Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 16 #6
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Capítulo 16 #6

La luz de la luna proyecta la sombra de ella en la pared, y no es la de Sophie.

Jack no ha salido aún de su sopor cuando Lilith Ginley se precipita sobre él como un camión al ceder el gato hidráulico que lo sostenía.

Su cuerpo es una silueta pálida e inmensa en continuo movimiento, y sus colosales pechos envuelven la cabeza de Jack a izquierda y derecha, tapándole los oídos con la carne.

Jack intenta respirar, pero esa mujer pesa mucho, por Gan y Ganley, muchísimo.

Jack empuja con todas sus fuerzas y ella se ladea a la izquierda lo justo para que él tome aire una vez. Acto seguido vuelve a tenerla encima, y con el contoneo de su cadera le provoca una erección involuntaria. Debe de ser involuntaria, porque está asfixiándolo.

Jack levanta la cadera con ímpetu; no como parte de los esfuerzos del coito, sino en un acto de protesta.

Ella se desplaza a la izquierda, y ese lado de la cama cede bajo su peso.

El armazón se parte con un chasquido tan sonoro como la detonación de una escopeta y lo que antes era una superficie horizontal pasa a inclinarse.

Al claro de luna, Jack distingue una visión horripilante: Lilith Ginley, en cueros excepto por el sombrero.

Este se mece sobre su cabeza como un bote hinchable de Dezi en un mar encrespado.

Y está embadurnada de sangre. No, no embadurnada: salpicada .

Largos guantes de sangre cubren sus antebrazos.

Sostiene algo en la mano, algo afilado. Destella en la luz cambiante de la luna.

Se lo hinca en la garganta, y la punta le arranca una gota de sangre que le resbala por el cuello hasta la almohada.

—Te follaría antes —susurra Lilith, y Jack percibe un aroma a melocotón amargo. No es perfume: es su aliento—. Lo llaman la pequeña muerte. Tendrás la experiencia poco común… —le agarra la polla, que continúa obstinadamente erecta— de correrte y morir al mismo tiempo.

Se oye revuelo en el piso de abajo: murmullos y un grito ahogado.

Algo se rompe. Una extraña idea acude a la cabeza de Jack mientras Lilith trepa por la cama ladeada y se coloca otra vez encima de él, una mujer araña abotargada que lo aplasta con su peso: Algunos de los muchachos del Alcalde llevaban sombrero de ala ancha y copa baja.

Como el que ella lleva ahora. Supongo que, a fin de cuentas, la enfermedad que Kinneston y Speckhoffer trajeron no ha pasado de largo por Hemphill.

La punta del cuchillo se aleja por un momento de su garganta mientras ella abre sus elefantiásicos muslos para frotarse mejor contra su verga estúpidamente excitada.

La cama medio rota cruje y se viene abajo.

Es la única oportunidad que a Jack se le presenta y la aprovecha: agarra a Lilith por la muñeca, le clava las uñas hasta sacarle sangre y le retuerce la mano para apartarla de sí.

Ella emite un profundo gruñido gutural y deja caer el descomunal muslo sobre la prominente polla de Jack, que por fin se desinfla.

Agarrándose a la cabecera de la cama con una mano, Jack rueda hasta situarse sobre Lilith.

Ella, que esconde poderosos músculos bajo esas carnes fofas, forcejea por el control del cuchillo, que se parece al que ha utilizado el Alcalde para trinchar el pavo.

Lilith aparta a Jack de un golpe y se coloca otra vez encima, el cabello embutido en el sombrero de jinete de la Pendiente.

Jack vislumbra su cara pálida y redonda como la luna.

El cuchillo se vuelve hacia él. Jack lanza al frente la cabeza —la única parte del cuerpo que puede mover debajo de esa mole— y le hinca los dientes en la mano.

Ella grita e intenta retroceder. El piecero de la cama cede y cae al suelo con estrépito.

