Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

—Yo dije que quería ver una sala más. Pensé que a lo mejor encontrábamos algo que llevarnos para que los otros niños de nuestro pequeño tet de mocosos vieran lo valientes que éramos.

Y sí encontramos algo. Dos algos. En un escritorio, dentro de una caja de cristal.

—Menea la cabeza en un lento movimiento—.

La sala estaba a oscuras, pero, cuando abrí la caja para coger mis tesoros, se iluminó.

No como las paredes cuando bajamos por la escalera; esa era una luz tenue.

Esta otra casi brillaba más que el sol. Entorné los ojos para mirar a Bethie y vi el cerebro dentro de su cabeza.

Después ella dijo que también veía el mío.

Y supe que Bethie estaba colada por Geordie Cushing, un joven jinete de la Pendiente.

Entonces se echó a correr, y yo con ella.

No me di cuenta de que había cogido mis dos tesoros hasta que salimos y los vimos en mis manos.

La luz intensa se apagó en cuanto abandonamos aquella sala.

La dejamos atrás con la caja que se disculpaba, dejamos atrás los esquiletos, dejamos atrás las salas con el sinfín de luces parpadeantes.

Subimos a toda prisa por la escalera y el aire fresco nunca nos había sabido tan dulce.

Podíamos respirar allí abajo, en aquella tumba ; había máquinas en funcionamiento tras las paredes, máquinas que fabricaban aire, bien lo sé, pero emitían una especie de lamento.

—El declive —dice Jack. Recuerda cómo se detuvo el tranvía en el trayecto entre Dezi y Pernil para recalibrar su cerebro informático—.

A casi todos los artefactos del Pueblo Antiguo les pasa eso mismo.

Construyeron las cosas para que durasen, pero ha pasado…

—Se encoge de hombros y alza un poco las manos en el aire.

— Dela —concluye el shurf Mose.

Jack asiente.

—Dice verdad.

—Las dos salimos con quemaduras de aquella sala —continúa Maeve—, y a las dos se nos concedió el don de la videncia. ¿Os consta el don de la videncia, Jack?

—Diría que sí. —Piensa en sus intuiciones y en la rueda de la ruleta de Wahoo.

—También a mí. Vos tenéis algo de ese don, ¿o me equivoco?

—Supongo.

El shurf Mose mueve la cabeza a uno y otro lado, como un espectador en un partido de tenis.

—No preguntaré cómo se os concedió —dice Maeve— ni por qué no os ha dejado marcas…

—Me las ha dejado —contesta Jack—. Solo que las quemaduras no se ven.

—Mi amiga Bethie murió de parto cuatro años después. El ser que expulsó del útero era un monstruo de un solo ojo y sin parte inferior de la cara. Eso lo causó aquella luz. Dio y quitó. ¿Os consta?

—De sobra —responde Jack—. Para mí ha sido un largo viaje. Para usted ha sido más largo, diría.

—¿La luz me salvó a mí y se llevó a Bethie?

Eso pienso. Me dejó las marcas que veis y el dolor me llega hasta los huesos…

, como a vos el vuestro, no me cabe duda.

Así he esperado a que la luz trajera aquello por lo que me ha mantenido con vida, fuera lo que fuese.

Y lo ha traído. ¿Pensasteis en la estatua?

¿La de Roland y su tet que hay en la plaza?

¿Es así como habéis venido del Mundo Exterior en el que estabais?

—Sí.

Jack mira su taza y, atónito, ve que está vacía. Vuelve a sentirse casi como el de siempre. Al lado de esto, los fármacos milagrosos como el ciprofloxacino parecen algodón de azúcar , piensa.

—Han sido los Haces lo que os ha arrastrado hasta aquí, Jack. Los que proceden de la Torre Oscura y contienen en su fuerza toda la existencia.

No , piensa Jack. Más probablemente ha sido el Talismán. Pero ¿quién sabe si el Talismán, la Torre y los Haces no son la misma cosa?

—Os corresponde dar caza a la pareja de asesinos llegados de vuestro Mundo Exterior.

Se plantea decirle que, si atrapa a Kinneston y Speckhoffer, debería al menos darles la oportunidad de rendirse y buscar la manera de devolverlos al lado de Estados Unidos.

Para que se enfrenten a un juez y a un jurado, como Charles Starkweather y Caril Ann Fugate se enfrentaron a un juez y a un jurado.

Eso sería lo justo. Pero entonces recuerda que dejaron a Dale en manos de los wympis.

—Los liquidaré.

Destry asiente con la cabeza, y él piensa que Maeve se mostrará de acuerdo…, pero lo sorprende.

—Puede que de eso se ocupen otros.

—¿Eso pensáis?

Maeve inclina la mano en el aire a uno y otro lado, como para decir quizá sí, quizá no.

—Ya casi he llegado al claro, Jack del Mundo Exterior.

—Quia, quia. —El shurf Mose tiende la mano y la apoya en su hombro—. Seguiréis leyendo el porvenir aquí en Mejis durante mucho mucho tiempo.

Maeve mueve la cabeza casi calva en un gesto de negación.

—Esta fue la razón por la que la luz homicida me perdonó. Porque todo, incluso esos artefactos diabólicos del Pueblo Antiguo, está al servicio de los Haces.

