados en la palma de mis manos y me preguntó si era mentalista.
—Mary se ríe—. Esa nunca la había oído. Artista y modista y lampista sí, pero mentalista jamás.
Le dije que sí y me preguntó qué veía en su futuro.
Lo intenté, por lo bien que me había tratado; incluso me había lavado el vómito del pelo, pero no vi nada. Solo negrura. ¿Crees que habrá muerto?
—No lo sé —responde Jack. Sí lo sabe.
—Me deseó suerte y se fue. El alguacil Destry regresó de su ronda y sacó una pistola de cañón largo y oxidado del último cajón del escritorio.
Debía de ser una antigualla. Dijo que tenía un pálpito, uno extraño, uno malo, pero que no debía preocuparme.
Me repitió que apelaba a mi honor y abrió la celda.
Nos pasamos media noche jugando a las cartas. Al Miradme. ¿Conoces ese juego?
Jack mueve la cabeza en un gesto de asentimiento. Ha jugado a eso con mucha gente en Dezi, y al único a quien no ha podido ganar nunca es al capataz de Youngblood, Ayden Hestin.
—Dormía en la celda, esperando a que volvierais Pay y tú. Dormía bien, como suele pasarme después de una curda. Una noche soñé con Pay en un ataúd blanco. Estaba abierto y él tenía media cara quemada. ¿Ocurrió eso? Dímelo, Jack.
—Sí.
—¿Aún vivía cuando lo encontraste?
—Sí. Me dijo que te quería.
—Me parece que mientes, pero prefiero creérmelo.
—Sigue contando.
—Supongo que podría haber vuelto a aquel hotel, pero no me apetecía.
Qué asco de sitio. El calabozo de Destry era mejor.
Una mañana, al despertarme…, quizá pasada una semana, poco más, poco menos…
, Destry no estaba. Él dormía en la otra celda, así que, supongo, no tenía una mujercita en casa.
Mi celda estaba abierta y Destry no había cerrado con llave la oficina.
Yo podría haber salido, tenía hambre, pero no quise.
Presentía que se acercaba algo espantoso.
Una tormenta. Tú tienes presentimientos como esos, ¿no?
—Sí. A los míos los llamo intuiciones.
—Iba ya a decidir que tenía que salir a comer algo en el Good Boy Good…
, me quedaban unos pocos vales porque esos jinetes de la Pendiente me pagaron todas las copas…
, cuando volvió el alguacil. Me trajo un popkin de huevos revueltos, como un burrito, y me dijo que debía marcharse otra vez.
Dije que lo acompañaría y me contestó que mejor no, porque había habido varios asesinatos.
Utilizó una palabra en la lengua que yo no conocía, pero supe igualmente qué quería decir: obra del diablo.
Añadió que habían muerto unas cuantas personas del pueblo degolladas y habían desaparecido diez o doce niños.
—Niños no —corrige Jack—. Adolescentes.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. Sigue.
—Volvieron. Más. Muchos más.
2
Sentada al calor del fuego, acariciando al bilibrambo dormido, cuenta a Jack que oyó explosiones, gritos y risotadas delirantes.
—Entraron en el bar, en el Cubo, por la fuerza, cómo no, y empezaron a beber. Eran unos chavales, no estaban habituados. El alcohol los enloqueció.
—No necesitaban la bebida para enloquecer —asegura Jack.
—Cuando venían hacia la oficina del alguacil, lo supe. Nadie tuvo que decírmelo, lo supe por…
Le muestra los ojos tatuados en las palmas de las manos.
—Salí corriendo de la celda y me acurruqué en el hueco del escritorio del alguacil Destry.
No se me ocurrió nada mejor. Entraron y vieron las celdas vacías.
Uno lanzó una botella contra la pared. Luego se marcharon.
Pensé que a lo mejor prendían fuego a la oficina o la volaban, pero no.
En mi celda había una ventana pequeña. Me subí al camastro y, por entre los barrotes, vi arder el pueblo.
Jack, tenían camiones. Tenían también armas.
Modernas, no viejas como la del alguacil Destry.
Algunas incluso más que modernas, como las armas en una película de ciencia ficción.
Misiles… y una cosa voladora, como un minihelicóptero, no sé qué era…
Jack, que ha visitado el lado de Estados Unidos mucho después del secuestro de Mary en 1976, cree que se refiere a un dron.
