Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 15 #6
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Capítulo 15 #6

Despierta cuando el amanecer no es más que un rumor en el este.

Apura el resto de la poción de Maeve y se viste deprisa porque en el porche cerrado con mosquiteras hace fresco.

En los Territorios, el verano toca a su fin.

Entra en la cocina. El fogón está frío. Aún quedan unos cuantos panecillos sobre la encimera, ya menos tiernos.

Frente a la puerta cerrada del dormitorio de Maeve ve tirado en el suelo uno de sus bastones. Se le antoja un mal augurio.

Se le habrá caído y se ha quedado en la cama hasta tarde , se dice, pero, por su experiencia, las personas mayores, en general, no se quedan en la cama hasta tarde.

La debilidad de la vejiga y la fragilidad de los huesos los obligan a levantarse antes de salir el sol.

Maeve podría ser una excepción a la regla, pero lo duda.

Llama con suavidad y, al no recibir respuesta, recoge el bastón, entreabre la puerta y echa una ojeada.

Maeve Quiller está sentada en una silla de respaldo recto al pie de la cama.

Tiene los ojos abiertos pero vidriosos y los labios separados.

Jack se acerca y apoya la mano en su pobre pecho hundido.

No percibe el movimiento de la respiración.

En una mano sujeta un papel plegado que lleva escrito el nombre de él: jack sawyer.

Lo abre y lee un acertijo: El hombre que no es un hombre conoce la respuesta a vuestras preguntas.

Que os sea de provecho. Sois la esperanza de este mundo.

Acaso de todos los mundos. Si os llaman el segundo advenimiento del último pistolero, acaso tengan razón y vos seáis el último en saberlo; así fue en vuestra infancia y así es ahora. m aeve .

Jack coge la nota. No tiene nada más como artilla, aparte de la Glock de North Central Positronics y, quizá, los tres o cuatro últimos panecillos.

Besa la mejilla fría y marcada por la radiación de Maeve y decide que puede prescindir de la agarradera.

Ha perdido el cinturón y la funda, pero el pantalón de empleado de la limpieza de hospital con el que abandonó el lado de Estados Unidos dispone de unos bolsillos profundos.

Por el momento, guardará la pistola nueva en uno de ellos.

Tiene una tarea pendiente. Jack no sabe ni remotamente cómo llevarla a cabo —un hombre con diecisiete balas contra un centenar de lescentes bien armados o más—, pero es consciente de que debe intentarlo, y no solo porque ese miniejército de pelirrojos podría acabar con todo.

Sus cabecillas, Kinneston y Speckhoffer, dejaron a su amigo a merced de los wympis.

En vista de lo que sabe sobre las leyendas del último pistolero, cree que Roland entendería lo que ahora él debe hacer.

Ajustarles las cuentas.

10

Se escabulle por la puerta de atrás, sin tener muy claro cómo va a llegar a Pernil y recoger a Mary Klee (en el supuesto de que siga viva), pero a sabiendas de que debe ponerse en marcha antes de que la ciudad despierte.

Solo que ya ha despertado. En el jardín trasero esperan varios hombres; que Jack sepa, bien podrían haber estado ya ahí mientras se vestía.

Quizá ocultos entre las sombras cuando ha salido a mear en la oscuridad de la noche.

Esperando, montando guardia. Uno de ellos es el hombre de la chaqueta de pana, el que lo llamó Jason.

Susurra algo a uno de sus acompañantes, que se echa a correr y circunda la casa de Maeve.

El de la chaqueta de pana hinca una rodilla en tierra.

Los demás lo imitan. Se llevan a la frente los puños, ligeramente laxos.

Jack permanece ahí inmóvil, en los peldaños del porche trasero de la casa de Maeve, no asombrado (a estas alturas ya no se asombra por cualquier cosa), pero sí un tanto desconcertado.

Otros van llegando. Hombres, mujeres y niños.

Estaban delante de la casa, esperándome.

Salvo por aquellos postrados en cama, da la impresión de que está aquí toda la ciudad, maldita sea.

Se arrodillan y ejecutan el gesto de lealtad: la mano en la frente.

En murmullos, se oye Salve y Aquel, el del Mundo Exterior, pero nadie lo llama Roland.

Al menos no todavía.

El shurf Mose se acerca, presenta sus respetos y le tiende una mochila con una mano y una agarradera con la otra.

—Para su viaje, sai.

Jack le da las gracias. Coge la agarradera y, ante los ojos de toda la ciudad, se la pone y se ciñe las correas.

Cuando Jack saca la Glock de NCP del bolsillo de su uniforme de empleado de la limpieza —ya no tiene sentido esconderla—, un murmullo de asombro se eleva de entre los vecinos de Mejis ahí congregados.

A continuación, se oyen nuevos susurros: Salve y Que os sea de provecho.

¿Esperan acaso que pronuncie un discurso? Dios bendito, me parece que sí.

Se aclara la garganta y dice:

—En mi mundo fui agente del orden. Haré lo que esté en mis manos para enmendar las cosas en este.

Un anciano —despacio, con actitud ceremonial— empieza a aplaudir. Los demás se suman. Nadie lo aclama ni vitorea, ni siquiera los contados niños presentes. Se limitan a ese aplauso solemne.

Jack se cuelga la mochila a la espalda. Pesa mucho, repleta de lo que los vecinos de Mejis sin duda llamarían vitallas. El shurf Mose continúa de pie junto a él. En voz baja, Jack dice:

—Maeve ha llegado al claro.

—Sea, no me sorprende. Solo estaba esperándolo a usted.

Ahora, en voz baja, Jack añade:

—Sáqueme de aquí de una puta vez.