Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 16 #5
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Capítulo 16 #5

—Me bastaría una litera ahí donde vuestros muchachos extienden sus sacos —dice Jack a la mujer del Alcalde.

—Quia, quia, nada de literas para el consorte de la Reina de las Sombras —contesta Gwen. Lo precede escalera arriba, contrayéndose y distendiéndose sus descomunales nalgas, y Jack confía en que, si Gwen sufre un ictus o un infarto, caiga hacia delante; si se desploma hacia atrás, lo aplastará.

—No era mi consorte ni yo el suyo. Como dice la vieja rima infantil, nos casamos, fuimos felices y comimos perdices…

Gwen se da la vuelta en lo alto de la escalera.

—¿Le he ofendido? Si es así, le ruego su perdón.

—En absoluto. ¿Cómo se ha enterado de mi relación con Sophie?

—Por Lily. Está al tanto de todos los dimes y diretes.

Un poco chismosa, eso es mi hija, pero Freel no le lee la cartilla, es la niña de sus ojos, ¿y a mí me hace algún caso esa chica?

¡Jamás! A la que corre una noticia, Lily va a por ella como un plunja a por un objeto brillante. Tiene que hincarle el pico, ¿entiende?

Jack lo entiende. Supone que, si Lily estuviera en el lado de Estados Unidos, viviría colgada de Instagram, Bluesky y las selfis. Tal vez fuera, Gan nos libre, influencer. Él se perdió toda esa bazofia en la adolescencia y no lo lamenta.

La habitación no está mal, aunque las luces de chispa no funcionan. Gwen le lleva un quinqué, una jarra de agua y una toalla.

—¿Se encuentra a gusto? —pregunta Gwen—. ¿Le queda bien la camiseta nueva?

Jack mueve la cabeza en un gesto de asentimiento y nota un vago alivio por el hecho de que ella no haya recurrido al voseo, aquí una forma de tratamiento más íntimo. Le dice que a decir verdad se encuentra muy a gusto.

Ella olfatea el aire.

—Huele a cerrado, ¿no? Esta habitación no se usa desde hace mucho. Era la de mi hijo. Somos una familia de gorditos, sai Sawyer…

—Para usted, señora, dejémoslo en Jack.

—Eso propone y así será, y yo soy Gwen, o Gwennie.

Somos una familia de gorditos, pero mi hijo Ulrich era más flaco que una sombra.

Un buen chico, un chico encantador. Se unió a los lobos.

Ahora ellos son su tet. Antes venía a menudo…

, luego casi nunca…, y estas últimas Tierras Anchas, ni una sola vez.

—Lo siento —dice Jack, y así es. Gwen no llora, pero se la ve muy triste.

Abre la puerta que da a un balcón. Jack no cree que el aire en la habitación de Ulrich Ginley oliera a cerrado…, pero enseguida entra una brisa fresca que agita lánguidamente las cortinas.

—Desde este balcón se ve la vista de la que Ulrich disfrutaba cada mañana —comenta ella—.

Todo montañas y bosque. —Aquí, muy al norte, las tierras altas son boscosas—.

¿Cree usted que, si yo hubiese ocultado esa vista…

, la hubiese tapiado, digamos…, se habría quedado en casa en vez de elegir el cambio e irse para ser pastor de ovejas?

Jack piensa en decirle que en otro tiempo tuvo un amigo que era uno de esos pastores, y que él, Jack, era el rebaño. Ese Lobo fue el mejor amigo y más leal que ha tenido. ¿Lo entendería la mujer? Tal vez, pero es tarde (o eso le parece a él), está dolorido y le palpita el cuero cabelludo.

—Cierre la puerta del balcón cuando note el cuarto demasiado frío para usted, Jack, y cuidado con la cabeza si sale; es alto y ya se ha lastimado más que suficiente.

Hay un retrete al final del pasillo, pero, si necesita mear, hágalo desde el balcón y ya está.

Aunque sin mojar su Binny aparcado ahí abajo, eso no.

Jack flexiona una rodilla y se lleva el puño a la frente.

—Quia, quia, nada de saludos para las personas como yo. Que duerma bien, Jack.

Gwen se marcha. Jack se sienta en la cama, nota un bulto detrás y saca la libreta de Sophie. Le palpita la cabeza, pero cree que, si lee durante un rato, tal vez logre conciliar el sueño. Y en las páginas de esta libreta Sophie sigue viva.

12

A veces me despiertas de una pesadilla, Sophie. Porque yo te despierto a ti con mis gemidos y —a veces— gritos. Te propuse que durmieras en otra habitación y me dijiste: «Jamás en la vida. Quiero que sea mi cara lo primero que veas al volver de esos lugares espantosos».

Tú eres mi lugar seguro, Sophie. Para toda la eternidad.

Cosas horrendas me ocurrieron de niño en lo que yo por entonces llamaba los Territorios, pero las cosas peores me pasaron en el lado de Estados Unidos.

Algunas de mis pesadillas tienen que ver con el bar Oatley.

En esa época, el camino aún no me había curtido.

En el Oatley yo era solo un niño fugado que echaba tanto de menos a su madre que por las noches lloraba hasta quedarse dormido.

