Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

¿Dónde estás, Mary? , transmite…, o lo intenta. La señora T traquetea al arrollar a un cadáver que, por lo visto, su sistema anticolisión no ha detectado. ¿Dónde coño estás?

—¡Jack!

Eso no es telepatía; es un grito, pero parece salir de la nada.

No ve a nadie excepto a los muertos y, por un momento demencial, cree que también Mary ha perecido y le habla desde el mundo de los espíritus.

En ese instante, Richard lanza un semiladrido ahogado.

Está mirando la torre de agua del pueblo.

Cuando Jack y Pay se marcharon camino de Riven, se sostenía sobre ocho patas de acero como zancos.

De esas, los pelirrojos han volado tres, quizá mediante algunos Dragonfires, quizá mediante alguna otra cabronada.

Ahora es la torre inclinada de Pernil. En una estrecha pasarela que circunda el vientre del depósito veteado de óxido, ve a Mary Klee, que agita desesperadamente los brazos en dirección a él.

Jack entiende lo que puede haber ocurrido y por qué la han abandonado.

No ha sido por clemencia; los patanes pelirrojos no conocen la clemencia. Ha sido puro sadismo.

La torre de agua se alza al final de la calle principal de Pernil.

Dos tuberías —una de entrada y otra de salida, deduce Jack, comunicada la segunda con la fuente del pueblo— descienden de debajo del depósito.

Entre ellas hay una escalera; para el mantenimiento, cabe suponer. Por ahí ha subido Mary.

El depósito es viejo, como todo lo demás en Mundo Medio.

El agua gotea rítmicamente desde las soldaduras antiguas, ya degradadas.

Si hubieran dejado intacto el depósito, la base, tarde o temprano, habría cedido como el fondo de una caja de cartón empapada por la lluvia.

Antes de que eso ocurra, las patas restantes de la torre se doblarán y se vendrán abajo.

Muy pronto, a juzgar por las apariencias.

— ¡Jack! —grita Mary. Parece una princesa encerrada en una torre…, solo que esta princesa es alcohólica, sufre probablemente de delirium tremens y es una deslenguada a niveles épicos.

— ¡Bájame de aquí, descerebrado! ¡TÚ TIENES LA CULPA DE ESTO!

No le falta razón; el Gran Jefe decretó que Pay Orville debía acompañarlo. No dijo nada de Mary. Esa fue una brillante idea de Jack.

Estaciona la señora T a la sombra de la torre de agua y sale de un brinco.

Richard hace lo mismo y luego (con un instinto de supervivencia que Jack no puede por menos que admirar) huye despavorido de la zona del posible desplome.

Ahí se queda sentado sobre el rabo en espera de futuros acontecimientos.

Situarse debajo de la torre de agua inclinada es como caminar por debajo de una alcachofa de ducha defectuosa que no para de gotear.

Oye un constante (y casi sinfónico) chirrido a medida que las patas restantes, viejas y recubiertas de óxido, siguen doblándose bajo el peso de Gan sabe cuántos litros de agua, más los que llegan sin cesar, a través de la tubería entrante, desde algún estanque.

—¡Baja! —grita él. El agua le salpica la cara, vuelta hacia arriba—. ¡Por la escalera!

— ¡No puedo! —chilla Mary—. ¡Me atraparán!

—Se han ido —dice Jack. ¿Cómo es posible que Mary no lo sepa? Desde la altura a la que se encuentra, por más que haya llegado allí contra su voluntad, debe de haberlos visto marcharse del pueblo.

A continuación, revela el verdadero motivo.

— ¡Me dan miedo las alturas!

—¡Pues más vale que lo superes! —responde él a voz en cuello. Le cae en un ojo agua herrumbrosa y le escuece. Se la enjuga—. ¡Esto va a venirse abajo!

— ¡No lo entiendes! —Ahora Mary llora—. ¡No puedo, Jack, sencillamente no puedooo!

Jack se plantea preguntarle por qué demonios, si es así, lo ha llamado para pedirle ayuda ya de entrada.

La respuesta es muy simple. La gente no siempre es capaz de actuar, ni siquiera cuando es lo que le conviene.

Al menos no cuando los miedos han degenerado en fobias.

Es posible que Mary haya subido hasta ahí obligada a punta de pistola, o haya trepado por propia iniciativa presa de un pánico ciego, pero ahora está paralizada.

No puedo ayudarla. Lo único que puedo hacer es acabar muerto yo mismo. Los pelirrojos seguirán con su saqueo y la Garganta seguirá ensanchándose.

Al pensarlo —al saberlo —, Jack empieza a ascender por la escalera.

8

Para cuando Jack llega a la pasarela, la escalera tiene ya una inclinación considerable.

Se encarama a la barandilla procurando no cargar demasiado su peso en ella.

Más allá, en la pasarela curva, Mary se aferra a la barandilla con toda su alma.

Los ojos le brillan debido a la conmoción. Está paralizada.

—Pedazo de capullo —dice sin mirarlo—. Vamos a morir.

—No, de eso nada —asegura él—. Agárrate a mi cuello, Mary. Voy a…

— ¡No!

—Voy a llevarte a cuestas. —Acude a su memoria una cancioncilla infantil—. «Ángel, ángel, abajo vamos».

— ¡NO!

