Capítulo 14 #5
David da la vuelta en torno al capó de su coche.
—¿Qué podemos hacer, Jack? Podría haber un centro de urgencias médicas al cruzar la frontera en Vermillion. Podríamos…
—Eso no servirá. —Jack traga sangre, se atraganta y, en un arranque de tos, la expulsa en un salpicón de finas gotas—. Tengo que saltar. Creo que aún me queda tiempo. —En realidad, cree que lo ha retrasado demasiado y se le ha acabado el tiempo.
—Jack… —empieza a decir Sarah, pero de pronto sacude la cabeza y retrocede.
Siempre ha aceptado a Jack como amigo de Dale, pero nunca ha considerado que pertenezca exactamente al mismo mundo estadounidense al que pertenecen su marido, su hijo y ella.
Jack lo sabe. Ha advertido que en su presencia se anda con cautela.
David —quien antes llamaba tío Jack al mejor amigo de su padre— se acerca a ella y lo mira con preocupación y recelo.
Quizá incluso con asco, ¿y por qué no? Está manchado de sangre por todas partes.
Los faros del Kia traspasan la oscuridad del norte de Nebraska; en los túneles abiertos por los haces de luz, danzan y se arremolinan bichos en un éxtasis de ebriedad.
Toca la extraña versión híbrida de ¿Acaso no matan a los caballos?
, guardada en el bolsillo trasero. Es lo único que tiene de Sophie, y puede que más tarde quiera verlo. Si es que sobrevive, claro.
Jack sabe que Sarah y David esperan una especie de hecho sobrenatural, pero él no siente más deseo de público antes de saltar del que querría que lo hubiera observado mientras hacía el amor con su mujer.
O cuando lamentaba su ausencia. Lloraba por Sophie y maldecía con rabia el ka que se la había arrebatado, pero siempre a solas.
Advierte que las piernas lo sostienen si extiende los brazos a los lados para mantener el equilibrio. Cruza el arcén y consigue avanzar con paso inestable hacia el campo. Es de maíz, que le llega a la altura de la cabeza. Vuelve la vista atrás una vez y ve a Sarah y David abrazados.
—¡Jack! —exclama ella—. ¡No puedes! ¡Morirás!
Puede ser, pero no en esa puta Garganta , piensa, y se adentra entre el maíz sin intentar recorrer una de las hileras, sino abriéndose paso a manotazos entre las plantas.
Hojas como espadas le arañan la piel expuesta.
Sarah lo llama una vez más, pero se la oye muy lejos, como si estuviera ya en otro mundo.
En el borde de la Garganta, bañado por su intensa luz sin calor, se concentró con todas sus fuerzas en el California Raisin pegado en el salpicadero del coche patrulla de Dale.
San Cristóbal es el santo patrón de los viajeros , dijo Dale a Jack una vez cuando este hizo un comentario al respecto. Yo tengo a Beebop .
Pero Jack conoce la versión del san Cristóbal de Mundo Medio, y muy bien.
Es el legendario pistolero Roland Deschain, quien buscó incansablemente la Torre Oscura, ese eje de la eternidad, y al final la encontró en un campo de rosas.
Jack ha visto la estatua de Roland y su ka-tet en la plaza mayor de Mejis y ha soñado con ella en el hospital de Taylor City.
8
Tras adentrarse unos quince metros en el maizal, le falta el aliento. Y, después de veinte, le flojean las piernas y cae de rodillas, tosiendo y falto de aire. Una telaraña de barbas de maíz cuelga de su cabello húmedo y apelmazado.
Tiene que ser ahora. No puedo seguir.
Evoca la imagen de esa estatua: dos hombres, una mujer en silla de ruedas, un niño y una criatura similar a una comadreja, erguida sobre las patas traseras y con las orejas aguzadas.
El ka-tet que salvó Mundo Medio. Eso, claro, si uno cree en las leyendas, y ahora Jack cuenta con la estatua de ese ka-tet para que lo salve.
Se acuerda de Speedy Parker cantando Viajero Jack, viejo Viajero Jack, tiene que recorrer un largo camino y otro aún má largo para regresá , y siente que el mundo del lado de Estados Unidos oscila y pierde su realidad.
Por un momento se encuentra entre y nota que la Garganta toma conciencia de él e intenta atraparlo: al que escapó.
¡No! ¡Me he alejado de ti más que suficiente!
Pero ¿ha sido así? ¿Es así? La atracción de la Garganta —esa fuerza viva, sintiente— es muy fuerte. Redobla su concentración
( Mejis la estatua de los Cinco que salvaron )
y por un momento tiene la sensación de que va a partirse en dos literalmente; de que, si la Garganta no consigue atraparlo vivo, lo atrapará muerto.
Entonces se produce una especie de tirón brusco que supera la atracción de la Garganta — el tirón de Yankton a un yanqui , piensa— y, de pronto, mientras lo envuelve una nueva realidad, la Garganta lo suelta.
Le llega un olor de aire fresco, un aire distinto .
Flota un aroma a leña quemada. Ese olor induce a pensar a Jack en la palabra usada en Mundo Medio para referirse a cosas que se han estropeado: una vasija de mantequilla charrada, un pozo charrado de agua contaminada con álcali, un hombre charrado.
Jack abre los ojos. Por encima de él, fundidos en bronce, están los legendarios Cinco: Roland de Gilead, Eddie Dean, Susannah, Jake de Nueva York y Acho de Mundo Medio.
Se incorpora, todavía tosiendo y todavía sangrando por los ojos, la nariz y las orejas, con barbas de maíz colgando del pelo, pero el ritmo del corazón ha empezado ya a acompasarse y nota que las fuerzas regresan ya a los brazos y las piernas.
Se pone en pie y contempla la figura que domina la estatua.
Roland tiene el rostro arrugado y cansado, el sombrero echado atrás en la cabeza, una mano con dos dedos menos, el arma enorme con empuñadura de sándalo justo por debajo de la cadera.
Jack se lleva el puño trémulo a la frente y pronuncia las palabras que le enseñaron:
—Salve, pistolero, bien hallado seas. Te veo muy bien. —Y así es.
Ha vuelto a Mundo Medio.