Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Quién es usted? ¿Quién es?

Jack mira a su alrededor para localizar la procedencia de la voz. No puede ser una voz familiar, no si ha regresado a Mundo Medio en Mejis (la estatua confirma que así es), pero de algún modo la conoce.

Aquí es de noche, como lo era en el norte de Nebraska.

El individuo que avanza a zancadas hacia él lleva un ajado sombrero de ala ancha vuelta hacia arriba y prendida por delante de la copa baja, un chaleco de cuero igualmente ajado con tachones de plata y una pistola grande en una especie de funda al hombro, lo que en este mundo se llama agarradera de estiba.

—¿Es usted ese hombre? ¿El hombre del Mundo Exterior que Maeve anunció que vendría?

El individuo se acerca. Jack advierte que uno de los adornos de plata de su chaleco no es un tachón, sino una estrella de sheriff.

Sabe que no es Dale; la última vez que vio a Dale yacía decapitado y muerto en la calle principal de Riven (aunque es posible que desde entonces los mannis le hayan proporcionado una sepultura digna), pero se parece un poco a Dale… , o al menos esa sensación da.

Se halla en una amplia plaza mayor de una próspera región septentrional de las Baronías del Oeste.

Ya ha oscurecido, pero, cuando el individuo se aproxima, Jack ve que es el alguacil Destry, de Pernil, quien a Jack le recordó a Dale Gilbertson.

Aun así, esto no puede ser Pernil. La estatua —famosa por doquier en los Territorios conocidos— proclama que es Mejis.

Además, en Pernil no había nada tan soberbio como una plaza mayor, sino solo una torre de agua y un surtidor averiado.

Destry se planta ante Jack y tiende la mano.

—Salve, hombre del Mundo Exterior. Ha llegado demasiado tarde para unos pocos, pero acaso a tiempo para muchos.

—¿Para chuchos? —pregunta Jack a la vez que estrecha la mano a Destry. Es consciente de que su pregunta tal vez resulte estúpida…, pero, en su defensa, debe decir que ha realizado un largo viaje. Y ha estado enfermo.

—Para muchos muchos —repite Destry—. Dela , ¿entiende?

Jack no sabe de qué habla el alguacil Destry. Además, la estrella que luce, aunque deslustrada, muestra con toda claridad una rosa grabada. Eso la convierte en la insignia de un sheriff, no la modesta insignia de alguacil que llevaba Destry cuando Jack lo conoció.

Advierte que aún siente la atracción de la Garganta. Es leve, pero ahí sigue, algo así como un zumbido de fondo. También percibe otra cosa.

—Usted no es él, ¿verdad?

Destry sonríe y se echa atrás el sombrero con el pulgar.

Jack mira por encima de él y ve a los vecinos del lugar —muchos más de los que había en Pernil o Riven—, de pie en los entarimados que circundan la plaza.

Se los nota inquietos, las mujeres de dos en dos y abrazadas.

Más mujeres de las que Jack ha visto desde que se marchó de Dezi.

—Está pensando en mi hermano. —Su sonrisa decae y al cabo de un instante desaparece—. Mi hermano gemelo.

En Mundo Medio hay gemelos para dar y vender , piensa Jack. Dices verdad.

—Yo soy Moses. El shurf Mose, como me llama casi todo el mundo.

Mi hermano es Aaron. Era. Los dos nos hicimos representantes de la ley, y me olvido una y otra vez de que ha muerto.

Luego me acuerdo y me vuelve el dolor. Disculpe, sai; deme un momento.

—Se tapa los ojos y prorrumpe en un único sollozo ahogado.

Jack ve ahora que, bajo el sombrero, el cabello de Mose Destry es más claro y más largo que el de su hermano gemelo—. Imploro su perdón.

—¿Muerto? ¿Seguro? Estaba perfectamente la última vez que lo vi.

—Sea, se ha ido al claro.

Es decir, probablemente Mary también ha muerto.

Es una conclusión lógica —una verdadera deducción de polizonte—, pero no acaba de creérselo.

Jack observa que dos edificios de la plaza han quedado reducidos a cenizas.