—Seguí esperando a ver si terminaban con su matanza y se iban.
Parecía que nunca acabarían. Entraron otras dos veces en la oficina del alguacil, y cada vez me escondí en el hueco del escritorio.
No era un buen escondite, pero el armario estaba cerrado.
De todos modos, reventaron la puerta del armario, así que menos mal que no me escondí allí.
Me temía que pudieran encontrarme y degollarme, pero no me vieron.
Uno me pasó por al lado. ¡Jack, todos tenían el pelo rojo!
—Sí, lo sé.
—¿Lo sabes? Ya lo supongo. ¿Cuántos son?
Jack se lleva las manos abiertas a los hombros.
— Dela.
—Me llegó un olor. Creo que uno se había cagado en el rincón.
A Jack no le sorprende. En su etapa de detective, visitó varios domicilios allanados donde los ladrones habían dejado desagradables tarjetas de visita. Normalmente semen, a veces mierda.
—No sé cuánto tiempo pasé yendo de la celda al hueco del escritorio, pero, cada vez que entraban esos pelirrojos, yo lo sabía antes de que llegaran.
—Alza las manos y se toca las sienes. En su regazo, Richard se da la vuelta y empieza a roncar con suavidad—.
Ya te lo dije: lo que tengo es más fuerte aquí.
—Sí, me lo dijiste.
—Me pasé dos días escondida, o puede que tres. No estoy muy segura. Aquí el tiempo pasa de una manera extraña. A veces parece… como si se escurriera. ¿No será porque quedan solo dos Haces?
—Es posible.
—En uno de los cajones del escritorio había una bolsa de kupas. ¿Te consta qué son los kupas?
Jack asiente. Anacardos de los Territorios.
—Me los comí. Dormí, a veces en el camastro, a veces en el hueco del escritorio.
Me daba miedo salir, porque todo era jolgorio y risas y fuego y explosiones.
Se pulieron todo el alpiste del Cubo y después encontraron más.
Se paseaban por ahí con vasos y botellas como si aquello fuera un cóctel en el infierno.
Llegó la noche. ¿La tercera? ¿La cuarta?
No lo sé, pero ya no quedaban kupas. Tenía hambre.
Me veía obligada a mear en los cajones del escritorio, y goteaba…
, como cuando estábamos debajo de la torre de agua, ¿te acuerdas?
Jack asiente.
Prorrumpe en un arranque de risa amarga.
—Bueno, aquí es donde me meto en el lío.
Mejor dicho, he estado en un lío desde que tú y Pay me dejasteis en esta hemorroide de pueblo, pero este otro lío era peor y me lo gané a pulso.
Tendría que haber hecho marcas en el hueco, como el conde de Montecristo o uno de esos héroes de las novelas antiguas, pero no lo hice.
Esperaba que siguieran su camino, pero se quedaron. ¿Sabes?
—Sí.
—Jack, tenía mucho miedo. Pero sabía que no podía continuar escondida como un conejo en una madriguera. Al final, me encontrarían, o quemarían esa pequeña oficina del alguacil conmigo dentro y me asaría.
»Pensé que conseguiría salir del pueblo mientras dormían la mona.
Hice estiramientos porque tenía las piernas entumecidas después de tanto tiempo encajonada en el hueco…
A esas alturas ya no me atrevía a dormir en la celda…
y salí. Todo estaba en silencio. En la calle había cadáveres.
No el del alguacil. Algunos vecinos intentaron defenderse, supongo, pero no les sirvió de nada ante esas armas de superciencia y su artefacto volador.
»El sol aún no asomaba y había solo un poco de claridad de primera hora del día.
Me lie la manta a la cabeza y salí hasta el mismísimo entarimado.
Uno de los pelirrojos dormía en el abrevadero vacío, frente a lo que quedaba de la caballeriza.
Entré en el restaurante. No debería haber entrado, pero no podía quitarme de la cabeza aquella especie de burrito que me había traído el alguacil Destry.
Me tenía obsesionada, lo lleno que estaba de huevos revueltos con trocitos de cebolla y pimiento…
Joder, me moría de hambre…, y también…, bueno…
No lo mira a los ojos. Mantiene la vista en Richard. Le acaricia el pelo. Se consuela con eso.