Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 17 #5
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Capítulo 17 #5

Paso de Stark también ha sido arrasado. La parada del tranvía todavía humea.

El único tranvía visible está volcado y partido en dos.

Cerca yace de costado un camión de bomberos robotizado.

Destruidos ambos vehículos por misiles Dragonfire, supone Jack.

Pero eso no es ni mucho menos lo peor. La raiso n d’être de Paso de Stark es (o era) su terminal ferroviaria.

Una herrumbrosa telaraña de vías parte en todas direcciones.

Algunas dependencias siguen en pie, pero la estación en sí ha quedado reducida a una maraña de madera sin sentido, y el corral adyacente está lleno de cadáveres.

Los vecinos del pueblo —aquellos que no pudieron esconderse o escapar— fueron arreados como reses y obligados a entrar en ese corral antes dedicado a guardar ganado.

Después los mataron a tiros en masa. Jack no quiere imaginar esa matanza y a la vez no puede evitarlo.

En lo que piensa una y otra vez es en el fuego de los fusiles automáticos, así como en el olor de la pólvora quemada que flota en la suave brisa.

Se pregunta cuándo ocurrió. ¿Mientras dormía anoche en el granero?

No, probablemente antes, mientras examinaba los restos de Kingstown.

Mira al brambo y ve que su compañero hace un gesto muy humano: se ha llevado las patas al hocico.

—Lo sé. Huele mal.

Jack abandonó a los muertos de Kingstown, pero no quiere dejar a esta pila de humanidad pudriéndose bajo el sol.

No puede evitar imaginar que, casi con toda seguridad, los condujeron hasta el corral tras prometerles que solo permanecerían allí hasta que ellos, los pelirrojos, se marcharan y que todo acabaría bien.

Investiga en las dependencias, observado por el brambo desde el asiento del acompañante de la señora T.

Uno de los edificios está vacío salvo por varias pilas de monos de faena apolillados.

En el otro hay bidones oxidados, en los que se lee una palabra en la lengua que Jack no puede traducir.

Desenrosca la tapa de un bidón y percibe un olor dulzón que reconoce, y en el acto

( magia de los Territorios )

es capaz de leer la palabra que no entendía. Es etanol .

Va hasta la señora Talbot y descarga su artilla (el brambo lo observa con interés) porque no quiere que el óxido contamine los paquetes, pese a que la mayor parte de la comida está envuelta.

Carga cuatro bidones y recorre con el Binny la corta distancia hasta lo que (inevitablemente) considera la zona de sacrificio.

Ve sin sorprenderse que, en uno de los travesaños de la cerca, han escrito el lema de Roy Kinneston, solo que en la lengua: a los muertos les da igual.

Jack acarrea uno por uno los bidones con cuidado de no pisar ninguno de los cadáveres.

Ve a un niño de menos de dos años con un payaso Limmey sonriente aferrado contra el pecho y se le empañan los ojos.

Desenrosca las tapas de tres de los bidones y los vuelca para que el etanol se derrame por la tierra y sobre algunos cadáveres, mojando camisas y pantalones.

El cuarto lo destapa, pero lo deja de pie en el centro del corral.

Vuelve a la señora T, monta y se aleja a lo que, espera, sea una distancia segura.

A continuación, carga el mortero con un Dragonfire.

—Va a hacer mucho ruido —advierte al brambo. Se tapa los oídos con las manos esperando que lo imite. En lugar de eso, el animal se limita a mirarlo con sus ojos brillantes.

—Tú mismo. — Huirá al monte.

Jack apunta el lanzador hacia el único bidón de pie y aprieta el gatillo.

Se producen la estela blanca de gases de escape y después una explosión.

El bilibrambo recula ante el estruendo y se lleva las patas a la cabeza, pero permanece en el asiento.

El fuego se propaga con rapidez, pero Jack no se queda a verlo ni a oler los cadáveres quemados.

Sale del pueblo por el Gran Camino, ahora rumbo a Pernil.

No tardan en saltársele las lágrimas. La alternativa es parar o poner el piloto automático de la señora T.

Opta por parar, porque todo lo que le ha sucedido desde que partió de Dezi

( una misión absurda, a decir verdad )

le pasa factura: los saltos al lado de Estados Unidos; la historia de Charles Starkweather, que mató a un bebé a culatazos de escopeta; el final de Pay Orville; el segundo final de Dale Gilbertson; la tormenta de piedras cuando lo atraía la Garganta; su enfermedad después del disparo de táser; Lilith con su cuchillo y sus anhelos; los muertos… y los muertos… y los muertos.

—Se suponía que iba a ser un viaje corto —dice. Al brambo, o a la señora T, o a sí mismo—. Un paseo. Echar una visteada la Garganta y… listos…

Se tapa los ojos con las manos y solloza. Tiene la sensación de que va a romperse. Se oye decir:

—No más, Sophie, no más, por favor, no más. No puedo.

Algo le toca la mejilla. Es casi una caricia.

Demonios, es una caricia. Baja las manos y se vuelve, casi esperando ver a Sophie, pero es el brambo.

Y, aunque es solo —seguramente— una impresión por el lagrimeo de los ojos, parece que también él llora en solidaridad.

Jack se ríe y acaricia la cabeza peluda de su compañero.

Lo hace sin pensar y sin miedo a que le muerda con ese círculo de pequeños dientes erosionados.

—¿Cómo he de llamarte? —pregunta, pero supone que ya lo sabe. Ha tenido al menos un camarada de viaje que no ha muerto, aunque probablemente hubo momentos en que su antiguo amigo encorbatado de la escuela Thayer desearía haber fallecido.

—Eres Richard —dice—. Hasta que nos separemos, para mí eres Richard. Señora Talbot, carretera y manta.

«No entiendo “carretera y manta”, comandante Iulia».

Jack vuelve a reírse y se enjuga la cara.

—Ya sé que no lo entiende —dice—. Lo sé. ¿Quiere cantar?

«Sí. ¿Qué canción le apetece oír?».

—¿Qué tal «Bringing in the Sheaves»? Esa me la cantaba mi padre. Dice así: Sembrar por la mañana, sembrar semillas de amabilidad…

Pronto cantan al unísono mientras Richard, hecho un ovillo en el asiento, duerme.