Capítulo 15 #3
La cocina de la casa de Maeve Quiller, pequeña y en orden, ofrece un aspecto tan pulcro como el exterior.
Sobre unos ladrillos se alza un pequeño fogón de leña.
En las paredes de tablones cuelgan cuadros de flores silvestres, entre ellas una de un arbusto de bayas de ave.
En otro, un par de bilibrambos jóvenes juegan a pelearse entre la hierba alta.
Por encima de la mesa de comedor hay un aplique de chispa que funciona, y, bajo su resplandor, Maeve parece aún más menuda.
Ahora que la cofia le ha caído en torno a los delgados hombros como un chal, Jack ve que le quedan pocos pelos en la cabeza.
Tiene el cráneo de un rosado tan inocente como el de un bebé.
En el fogón, despide vaharadas de vapor una cafetera azul de estilo rancho. Al lado hay un cazo más pequeño del que emana un delicioso aroma a café recién hecho. Jack tose y se cubre la boca con el antebrazo. Se sienta a la mesa. Le palpita la cabeza, no tanto por la enfermedad como por
( aquí estáis, polizonte )
el asombro. Lo esperaban. Hay café recién hecho y lo que parece un plato de panecillos en la encimera. La mujer sirve una taza del cazo más pequeño y, cuando Jack tiende la mano, la mujer se ríe y se la entrega al shurf Destry.
—Quia, quia, no es para vos, polizonte. No estáis en condiciones para el café.
Coge otra taza de uno de los ganchos situados junto al fogón y vierte en ella el brebaje del cazo de esmalte azul.
El olor no es tan agradable como el aroma del café, pero le trae a la memoria un nítido recuerdo, como a menudo ocurre con los olores.
Se ve a sí mismo a los doce años, un niño en el camino que podía ser utilizado (o maltratado) por cualquier adulto con malas intenciones.
Por ejemplo Smokey Updike, propietario del bar Oatley, en el norte del estado de Nueva York.
Jack se ve en la trastienda del bar, sumido en tal añoranza que por las noches lloraba hasta quedarse dormido.
Es un extraño sincretismo sensorial: está oliendo el sabor de aquellas amargas lágrimas de la infancia.
Maeve le acerca la taza, que humea. Dice:
—Erais un vagabundo, ¿verdad? Un niño solitario en un camino de tribulaciones.
—Sí. Ese era yo. —La cocina se desdibuja y Jack se enjuga los ojos.
—¿La búsqueda era por vuestra madre?
—Sea, dice verdad.
—Aún tenéis el corazón desbocado —comenta ella—, pero con esto se os calmará, polizonte.
—¿Por qué lo llamáis así? —pregunta Destry.
—Eso es algo entre él y yo —contesta la anciana—. ¿Cómo os hacéis llamar en el Mundo Exterior, sai?
—Jack Sawyer.
—¿No Jason?
—No. Un hombre me ha llamado así en la plaza, pero se equivocaba. Nunca he sido granjero.
Destry parece desconcertado, pero Maeve entiende de qué habla Jack.
Si Jesús tuviera un gemelo en los Territorios, sería, supone Jack, Jason de Gilead, el humilde labrador de El libro del buen agricultor.
Laura DeLoessian, Reina de los Territorios, llamó así a su bebé por ese Jason.
Podría haber sido el gemelo de Jack, pero el heredero al trono de Mundo Medio fue asesinado en la cuna. Jack es de naturaleza única.
—Si así decís, que así sea. Bienvenido a mi hogar, Jack Sawyer.
Puede que aún tengáis por delante un largo viaje, pero esta noche os quedaréis aquí.
Tengo solo un dormitorio, pero os he preparado un pequeño jergón en el porche trasero.
Hay mosquiteras para proteger de los bichos y otras criaturas.
Ahora bebed. Os reconfortará el corazón.
Una expresión antigua, pero cierta en este caso.
Jack toma un sorbo con cautela. Percibe un sabor amargo en la boca, pero dulce en la garganta.
Toma un segundo sorbo y a continuación un trago.
Nota que el corazón se le serena un poco y que su visión parece más nítida.
Piensa que eso tal vez se deba a que le está bajando la fiebre.
El contenido de la taza, sea lo que sea, es milagroso.
—¿Lo prepara usted misma?
—Antes yo recogía las hierbas y preparaba la infusión —dice ella—. Ahora un muchacho me las trae. Es demasiado joven para ser uno de ellos , o sin duda me habría degollado, y con una sonrisa.
—¿Qué está ocurriendo aquí, sai? ¿Lo sabe?
Maeve despliega una sonrisa y deja a la vista sus encías casi sin dientes.
—Yo lo sé, y vos también. Mose, trae los panecillos a la mesa. Creo que a nuestro invitado le vendría bien un bocado.
Jack descubre que en efecto le vendría bien.
Cuando el shurf Mose deja los panecillos en la mesa, Jack hace ademán de coger uno y Maeve le da una palmada en la mano, tal como haría una abuela con un niño glotón.
—Quia, quia. En la despensa hay una vasija con mantequilla y un tarro de confitura de fresmi. A Jack le conviene tomar un poco de cada para recuperar las fuerzas. Ten la bondad de traerlas, Mose.
