Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 18 #2
49%

Capítulo 18 #2

—Nos acercamos a Pernil —anuncia a Richard—.

Esto son las afueras. —Pero la idea de que semejante pueblucho tenga afueras le arranca una risotada.

Pernil ni siquiera tiene sheriff—. He aquí una pregunta, Richard: ¿qué vamos a hacer después de Pernil?

¿Alcanzar a los pelirrojos? ¿Y entonces qué?

¿Matamos a Speckhoffer y a Kinneston? Pero ¿cómo? ¿Y qué me dices de la Garganta?

Eso es más de una pregunta, y Richard no responde a ninguna de ellas. Lo único que Jack sabe es que, casi con toda seguridad, Mary se ha ido al claro.

Y yo podría haber sido cómplice inconsciente de todas esas mue rtes. No era mi intención despertar a la Garganta, pero eso hice.

Al anochecer, llegan a otro fuerte de North Central Positronics, el 64.

Es tan grande como el que Jack encontró en las afueras de Riven o incluso más.

Jack sabe que de nada sirve intentar convencer a Richard de que entre, y él mismo no quiere entrar, no cuando las sombras del ocaso se alargan sobre la tierra.

Se dice que es porque prefiere no dejar a Richard solo y sin protección, pero son gilipolleces.

Richard es más que capaz de cuidar de sí mismo.

Puede que haya brambos viejos y brambos audaces, pero no hay brambos viejos y a la vez audaces.

A ese respecto, Jack está totalmente seguro.

Es posible que en el Fuerte 64 queden luces con sensores de movimiento que funcionen, pero, así y todo, no le apetece entrar ahí antes de que amanezca.

Lo cual es una estupidez, porque el fuerte es subterráneo.

Racionaliza su miedo supersticioso diciéndose que es mejor dejar que los patanes pelirrojos se adelanten más en su camino.

Al igual que los otros fuertes, el 64 ha sido asaltado por la turba.

La rampa ancha que Jack ve descender hacia el interior induce a pensar que en este hay parque móvil, como en el 19.

Reúne leña seca suficiente para una pequeña fogata (y sonríe cuando Richard trae también unas cuantas ramitas) y prende fuego con el encendedor de butano que encontró.

Mientras calienta unas alubias y las pequeñas salchichas que, en la lengua, llaman bokkie, piensa en el encendedor de butano y los Slim Jims y en cómo Robinson Crusoe, aislado, siguió reabasteciéndose del Cinque Ports , un barco corsario naufragado y oportunamente encallado en un arrecife que rodeaba la isla desierta de Crusoe.

Los fuertes del Pueblo Antiguo son puntos de abastecimiento fortuitos similares.

¿Es uno de esos ecos entre su mundo y este?

Jack no puede descartarlo, pero cree que probablemente es solo una coincidencia.

Como, según cuentan, dijo Freud una vez, a veces un puro es solo un puro.

—Aunque creo que eso podría haber sido de Kipling —dice a Richard.

Divide la mezcla de alubias y bokkie: mitad y mitad, a partes iguales. Richard inclina el plato, abre la boca y deja que la comida se deslice en ella. Jack ve la garganta del brambo en acción. Acto seguido, Richard lame la salsa de las alubias.

—Esos modales a la mesa tuyos dan pena —le dice Jack—. Pero, como no tenemos mesa, quedas perdonado.

Medio hipnotizado, permanece un rato con la mirada fija en el fuego ya a punto de extinguirse y luego se encarama al compartimento de carga del Binny.

—Esta noche despiérteme si oye algo, señora T. —Dirigiéndose a Richard, añade—: O tú, si hueles algo.

Se arrebuja en una manta y enseguida se duerme.

5

En algún momento —ya es tarde, la luna está baja—, Jack oye un ligero golpe y despierta de inmediato, ya con la mano en la empuñadura de la Glock.

En el compartimento de carga hay algo junto a él.

Cuando se dispone a desenfundar, ve el brillo de los ojos ribeteados de oro de Richard.

El brambo se ha tendido a su lado. Jack despliega un trozo de manta suficiente para taparlo y vuelve a dormirse.

6

A la mañana siguiente entra en el fuerte a investigar. Richard se atreve a acompañarlo hasta media rampa, pero ahí le flaquea el valor. Se sienta y espera.

Hay, en efecto, parque móvil, pero, viendo el número de plazas vacías en las filas de vehículos, Jack piensa que los pelirrojos se han llevado al menos diez o doce transportes grandes.

A juzgar por los que han dejado, deduce que se han apropiado de unidades de combate blindadas, como los Strykers, que en esencia son Binny Dings sobredimensionados con potencia de fuego extra.

Hay bastidores de misiles, algunos aún con su ojiva puesta, otros vacíos.

Al menos los pelirrojos no han tocado lo que parecen armas nucleares, y eso es un alivio.

Estas, marcadas con los iconos amarillos y negros, siguen en sus bancadas.

Pero la mayor parte de los misiles superficie-superficie ha desaparecido, y el único lanzador portátil que Jack encuentra —tirado en un rincón— tiene el cañón obstruido con soldadura. Los otros los han robado.

Antes estaban armados. Ahora están armados hasta los dientes. ¿Cómo sabían qué llevarse? ¿Cómo saben conducir un camión de transporte o un Stryker?

