Capítulo 18
Jack podría llegar a Pernil desde Paso de Stark en solo una noche de viaje, pero no quiere seguir muy de cerca a los pelirrojos.
No cabe duda de que van por delante; la estela de destrucción —casas incendiadas, postes de heliógrafo derribados, cadáveres de reses y humas— es ancha e insistente.
Lo que sea que haya ocurrido en Pernil —en particular a Mary Klee— casi con toda seguridad ha sucedido ya.
—Debe de haber muerto —dice a Richard, que viaja con el hocico asomado para captar los olores que flotan en la brisa—. Al margen de si llamó o no por teléfono. ¿No te parece?
Nada. Ni una palabra. Los ancianos de Dezi cuentan muchas fábulas sobre Acho, el brambo que formaba parte del legendario ka-tet de Roland de Gilead, y las cosas supuestamente tiernas, ingeniosas y sabias que decía, pero Jack piensa que casi todo eso son chorradas, como las demás historias sobre Roland; por ejemplo que una vez se enfrentó a un oso robotizado gigante.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —pregunta Jack—. ¿O debería decir un plunja?
Al oír la palabra, Richard aguza las orejas y dirige a Jack una mirada de evaluación antes de volverse a contemplar el paisaje.
2
Avanzan sin prisa, dejando que los pelirrojos (con o sin Kinneston y Speckhoffer) les saquen más ventaja. Durante varias de sus paradas, Jack cierra los ojos y se despeja la cabeza con la esperanza de captar algún mensaje de Mary. No hay nada.
Los destrozos que los pelirrojos han dejado a su paso revelan su absurda necesidad de destruir todo aquello que sea una muestra de civilización.
Allí donde los postes de heliógrafo están demasiado lejos de la carretera o demasiado altos para acceder con facilidad, han disparado contra los espejos, como si aborrecieran la idea misma de sus propias imágenes reflejadas.
En ese sentido , piensa Jack, son realmente como vampiros.
Jack y Richard pasan dos noches en la carretera, la primera en un establo, en el que el bilibrambo entra sin inconveniente.
Casi al ponerse al sol el segundo día, Jack se encuentra con otro fuerte de North Central Positronics.
La puerta del 61 está abierta, el panel numérico cuelga, pero Richard se niega a entrar.
—¿No? —pregunta Jack—. ¿Seguro? Va a hacer frío.
Richard no puede hablar (o se niega a hablar), pero le dirige una mirada expresiva: A diferencia de ti, yo tengo mucho pelo.
Jack entra a investigar él solo. Es un fuerte pequeño.
No hay arsenal, sino únicamente dormitorios divididos en cubículos provistos de camastros y una especie de sala de telecomunicaciones llena de pantallas apagadas.
En una de las consolas de esta sala, descubre tesoros mejores que una carretera salpicada de diamantes sin valor.
Uno es un encendedor de butano (supone que es butano) con el rótulo propiedad de ncp .
Lo prueba y, después de un par de intentos, se enciende.
Se lo guarda en el bolsillo. El otro tesoro es un tarro de cristal lleno nada menos que de Slim Jims. Conservan sus envoltorios amarillos, en los que todavía se lee «Hecho en Troy, Ohio».
Coge un puñado y se lo mete en el bolsillo trasero.
Un amigo suyo, también policía, afirmaba que los Slim Jims contenían conservantes suficientes para durar mil años.
Ahora averigua ré si es verdad , piensa.
En el Fuerte 61 no hay esqueletos, pero el lugar le provoca igualmente el típico canguelo que se siente en una mansión encantada.
Piensa que Richard ha hecho bien en quedarse fuera.
Coge varias mantas de los camastros y vuelve a salir.
Richard lo mira desde el asiento del acompañante de la señora T; sus ojos ribeteados de oro brillan en la creciente oscuridad.
Jack reorganiza el contenido del compartimento de carga y se tiende ahí.
Se acuerda de los Slim Jims. Desenvuelve uno y da un bocado.
Sabe igual que un Slim Jim del lado de Estados Unidos.
Richard, erguido sobre las patas traseras, mira a Jack con expresión seria.
—Vale —dice Jack—. Si estas cosas son veneno, supongo que moriremos juntos.
Desenvuelve otra barrita de carne seca y se la tiende.
Richard la coge delicadamente con las patas delanteras y la olfatea.
La devora en dos bocados y se yergue de nuevo a la vez que, esperanzado, alarga las patas.
Jack le da otro Slim Jim y coge uno para él.
Aparte de cierta sequedad —cualquier grasa que las barritas contuvieran en su día ha desaparecido después de no se sabe cuánto tiempo—, se conservan perfectamente.
No se explica cómo es posible ni cómo han llegado hasta los Territorios desde Troy, Ohio.
Richard se ha erguido otra vez y tiende una pata.
—No —responde Jack—. Con dos basta.
El brambo se coloca enseguida a cuatro patas, da dos vueltas y después se tiende con el hocico en el rabo, lo que lleva a Jack a preguntarse si esa criatura ha entendido sus palabras o el tono de voz. Decide que ha sido el tono. No puede ser otra cosa.
—Buenas noches, Richard. —En la lengua: Gallygiff, throcken.
