Capítulo 16 #3
Mientras repecha una empinada cuesta, el plunja alza el vuelo y traza una serie de círculos cada vez más cerrados sobre él.
Jack alcanza a ver un letrero herrumbroso en el que tal vez diga hemphill.
Eso le transmite un atisbo de esperanza, en el supuesto de que Hemphill no se halle aún a cuarenta ruedas de distancia.
Mientras Jack avanza atento al suelo donde pisa, porque no quiere rematar este magnífico día torciéndose un tobillo, el ave lanza un graznido triunfal y le suelta una cagada en plena cabeza.
—Fantástico —dice a la vez que se limpia una mezcla de guano caliente y sangre coagulada—.
Joder, es que es fantástico, ¿eh? Ahora ven aquí con papá.
—Desenfunda la Glock y apunta al ave. Esta lanza otro áspero graznido y, escorándose, se aleja antes de que Jack apriete el gatillo.
Como si supiera lo que ese huma terrestre se proponía. Tal vez lo sabía.
Jack introduce de nuevo la pistola en la agarradera y prosigue con su penosa andadura. Aún faltan unas horas para el ocaso, pero los riscos que se alzan a ambos lados ocultan el sol y la mayor parte del cielo, con lo que la carretera rota resulta aún más lúgubre.
Salaire , piensa. De la peur , piensa.
¿El salario de los pobres? ¿Es eso lo que significa?
Su madre se ríe de él y lo llama tonto. Desde detrás, Sophie se ríe también.
Ignora a qué distancia se encuentra Hemphill, pero sí sabe que Pernil está aún más lejos y que, para cuando regrese a Dezi, el ejército de pelirrojos ya habrá llegado y se habrá ido tras causar sabe Dios qué destrozos.
No le preocupa demasiado lo que puedan hacer con Youngblood, pero en esa ciudad costera hay mucha gente a la que aprecia: pescadores y carpinteros; jinetes de la Pendiente; el excéntrico pregonero Hesh Marten; el maestro Ratcliffe; la oronda y afable Petrella Connow, propietaria de la tienda de chuches Caiden’s Candies y vendedora de los hombrecillos de chocolate verde que Pay y Mary llamaban E.
T. Al pensar en Payton, se acuerda de George Elgin y Larry Magruder, alias el Peonza.
No es que los tenga en gran estima, pero no desea que corran la misma suerte que Payton.
Ni siquiera le gusta la idea de que la criada para todo del GJ, Zumbi la Plumero, una chiflada, se las vea con los pelirrojos.
En cuanto a Ayden Hestin, el calvo que se parece a Harlan Coben, con ese que hagan lo que quieran.
Puede que Kinneston y Speckhoffer sean los cabecillas de los asesinos; puede que hayan vuelto a la Garganta, o tal vez incluso al lado de Estados Unidos.
Jack siente un escalofrío al pensar en las tropelías que podrían cometer allí.
Lo lógico sería que no regresaran a Nebraska, no cuando toda la policía del Medio Oeste anda buscándolos, pero con los locos nunca se sabe.
Jack supera la cuesta y, a medio bajar por la pendiente al otro lado, vigilando dónde pisa y pensando en todas la personas de Dezi a quienes conoce y por las que siente simpatía —sus paisanos—, alza la vista y ve un gran autobús amarillo estacionado a algo menos de un kilómetro.
Delante, sentado en un sillón rojo similar a un trono, está el hombre más corpulento que Jack ha visto jamás, que debe de pesar como trescientos kilos.
Cuando este advierte que Jack lo mira, alza una mano y saluda con parsimonia, en actitud majestuosa.
Viste una túnica de tirantes inmensa. Sus pliegues de grasa tiemblan cuando saluda.
Unos cuantos hombres jóvenes se bajan del autobús y rodean a su líder mientras se levanta.
Los muchachos permanecen alertas para sujetarlo si se cae.
Consigue tenerse en pie, aunque se tambalea, con los brazos extendidos, hasta que recupera el equilibrio.
En su movimiento se observa una peculiar desenvoltura que recuerda a Jack la danza de los elefantes en la película Fantasía.
Ese individuo enorme va envuelto con una amplísima túnica ceñida con un desmesurado fajín rojo.
Es incapaz de arrodillarse, pero, cuando Jack se acerca, se lleva un puño a la frente.
—Salve, hombre del Mundo Exterior. —Tiene una agradable voz de barítono—. Soy Freel Ginley. La gente me llama el Alcalde.
—Le llamaré como usted guste si puedo beber algo y plantar el culo en ese autobús. ¿Funciona?
—Como supondrá, no ha llegado hasta aquí por arte de magia. Hemos salido a recibirlo. ¿No, muchachos?
Los «muchachos», que aparentan poco más de veinte años, responden con un murmullo de asentimiento. Miran a Jack con los ojos muy abiertos.
—Destry me ha anunciado que vendría, y aquí está —informa Ginley—, solo que en su mensaje no decía que tendría el mismo aspecto que algo recién fugado de un matadero.
—He tenido un accidente.
Uno de los muchachos de Ginley entrega a Jack un cántaro de cerámica. Jack lo empina y bebe agua helada hasta sentir un pinchazo en el centro de la frente.
—Gracias, sai.
