Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Jack aterriza bien y llega al Binny Ding con un esprint digno de unos Juegos Olímpicos.

Si este trasto no funciona, voy a estar más que jodido.

Pero el Alcalde dejó la llave en el contacto y el Binny cobra vida con un rugido.

No el discreto ronroneo de la energía solar, sino el atronador rugido de un motor diésel, acompañado de una bocanada de gases de escape propia de la zona de camiones de un área de servicio.

Ve apelotonarse a tres o cuatro jóvenes en el balcón.

Señalan hacia abajo en el momento en que se encienden los faros del Binny.

Jack, aunque alberga la esperanza de que no vayan armados, se agacha para ofrecer un blanco lo más pequeño posible en caso de que sea así.

Pone la directa. El Binny da un brinco hacia delante.

Al menos uno de ellos tiene un arma de fuego.

Jack oye un disparo seguido del implacable silbido de una bala que pasa relativamente cerca.

¿Quiere saber Jack cómo de cerca? No. Lo que quiere es doblar la esquina de la casa antes de que alguien le vuele la cabeza.

En el lado de Estados Unidos, una casa de este tamaño —la casa de un alcalde, nada menos— tendría luces con sensor de movimiento, y ahora yo sería una presa fácil… Aunque, con esta luna, lo soy de todos modos.

El Binny Ding derrapa en la grava. Las astillas que saltan del ángulo de la casa por un segundo balazo pasan rozando el capó del Binny. Al cabo de un instante, el edificio lo protege con su extraordinaria (aunque provisional) mole.

¿Cuántos hay? ¿Cuántos «muchachos» escondían el cabello rojo bajo esos sombreros?

Jack recuerda la autocomplacencia del alcalde Ginley durante la cena, describiéndose como el «patriarca de una familia de gorditos».

Mientras Ginley, su mujer y su hija se atiborraban de comida (Jack les siguió el ritmo bocado tras bocado mientras pudo), el Alcalde sostuvo con gran convicción que ningún ejército de forajidos pelirrojos se fijaría siquiera en una aldea como Hemphill.

Y resulta que algunos de los forajidos pelirrojos comían en el porche con los «muchachos» mayores y esperaban su ocasión. O eso sospecha Jack.

¿Esperaban a que la propia Lily acabara conmigo?

Sí. Piensa. Así es. Luego seguirían su camino para reunirse con los otros pelirrojos que se propagaban hacia el Mar Limpio, un contagio mucho más letal que el de la covid-19.

2

Jack avanza a toda máquina por el centro de la calle principal de Hemphill.

Oye a sus espaldas el gemido de unos motores al ponerse en funcionamiento y piensa que los pelirrojos están arrancando los autobuses —Katrina, Ellen y la buena de Becky — para seguirlo.

Recuerda lo rápida y ágil que era Rebecca, incluso en marcha atrás, y calcula que sus probabilidades de sacarles ventaja son escasas.

—Binny Ding, ¿puede ir más deprisa?

«Se requiere identificación del conductor», informa una voz inquietantemente familiar.

—Soy el comandante Iulia. —Es lo único que se le ocurre. Detrás de él aparecen unos faros.

Eso la señora T —esta versión de ella— no lo aceptará si no me identifico de algún modo, por voz o reconocimiento digital. Cosa que no puedo hacer.

Pero, milagro de los milagros, sí lo acepta.

«Tengo una superdirecta, comandante Iulia, pero, conforme a una de mis instrucciones básicas, solo puedo utilizarla con el piloto automático conectado».

—¡Pues hágalo, venga! —Unos faros lo iluminan y oye otro disparo.

«No entiendo “hágalo, venga”».

—¡Active el piloto automático!

En el salpicadero se enciende una luz verde.

«Piloto automático activado».

Se siente impulsado contra el respaldo del asiento debido a la aceleración cuando el Binny Ding se adentra en la oscuridad más allá del límite del pueblo. Las luces de los autobuses que lo persiguen se atenúan y, poco después, cuando el Binny dobla una curva, desaparecen.

Uno de los «muchachos» mayores debió de aparcar el Binny detrás de la casa por orden del Alcalde, listo para partir, y ninguno de los jóvenes se lo impidió.

¿Por qué iban a hacerlo, si no preveían que fuera a marcharme con él?

En teoría, Lilith iba a ocuparse de mí. Después de quedarse a gusto, claro está.

Ahora el Binny debe de ir a ciento treinta, quizá más, y la tortuosa carretera se dirige hacia escarpados montes cubiertos de una masa irregular de pinos y abedules.

La palanca de dirección se mueve de un lado a otro mientras el Binny —controlado por un ordenador antiguo y sin duda poco fiable— deja atrás los haces de sus propios faros.

Es como cuando el autobús Rebecca retrocedió a lo largo de todo el camino hasta Hemphill, solo que ahora al doble de velocidad.

No, al triple. El Binny, en una sucesión de bandazos y derrapes, zigzaguea como una bailarina ebria entre baches y socavones.

En un punto atraviesa con un gran salpicón un charco tan profundo que el agua entra en la cabina y Jack, incómodo, toma conciencia de que va descalzo.

Sin cinturón de seguridad, se balancea y bota como un hombre montado en un saltador.

