Capítulo 16 #4
—Algunos de esos aún funcionan —anuncia el alcalde Ginley—.
Antes Hemphill era una estación y centro de reparación de toda clase de vehículos.
Esa era su única razón de ser. Detrás del garaje hay tranvías, pero hoy día no queda ninguno en servicio; el que iba de Pernil a Mejis fue el último. ¿En Dezi todavía hay alguno de esos?
—Uno a Pernil y otro a Mejis. El tranvía de Pernil se llamaba Winola.
—Nosotros tenemos tres autobuses: Katrina , Ellen ¡y la buena de Becky! —Da una palmada en el reposabrazos de su asiento doble—. Los demás han dejado de funcionar. Para usted tenemos un Binny Ding. ¿Le consta el Binny Ding?
—¿Que si me consta? ¡Claro que sí!
—Perfecto, pues. En Hemphill no tenemos crujehuesos…
, el nuestro se fue al claro hace tiempo…
, pero hay una joven que asiste en los partos y reduce fracturas de huesos y demás.
Ella le limpiará el cuero cabelludo para que no se le infecte.
Y trátela bien, Jack del Mundo Exterior, porque da la casualidad de que es mi hija.
—Antes tendría que lavarme el pelo —dice Jack—. Se me cagó un pájaro en la cabeza. Uno enorme.
Ginley lo mira, atónito, y se echa a reír otra vez. Sus muchachos ríen también. Jack suma su risa a la de los demás.
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Rebecca se detiene frente a una casa grande —no exactamente una mansión— a unas cuantas puertas de la sala de reuniones.
Los «muchachos» (algunos ya con mechones canos) ayudan a Freel Ginley a bajar del autobús, proceso más complicado que subirlo.
Pero finalmente llega sano y salvo a terra firma.
Uno de ellos le entrega un bastón que emite un brillo verde fosforescente cuando el Alcalde apoya su peso en él.
Jack se sorprende al oír hablar al bastón: «¡Ahora estoy a tu servicio, Alcalde! ».
El hombre corpulento ve la expresión de Jack y se encoge de hombros.
—Cuando yo era más joven, este bastón hablaba sin parar.
Ahora rara vez dice más de lo que acaba usted de oír.
—Y, antes de que Jack pueda responder, el Alcalde se da la vuelta con una agilidad sorprendente y exclama—: ¡Queridas!
¡Espero que hayáis guardado cena, porque tenemos un invitado honorable!
En el porche que circunda la casa del Alcalde hay dos mujeres.
Una, la mayor, es grande. La joven, que debe de ser la hija del Alcalde, es enorme.
Las dos llevan vestidos estampados de flores, y la más joven luce el sombrero de ala ancha y copa baja más grande que Jack ha visto en su vida.
La cinta del sombrero despide erráticos destellos de luz.
Las dos mujeres descienden por los peldaños del porche, sin duda reforzados para soportar el peso combinado de semejantes mastodontes. Las dos gritan —no hay otra palabra para describirlo— «papá» y «ya ha llegado papá». Madre e hija rodean al Alcalde y se balancean en un éxtasis de devoción.
Jack piensa: Se diría que no lo han visto desde hace un año, como si fuera un capitán de barco en un antiguo ballenero. Pero es difícil no disfrutar de su afecto…, que, al igual que su tamaño, es de lo más abrumador. Jack calcula que su abrazo en grupo debe de superar la media tonelada.
Ginley mira a su alrededor con el cabello cano alborotado y los carrillos colgantes enrojecidos.
—Jack Sawyer, tengo el gusto de presentarle a mi mujer, Gwen, y a mi hija, Lilith.
Jack hinca una rodilla en el suelo y se toca la frente tres veces.
—Largos días y gratas noches, mujeres de Hemphill y de la casa de Ginley.
—Qué cortés es —comenta Lilith. Observa a Jack con una mirada de interés en sus ojos brillantes—. ¡Y también un moit apuesto!
Ante eso, la madre, en broma, da a la hija una palmada en el hombro.
A continuación, riendo tontamente, se desploman la una en brazos de la otra.
Jack, pese al cansancio y los dolores, no puede por menos que quedarse embelesado de nuevo.
Los muchachos del Alcalde sonríen. Flota en el aire una sensación de afecto y camaradería.
Jack se dice que no debe dejarse seducir por eso, y acto seguido se pregunta: ¿Y por qué no?
—Tengo a mis muchachos —dice el alcalde Freel Ginley—, y también a mis chicas. Si me piden que elija, ¡me quedo con las chicas! —Lo que da pie a más risas estridentes y otro abrazo en grupo.
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Al oler la comida recién hecha ya servida —no popkins empapados en Nozz-A-La, sino pavo asado, puré de patata, salsa, verduras y guarnición de arándanos—, Jack casi desfallece de hambre, pero, cuando se encamina hacia la mesa repleta como hipnotizado, Lilith lo agarra por el brazo.
—Quia, quia, ya comerá hasta hartarse, pero primero hay que limpiarlo.
Lo lleva a una habitación que es a todas luces el despacho del Alcalde, va a buscar un taburete a la cocina y sienta a Jack en él.
En el escritorio de Ginley hay tanto un quinqué como un flexo de chispa.
Lilith pulsa el interruptor del flexo varias veces, suelta una palabra malsonante y la luz se enciende.
—Magia —dice Jack.
