Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

prevé encontrar a la familia del granjero muerta, y por desgracia su deducción es correcta.

No hay niños, gracias a Gan y Ganley. Están solo el granjero y su mujer, ancianos ambos, desplomados uno al lado del otro en la cocina a oscuras y con cortes en la garganta tan profundos que casi parecen decapitados.

Jack supone que Starkweather y Fugate mataban a sus víctimas a tiros, pero en los Territorios las armas de fuego son poco comunes y es necesario ahorrar munición.

A menos que tengan acceso a esos arsenales de otra época , piensa Jack. Los fuertes del Pueblo Antiguo.

Jack fija la mirada en las botas de faena del granjero, manchadas de estiércol pero robustas.

Necesita lo que necesita, pero no está dispuesto a caer tan bajo como para llevarse el calzado de un muerto.

En el armario del dormitorio, encuentra una caja donde se lee —en inglés, no en la lengua— Picka Deluxe.

Muestra la silueta de un hombre en pleno salto para hacer un tiro en suspensión.

Jack abre la caja y encuentra un par de zapatillas de caña alta de color azul eléctrico, al parecer sin usar.

A ojos de Jack, se asemejan a las zapatillas Converse que él se ponía en su adolescencia hasta hacerlas trizas.

Estas le quedan un poco holgadas —el granjero recién fallecido debía de tener los pies grandes—, pero mejor anchas que demasiado pequeñas.

No sin cierto sentimiento de culpabilidad — a la fuerza ahorcan , se dice—, roba también un par de calcetines de la cómoda que el viejo granjero y su mujer compartían.

Con su calzado nuevo, abandona una casa de muerte más, pensando Soy Jack Tifoideo en vez de María Tifoidea.

Por lo general, prefiere que las intuiciones se adueñen de él en lugar de invocarlas.

Pero ahora, al contemplar ese pequeño rebaño, que no dispone de garras ni dientes con los que defenderse ni tiene refugio alguno al que huir, sí invoca una intuición, y esta acude a él.

Grita hacia la oscuridad:

—¡Venid, lobos, y cumplid con vuestra obligación! ¡Venid y proteged a este rebaño!

Duda de que haya lobos al alcance de su voz, pero le parece oír un susurro de respuesta en lo más hondo de su mente.

Es probable que sea fruto de su imaginación y que ese pobre apelotonamiento de carne de cordero sea devorado o muera de hambre, pero, si un pastor lo oyera y otros vinieran, conducirán este rebaño a una zona más profunda de las montañas.

Allí tendrán comida y agua, y estarán a salvo de los lobos que andan a cuatro patas.

Y, sin embargo, incluso los depreda dores de cuatro patas actúan conforme a su instinto , piensa.

A diferencia de los pelirrojos, que han sido…

—Poseídos —dice, y, al oír su voz, las ovejas del granjero muerto, que se estaban acercando, huyen hacia el otro extremo del corral en respuesta al gruñido de advertencia de un enemigo.

4

Al amanecer, Jack y la señora Talbot se encuentran en lo alto de un monte desde el que se ve un pueblo no mucho mayor que Hemphill. «Hungry Heart» le ronda aún por la cabeza como una mosca que no acaba de decidirse a posarse.

Ve dos de los autobuses amarillos aparcados frente a lo que tal vez sea la tienda de abastos del pueblo.

¿Acaso el tercero anda buscándolo a él? ¿Están cometiendo asesinatos ahí abajo?

Supone que la respuesta tanto a una pregunta como a la otra es sí.

En el mismo instante en que ese pensamiento acude a su cabeza, oye cuatro disparos espaciados y luego algarabía.

Jack no tiene intención de bajar allí y poner fin a la matanza.

Recuerda las sabias palabras de Oliver Goldsmith, citadas no por un profesor de literatura inglesa, sino por un viejo y canoso instructor de táctica en la Academia de Policía de Los Ángeles: Aquel que lucha y escapa puede vivir para luchar otro día, pero aquel que perece en el combate ya nunca puede levantarse para volver a luchar.

—He visto un desvío a una media rueda más atrás, señora T. Con un cartel que decía: «Acceso restringido».

«Sí —responde la señora T—. Esa carretera va al fuerte de North Central Positronics, comandante Iulia».

—Perfecto. Lléveme allí.

En lugar de dar la vuelta, la señora Talbot retrocede. A Jack le produce una sensación de vértigo y cierra los ojos hasta que la señora T toma por el desvío y empieza a moverse hacia delante otra vez.

La pista serpentea entre afloramientos de roca y desemboca en un pequeño claro. Los letreros son los mismos:

fuerte n. º 60 de north central positronics

enseñe el pase, introduzca el código

a la izquierda y

la entrada sin autorización conlleva

pena de prisión o la muerte

dese por advertido

a la derecha. A todas luces, este es un fuerte mucho más pequeño que el que visitó cerca de Riven.

A corta distancia hay un autobús amarillo con el rótulo Rebecca escrito en cursiva en el costado.