Alarga el brazo y coge la mano de Jack. Tiene la piel fría, pero él percibe fiebre por debajo y sabe que es el residuo de la luz de aquella sala profunda, del mismo modo que su propia intuición es un residuo del Talismán.

—El Tajo es el último refugio del Rey Carmesí, bien lo sé.

De ser así, sigue decidido a destruir Mundo Medio, tal como fue destruido su cuerpo físico.

A excepción de sus ojos, que aún perduran.

Su objetivo es el de siempre: si no puede reinar aquí, traerá Discordia y ahí será donde reine. ¿Os consta Discordia, Jack?

—Sí.

Después de tantos años de exilio en Mundo Medio, conoce muy bien esa palabra —inspira miedo (en los demás y en él)—, pero no había llegado a conocer de pleno su significado.

Ahora ya lo conoce. Hace referencia al Tajo o la Garganta o el Gran Desfiladero.

Hace referencia asimismo a Roy Kinneston y a Tara Lynne Speckhoffer, agentes del caos que probablemente no saben lo que hacen, pero siguen adelante de todos modos, tal como Maeve descendió por aquella escalera al interior de un fuerte del Pueblo Antiguo, con su remisa amiga a rastras.

—Los Haces os han elegido.

Jack, para su sorpresa, se ríe.

—Yo solo hacía un recado para mi jefe, el gobernador Youngblood, cuando estalló todo esto. Iba a buscar una bebida llamada Coca-Cola, que a él le gusta mucho, y un libro.

—El necio de vuestro gobernador también está al servicio de los Haces —afirma Maeve—. Tengo una cosa para vos, Jack del Mundo Exterior, el que fuera Jason. Los tesoros que me llevé de la tumba del Pueblo Antiguo. Mose, tráeme los bastones. Me los he dejado en el porche, maldita sea.

Destry obedece en el acto. Maeve pregunta a Jack si querría tomar otra taza de su té especial.

Él contesta que le sentaría de maravilla, pero, advirtiendo que a ella le cuesta levantarse, se acerca al fogón y se sirve él mismo.

Mientras Jack bebe su té, Mose regresa con los bastones y, al ver que la anciana intenta levantarse con visible esfuerzo, le dice que gustosamente irá a buscar lo que necesite.

—Quia, quia, esta es mi última obligación, aquella por la que he estado esperando, y lo haré yo misma.

Se aleja con paso firme, una mujer menuda con quemaduras por efecto de la radiación que deberían haberla matado hace mucho tiempo.

—Me temo que esos lescentes, para cuando lleguen al Mar Limpio, bien podrían haber formado un pequeño ejército—comenta el shurf Mose—. Espero que vuestro gobe esté preparado para eso.

Jack piensa en Edward Youngblood en Villa Palisandro, con su sucesión de muñecas salidas del Barrio de Abajo.

Edward Youngblood, que quizá esté criando el gusano.

Niega con la cabeza. El GJ no estará preparado.

No para un grupo de adolescentes armados con pistolas y sabe Gan qué más en cuanto a potencia de fuego.

Maeve Quiller regresa, escorada a estribor porque ahora se apoya en un solo bastón. Con la otra mano, sostiene una caja contra la cadera. Es de un negro parduzco; no de palisandro, sino de palo de hierro.

La anciana se tambalea, y Jack, una vez más, la sujeta antes de que se caiga.

Ella mantiene aferrada la caja, que deja en la mesa.

En la tapa de palo de hierro, lleva grabado a fuego un símbolo que Jack conoce bien; en Mejis se ve por todas partes y en la Pendiente hay caballos herrados con esa marca:

Después de una pausa para recobrar el aliento, Maeve dice:

—Ahora mis tesoros son vuestros tesoros, Jack del Mundo Exterior. Haced con ellos lo que los Haces y Gan os ordenen.

Jack, sabiendo ya lo que encontrará, abre la caja y, en efecto, es eso.

Una pistola.

6

El otro tesoro que Maeve, en su infancia, se llevó del fuerte del Pueblo Antiguo es el estuche de limpieza de la pistola, cada objeto encajado en su propio compartimento de plástico: una baqueta, un punzón (con parches), un cepillo, bastoncillos de algodón (no como los de los oídos, pero casi), botellines de aceite y lubricante para armas, e incluso un cepillo de dientes, aunque Jack duda que se haya usado alguna vez en la boca de un antiguo.

La sola idea le provoca un escalofrío por motivos que no puede ni quiere comprender.

Coge la pistola, procurando mantener los dedos alejados del gatillo.

Es una semiautomática; si bien a Jack le parece una Glock 22, lleva NCP estampado en la base de la empuñadura.

Jack ya ha visto antes ese logo, en el fuerte situado a unas veinte ruedas de Riven.

Es de North Central Positronics, una empresa que, por lo que él sabe, nunca ha fabricado armas en el lado de Estados Unidos.

Al menos no en mi lado de Estados Unidos , piensa Jack. En un lado de Estados Unidos donde la gente conduce un Takuro Spirit… quizá.

Deja el arma en la mesa y levanta el estuche de limpieza para buscar el sello «Hecho en Estados Unidos» (o la India, o México, o Austria) en el lado inferior. No hay nada.

Vuelve a coger la pistola. Una Glock con otro nombre sigue siendo una Glock…, o al menos eso espero.