Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—No me llame así —replica Jack con aspereza.

Se acuerda de un editorial publicado en Los Angeles Times en el que se describía a algunos agentes del Departamento de Policía de Los Ángeles como «pistoleros de gatillo fácil» tras la muerte de un niño de once años por herida de bala durante un tiroteo con intervención policial.

Como siempre, el editorial omitía toda mención a los seis uniformados fallecidos por arma de fuego, atropellos o mientras intentaban rescatar a algún ciudadano a lo largo de ese mismo año.

Hardy se limita a responder con una media sonrisa —un tanto pícara— y señala con el pulgar la semiautomática enfundada en la agarradera. Y Jack, con la pistola ahí colgada al alcance de la mano, supone que no tiene sentido discutir.

—Resistan, amigos —dice, sin darse cuenta de que ha hablado en inglés hasta que ve fruncir el entrecejo al shurf Mose—. Cuídense, quiero decir, y estén atentos, por si aparecen esos patanes pelirrojos. Lo mismo deciden volver en esta dirección. Más vale prevenir que curar.

Mose asiente con la cabeza.

—Un buen dicho.

En realidad, Jack no cree que los pelirrojos vuelvan.

A lo largo de la costa en forma de garfio del Mar Limpio hay comunidades pacíficas, Dezi entre ellas.

Jugosos objetivos en espera del saqueo a manos de una legión de hunos de Mundo Medio fuertemente armados.

Entretanto, la Garganta seguirá creciendo.

El Tajo es el último refugio del Rey Carmesí, dijo Maeve.

Sigue decidido a destruir Mundo Medio, tal como fue destruido su cuerpo físico.

Si no puede reinar aquí, traerá Discordia y ahí será donde reine.

—Bien, muchachos. Ya nos veremos más adelante en el camino polvoriento. —Jack lo dice en broma, pero su voz se proyecta con una sorprendente resonancia.

Coloca bien la mochila, en la que ha guardado la libreta de Sophie para mayor seguridad.

Acciona el interruptor deslizante del triciclo, esta vez con más cuidado; aun así, casi se cae de espaldas cuando el triciclo salta hacia delante.

Desfiguran el pavimento hoyos y prominencias causadas por las heladas, cada uno de ellos un posible obstáculo donde partirse el cuello, así que, al enfilar el Gran Camino, en lugar de volverse, mantiene la vista al frente.

Pero ellos se tocan la frente y le dirigen gestos de despedida.

Lo sabe y, por tanto, se arriesga a retirar una mano del manillar el tiempo suficiente para devolverles el saludo.

4

Hacia el mediodía, Jack lamenta no tener más poción de Maeve Quiller.

Le duele la espalda, el cuello le arde como fuego helado y los músculos de las piernas le tiemblan de agotamiento.

Daría casi cualquier cosa por el cómodo asiento de la señora Talbot, con o sin chistes.

Zigzaguea entre los baches y los fragmentos de asfalto roto y empuja el triciclo a través de los socavones que no puede sortear.

Hace un breve alto para comer popkins y beber Nozz-A-La de la mochila que el shurf Mose le ha proporcionado, pero no se atreve a entretenerse más de lo necesario.

No cree que ronden cerca wympis , porque no ve minas en las que esconderse del sol, pero ¿y lobos que van a cuatro patas y semihombres, conocidos también como mutantes lentos?

Eso se le antoja una posibilidad sumamente probable, y prefiere ahorrar munición mientras sea posible.

En el supuesto de que los cartuchos no fallen , piensa, y se detiene en el arcén.

No es el tráfico lo que le preocupa, pero ahí el pavimento se halla en mejor estado.

No quiere malgastar una bala, pero es mejor comprobarlo ya y no descubrirlo más tarde, cuando necesite que la Glock funcione.

Apunta la pistola hacia el árido paisaje, vuelve la cara para protegerse los ojos en caso de explosión y aprieta el gatillo.

Oye una gratificante detonación y el eco posterior.

Muy bien, todo en orden. Quedan dieciséis.

5

Avanza bien hasta eso de las tres, y en ese momento se distrae. Ve en el cielo un ave enorme planear en las corrientes térmicas y piensa: Ese plunja es tan grande como un pterodáctilo. Espero que no se me eche encima en picad…

Sus cavilaciones se interrumpen cuando el triciclo se hunde en una grieta de un metro de anchura en el asfalto.

Por segunda vez hoy, Jack sale volando por encima del manillar.

Extiende las manos para amortiguar el aterrizaje, pero, aun así, se da un testarazo de aúpa.

El mundo se desdibuja hasta quedar reducido a una sombra de lo que antes era.

Ha visto las estrellas y, mientras se arrastra hacia el arcén del Gran Camino con el cabello caído ante la cara, se acuerda de las palabras de Hardy: Si vais por esa carretera hecha trizas en un triciclo gizado, os daréis un batacazo y os romperéis la crisma.

