Capítulo 17 #3
Los Dragonfires encajan bien en los compartimentos de munición de la señora Talbot, lo que significa que funcionarán si necesita usarlos.
(Probablemente). Indica a la señora Talbot que lo lleve de nuevo a un punto cercano al cruce del desvío con el Gran Camino.
La señora T, siempre obediente, lo complace.
Jack le dice que busque un escondrijo donde no se los vea.
Después de explicarle con mucha paciencia qué significa «escondrijo», el Binny se pone a cubierto en un camino sin salida a unos quince o veinte metros del cruce.
Extrae una manta de las provisiones que los muchachos del Alcalde cargaron para él (cuando los mayores, gracias a Dios, ignoraban que no llegarían vivos a la mañana siguiente) y encuentra cerca un retazo de hierba que parece mullida y no venenosa. Se echa la manta sobre los hombros.
—Señora Talbot, avíseme si los autobuses vuelven a pasar por aquí.
«Eso haré, comandante Iulia».
Considera improbable que regresen; los patanes pelirrojos ya habrán concluido sus asuntos en Kingstown o poco debe de faltarles. Seguirán adelante y recorrerán la larga y lenta curva del Gran Camino hacia el Mar Limpio.
Jack se envuelve en la manta y se tumba.
Teme que, al dormirse — si es que se duerme—, se repita la pesadilla de despertar y encontrarse encima a una homicida de doscientos kilos, teñida de rojo y armada con un cuchillo, lista para perpetrar un coitus justo antes (o durante) el orgasmo final.
Se queda dormido casi de inmediato, y el sueño que tiene lo reconforta profundamente: lobos vestidos con peto montan guardia junto a las ovejas del granjero muerto.
No oye la destrucción de Kingstown y despierta a media tarde, renovado y con la cabeza despejada.
Piensa que Shakespeare, en su cita sobre el sueño que devana una maraña de desvelos, tenía toda la razón.
7
Desde el monte con una vista panorámica del pueblo, Jack ve que uno de los dos autobuses ha desaparecido, pero eso no es todo: el propio Kingstown ha desaparecido.
Los pelirrojos lo han reducido a cenizas.
Los escombros de unos cuantos edificios aún humean, pero, al parecer, han volado los demás por los aires.
Misiles Dragonfire en acción, y yo no me he despertado ni una sola vez.
—Señora T, ¿tiene algún contacto con esos autobuses?
«No, comandante Iulia».
Es la respuesta que preveía; aun así, lo decepciona. Se dice que, incluso si la señora T tuviera algún tipo de contacto con los autobuses, eso no le permitiría saber si los pelirrojos han dejado una retaguardia.
Carga un Dragonfire en el lanzador del Binny, desenfunda la Glock de la agarradera para comprobar que no se traba y, con el vehículo en piloto automático, entra despacio en las ruinas de Kingstown, muy alerta a posibles disparos desde los escombros calcinados de las casas de la calle principal, pero consciente de que seguramente no llegaría a oír la bala que le hiciera picadillo el cerebro.
Ese es un pobre consuelo en el mejor de los casos.
Han dejado cadáveres en la calle. Algunos son de mujeres con la falda sobre la cara a modo de mortaja, sus partes íntimas expuestas al sol de última hora del día.
Jack supone que las han violado. Algunos de los muertos son niños.
En el otro extremo del pueblo, donde el Gran Camino continúa hacia Paso de Stark, encuentra las cabezas de dos hombres empaladas en sendos postes.
En las frentes, escritas en letras rojas de tinte de bayas de ave, se leen las palabras pipí y popó, personajes de cuento en Mundo Medio más o menos equivalentes a Colombina y Polichinela en el mundo de Jack.
Las moscas invaden los ojos y las bocas abiertas.
Jack no quiere tocarlos, pero tiene la sensación de que debe hacerlo. Se humedece las palmas de las manos con saliva y elimina las palabras burlonas de la frente fría de los dos hombres. El resultado son unos borrones con los que nada puede hacer, pero al menos las palabras han desaparecido.
Puede que no consiga matarlos a todos, pero prometo a los muertos de este pueblo que mataré a tantos como me sea posible.
A la mierda la justicia, a la mierda los tribunales.
Las antiguas leyendas sobre Roland no se equivocaban al menos en una cosa.
En este mundo, la única ley es la ley de las armas.
Echa marcha atrás en la señora T hasta el autobús restante y sube a bordo.
Como sospechaba, las luces de la cabina están apagadas y los rudimentarios controles no responden.
Al igual que Rebecca , Ellen está kaput.
Vuelve al asiento del conductor de su Binny cantando: «Todo el mundo necesita una mano, todo el mundo quiere tener un hogar».
«¿Quiere que yo haga las armonías, comandante Iulia?», pregunta la señora Talbot.
—¿Conoce la letra?
«No, pero si me la dice la grabaré. Usted estaba cantando en sol. Yo puedo hacer las armonías en si o en re, que es una quinta perfecta».
—Si usted lo dice, señora T… —Y, acordándose de la chica de calendario holográfica, Jack añade—: Noche de karaoke, noche de karaoke, todo el mundo a cantar.