Solo se le ocurre una respuesta: están convirtiéndose —o se han convertido ya— en una especie de mente colmena, tal vez regida por Roy Kinneston y Tara Lynne Speckhoffer, tal vez (esta posibilidad lo aterroriza sobremanera) por una fuerza viviente y pensante que habita en la Garganta.

Ve los habituales armarios que contenían armas pequeñas.

Las armas han desaparecido, pero encuentra un montón de munición al fondo de un armario que puede usar en la Glock.

Se llena los bolsillos de cartuchos hasta que le abultan y después regresa a la rampa.

Richard aún espera, sentado en la espiral que tiene por rabo.

A medio subir, se detiene, entorna los ojos y se lleva la base de la mano a la frente. Mary pide ayuda a gritos. Su voz le llega alta y clara. Cuando abre los ojos, ve que Richard se ha erguido sobre las patas traseras.

—Tú también lo has oído, ¿verdad?

Richard, con las orejas tiesas, se limita a mirarlo. Jack cierra los ojos otra vez y se concentra todo lo que puede.

Mary, ¿dónde estás?

La respuesta es una sarta de obscenidades ante las que Richard emite un quejido de protesta, el primer sonido que Jack le oye. La voz interior

( transmisión )

prorrumpe en nuevos improperios: ¡SOPLAPOLLAS HIJO DE PUTA TÚ ME HAS METIDO EN ESTO ASÍ QUE AHORA AYÚDAME!

—Ya voy, Mary. Aguanta.

¡ESTA PUTA MIERDA SE VA A CAER LO SÉ CAbrÓN HIJO DE MALA MADRE ME DEJASTE AQUÍ TIRADA PARA QUE ME MURIERA!

Intenta mandarle un mensaje para decirle que calle, que así no ayuda, pero la voz ya ha desaparecido.

Jesús , piensa; luego: Jason. Está metida en un grave apuro, dondequiera que esté.

Se proponía llevarse misiles Dragonfire suficientes para llenar los compartimentos de munición de la señora T, pero ahora la situación apremia.

Dice a Richard que suba a bordo. Luego, pensando en Pay, añade:

—Sube a bordo y no te hagas el sordo.

Richard no necesita que se lo repitan. Salta al asiento del acompañante. Jack pide a la señora Talbot que conecte el piloto automático y acelere tanto como le permitan las condiciones. Cierra los ojos e intenta mandar un mensaje a Mary.

¡No puedo ayudarte si me matan! ¿Se han marchado ya del pueblo los pelirrojos?

No hay respuesta.

7

Cuando pasan ante el círculo parlante, se intensifica la atracción de la Garganta, como si repentinamente una señal de radio antes débil llegara ahora con nitidez. El mensaje es tan claro como brutalmente sencillo: Venid a mí, venid a mí, venid-todos-venid-venid.

Richard gimotea, salta al hueco para los pies y se queda hecho un ovillo. Al cabo de un instante, dejan atrás las piedras verticales y la atracción de la Garganta disminuye. Pero no desaparece del todo; siempre está presente, como una comezón que no te puedes rascar.

Pasan ante un cartel, escrito en la lengua, que reza pernil te da la bienvenida, pero no hay bálsamo en Gilead ni bienvenida en Pernil.

El pueblo ha sido… borrado , esa es la primera palabra que a Jack le acude a la cabeza, pero no es la más acertada.

«Borrar» se usa para decir que se ha limpiado todo, y los patanes pelirrojos no borran.

Hay cadáveres desperdigados por la calle principal, en parte de tierra, en parte asfaltada.

Varios de ellos son los haraganes que emborracharon a Mary.

Esos elementos no son una gran pérdida , piensa Jack.

Al camarero del Cubo de Sangre, Upfield, lo han atado a un poste de amarre, lo han tiroteado y después le han arrancado la cabellera…

, o quizá haya sido en orden inverso. La marioneta residente del bar yace en el polvo, a los pies de Upfield, con la absurda verga de madera enhiesta.

Jack recuerda que Upfield dijo: Como rompas a Hector, yo te rompo a ti.

La caballeriza, el banco abandonado y el hotel Good Rest han sido destruidos.

El restaurante Good Boy Good, contiguo al hotel, sigue en pie, pero todas las mesas y la mayor parte de los cacharros de cocina están desperdigados por la calle.

La estatua de la Dama de la Paz luce ahora una peluca roja ya medio granate.

No es tinte de bayas de ave, sino sangre.

Al pie de la fuente hay dos adolescentes con el pelo rojo teñido, ambos muertos a tiros.

Al menos alguien se ha cargado a dos , piensa Jack, y desearía negar la cruel satisfacción que siente al ver los cadáveres.

Puede decirse a sí mismo que no eran responsables de sus actos, que es la Garganta la causante de todas estas horrendas fechorías; puede decirse a sí mismo que la Garganta utilizó a Kinneston y Speckhoffer tal como una lupa concentra el poder del sol y provoca un incendio.

Le sirve, pero solo hasta cierto punto. Sigue alegrándose de que alguien haya abatido a ese par de imbéci…

¡JACK! JACK, ¿ERES TÚ?