No hay respuesta.
Jack se tumba y contempla el despliegue de estrellas, entre ellas la Vieja Madre, la más brillante.
3
En la mañana del tercer día empiezan a encontrar a su paso más granjas, más ranchos y unas cuantas aldeas. En estas, los pelirrojos se han ensañado.
—Solo saqueo es lo que veo —dice a Richard—, y con Cornell contactaré, con Cornell contactaré, por favor, Cornell, contéstame.
Richard lo mira con la cabeza peluda ladeada.
—¿Crees que estoy loco? Adelante, dilo. Puedo aceptarlo.
Richard abre la boca, y por un momento Jack piensa que ahora sí, con toda seguridad…, pero enseguida Richard vuelve a cerrarla.
Más allá de Paso de Stark, el Gran Camino es casi intransitable, pero la señora T, por lo visto, siempre encuentra la manera de superar los obstáculos.
Cantan. Jack le enseña «Night Moves», de Bob Seger, y melodías de series como «Wouldn’t It Be Loverly» .
La señora T las graba y luego hace las armonías.
Richard escucha (a veces con las orejas agachadas, lo cual tal vez sea una crítica o tal vez no).
A eso de las diez ven el tercer autobús.
Katrina ha sido abandonada en medio de un largo socavón.
En algún momento —hace dela —, un río se desbordó, inundó la carretera y se llevó sesenta metros de pavimento, dejando un barrizal de arena, grava y peñascos.
El autobús está hundido hasta los tapacubos.
—No parece que tengamos un paso viable —comenta Jack.
Mientras se prepara para explicar a la señora Talbot qué ha querido decir, ella propone: «Lo circundaré por el terraplén de la derecha, también conocido como lado de estribor».
Jack mira con escepticismo el terraplén, que es empinado y está cubierto de hierba.
—¿Puede hacerlo sin volcar?
«Sí».
Jack vuelve a examinar la pendiente. Si la señora T se equivoca, probablemente Richard salte a tiempo. En cambio, él…
—¿Está segura?
«Sí».
Jack suspira.
—Active el piloto automático y que la fuerza la acompañe.
«No entiendo…».
—Da igual. Active el piloto automático y siga hacia Pernil.
«Sí, comandante Iulia».
El Binny sortea lentamente los restos de la calzada.
La hierba roza los bajos; pequeños arbustos se parten con un sonido similar al crujido de unos nudillos.
Jack ve una senda hollada por donde los pelirrojos han pasado antes que él, ahora a pie.
El Binny se inclina en un ángulo de diez grados…
, luego de veinte…, luego de veinticinco.
Richard engancha las patas a la parte inferior de la ventanilla abierta para no resbalar hasta el regazo de Jack.
Tiene las orejas gachas contra el cráneo.
—No te preocupes —dice Jack (preocupado)—. Si la señora T dice que puede, es que puede.
Posiblemente. Tal vez.
Despacio, dejan atrás el autobús embarrancado, avanzando ahora en un ángulo de treinta grados.
Todo lo que los muchachos del Alcalde cargaron se desliza hacia la izquierda, y Jack se pregunta si la señora T ha contemplado en sus cálculos el peso de las provisiones en movimiento.
Se pregunta asimismo si el ordenador que controla este trasto —no una benévola maestra de primero, sino una máquina, y además vieja — es de fiar.
Demasiado tarde ya.
Continúan en lo que, calcula Jack, debe de ser un ángulo de cuarenta grados. El autobús amarillo ya ha quedado atrás. Jack ve acercarse el final del socavón.
—Agárrate fuerte —advierte Jack a Richard. El brambo obedece, y por fin dejan atrás el socavón. La señora Talbot regresa a la carretera.
—Buen trabajo —dice Jack—. El resultado nunca ha estado en duda.
«Nunca he estado en duda», coincide la señora T.
—Cantemos «Thunder Road». Yo seré Bruce, usted será Little Steven.
«No entiendo “Yo seré Bruce, usted será Little Steven”».
—Ya lo sé. Usted limítese a hacer las armonías.
4
Como los pelirrojos van a pie —o eso supone Jack— y él viaja en el Binny, extrema la cautela para no alcanzar su retaguardia.
Richard y él almuerzan con toda tranquilidad; a primera hora de la tarde, detiene a la señora Talbot y trepa por un escarpado promontorio para echar un vistazo desde lo alto.
Richard lo sigue, y, cuando Jack se protege los ojos del intenso sol con la mano, le hace gracia ver que el brambo, erguido junto a él sobre dos patas, lo imita.
A lo lejos, divisa un elevado círculo de piedras dispuestas en posición vertical, lo que los ancianos llaman «círculo parlante».
Según cuentan, en estos lugares habitan espíritus malignos, incluso los demonios conocidos como parlanchines.
Se imagina a sesenta o setenta adolescentes desfilar por delante, con churretes de tinte de bayas de ave que les resbalan por los lados de la cara como hilos de sangre.
Había supuesto que a esas alturas habrían llegado ya a Pernil y se habrían ido, tras un alto para causar sus habituales estragos, pero en sus cálculos no había contemplado la pérdida del último autobús.