—Que le sea de provecho —dice el joven.
Una vez saciada la sed, Jack pregunta si Destry se ha puesto en contacto con el Alcalde por medio del heliógrafo.
—Sea, hay una línea de heliógrafos en los riscos. A salvo de los saqueadores. Llegan hasta Far Desoy, al norte, antes del sitio donde empieza Nieves Perpetuas. Apártese, sai, no querría caerme encima suyo al embarcar en Rebecca . Vaya un recibimiento sería ese.
Los jóvenes ayudan al alcalde Ginley a subir al autobús, tarea a la que, por lo visto, están acostumbrados.
Uno de ellos se agacha y empuja con las manos esas nalgas enormes; otros dos tiran de los brazos.
Recuerdan a Jack los esfuerzos por sacar de la arena una camioneta atascada.
Ginley se desploma en un asiento doble de la parte delantera, falto de aliento pero con una alegre sonrisa en los labios.
El autobús se balancea sobre los amortiguadores.
—Como engorde cincuenta kilos más, tendrán que subirme a este autobús con grúa —comenta Ginley, y suelta una carcajada.
Uno de los muchachos lleva al Alcalde una bandeja de fruta y fiambre en lonchas. Ginley se la ofrece a Jack y le dice que ataque, que ataque. Jack se sirve de buena gana. La fruta, una especie de manzana de los Territorios, es deliciosa.
Uno de los muchachos se encajona entre los colosales muslos del Alcalde, se inclina sobre el salpicadero y dice: «Hemphill, Rebecca».
El autobús empieza a retroceder de inmediato entre los riscos, y a buena velocidad, tal vez a unos cincuenta kilómetros por hora.
A diferencia del triciclo, no se sacude ni traquetea; se nota solo un letárgico zumbido.
Jack sabe que parte de los aparatos fabricados por el Pueblo Antiguo aún funcionan —los tranvías, el triciclo, los vehículos de emergencia robotizados—, pero viajar en Rebecca es como ir en limusina.
Su asiento, al lado del que ocupa el Alcalde, es tan cómodo que Jack casi se echaría a llorar.
—¿Le ha dicho el shurf Mose a qué he venido?
—Quia, solo me ha dicho que vendría. Ha intentado enviar más noticias, pero lo que llegaba no tenía ni pies ni cabeza. El heliógrafo es útil, pero en días como este, cuando el sol va y viene, funciona muy lento y los mensajes son un auténtico galimatías.
El autobús cobra aún más velocidad y Jack se siente desorientado por ese rápido movimiento en marcha atrás. Por no hablar de la agilidad con que el autobús esquiva los baches y socavones, posiblemente con la ayuda de algún tipo de radar.
—Hay conflictos en estas tierras, no necesito el heliógrafo para saberlo —dice Ginley—. Cuando aparece un pistolero, siempre hay conflictos.
Jack se plantea aclararle que él no es un pistolero, pero, con la Glock colgada al costado izquierdo, duda que le sirviera de mucho desmentirlo.
—¿Hay conflictos en Hemphill?
—Quia, quia, en mi pueblecito todo está en calma. Además, ¿por qué iba a molestarnos una pandilla de alborotadores? Somos poco más que una aldea y la enfermedad de los adolescentes ha pasado de largo. Dígame qué es lo que sabe, sai, si es tan amable.
Jack le habla de Kinneston y Speckhoffer, los forajidos. De que la Garganta ha reunido a un pequeño ejército y de que este arrasó Riven y Pernil.
—En Mejis podrían haber causado más daños, pero los vecinos se defendieron. Eso los vándalos no se lo esperaban.
—Los echaron, ¿eh? —Ginley se descarga un puñetazo en un muslo, que tiembla como gelatina—. ¡Sea, bravo por ellos!
Jack sospechaba que, si el pequeño ejército de Kinneston y Speckhoffer hubiese querido destruir Mejis, lo habría hecho. Piensa en su madre cuando decía: Tienen más tela que cortar, Jacko. Otros fuegos que apagar.
—Supongo que no tendrá una carretamóvil, ¿no? ¿O un tranvía que vaya a Pernil?
—Ah, quizá podamos hacer un moit mejor que eso.
—Una de las personas de mi tet sigue en Pernil. Si aún está viva, claro.
—Un asunto grave, pues.
—Tan grave como un infarto.
—¡Jamás en la vida le diga eso a un hombre de mi tamaño!
—replica el Alcalde, que se da unas palmadas en el pecho.
A continuación, prorrumpe en una jovial carcajada.
Jack no puede evitar reírse también, pese a los pies doloridos, la herida en el cuero cabelludo, la cagada de pájaro en la cabeza y demás.
7
Una luna en cuarto creciente dora Hemphill con su frágil luz de cuento de hadas.
Pese al agotamiento, Jack no puede por menos que quedarse embelesado al ver el campanario de la iglesia, el pequeño grupo de casas y el diminuto centro del pueblo, que se compone de una tienda, una taberna y la sala de reuniones municipal.
En el claro de luna, Hemphill parece una aldea de Vermont en una perfecta imagen de postal.
En las afueras hay un garaje festoneado de antenas y un gigantesco espejo de heliógrafo.
Delante se encuentran estacionados varios autobuses amarillos.