Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Jack no lo entiende todo, pero sí sabe por qué Rafe Richardson y los vándalos que lo acompañan se tiñen. Roy Kinneston era pelirrojo natural, como Charles Starkweather, su dios homicida. Ahora otros se tiñen para imitar a Kinneston. O actúan así en su honor. ¿Es él su dios?

Su intuición susurra sí y sí y sí.

3

—¿Puede caminar un moit? —pregunta Mose Destry. Jack vuelve a toser—. Maeve vive a dos calles de aquí. Quizá un cuarto de rueda.

—Sí, si va despacio.

Al salir de la plaza de Mejis, Destry lo guía por una calle de casas pequeñas pero aspecto agradable, algunas de madera, otras de adobe, lo que en esta parte de Mundo Medio llaman piedra de barro.

Cables de chispa se entrecruzan a cierta altura como visitantes de otra era.

Majestuosos olmos se suceden a ambos lados de la calle.

Youngblood, piensa Jack, daría un ojo de la cara por tener aunque fuera uno solo de esos árboles en su jardín.

—¿Quién plantó estos abuelos? —pregunta.

—Los viejales le dirían que fue el mismísimo Roland de Gilead quien los sembró, pero, según las historias de antaño…

, las historias que se conservan…, fue solo un joven enamorado sin el menor interés en plantar árboles.

Lo que sí plantó falleció en el vientre de una chica llamada Susan, que murió quemada. ¿Cómo lo ha llamado Miller? ¿Jayden?

—Da igual cómo me haya llamado. Hábleme de su hermano.

—Un buen hombre, que Gan lo tenga siempre en su seno.

—¿Cómo se enteró de que había muerto? ¿Por el heliógrafo?

—Quia, quia. Los vándalos echaron abajo los heliógrafos, pero el yin-yang…, el teli-fono…, entre aquí y allí aún funciona. ¿Os consta el teli-fono?

—Perfectamente.

—Me llamó alguien a la oficina del shurf. Por la línea exclusiva. ¿Os consta qué es la línea exclusiva?

—Creo que sí, sí.

—Era una mujer. No sé quién era.

Era Mary , susurra la intuición de Jack. No sé cómo ni por qué, pero era ella. Y, como Mary Klee procedía del Nueva York de 1976, sin duda reconocía un teli-fono nada más verlo.

—Pero yo ya lo sabía —dice el shurf Mose con pesadumbre—.

Lo supe en el mismísimo momento en que ocurrió.

Entre Aaron y yo, siempre ha sido así. Él se quemaba en la estufa y yo soltaba un grito.

A mí se me metía algo en el ojo y él se frotaba el suyo.

Los gemelos, ya sabe. —Se interrumpe. Después añade—: Maeve también lo sabía. Claro que lo sabía.

Jack no pregunta quién es Maeve; presiente que pronto lo averiguará.

—Lo acompaño en el sentimiento.

—Gracias, sai. La mujer que llamó pedía ayuda. Preguntó si esto era el 911, y yo le dije que no me constaba qué era el 911. Soltó una palabrota y colgó. ¿De dónde es usted? ¿Puede decirlo?

—Yo lo llamo el lado de Estados Unidos. ¿Le suena?

—Diría que no. ¿Forma parte de Nueva Ork?

—Más o menos —responde Jack. Quiere reservar sus escasas fuerzas para caminar—. ¿Falta mucho?

—No. ¿Quiere descansar?

—Solo un momento. —A Jack le entra tal ataque de tos que se dobla por la cintura, pero descubre el lado positivo: no se le mancha de sangre la mano que usa para taparse la boca ni nota sabor a sangre en la garganta.

Las manchas oscuras dispersas por los brazos se están difuminando o han desaparecido por completo.

—¿No percibió el peligro procedente de las Tierras Arrasadas?

La Garganta se halla de hecho en el límite de las Tierras Arrasadas, pero no ve la necesidad de hilar tan fino.

—Sí. Un poco. Una especie de zumbido. De cerca, es más intenso. Cuando uno se acerca mucho…, como yo…, es… —Jack menea la cabeza— brutal.

Destry lo mira con los ojos muy abiertos.

—¿Ha llegado al Tajo? ¿Y ha sobrevivido?

—En Riven lo llaman la Garganta, pero sí.

—Estaba dormido. Algo lo despertó.

Sí. Kinneston y Speckhoffer. Pero creo que yo también tuve algo que ver, por más que no fuera mi intención.

—Es como una raedura —explica Jack—. ¿Sabe qué son las raeduras? Sitios donde la realidad se ha…, no sé…, desgastado. Hay una no muy lejos de Dezi. El Cañón de la Armella, se llama. ¿Le constan…?

—Sea, sea, las raeduras me constan muy bien. He estado en la boca del Cañón de la Armella, pero no más cerca. Si un necio se adentra allí, ya nunca sale. ¿Concuerda eso con lo que usted sabe, sai?

—Sí.

—Algunos sostienen que esas cosas son fenómenos naturales, como los manantiales o los remolinos; otros dicen que solo son una cabronada más de las muchas que nos dejó el Pueblo Antiguo.

Este Tajo no es una raedura. Las raeduras pueden llamar, pero sus voces son débiles y no convierten a los jóvenes en demonios malhechores.

Aunque no a los muy jóvenes, que parecen inmunes, sino a los lescentes.

Jack le ve sentido a eso. Starkweather aún no tenía edad para votar cuando inició su orgía homicida, y su novia, Caril Ann, era todavía más joven, quizá ni siquiera iba aún al instituto.