El protagonista de mis pesadillas del Oatley es Smokey Updike, que me obligaba a trabajar y me amenazaba con entregarme a un policía llamado Digger Atwell, que sentía debilidad por los niños.

Sentado en un barril de cerveza, con un gorro de papel ladeado sobre un ojo, decía: «No intentes escaparte, Jack. No hasta que yo haya acabado contigo».

Hui de Smokey y del bar saltando a los Territorios.

Conocí a mi amigo Lobo allí, y he aquí la ironía y el eco, amor mío: Lobo y yo terminamos en un lugar que era igual de espantoso.

Se llamaba Hogar Cristiano de Sol Gardener para Muchachos Descarriados.

El dueño y director era el reverendo Robert «Sol» Gardener…

, que, como se vio, estaba asociado con Morgan Sloat.

Incluso entonces nos hallábamos en una cámara de resonancia ¡y no lo sabíamos!

Yo hui del Hogar del Sol. Lobo no. Murió allí.

Esos son malos recuerdos, pero, en algunos sentidos, los peores son de la escuela Thayer de Indiana, a donde fui a buscar a mi amigo Richard Sloat, a veces conocido como Richard el Racional.

Porque el hijo de Morgan Sloat, pese a no ser mala persona, se negaba a creer lo que ocurría.

Ya conoces las raeduras, Sophie…, lugares como el Cañón de la Armella, lugares como los llamados «círculos parlantes», donde una especie de remolino temporal ha erosionado los límites entre los mundos.

Eso ocurrió en la escuela Thayer. Las cosas se deslizaban.

Empezó con el entrenador de baloncesto de Richard.

Lo sustituyó un ser metamórfico cargado de hombros que vestía una cazadora de cuero de motorista y fumaba sin parar.

Uno tras otro, los compañeros de clase de Richard también fueron sustituidos por sus gemelos de los Territorios…

, y tal vez de otros mundos distintos de estos.

Lo que los hacía tan y tan horrendos era que Richard los reconocía tal como eran antes.

El campus, antes impecable y cuidado con esmero, se convirtió en una ciénaga lodosa.

Un moho marrón cubrió las paredes de los edificios, y allí se criaban gusanos blancos como la cera.

Todo eso ocurrió porque Morgan Sloat —y su gemelo, Morgan de Orris— querían que su hijo me pusiera en manos de las criaturas que él tenía a su servicio.

¿No habría podido Sloat enviar a sus mutantes —sus hombres bestia— y llevarme sin más?

Me he planteado esta pregunta a menudo al despertarme de mis pesadillas, mucho después de dormirte tú de nuevo, Sophie.

¿No podría el antiguo socio de mi padre —el asesino de mi padre— haberme secuestrado sin más?

Me horroriza pensar eso, porque significaría que Morgan quería arrastrar a la locura a su propio hijo obligándolo a ver un mundo en el que Richard Sloat el Racional no podía creer, lo que llamábamos «fantasías de Seabrook Island», nuestro término en clave para los Territorios cuando no teníamos ni diez años.

¿Por qué iba Morgan a hacer una cosa así? La única razón que se me ocurre es que Richard, como yo, era de naturaleza única y podía representar una amenaza si, al hacerse hombre, decidía desafiar a su padre, cosa que sería cada vez más probable cuanto más tiempo siguiera siendo mi amigo.

Estoy convencido de que lo que ocurrió en el campus de Thayer era peligroso; no solo para nosotros, sino para Mundo Medio y, muy posiblemente, para todos los mundos.

Morgan estaba ebrio de poder y, por tanto, no era capaz de ver las consecuencias de sus actos.

Creo que los cambios en el campus de Thayer eran un ataque contra los dos Haces restantes que mantenían separados Mundo Medio y todos los mundos.

Cuando el Rey Carmesí destruyó los otros Haces, los mundos empezaron a fundirse, a mezclarse como distintos colores y texturas de pintura.

Morgan hacía algo parecido en la escuela de su hijo, pero sin más motivo que quebrantar la mente de Richard, y quizá, en último extremo, inducirlo al suicidio.

No quiero creerlo…, pero lo creo. Morgan y su gemelo, como muchos déspotas y aspirantes a déspota, eran en esencia estúpidos.

Si no hubiéramos saltado para escapar, me parece que quizá esos dos habrían…

13

Jack lee las últimas palabras en voz alta: «… destruido toda la existencia tal como la conocemos».

Lo que escribió es un tanto embrollado, es consciente de ello.

La fusión del bar Oatley con el Hogar del Sol (sobre el que jamás se atrevería a escribir con detalle), la fusión luego con la escuela Thayer, donde Richard estudiaba.

No explicaba nada sobre los Haces porque Sophie ya los conocía, y ella nunca insistía en pedir más recuerdos suyos del lado de Estados Unidos.

Casi ha llegado al final de lo que escribió; dos páginas más, y el resto está en blanco.

Ha logrado su propósito; cree que ya puede dormirse.

Deja la libreta —la libreta de Sophie— en la mesilla de noche. Apaga la lámpara de chispa y se tumba. Una brisa fresca entra por el balcón y le acaricia el cuerpo. Se duerme y sueña con Dezi. Sueña con Sophie. Sueña con el dormitorio que compartían y con la sombra de ella

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