—Y así ha sido, Joe —dice Jack. Oye muy lejana su propia voz. Si Joe Hardy estuviera aquí, sin duda diría: Ya os lo he advertido.

Jack se incorpora. Oye un sonido ondulatorio, como el flameo de una vela de lona en una fuerte brisa.

Sobre él se proyecta una sombra y le llega un olor fétido, como el del pabellón de los monos del zoo de Brooklyn.

El ave prehistórica causante del accidente se ha posado a unos quince o veinte metros.

Mira a Jack con un brillo en los ojos que podría indicar curiosidad o hambre.

Es un plunja, pero del tamaño de una de las carretamóviles averiadas del hangar de Mejis.

Con sus garras amarillas, grandes como la cabeza de Jack, se aferra a trozos de calzada levantados.

Abre el pico y emite un graznido: graaa . El hedor de su aliento es atroz.

—Graaa lo serás tú —contesta Jack. Coge un pedazo de asfalto y se lo arroja al descomunal plunja con la esperanza de que no lo ataque, porque en ese caso se vería obligado a usar una de sus balas.

El ave, en lugar de abalanzarse sobre él, emprende el vuelo batiendo las alas membranosas y sume a Jack en una pestilencia tal que le provoca arcadas.

Se limpia la sangre de la frente y, tambaleante, se pone en pie. Así se salva el mundo, Jack, buen trabajo. Buen trabajo, joder.

Arranca varios manojos de hierba de la cuneta y se los aplica en la herida del cuero cabelludo a modo de cataplasma, con la esperanza de que no lo envenene; ese sería un final perfecto para un puto día perfecto.

Saca el triciclo de la grieta y lo devuelve a la carretera, aferrándose a una remota esperanza…

, pero es una causa perdida. El manillar se ha torcido por completo y, aunque la batería aún funciona y anuncia que le queda un setenta y siete por ciento de carga, dos neumáticos se han rajado y desinflado.

Una voz metálica robotizada indica que se requiere mantenimiento.

—No me digas —responde Jack, y deja el triciclo volcado como un poni muerto.

Helo ahí, con la crisma rota en cumplimiento del vaticinio, un manojo de hierba ensangrentada en la cabeza a modo de extraño sombrero y una humedad fría que empieza a traspasarle la casaca.

Descarga la mochila, mira dentro y ve que se han roto las dos botellas restantes de Nozz-A-La.

El líquido empapa lo que queda de comida.

—Mira por dónde, estupendo. Estupendo.

La libreta de Sophie, aunque húmeda, en esencia se ha salvado, porque la había envuelto en una toalla de mano del cuarto de baño de Maeve.

Después de examinarla, vuelve a guardársela en el bolsillo.

Extiende lo que puede rescatarse —popkins, galletas saladas, un trozo de cecina— en la hierba para que se seque.

Al final, parece que sí va a pasar la noche al raso.

Como se verá, no va a ser necesario.

6

Las heridas en el cuero cabelludo sangran mucho.

Jack lo observó en incontables ocasiones en su época de policía y ahora ya tiene experiencia personal.

Para cuando ha forrado la mochila de hierba seca y ha vuelto a guardar su artilla, la casaca de empleado del servicio de limpieza con la que salió de Taylor City está rígida y apesta a un cuarto de litro de sangre.

Aun así, hay un lado positivo: la herida del cuero cabelludo ya no rezuma.

Se pone en pie y empieza a caminar, al principio aturdido y no del todo capaz de avanzar en línea recta.

No lamenta dejar atrás el triciclo. Era una trampa mortal a punto de activarse; tiene suerte de no haberse partido el cuello.

El ave enorme causante del estropicio traza círculos por encima de él, quizá con la esperanza de que el huma de abajo caiga muerto y se convierta en una comida fácil.

En la carretera se entrecruzan cables, los más gruesos destinados probablemente a suministrar corriente a los tranvías como Judith y Winola ; los otros, a las luces de chispa y los «teli-fonos».

Están unidos a postes, algunos de estos caídos.

Afloramientos de roca se elevan a ambos lados de la carretera: los riscos de los que habló el shurf Mose.

El plunja enorme se posa en uno de ellos y se queda mirando a Jack.

Nunca en la vida había sentido tantos dolores y tanto desánimo.

¿Nunca? ¿Ni cuando trabajabas para Smokey Updike?

—No trabajé para él —dice Jack con voz ronca. Se muere de sed—. Fui su esclavo.

Sin duda, recibir el balazo de Wanda Kinderling fue espantoso y perder a Sophie aún peor. Sin embargo, su época en el bar

( ¡Jack! ¡Mándame un cuñete! )

fue excepcionalmente horrenda. Era un niño fugado sin verdadera experiencia en lo que era padecer malos tratos. En estar solo. En no tener a nadie.