Según Jimmy Clanton (sin relación de parentesco con el cantante), se corresponde con la misma franja de edad a la que pertenecen Roy Kinneston y Tara Lynne Speckhoffer.

—Cuando el Tajo —continúa Destry—, o lo que usted llama la Garganta, despertó de su letargo, esos lescentes se vieron especialmente afectados por lo que sale de él. Se tiñeron el pelo con bayas de ave…

—¿Tanto las chicas como los chicos?

—Ea.

También a eso le ve cierto sentido; los adolescentes siempre han sido vulnerables a las modas y las fiebres pasajeras.

Algunas de esas fiebres —los tiroteos en colegios, las bombas suicidas— son violentas.

A Jack no le gusta la idea de ver a los adolescentes de Mundo Medio como acólitos de Kinneston y Speckhoffer y, por consiguiente, de la fuerza, sea cual sea, que procede de la Garganta, pero le cuesta interpretarlo de otro modo.

—¿De cuántos lescentes estamos hablando? —pregunta—. ¿De aquí de la ciudad, de las granjas y ranchos de las afueras?

—Hay que añadir los temporeros —dice Mose—. Los lescentes que trabajan en las barcazas y las gabarras, los que pican en las minas. Puede que unos sesenta de Mejis; otros sesenta o setenta en la Pendiente o el río, o de las granjas y minas al norte de Mejis y Pequeña Mejis.

—¿Vinieron todos juntos?

—Sea, en estampida. En la ciudad hay unos cuantos rifles y revólveres, y algunos todavía funcionan.

Cuando los vecinos empezaron a disparar desde los edificios de la plaza, esos chicos siguieron su camino a pesar de que sus armas eran superiores a las nuestras. Salieron corriendo como ratas, créame.

Quizá , piensa Jack, o quizá tenían otros sitios adonde ir. Quizá querían alcanzar a Kinneston y Speckhoffer. Lo que los llevaría primero a Pernil…, después a Riven…

Se ponen de nuevo en marcha. Los vecinos —tal vez no todos, pero sí muchos— los siguen a una distancia respetuosa.

—¿Cómo consiguieron los lescentes esas armas? ¿No solo pistolas, sino además un lanzallamas?

—¿Es ese el nombre que le da? ¿Lanzallamas, como el gran dragón Rey Dolor de las leyendas antiguas?

—Sí.

—También tenían carromatos léctricos y carretamóviles.

Cómo no , piensa Jack.

—Hay sitios donde pueden encontrarse esas cosas —dice Mose—. Basura peligrosa que dejó el Pueblo Antiguo. Los llamaban fuertes o… arse-naa-les. —Pronuncia la palabra con cuidado, como si pudieran penalizarlo en caso de equivocarse.

Jack asiente con la cabeza.

—He visto uno de esos sitios.

El tranvía de Dezi ha sido destruido, pero puede que haya otros que aún circulan.

Hay cables de chispa que se entrecruzan en la calle que recorren Destry y él; algunos vehículos de emergencia robotizados aún funcionan.

Por lo que Jack deduce, esos coches de bomberos robotizados han impedido que el centro de Mejis arda hasta los cimientos cuando los saqueadores adolescentes han pasado por ahí.

—Desconozco cómo han conseguido las armas o de dónde las han sacado —dice Destry—, pero supongo que de esos arsenales. Se tiñen el pelo de rojo en homenaje a su maestro, supongo, y entonces… —Se encoge de hombros—. Ya lo ha visto. Vándalos. Ya hemos llegado.

Se detiene ante una cuidada casa de ladrillo que no habría desentonado en absoluto en French Landing, con sus tejas rojas, una cerca de estacas y flores a los lados del camino que lleva hasta la puerta.

—Maeve entiende de estas cosas. Ella le dirá qué hacer.

—Ojalá —responde Jack, y piensa que, al margen de lo que le diga esa Maeve, su primera parada debería ser Mary Klee. Si aún vive.

4

En la cerca hay una cancela. Destry la abre y precede a Jack por el camino, que está pavimentado de ladrillo con un dibujo en espiguilla.

La puerta se abre y de la casa sale, valiéndose de dos bastones, la mujer más menuda y vieja que Jack ha visto jamás.

Tiene tan retorcidas por la artritis las manos con las que sujeta las empuñaduras que parecen pedazos de madera arrastrada hasta la playa.

Una cofia le encuadra el rostro, que es un mar de arrugas.

Allí donde la piel no es de un blanco apergaminado, presenta manchas rojas bajo las bolsas arrugadas que le rodean los ojos y también en una de las mejillas, que le cuelga hasta la carúncula que tiene por cuello.

Se le ven llagas abiertas en la frente, en las que se ha aplicado algún tipo de pomada.

Jack piensa: Estoy viendo quemaduras causadas por la radiación. No puede saberlo con certeza, pero su intuición es más potente que nunca.

La mujer llega al borde del porche y, tras soltar los bastones, se inclina hacia delante sobre los peldaños. Jack da un salto adelante y la agarra mientras cae. Pese a su propia debilidad, logra sostenerla sin el menor esfuerzo; la anciana es como un saco (pequeño) lleno de palos y plumas.

Me llamará Jason , dice a Jack su intuición. Como el hombre de la plaza.

Pero no es así. Le rodea el cuello con sus descarnados brazos, salpicados también de llagas, y susurra:

—Sea yo Maeve Quiller, la que vino de Pequeña Mejis. Sabía que vendríais y aquí estáis. —Lo mira con una sonrisa que muestra muy pocos dientes y añade una única palabra—: Polizonte.

5