«Si usted lo dice, comandante Iulia, que así sea».
—Pero ahora no. Tengo una cosa que hacer antes de marcharnos del pueblo.
Desactiva el piloto automático y conduce hasta el límite del pequeño centro de Kingstown.
Allí se detiene ante los postes en los que han empalado las cabezas cortadas.
Lamenta dejar sin enterrar a los muertos de Kingstown, pero tiene que marcharse.
No obstante, sí hay algo que puede hacer.
Gira el mortero hasta fijar la mira en el autobús amarillo y aprieta el gatillo.
El proyectil deja una estela de gases de escape totalmente recta.
Acto seguido, Ellen vuela a tres metros de altura y, en llamas, vuelve a caer.
Jack no siente una satisfacción perfecta, pero es un comienzo.
En cuanto salen del pueblo y se encuentran de nuevo en las onduladas colinas de la Pendiente, Jack da a la señora T la letra de «Make a Stand».
Recuerda la mayor parte y se inventa el resto.
Y en el Gran Camino, hacia Paso de Stark, mientras Jack permanece atento a la posible aparición del último autobús amarillo, la señora Talbot y él cantan una balada sobre cómo la soledad induce a tomar malas decisiones.
Cuando el ocaso tiñe el cielo de poniente, Jack encuentra una granja de aspecto próspero con tres graneros circulares en lugar de uno solo. No siente el menor deseo de investigar en el interior de la casa, porque no quiere ver lo que sea
( a quien sea )
que pueda haber allí. Entra a bordo del Binny en uno de los graneros y come de los generosos víveres que han cargado para él los subordinados del Alcalde.
—Señora Talbot, ¿a qué distancia está de aquí Paso de Stark?
«A cien ruedas».
Jack hace un cálculo. Si mantienen el antiguo límite de velocidad de cuarenta ruedas por hora aplicado al Gran Camino y salen poco después del alba, pueden plantarse en Paso de Stark mucho antes de las doce del mediodía.
—¿Y qué distancia hay desde allí hasta Pernil?
«Doscientas cincuenta ruedas desde Paso de Stark hasta Pernil, pero hay un tranvía, comandante Iulia. Puede que todavía funcione».
—Seguiré con usted, señora T. En el supuesto de que no se quede sin energía.
«Tengo el setenta por ciento del gasoil, comandante Iulia, y siguen operativos todos mis paneles solares menos dos. ¿Desea un diagnóstico completo?».
—No es necesario. Mañana le enseñaré las armonías de «Racing in the Streets».
A esto la señora Talbot no responde, y Jack tiene que recordarse que su compañera de canto es una máquina, nada más.
8
Como ha dormido durante el día, Jack sigue despierto hasta mucho después de salir la luna, atento a los sonidos de los cazadores y los cazados entre los árboles y la hierba alta de las tierras de la Pendiente, pero al final decide que debe imponerse un horario de sueño más regular.
Con ese fin, prepara un lecho de heno en uno de los pesebres del granero.
Al hacerlo, se acuerda del ruinoso establo del anuncio de Mail Pouch en Nebraska y lo invade el deseo de dormir allí, en lo más hondo del país donde nació.
Nunca supo lo mucho que amaba Estados Unidos hasta que se vio obligado a marcharse.
Es un lugar ruidoso, conflictivo y a menudo peligroso; también es hermoso.
Podría intentar saltar, pero teme que la Garganta perciba su presencia y tire de él. No le da miedo la posibilidad de morir allí; le da miedo la posibilidad de vivir allí.
—Señora Talbot, ¿tiene una alarma contra intrusos?
«Sí, comandante Iulia. ¿Quiere que la active?».
Jack se plantea dar a Binny su verdadero nombre, pero oírse llamar comandante Iulia lo reconforta de un modo extraño. Ignora por qué.
—Sí, por favor. —Pasa a la lengua, pese a que la señora T habla inglés perfectamente—. Actívela para detectar humas.
Sophie, desde su lugar habitual, pregunta:
—¿Por qué dices eso?
Jack no lo sabe. Desde luego, no teme a los patanes pelirrojos; la intuición —una intuición fuerte — le dice que están abandonando en tropel los pueblos, las granjas y los ranchos del nordeste de las Tierras Arrasadas.
Están congregándose, más una turba que un ejército, y se dirigen a objetivos más grandes y prósperos, como Dezi, y a las pequeñas localidades de Tavares y Lighter Hills.
No responde a la pregunta de Sophie; se limita a darle las buenas noches y le dice que la quiere. Sueña con ella tal y como estaba el día de su unión: el vestido de satén blanco con vaporoso encaje en el corpiño, el cabello dorado en torno al rostro resplandeciente. Y con sus ojos, sobre todo eso.
Sus ojos azules.
9
Pasado un tiempo indefinido, lo despiertan unos crujidos discretos, casi furtivos. Papel. Saca la Glock de la agarradera y sale del pesebre con sigilo para no alertar a los intrusos antes de saber cuántos son.