Capítulo 16
Jack es motivo de asombro suficiente para que las yentes de Mejis se congreguen ante la cuidada casita de Maeve Quiller y ahoguen exclamaciones al ver la pistola ahora enfundada en la agarradera, pero solo unas cuantas almas intrépidas los siguen cuando el sheriff guía a Jack hacia un destino no expresado, y en el límite de la ciudad desaparecen todos menos uno.
Quien continúa con ellos es el hombre de la chaqueta de pana.
Se llama Joe Hardy. Jack se plantea decirle que en el mundo de donde él procede hay una popular serie de novelas de detectives para jóvenes sobre Joe Hardy y su hermano Frank.
Jack se encuentra mejor, pero, cuando llevan recorridas cuatro o cinco ruedas, le duelen las piernas y le ha vuelto la tos.
—Dadme vuestra mochila, sai —dice Joe Hardy.
Jack se la entrega. De buena gana. Hardy se la echa al hombro como si, en lugar de comida, contuviera plumas.
—¿Adónde me lleva, Mose?
—Ya casi hemos llegado. Es justo al otro lado de esa próxima colina.
—El Gran Camino —informa Joe Hardy—. O lo que queda de él.
Repechan la cuesta. Al otro lado, Jack ve los restos de una ancha vía pavimentada que traza una curva hacia el brumoso sudeste, que es, más o menos, la dirección en la que debe ir.
Las malas hierbas —vara de oro, fleo, arbustos de bayas de ave— se abren paso a través de las grietas de la calzada.
Al pie de la colina se alzan varios edificios de chapa acanalada que a Jack le recuerdan a los hangares de las antiguas películas bélicas.
En su mayoría tienen el tejado hundido, posiblemente a causa de la acumulación de nieve.
En Dezi casi nunca nieva, pero aquí, en las tierras septentrionales de la Pendiente, sí hay nevadas durante una breve temporada. Una doza o algo así.
Al principio del Gran Camino, yace un tranvía ladeado en una zanja.
Tiene los cristales rotos. Cuando se acercan, Jack ve el nombre escrito en el costado: Judith .
Encima, en letras al carbón emborronadas, se lee: xupapoya.
El cable que alimentaba el tranvía yace entre los restos disgregados del pavimento como una culebra negra muerta.
Su primera impresión es que eso ha sido obra de los pelirrojos al salir de la ciudad, pero crecen hierbajos en los huecos de las ruedas del tranvía. Este acto de vandalismo es antiguo.
—No creo que Judy me sirva de gran ayuda —comenta Jack.
—Ya, pero un momento —dice el shurf Mose—. Ahí dentro de ese edificio hay algo que quizá sí le sirva.
Uno de los hangares de chapa acanalada parece indemne.
El óxido ha sellado la puerta, pero esta cede con un sonoro chirrido cuando Mose la embiste con el hombro.
Sale volando una colonia de murciélagos enormes.
A Jack su gorjeo le suena extrañamente a palabras: boj y bum y bar.
Suelta una carcajada de sorpresa y mira a Joe.
—Los viejos del lugar cuentan que los brambos enseñaron a hablar a los murciélagos —dice Joe—. Por diversión, ya que los bilis son muy bromistas. En tiempos remotos.
—¿Usted se lo cree?
Joe se encoge de hombros.
—Por aquel entonces había magia.
—Aún hay magia —responde Jack, y nunca ha hablado más en serio. Él es la prueba viva.
2
Vuelve a preguntarse qué querría decir Maeve en su nota: el hombre que no es un hombre, el que conoce la respuesta a sus preguntas. Ya, pero tiene muchas. Le encantaría que alguna no fuera un acertijo envuelto en un misterio.
Mose acciona un interruptor a la izquierda de la puerta y una luz mortecina se proyecta desde unas cuantas de las lámparas colgantes.
—Cuando yo era niño, funcionaban más de estas luces de chispa —dice Mose—. Pronto se apagarán todas.
—El mundo se ha movido —comenta Joe Hardy, y se toca tres veces el centro de la frente.
Dispuestas en medio de la sala hay unas cuantas carretamóviles.
Algunas parecen furgonetas de reparto del lado de Estados Unidos; las otras son carromatos con adrales altos, y en los lechos de algunas se ven sacos enmohecidos de Dios sabe qué.
Joe Hardy, boquiabierto, recorre el lugar con la mirada.
—¿Algo de esto funciona?
—Ya veremos —contesta Mose. Acciona uno por uno los interruptores de encendido.
En uno de ellos parpadea una hilera de luces en el salpicadero, pero se apagan al cabo de unos segundos.
Mose, abochornado y molesto, mira a Jack—.
Estaba convencido de que alguna aún arrancaría.
Por eso lo he traído aquí. Si llegara hasta Hemphill en una carretamóvil, allí quizá encontraría un tranvía en funcionamiento.
El Gran Camino traza una larga curva. —Dibuja una «C» con un dedo—.
Si es a Pernil a donde quiere ir, esta carretera lo llevará hasta allí.
Primero Hemphill, luego Kingstown, luego Paso de Stark, por último Pernil.
Pero parece que tendrá que ir a pie…, a no ser que pueda aparecer allí, tal como apareció ante la estatua del tet de Roland.
Jack piensa: Podría intentarlo, pero no voy a arriesgarme. Quizá fuera a parar a aquel llano hundido, me viera arrastrado por los cascotes de la Torre del Diablo y acabara dentro de la Garganta. O de regreso en el hospital, donde tendría que vérmelas con Handler.