Si llegan a un socavón insalvable o si el ordenador que controla el piloto automático falla, saldrá despedido del vehículo o acabará aplastado cuando vuelque. Pero qué otra opción le queda.

En el cruce con una carretera más ancha, el Binny se detiene con el motor en marcha. Jack aguza el oído, atento al penetrante zumbido eléctrico de los autobuses amarillos, pero no oye nada. De momento.

—¿Dónde estamos, Binny?

«Hemos llegado al cruce del paso de Gladstone con el Gran Camino, comandante Iulia. Al norte, el Gran Camino va a Nieves Perpetuas y a Far Desoy. Al sudoeste, va a Kingstown, a Paso de Stark y a Pernil».

La voz femenina queda en silencio. Jack oye el viento y, a lo lejos, algo que solo puede ser el grito agónico de un animal pequeño. Tiene los pies mojados y fríos.

—Fije rumbo a Pernil —dice Jack.

«Hecho».

—La llamaré señora Talbot, Binny, ¿puede ser?

«Como usted diga, comandante Iulia».

—Vamos. —Acto seguido, recordando el horripilante recorrido en superdirecta, añade—: Conduzca usted, señora Talbot, está claro que se le da mejor que a mí. Pero no muy deprisa, por favor.

«No entiendo “no muy deprisa”».

Después de su huida por los pelos (y empapado aún de la sangre de Lilith Ginley), nada desea menos que adentrarse en espesuras semánticas —¿kilómetros, millas o ruedas por hora?

—, pero se le ocurre una posible solución a partir de lo poco que sabe sobre los coches sin conductor del lado de Estados Unidos.

—Señora T, ¿hay límite de velocidad en esta carretera?

«¿Soy también la señora T?».

—Sí. ¿Hay límite de velocidad…?

«La velocidad aceptada en este tramo del Gran Camino es de cuarenta ruedas por hora».

—Pues atengámonos a eso. ¿Lleva munición, señora T? ¿Misiles Dragonfire, tal vez? Desde aquí no veo los compartimentos laterales.

«No llevo munición».

—Eso suponía. Vamos. A Pernil. Tengo que ir a buscar a alguien.

Si aún vive.

La señora T continúa por el Gran Camino a un paso mucho más moderado.

Jack sigue echando ojeadas atrás. No ve luces.

Al menos no todavía, se recuerda. Tendrá que acelerar si ve que lo persiguen.

Aún falta mucho para el amanecer, y duda que pueda fiarse del piloto automático tanto como para dormirse, en especial con todos esos botes y virajes.

—Señora T, ¿sabe algún chiste?

«Sé muchos chistes, comandante Iulia».

Con toda seguridad, el entusiasmo que Jack cree percibir en su voz debe de ser fruto de su imaginación.

«Por ejemplo, ¿cuántos médicos hacen falta para cambiar una lámpara de chispa?».

—No lo sé, pero seguro que usted…

«Solo uno, pero hacen falta seis visitas. ¿Qué diferencia hay…?».

—Guárdeselo.

«No entiendo…».

—No cuente más chistes, por favor.

—Como usted diga, comandante Iulia.

3

Una hora después de ponerse la luna, Jack despierta de su duermevela al oír acercarse un zumbido desde atrás.

Suena como un enjambre de mosquitos gigantes, pero supone que, en realidad, se trata de los Tres Autobuses del Apocalipsis.

La señora T, con toda parsimonia, se ciñe estrictamente al límite legal de cuarenta ruedas.

Jack calcula que los autobuses circulan al doble de esa velocidad.

Podría indicar a la señora T que volviera a poner la superdirecta —es posible que su piloto automático funcione a la perfección—, pero tiene aún muy vivo el recuerdo del accidente con el triciclo eléctrico y su única protección es una Glock de imitación con dieciséis balas en el cargador.

Quizá haya otra alternativa. Más adelante, a la derecha, ve un cercado de troncos y un rebaño de ovejas que no tendrían que estar fuera en plena noche, cuando cazan los lobos de cuatro patas. Cerca hay una casa de mampostería y un granero circular típico de los Territorios.

—Señora Talbot, pare detrás de aquella casa y corte las luces.

«No entiendo “corte…”».

—Apáguelas. —Acude a su memoria una antigua película bélica—. Luces fuera, navegación sigilosa.

Se apagan los faros. El Binny atraviesa el jardín, aplastando los cuidados macizos de flores de la esposa de algún granjero, y rodea la casa hasta la parte de atrás.

Jack escucha el creciente zumbido de mosquitos procedente de los autobuses eléctricos y se pregunta si la señora T habrá dejado huellas visibles al desviarse de la carretera.

Desenfunda la Glock y se la apoya en una pierna. Si lo encuentran, plantará cara.

No lo encuentran. El convoy de tres autobuses pasa de largo. ¿Van camino de Kingstown? Lo que le recuerda la canción de Bruce Springsteen titulada «Hungry Heart». De inmediato empieza a resonarle la melodía en la cabeza.

No prevé encontrar la puerta de la granja cerrada con llave, no ahí, en las quimbambas, y en efecto no lo está. Pensando en las «vavejas» que deberían haber puesto a resguardo durante la noche

( deduce, polizonte )