Capítulo 17 #4
Al ver la silueta cuadrada y oscura del Binny contra la puerta abierta del granero, levanta el arma y ordena a la señora T que encienda las luces.
Se activan los faros y los reflectores del techo.
Erguido sobre las patas traseras en la plataforma del vehículo, con un paquete de carne envuelta entre las garras, hay un throcken, conocido más comúnmente como bilibrambo.
Jack no sale de su asombro. Nunca había visto uno; le habían dicho que eran muy poco comunes, si es que no estaban extintos.
Mira sin temor a Jack con sus ojos ribeteados de color dorado.
Continúa tirando del cordel con el que está atado el paquete.
—Joder —exclama Jack en voz baja—. Ya ves tú lo que he encontrado.
O lo que me ha encontrado a mí.
El brambo se interrumpe. Aguza las orejas y, a continuación, vuelve a tirar del cordel. Actúa con una extraña delicadeza. Un perro no se molestaría en tratar de retirar el envoltorio; mordería a través del papel sin más.
—¿Quieres que te ayude?
El brambo se queda inmóvil. Jack da un paso al frente esperando que esa criatura peluda —debe de pesar al menos quince kilos— huya despavorida, con paquete de carne o sin él.
No lo hace. Con cierto nerviosismo, Jack tiende muy despacio la mano, consciente de que podría morderle.
El brambo, en lugar de eso, le entrega el paquete.
Al hacerlo, le tiemblan un poco las garras, lo que recuerda a Jack las manos de su abuelo en sus últimos años.
El brambo tiene el pelo blanco en el hocico.
Los ojos, aunque de expresión viva, lagrimean en las comisuras. Este es un ejemplar viejo.
Jack desata el cordel y desdobla el papel hacia atrás.
Él ha cenado cordero y fruta. Dentro de ese paquete hay gruesas lonchas de jamón.
Tiende una al brambo, que sigue erguido sobre las patas traseras, apoyado en la espiral que tiene por cola.
Coge la carne y la mastica. En ningún momento aparta sus ojos ribeteados de oro de Jack, que coge también una loncha de jamón.
—Consideraremos que esto es un tentempié de medianoche —dice—, sea la hora que sea.
Muy despacio, para no sobresaltarlo, Jack deja el paquete abierto en el salpicadero y se retira a su lecho de paja.
Recuerda haber dicho a la señora T concretamente que fijase el detector para humas…
, y se lo ha dicho en la lengua. ¿Acaso una parte de él preveía la llegada del bilibrambo y sabía que la alarma del claxon de la señora Talbot espantaría a ese animal viejo y hambriento?
No lo sabe ni le preocupa mucho; lo considera un buen augurio en un momento en que necesitaba uno con desesperación.
Por la mañana ya se habrá ido , piensa, cuando los animales que cazarían a una criatura así de anciana hayan regresado a sus guaridas.
Pero, cuando despierta, el brambo duerme en el asiento del acompañante de la señora T, hecho un ovillo y con el hocico contra el rabo en espiral, como el resorte de un reloj.
El jamón ha desaparecido, pero los otros víveres (los muchachos del Alcalde cargaron muchos) siguen intactos.
Jack advierte lo desastrado que el brambo tiene el pelaje y lo flaco que está.
Cuando las tablas del suelo crujen bajo el peso de Jack, el brambo despierta en el acto y se yergue sobre las patas traseras con las orejas aguzadas.
Observa a Jack mientras este revuelve en el compartimento de carga y saca cuatro huevos duros.
Se acomoda en el asiento del conductor, previendo de nuevo que el brambo huya, pero no es así.
El animal mantiene la vista fija en los huevos.
Jack le quita la cáscara a uno y la echa al compartimento de carga de la señora T; luego se lo entrega al brambo.
Este se lo mete entero en la boca y, por un momento, enseña un temible círculo de dientes.
Hincha los mofletes mientras mastica, y Jack suelta una risotada.
Pela otro huevo para él; lamenta no tener sal, pero piensa que hará de la necesidad virtud y da un bocado.
Incluso sin sal, está bastante sabroso. El brambo mantiene la mirada fija en los huevos restantes.
—Uno para ti, uno para mí —dice Jack—. A partes iguales. ¿Qué te parece?
El brambo sigue mirando los huevos. Jack ha oído decir que los brambos hablan, pero este viejecito no dice nada. Solo que en cierto modo sí habla; tiende una de sus patas delanteras terminadas en garras: dame.
—Entendido —dice Jack.
Pela el huevo y se lo entrega.
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Jack prevé una vez más que, cuando la señora Talbot arranque, el brambo, al oír el sonido atronador del motor diésel, enfilará el monte, pero se limita a aplanar las orejas contra el cráneo y se agazapa en el asiento del acompañante hincando las garras.
La señora T sale marcha atrás y despliega los paneles solares.
Cuando cesa el estrépito del diésel, el brambo se yergue y mira alrededor con vivo interés.
—¿Quieres ir a dar un paseo? —pregunta Jack.
El brambo lo mira y ladea la cabeza.
—Lo intentaremos —dice Jack, y trazan un círculo para regresar a la carretera principal—. Solo tienes que saltar si dejamos atrás tu madriguera o como sea que se llame.
N o tiene madriguera , piensa. Es un vagabundo, igual que yo.
¿Es eso una intuición o una simple fantasía? No lo sabe, pero desde luego no le importa tener compañía, aunque sea solo durante un rato y básicamente porque le da de comer.
Se detiene al final del camino de acceso a la granja, pone el punto muerto y sale para hacer sus necesidades matutinas, lamentando no poder también afeitarse.
La idea de que esa sombra de barba de tres días sea el nuevo símbolo del macho apuesto lo desconcierta.
Supone que él sencillamente es de la vieja escuela y se aferra a sus hábitos.
El brambo salta del vehículo —es bastante ágil para su edad— y levanta una pata entre la hierba alta a unos pasos de donde Jack evacúa. Así que es un macho , piensa.
Cuando el brambo termina, vuelve a subir de un salto al Binny y se acomoda en el asiento como si fuera suyo, esperando a que Jack monte y se ponga en marcha. Eso hace, aunque con unas palabras de advertencia.
—Tenlo en cuenta: mis compañeros de viaje tienden a acabar muertos.
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