El shurf, obediente, cumple su voluntad.
En cuanto se marcha, Maeve se inclina sobre la mesa y coge de la mano a Jack.
Al moverse, se le ciñe el vestido, y Jack advierte que no tiene pechos.
Se le han consumido con el paso de los años, que superan en mucho los de la mayoría de las personas que viven en Mundo Medio. Igual que se ha consumido toda ella.
—¿Decís que un hombre os ha llamado Jason en la plaza? Sin duda sabéis por qué, ¿no?
Jack mueve la cabeza en un gesto de negación, pero los ojos de Maeve brillan entre sus párpados arrugados. Jack miente, ella lo sabe, y él sabe que ella lo sabe.
—¿Nadie os ha llamado nunca así? ¿Ni siquiera de niño?
—Quizá. No me acuerdo.
—Me parece que lo recordáis muy bien, pero dejémoslo. En vuestra vida adulta fuisteis el consorte de la Reina de las Sombras. ¿No es así?
A ese respecto no tiene sentido mentir.
—Sí. Sí, así es.
—Y, durante vuestra etapa con Sophie la Bondadosa, ¿alguien os llamó Jason?
—No lo sé. — Sí lo sabe. Es el motivo por el que el grito del hombre de la chaqueta de pana lo ha traspasado como un cuchillo.
—Mose no sabe con quién estuvisteis casado; el gran mundo le es ajeno, y bien está que así sea.
No necesita saberlo. Lo que os llamen, lo que seáis, lo que tal vez seáis , corresponde decidirlo a Gan y no es asunto nuestro.
El Tajo sí es asunto nuestro. Estaba dormido.
Dos críos malvados lo despertaron, traídos a este mundo en medio de la sangre y el conflicto.
Ellos siguieron su camino homicida, y después vinisteis vos y acabasteis de despertarlo.
Ahora crece y su atracción es cada vez más fuerte.
Todos lo percibimos un poco. Supongo que vos lo percibís más.
Regresa Mose. Maeve abre un cajón y entrega a Jack un cuchillo. Él extiende mantequilla y mermelada sobre un panecillo y se lo come en cuatro bocados. Es exquisito. Alarga el brazo para coger un segundo, pero antes la mira, temeroso de recibir otro manotazo.
—¡Por el amor de Gan! —exclama Maeve, y deja escapar una herrumbrosa risotada. En ella todo es herrumbroso—. Llenaos el vientre, polizonte.
—¿Cómo conoce esa palabra, sai? —dice Jack.
Maeve se encoge de hombros, como para indicar que esa es una pregunta tonta.
—De niña se me concedió el don de la videncia.
—¿Ese don no tendrá algo que ver con esas quemaduras y llagas por efecto de la radiación?
—Ea. Una vez, hace mucho tiempo, encontré uno de esos lugares subterráneos que dejó el Pueblo Antiguo. Estaba en el bosque. Fui a casa y regresé allí con mi amiga Bethie. Dimos vueltas y más vueltas alrededor de una caja metálica alta, con la puerta cerrada, que sobresalía del suelo.
Jack sabe de qué le habla. Ha visto no pocos de esos restos desde su llegada a Mundo Medio; a él le parecen anticuados quioscos de metro. En su mayoría —no todos— presentan trazos de colores amarillo y negro a modo de advertencia. Algunos —no todos— incluyen el sigul de la nube y el rayo.
—Cuando Bethie apoyó la mano en una placa exterior, la puerta permaneció cerrada, pero, cuando la apoyé yo, la placa se iluminó y la puerta se abrió para mí. ¿Os consta?
—Muy bien.
—Yo era una chica valiente, demasiado valiente; todo el mundo decía que esa sería mi perdición, incluso mi madre.
Pero yo, indiferente a eso, tomé la decisión de bajar por la escalera y ver qué había allí.
Tenía azufres en el bolsillo del delantal para alumbrar el camino, pero no los necesité; en cuanto bajé dos peldaños, se iluminaron las paredes.
Bethie no quería venir, pero la obligué.
Lo lamento con toda mi alma. Me he arrepentido toda la vida.
—¿Qué vio?
—Muchos prodigios. Aunque no es que yo los entendiera, debe constaros.
Máquinas. Paneles con lucecitas en las paredes.
Cruzamos muchas salas. Bethie gimoteaba y yo, agarrándola de la mano, tiraba de ella.
En algunas salas había esquiletos. En otras, solo polvo y el ronroneo de las máquinas.
En una encontramos una caja rodante que se movía en círculo y repetía la misma frase una y otra vez: «Lo siento, no tenemos, lo siento, no tenemos, lo siento, no tenemos».
Luego decía lo mismo, bien lo sé, solo que en otro idioma.
Para entonces, Bethie lloraba. «Tenemos que irnos, Maeve, tenemos que irnos», decía, y yo también quería irme.
Aquello de allá abajo era… horroroso. Cuanto más avanzábamos, más horroroso era.
Yo seguía adelante para demostrar que era valiente, de armas tomar.
Bethie solo me acompañaba porque no quería quedarse sola. Aquello parecía lleno de espíritus.
El shurf Mose había cogido un panecillo. De pronto lo deja para santiguarse y se toca tres veces el centro de la frente.