—Cierra los ojos y sube. —Lo que le recuerda las armonías de la señora T en «Thunder Road».

—No. No puedo. —Mary mantiene la mirada fija en el pueblo aniquilado de Pernil, aferrada con tal fuerza a la barandilla herrumbrosa que tiene los dedos blancos.

¿Son cada vez más sonoros los chirridos de las restantes patas de acero?

Jack querría creer que son imaginaciones suyas, pero la pasarela se está ladeando.

Se acuerda otra vez del temible paso por el terraplén, él cogido a la palanca de dirección de la señora T, Richard sujeto al marco de la ventanilla abierta.

Jack hace lo único que se le ocurre. Agarra a Mary por los hombros y dice:

—Entonces, te tiro, tocapelotas.

Ella lo mira por fin, tensado su rostro en una mueca de terror.

— ¡No! ¡No! ¡Jack, no! ¡Por favor!

— ¡SÚBETE A MI ESPALDA O TE TIRO! —le grita a la cara. Parte de él debe de decirlo en serio, porque, o bien lo lleva escrito en la cara, o bien Mary le lee el pensamiento.

Se vuelve de espaldas a ella, entrelaza las manos en forma de estribo y aguarda lo que se le antoja una eternidad hasta que por fin ella le rodea el cuello con los brazos.

—Alrededor del pecho —logra decir Jack—. Me estás ahogando.

Mary desliza primero un brazo y después el otro, y traba las manos entre los brazos de Jack.

—Los pies alrededor de los muslos. Cruza los tobillos.

Mary obedece. Jack carga con ella hasta la escalera.

—Cierra los ojos.

—¡Ya los he cerrado, ya los he cerrado!

Jack pasa una pierna por encima de la barandilla y después la otra.

Es difícil, por el peso de Mary. Tiene que confiar en que la precaria barandilla soporte el peso sumado de ambos mientras busca a tientas el primer peldaño de la escalera.

Un calor húmedo le desciende por la espalda; Mary se ha orinado encima. Por increíble que parezca, dice:

—No he podido aguantarme. Lo siento. No, no lo siento. Te lo merecías, Jack.

Por fin encuentra a tientas el peldaño superior; luego el siguiente.

Desliza la mano hacia abajo por uno de los montantes de la barandilla, notando que el óxido se desprende en su mano cerrada, hasta que consigue bajar dos más.

En ese punto puede soltarse del montante y buscar a ciegas con la mano el peldaño superior.

Para eso tiene que inclinarse y se tambalea por un momento.

Mary le grita al oído, sonido que le traspasa el cerebro, y Jack piensa: Eso es lo último que voy a oír en este mundo.

Poco después tiene los dos puños cerrados en torno al peldaño superior de la escalera.

—Todo en orden —asegura él. El corazón le martillea en el pecho, y, si la puta arritmia se le dispara ahora, van a verse en un grave aprieto—. Pero… no más gritos, ¿vale? Por favor…

—Bájame de aquí, gilipollas. —Es un gimoteo, no un grito.

A media escalera, se parte uno de los peldaños oxidados. Comienzan a caer hacia atrás. Mary grita otra vez. Jack, zumbándole los oídos, se agarra a los largueros de la escalera. El peldaño siguiente los sostiene. En el resto del descenso no hay más percances.

Cuando Jack pisa el suelo, Mary se suelta y empieza a aporrearle la espalda. Se vuelve y, antes de poder inmovilizarle los puños, ella le asesta una trompada en la boca y un puñetazo en el cuello. Este último duele de verdad.

—¡Para! —Tose—. ¡Mary, para!

Siguen debajo de la torre de agua y están empapándose.

Mary tiene el pelo pegado a las mejillas.

Jack, pese al dolor en el cuello magullado, no puede evitar reírse.

No ha habido un solo príncipe azul que, al rescatar a la bella dama de su celda en la torre, haya sido recompensado por sus esfuerzos con una meada y una andanada de golpes.

—¡Mary, te he salvado! ¡Te he salvado!

— ¡Eres tú la razón por la que he acabado ahí arriba ya de entrada!

¡Detesto este puto pueblo y tú me trajiste aquí !

—Libera uno de los puños y empieza a pegarle otra vez.

De pronto, Jack se acuerda de Pay en el vestíbulo del hotel Good Rest al anunciar: «¡Primer premio, tres noches en Pernil!

¡Segundo premio, seis noches en Pernil!» . Se echa a reír otra vez.

— ¿Por qué te ríes, hijo de mala madre? ¡Ya te daré yo un motivo para reírte!

Redobla la tunda de golpes —en los hombros, en el pecho, en el abdomen—, pero Jack no puede parar de reír. Es por el alivio; es por la histeria. Oye algo que al principio toma por los ladridos de un perro, pero son muy agudos, casi humanos: ¡Yark! ¡Yark! ¡Yark-yark-yark!

Richard continúa a una distancia prudencial, pero en posición de ataque, pegado al suelo, sus gruesas patas delanteras muy separadas, las garras hincadas en la tierra.

De repente, Jack toma conciencia de que, mientras Mary lo abroncaba y él se reía, los gemidos de la torre de agua se han intensificado y ahora no están ya bajo el goteo de una alcachofa de ducha, sino bajo una discreta cascada.

—Tenemos que salir de aquí.