—No me atrevo —contesta, y ve algo en el rincón—. ¿Qué es aquello de allí?
Por lo visto, es una especie de triciclo motorizado con una cesta de alambre en la parte delantera. Está pintado de un marrón oscuro que, piensa Jack, debe de ser el color preferido para los vehículos militares en todos los mundos. Una tupida telaraña cubre el manillar.
—Eso no le servirá —declara el shurf Mose—. Está tan muerto como Maeve, que en paz descanse.
Jack tiene sus dudas. Pero sabe que, al verlo en ese rincón sombrío, una aguja ha cobrado vida en su interior y se ha desplazado hasta el extremo opuesto del dial. No se trata del sentido arácnido de Peter Parker, sino del sentido talismánico de Jack Sawyer.
Se acomoda en el estrecho sillín destinado al conductor y acciona un interruptor marcado con el rótulo ignis. Se enciende una luz verde. Debajo, en un pequeño panel de cristal, aparece el número 91. Indica a Mose y a Joe que se acerquen y señala el panel.
—¿Eso es la carga de la batería? ¿El noventa y uno por ciento? —«Por ciento» sale en inglés.
Mose se encoge de hombros.
—Si vais por esa carretera hecha trizas en un triciclo gizado —advierte Joe Hardy—, os daréis un batacazo y os romperéis la crisma.
—Eso jamás —responde Jack (con más arrojo del que siente).
Junto a ignis ve un interruptor deslizante. Lo acciona. El triciclo sale disparado hacia delante y topa contra la plancha acanalada de la pared con un sonido de gong. Jack vuela por encima del manillar, choca contra la pared con el hombro y cae al suelo polvoriento.
Ve a Mose y Joe mirándolo y se echa a reír. ¿Qué otra cosa puede hacer? Nada, según parece, porque ellos se ríen también.
3
Empujando, sacan el triciclo y lo llevan hasta el Gran Camino. Es increíble lo mucho que pesa. Jack supone que la mayor parte de ese peso debe de ser la batería…, razón por la que el triciclo funciona y las carretamóviles no.
—¿De verdad tiene intención de montar en eso? —pregunta Mose. No es tanto una pregunta como una expresión de duda.
—Sí. —Jack echa la mochila a la cesta de alambre prendida en la parte delantera del triciclo—.
Necesito llegar a Pernil. Tengo allí una amiga.
—Mary no es en realidad una amiga; un grano en el culo, eso es lo que es.
Pero Jack entiende que forma parte de su tet.
En el supuesto de que siga viva, y cree que, si no fuera así, lo sabría.
—¿Y después a Dezi? —Mose lo pronuncia «Dessi» en lugar de «Dis-ai».
—Sí.
—¿Por qué, si su misión es el Tajo?
—Mi misión también son los dinhs de esos saqueadores pelirrojos. Esos dos y la Garganta están relacionados.
—Allí hay lobos —advierte Mose al tiempo que abarca con el brazo la ladera y las muchas ruedas que se extienden más allá, no el apacible herbazal de la verdadera Pendiente, sino todo rocas y guijarros y malas hierbas—.
Lobos auténticos , de esos que van a cuatro patas, no los que cuidan de sus rebaños.
—Y semihombres, según he oído —añade Joe.
—¿Se refiere a los mutantes lentos?
—Los mutis, sea.
—Si tiene intención de irse —dice el shurf Mose—, más vale que se ponga en marcha ya. De aquí a Hemphill todo es campo abierto y le conviene estar a cubierto, en una casa, ¿le consta?, cuando oscurezca.
—Puede que haya wompis —añade Joe—. He oído hablar de ellos.
Jack piensa: Wompis, wympis, vampiros. Desfiladero, Garganta, Tajo. Muchos nombres para designar problemas.
—Intentaré ponerme en contacto con Freel Ginley —dice Mose—. En Hemphill, la gente lo llama Alcalde. Si está allí, le procurará alojamiento. Es decir, si los pelirrojos han pasado de largo por Hemphill. Podría ser. No es más que una aldea.
—¿Se propone llamar a ese tal Ginley por teléfono? —pregunta Jack. El municipio de Dezi se considera moderno y avanzado, y si bien hay teléfonos, ninguno funciona.
—Quia, las líneas telefónicas están cortadas de aquí a Hemphill.
—¿Han sido los pelirrojos?
Mose niega con la cabeza.
—Fallaron mucho antes de que se tuviera noticia de esos vándalos.
Se vinieron abajo en los Riscos…, ya los verá, es imposible no verlos, los riscos…
, y nadie ha ido hasta allí a reconectarlas.
Intentaré hacer llegar el mensaje al Alcalde por el heliógrafo.
Si es que los vándalos no los han derribado todos.
—Señala uno que sigue en pie sobre su alto poste, resplandeciente bajo el sol—.
Con tanto como hay por destruir, a lo mejor se han cansado de destrozar heliógrafos.
Jack acciona el interruptor ignis , pasa la pierna por encima del sillín del triciclo y empuña el manillar. Echa una ojeada de recelo a los restos del llamado Gran Camino y después mira al shurf Mose y a Joe.
—Gracias a los dos.
Mose asiente.
—Que le vaya bien —dice.
Joe Hardy hinca una rodilla en el suelo y por fin lo dice:
—Salve, pistolero.