Hacía mucho tiempo que no visitaba Mejis —seis años como mínimo—, pero cree que uno de los edificios en ruinas era la carnicería.

El otro tal vez fuera el aserradero. Gracias al río, Mejis siempre ha sido un boyante centro comercial.

Los granjeros son ricos (o lo eran) y los bares y cantinas están abarrotados casi todas las noches, excepto la del sábado-sabbat, gracias al gran número de jinetes de la Pendiente que van y vienen.

Su corazón entra en los rápidos de la arritmia, y se sujeta al pedestal de la estatua, de un metro y medio de altura, para mantenerse en pie.

—¿Qué le pasa? —pregunta Destry—. ¿Necesita al cruje? Espero que no; ha ido a casa de los Holvay.

Jack sabe a qué se refiere Destry: el cruje en sentido de crujehuesos, en sentido de matasanos, en sentido de médico.

—Me recuperaré. ¿Qué está pasando aquí? ¿Eso de ahí son cadáveres?

En el lado opuesto de la plaza, frente al Best Hotel por lo que cuentan, era buen chico, tenía solo catorce años, dicen…

, pero era él quien llevaba la manguera que escupía fuego.

Incendió el café. Incendió la carnicería del gremio…

; eso no va a gustarle al gobernador Youngblood, desde luego.

El joven Richardson se volvía hacia la cooperativa y la iglesia de Gan cuando le disparé.

Otro de ellos cogió el depósito y la manguera.

Después fueron a Pequeña Mejis, al norte, y siguieron con su matanza.

Los heliógrafos no funcionan, pero me llega el olor a quemado que arrastra el viento del sur.

Sin shurf ni alguacil que los detenga, seguro que han arrasado el pueblo, bien lo sé. ¿Le consta Pequeña Mejis?

—No, solo de oídas. No he llegado nunca más al norte de Mejis. ¿Cuál de esos es el joven Richardson?

Destry señala un par de botas de jinete de la Pendiente que asoman de debajo del dobladillo de una sábana.

—Ahí está. Rafe Richardson. Un buen chico, solo que se descarrió. Como los otros. ¡Pensar que he matado a alguien que era poco más que un niño ! —Se lleva la mano extendida a la cara para ocultar una mueca de dolor—. Pero ¿cómo no iba a matarlo? ¡Se proponía quemar la iglesia !

Se elevan murmullos de conformidad entre unos cuantos vecinos.

—Enséñeme su cara —dice Jack sin tener una clara idea de por qué lo pide.

Destry levanta la sábana para dejar a la vista el rostro de un adolescente que pasó al claro cuando era aún demasiado joven para afeitarse.

Presenta un orificio de bala en el centro de la frente.

Por encima —y Jack no se sorprende, porque, en su intuición, lo sabía desde el principio— se le ve una horrenda pelambrera embadurnada de sangre.

La muchedumbre, que se había acercado, retrocede al verlo, algunos haciendo la señal de Gan.

—¿Ve? —pregunta Destry—. ¿Ve lo que hizo ese chico?

Jack hunde la mano en la masa sanguinolenta y la cierra en torno a un mechón de cabello del muerto. La retira manchado de color carmesí, pero no es sangre. Percibe un olor acre y dulce a la vez.

—Bayas de ave —dice Destry—. Los arbustos crecen silvestres en la Pendiente, como quizá sepa. A la luz del día, da la impresión de que la tierra misma esté sangrando.

Abarca con un brazo todo lo que lo rodea.

Jack no ve nada en la oscuridad, pero no le hace falta.

En Dezi hay arbustos de ese tipo por todas partes, cuyas bayas deben su nombre a que solo las comen los tafis y los oukis.

Crecen por todos lados excepto en el elegante jardín de Youngblood.

Él no aceptaría esas plantas vulgares en medio de sus flores exóticas, del mismo modo que Dale Gilbertson no habría tolerado dientes de león en el césped de su casa de Hemingford Home.

—Los vándalos se tiñen el pelo con ellas, eso hacen —informa una mujer de mediana edad que lleva el cabello cubierto con una cofia—. Se lo tiñen de rojo.