—Una magia que no durará mucho tiempo —responde ella, y orienta el foco hacia su cuero cabelludo. La sombra de Lilith en la pared es inmensa.
—Me encanta ese sombrero que lleva —comenta Jack, solo por decir algo.
—Era de mi buelo. Me lo pongo para acordarme de él.
¡Vaya, qué mala pinta tiene esta herida!
¡Y la camisa! ¡Por Gan y Ganley! —Se inclina hacia él apoyando los pechos en su espalda y susurra—: No le diga a mi padre que he pronunciado en vano el nombre de aquel que da vida a la Torre y energía a los Haces.
—Ni se me ocurriría —asegura Jack.
—Confío en que no le tenga mucho aprecio a esa camisa, porque su tiempo se ha acabado. Quítesela. Le buscaremos algo que ponerse.
Se quita la casaca verde oscuro de Dickies y la deja caer junto al taburete. Lilith vuelve a inclinarse sobre él y lo sorprende con un gesto inesperado: le acaricia con la yema del dedo el pezón, que se le endurece. Eso mismo hacía Sophie antes de hacer el amor.
—Qué suave —le susurra al oído, y él nota que se le empina, no en un acto voluntario, sino como simple reacción al roce de su aliento. Se yergue en el taburete. Ella retira la mano y, otra vez con tono profesional, dice—: Necesitaremos agua caliente, y creo que va a escocerle.
¿Y se pregunta Jack cómo sería acostarse con una mujer de ese tamaño? Claro que sí. ¿Por qué hacerse una pregunta de la que ya conoce la respuesta?
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Lilith ha dicho que le escocería y, pese a la delicadeza con la que lo ha curado, le ha escocido mucho. No obstante, Jack ha agradecido la quemazón. Nada desea menos que otro asomo de enfermedad.
—¿Va a vendármelo, señorita?
Ella, con las manos en las caderas, anchas como un acorazado, se detiene a pensar y, finalmente, niega con la cabeza.
—Mejor dejarlo que respire, bien lo sé. El corte habría cicatrizado por sí solo, pero la mierda de esos pájaros es veneno. ¿Era un plunja?
—Sí, el más grande que he visto en mi vida.
—Me parece que lo he limpiado bien, pero volveré a lavarlo por la mañana. —Toca la cicatriz que dejó la bala de Wanda Kinderling—. ¿Y esta herida? ¡Me asombra que no lo haya matado!
—Casi me mató. Pero el casi solo cuenta en la petanca.
—¿La petanca? —Lily frunce el entrecejo.
—Es un juego. No tiene importancia.
Lily vuelve a tocarle la cicatriz —sin llegar a acariciarla— y Jack siente un estremecimiento involuntario.
—Tiene cosquillas —dice ella con una sonrisa. Luego adopta de nuevo el tono profesional—. Iré a pedir una camiseta a uno de los muchachos. En una de las de mi padre se perdería.
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Disfrutan de una gran cena propia de Acción de Gracias.
La familia del Alcalde y Jack se sientan en el comedor; los muchachos del Alcalde —nueve en total, algunos con sombrero de ala ancha y copa baja, y todos con pantalones de jinete de la Pendiente—, en el porche circundante.
Hay muchas risas y no se habla del ejército de pelirrojos que saquearon Mejis.
Jack piensa de pronto en lo poco que importa un desastre en una parte del mundo a quienes viven en otras partes en las que todo sigue en orden, y que la mala suerte es en gran medida una cuestión de proximidad.
Jack podría haberles dicho que ese desastre seguía su curso.
Los pelirrojos tal vez pasen por Hemphill o tal vez no, pero, al sudoeste de Mejis y Pernil, la Garganta crece y su atracción es cada vez más fuerte.
Jack no sabe si esa hendidura es en realidad el refugio final del Rey Carmesí, expulsado de la Torre Oscura hace mucho tiempo (o eso cuentan las viejas leyendas), pero ¿de qué serviría echar a perder una ocasión feliz como esa cena con historias ante las que esta gente alegre y bien intencionada no podría hacer nada?
—Su Binny está aparcado detrás de la casa —informa el alcalde Ginley—.
Con toda su carga y con víveres, a punto para partir.
Aquí estamos un poco a trasmano…, lo cual probablemente es una ventaja si la mitad de lo que usted ha contado es cierto…
, pero el paso de Gladstone, nuestra calle principal, se incorpora de nuevo al Gran Camino dos ruedas más adelante.
Cuando esté listo para marcharse, el vehículo estará listo para usted.
—Muchas gracias, Alcalde.
—Quédese otro día y otra noche, si le place —ofrece Gwen Ginley—. Se encontrará mejor después del descanso.
—Quédese, diga que se quedará —añade Lilith con un tono camelador de niña pequeña.
—Otra vez será —responde Jack—. El asunto que tengo entre manos no puede esperar. Tengo que encontrar a mi amiga, si es que aún vive. —Mary es más una ka-mai [1] que una amiga, pero era la novia de Pay , y eso cuenta. Además, como habría dicho su viejo amigo Richard Sloat, tiene habilidades .
Jack prescinde de la cerveza durante la cena y del vino dorado de la sobremesa, pero toma dos raciones del postre frío y cremoso que Gwen le planta delante. Pese a que le duelen las piernas después de un día de viaje, consigue subir a la habitación de invitados sin ayuda.