Del piso de abajo llega el sonido amortiguado de…

¿una risa? ¿Es una risa ? Sí, pero ahora no puede dirigir la atención hacia eso.

Lilith parece sumida en el clímax del orgasmo que en principio solo debía llegar mientras lo degollaba.

Gira los ojos de un lado a otro en las inmensas cuencas como si buscara algo entre las sombras.

Jack nota que un líquido tibio le corre por la cintura y, por un momento, lo asalta un pánico de la infancia: Me he meado.

Pero eso no es orina; hay demasiada cantidad.

Apoya las manos en los gigantescos pechos de Lilith y empuja con todas sus fuerzas a la vez que recuerda cómo el muchacho del Alcalde empujaba las enormes nalgas de Ginley para subirlo al autobús.

Consigue hacerla caer de costado. La empuñadura del cuchillo asoma de la amplia curva del vientre de Lilith por encima del ombligo.

Jack no se explica cómo ha llegado hasta ahí.

La sangre mana de su cuerpo y empapa la sábana y la colcha.

—Morirás —susurra Lilith—. Morirás en esta casa…, entrometido.

Jack le arranca el sombrero y lo echa a un lado a sabiendas ya de lo que va a encontrar, pero siente la necesidad de verlo con sus propios ojos. Ella tiene el pelo rojo. Del rojo de las bayas de ave.

Uno de los «muchachos» de Ginley pregunta:

—¿Has conseguido que se corra antes de pincharle?

Se oyen chistidos y más risas ahogadas. Jack se enfunda el pantalón de empleado de la limpieza y se pasa por la cabeza la camiseta que le ha dado Gwen Ginley. Casi con toda seguridad esa mujer ya ha muerto , piensa. Ya no tendrá que preocuparse más por su hijo pastor.

Suenan fuertes pisadas en la escalera y más risas ahogadas. Jack se pone la agarradera y se la ciñe. Se guarda la libreta de Sophie en el bolsillo trasero.

Mientras retrocede hacia la puerta que da al balcón, una aparición desnuda y ensangrentada se yergue entre la pared y la cama rota.

— No —susurra Lilith con voz ronca, y tiende las manos hacia él. La sangre le resbala a borbotones por las piernas—. Nooo.

Jack amaga un golpe con el puño y, cuando ella, en un acto reflejo, alza las manos para cubrirse la cara, la empuja.

Lilith da un traspié con las sábanas, casi recobra el equilibrio y finalmente, tras tropezar con el piecero roto, se desploma con un ruido sordo.

Parece temblar toda la casa. Queda con la espalda apoyada en la pared, y un cuadro de jinetes de la Pendiente en una larga y ondulante pradera se descuelga.

Le cae en la cabeza y va a parar a su inmenso regazo.

Lilith separa los labios y brota de ellos una bocanada de sangre en apariencia tan negra como su pelo teñido a la luz de la luna.

Sacude los pies en un rápido tamborileo contra las tablas del suelo. Alguien llama a la puerta.

—¡Ábrenos, Lily! ¡Ya los hemos liquidado! ¡Los hemos liquidado a todos!

Está muerta , piensa Jack. Igual que su madre y su padre y todos los muchachos del Alcalde que eran demasiado mayores para contagiarse de la locura de los pelirrojos. Estoy en una casa de muerte.

Cubierto otra vez de sangre —no la suya—, retrocede y sale al balcón. Está a una altura de cuatro metros del suelo o algo más. El Binny Ding se encuentra aparcado en una glorieta de grava. Jack piensa: Gan me ha provisto de un coche para la huida. Si es que logro llegar hasta él, claro.

Se encarama a la barandilla de hierro forjado y se cuelga del travesaño inferior. Antes de armarse de valor para la caída, ocurren tres cosas. La puerta de la habitación se abre de repente. El cuerpo de la chica muerta es apartado sin contemplaciones. Y la barandilla ornamental se rompe.

Jack se deja caer.