Jack detiene la señora Talbot a unos quince metros y se aproxima a todo correr, pistola en mano y agachado.

Cree que el autobús ha sido abandonado, pero más vale prevenir que curar.

La puerta delantera está abierta, pero dentro no hay nadie. Tiene una palanca de dirección similar a la del Binny Ding de Jack y un selector con las letras D, N y R. Lo acciona. No pasa nada.

—Despierta, Rebecca . Soy el comandante Iulia.

Nada.

—Eh, Rebecca, soy Jack Sawyer. Consorte de Sophie, la Reina de las Sombras.

Valía la pena probarlo, pero, aun así, nada.

Jack deduce que la antiquísima batería de Becky está más muerta que una momia.

Sale del autobús y se acerca al Fuerte 60.

Al igual que en el de las afueras de Riven, el panel numérico ha sido arrancado y cuelga de un manojo de cables.

Aquí no hay rampa, sino solo una pasarela inclinada que conduce hacia la oscuridad.

En algún lugar de sus profundidades aún hay maquinaria en funcionamiento, pero, en lugar del tenue ronroneo, casi de satisfacción, que oyó en el Fuerte 19, este sonido tiene algo de áspero y de vez en cuando se intercala un chirrido.

Jack imagina que algún cojinete necesita aceite.

Como en el Fuerte 19, se encienden unos fluorescentes, pero la luz no es estable, sino que parpadea. A Jack no le gusta la idea de quedarse atrapado ahí abajo, en esa negrura estigia, si la maquinaria que controla el recinto falla, pero necesita armas, en caso de que pueda conseguirlas.

Este lugar funciona desde hace cientos de años, se dice. Quizá miles. Aguantará un rato más. A continuación, piensa: Pero teniendo en cuenta mi suerte…

Interrumpe ese pensamiento y baja.

5

No hay garaje, sino solo un vestíbulo que contiene dos Binny Dings polvorientos y desmontados junto con herramientas y una plataforma rodante abandonada hace mucho tiempo.

Más allá del vestíbulo encuentra una serie de cubículos dormitorio equipados con camastros.

Sencillos más que elegantes. La mayoría de esas habitaciones están vacías, pero Jack se topa con esqueletos en dos de ellas, uno en la cama, el otro solo una maraña de huesos bajo una cuerda podrida y rota.

Al final del pasillo, hay un cuarto de baño común.

Una de las duchas contiene otro esqueleto sonriente con unos chanclos de goma en los pies.

Más allá del cuarto de baño hay un pasillo corto con una puerta corredera al final.

Otro panel numérico víctima del vandalismo pende de sus cables.

Jack desliza la puerta sobre su riel, preparado para oír el posible aviso de una voz robótica —«¡Seguridad!

¡Seguridad!»—, pero no pasa nada. El Fuerte 19 al menos seguía semioperativo; este está prácticamente muerto.

Una capa de polvo lo cubre todo. En algunos rincones cuelgan telarañas.

Esta sala es el arsenal del Fuerte 60. Es mucho más pequeña que la que exploró a las afueras de Riven.

No hay ojivas y han vaciado los armarios que contenían armas pequeñas.

Recientemente, piensa Jack. Hay huellas en el polvo y uno de los armarios ha sido forzado; la puerta cuelga torcida de la única bisagra que queda.

La palanca utilizada por algún lescente pelirrojo para abrirla ha sido desechada cerca.

Ve unas cuantas balas esparcidas por el suelo de uno de los armarios, pero ninguna que le sirva para la Glock.

Los pelirrojos también han robado casi todos los misiles Dragonfire, excepto cuatro.

Jack regresa al vestíbulo, agarra la plataforma rodante y la arrastra hasta el arsenal.

Carga los Dragonfires restantes, manejándolos con cuidado.

No cree que vayan a explotar si se le caen, pero son viejos, así que ¿quién sabe?

Lo asalta una sensación de déjà vu. Es la segunda vez que se lleva misiles superficie-superficie de uno de estos fuertes.

Mientras los coloca en la plataforma, susurra un fragmento de la pegadiza canción una y otra vez.

A su espalda, alguien canta el siguiente verso.

Gira en redondo a la vez que saca de un tirón el arma de la agarradera y apunta a una mujer que ya ha visto antes: melena rubia, blusa de escote halter tachonada de estrellas y unos minishorts.

Dice: «Noche de karaoke, noche de karaoke, todo el mundo a can-can-can-can…

». Aún tartamudeando, el holograma primero se queda inmóvil y luego se desvanece.

Jack se apoya en la pared con el corazón acelerado.

Vuelve a preguntarse en qué clase de mundo vive.

Cuando el ritmo del corazón desbocado empieza a acompasársele (saltándose solo algún que otro latido de vez en cuando para mantenerlo sobre aviso), Jack, procurando no cantar, empuja la plataforma por la pasarela peatonal.

Nada desea menos que llevarse otro susto con esa chica de calendario holográfica.

Piensa: Al menos he conseguido traer algo de vuelta a la vida.

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