Capítulo 18 #4
Jack le agarra el puño con el que estaba golpeándole el pecho y, a tirones, la obliga a salir de debajo de la sombra de la torre de agua.
La arrastra hasta el Binny Ding y, de un empujón, la lanza al asiento del acompañante.
Mary sigue soltando sapos y culebras en una combinación de inglés y la lengua.
Richard sube de un salto a su regazo. Ella grita y lo lanza de un envite al hueco para los pies.
—Para, Mary. —Sin detenerse siquiera a pensarlo, añade—: Es mi amigo.
—¿Muerde? —Mira a Richard, quien a su vez la mira a ella con recelo, las orejas contra el pelaje grisáceo de la cabeza.
—No.
Aunque digamos que te lo merecerías.
La torre de agua sigue inclinándose y se tambalea. Jack pone la directa en la señora Talbot, traza un círculo cerrado y le ordena que salga de ahí cagando leches.
«No entiendo “cagando leches”, comandante…».
—¡Rápido! ¡Muy rápido!
El Binny enfila a toda velocidad la calle principal de Pernil y da una sacudida al pasar por encima de otro cadáver —Jack cree que podría ser Freddy, el empedernido jinete de la Pendiente que se enfureció cuando Pay le sugirió que le hiciera una felación a la marioneta Hector— justo cuando la torre de agua se desploma por fin detrás de ellos.
Se rompen las soldaduras. Se produce una inundación.
La riada persigue a la señora Talbot hasta el extremo opuesto del pueblo, arrastrando mesas, sillas, cadáveres y basura diversa.
El nivel del agua asciende y rebasa el bastidor del Binny Ding.
Richard vuelve a saltar al regazo de Mary para no mojarse.
—¿ Seguro que no muerde?
—Deja de preocuparte por Richard y empieza a preocuparte de si nadas bien o no.
Pero el agua ya retrocede al propagarse por las calles adyacentes y los callejones.
Por un momento, la calle principal es un río.
Solo sobresale por encima del agua el rostro de la Dama de la Paz, con su sonrisa beatífica.
A ojos de Jack, la torre de agua caída parece un monstruo robótico medio sumergido en una película de ciencia ficción.
—Me parece que Pernil está en las últimas.
—En las últimas y en remojo —añade Mary. Acaricia el pelo de Richard con una mano y se da palmadas en la cara con la otra, como para asegurarse de que todavía es un ser corpóreo.
—Ya lo pillo —dice Jack. La señala y se echa a reír.
Mary adopta una expresión severa, como si fuera a matarlo con la mirada, pero no consigue mantenerla. Empieza a reírse también ella. Pronto los dos se desternillan. Richard los mira alternativamente y parece pensar: Me he juntado con un par de locos.
Ante lo que Jack se ríe aún con más ganas.
9
La parada del tranvía, aunque también destruida por los pelirrojos, se halla en un espacio abierto, con buena visibilidad en todas direcciones, y Jack considera que es un sitio tan bueno como cualquier otro para recuperarse un rato.
Mary y él encuentran unas cuantas tablas rotas bajo los restos del andén.
Las reúnen. Cuando Richard trae unas cuantas ramas en las patas, ella las coge y le da las gracias.
Jack prende fuego a la yesca con el encendedor de butano y pronto tienen una hoguera de llama viva.
Calienta más alubias y bokkie. Cuando las sirve, ella come con avidez, llevándoselas a la boca con tal rapidez que apenas le da tiempo de masticarlas.
Se ha quitado el pantalón vaquero y los mocasines para dejarlos a secar junto al fuego.
—¿Cuándo comiste por última vez?
Mary mueve la cabeza en un gesto de negación.
—¿Una comida de verdad? No sabría decirte.
Al principio tenía tal resaca que no me entraba nada.
No sé qué me dieron de beber esos vaqueros, pero debía de tener cuarenta y cinco grados.
Como mínimo. ¡Míralo! No me digas que no es una monada.
—Richard vuelve a ladear el plato y deja que la comida se deslice hasta su boca—.
¿De dónde lo has sacado? Seguro que no de una tienda de mascotas de los Territorios.
—Es una larga historia. Me interesa más la tuya. La última vez que te vi estabas encerrada en un calabozo. Tú…
—Pay ha muerto, ¿verdad?
—Sí. Lo siento. Un par de chicos del lado de Estados Unidos lo mataron mientras yo estaba… lejos.
—Consiguiéndole Coca-Colas a Youngblood, supongo.
—Sí. —Y también intentando averiguar qué le había pasado a Dale, aunque ese no es un tema en el que quiera entrar después de su huida por los pelos.
—Detesto a ese cabrón. ¿Cómo era que tú lo llamabas?
—Gran Jefe, pero no lo llamaba así delante de él.
—De buena gana lo degollaría.
Jack no contesta, pero él mismo ha albergado sentimientos similares de vez en cuando. Al mencionar Mary la Coca-Cola, Jack se acuerda de lo que compró para el GJ en Lincoln. Lo que antes se le antojaba tan importante ahora no es más que polvo en el viento.
—¿Cómo pasaron hasta aquí esos chicos desde el lado de Estados Unidos? ¿Y por qué lo mataron? Pay no habría hecho daño ni a una mosca. —Mary tiene lágrimas en los ojos. Pronto le resbalarán por las mejillas sucias.
—Te lo contaré todo a su debido tiempo. Ahora quiero saber qué te ha pasado a ti.
—Estaba encerrada cuando Pay y tú os marchasteis a Reevin, ¿no?
Se dice «Riven», pero Jack no se molesta en corregirla.
—Sí.
—Le grité a Pay —dice Mary con la vista fija en el fuego. En el resplandor de las llamas, parece más joven—. Eso lo recuerdo. Lo llamé Mario el Marica de Maricolandia. Me trataba bien, y así me despedí de él.
—No lo sabías.
—No creo que eso sirva de excusa.
Richard se acerca a ella despacio, con el vientre cerca del suelo y las orejas gachas, como si esperase un bofetón. Sin embargo, ella le acaricia la cabeza, y él, mirándola arrobado, se acomoda en su regazo.
—Me cae bien —dice Mary—. ¿Es macho?
—Sí. Richard es macho. —¿Y qué es lo que siente Jack? ¿Una punzada de celos? Seguramente no.
—Me resulta tranquilizador.
—Si tú lo dices… ¿Qué pasó, Mary? Cuéntamelo.
—Dormí la mayor parte del día que os marchasteis —contesta ella—. Jack, ¿mordí al alguacil? Dime que eso no fue así.
—Fue así.
Se pone roja como un tomate.
—Ay. Dios. Mío.