Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

Jack baja por el primer tramo sin problemas, pero, cuando se sienta en el rellano para ponerse las botas, tiene un ataque de tos tan violento como si se le fuera a desgarrar el pecho. Espera que nadie lo oiga. Cuando lo supera, se enjuga el mentón, y la palma de la mano le queda manchada de sangre.

—Ay, Jack —dice Sarah.

—David, ayúdame con estas botas.

David le ata los cordones, ante lo que Jack se siente como un niño de cuatro años.

Sigue atento, por si se oyen gritos en el piso de arriba.

¿Acaso una alarma? No, esto no es una película de fugas carcelarias.

Pero si Clinger descubre que la sala de hidromasaje está vacía y los tres han desaparecido…

Se pone en pie y se tambalea. Sarah lo sujeta.

—¿Cómo se supone que vas a atrapar a esos dos, Jack? —pregunta David. Tiene los ojos hinchados y enrojecidos por el dolor—. Apenas puedes andar.

—En el otro sitio se pondrá mejor —afirma Sarah—. Siempre es así. Eso dice Dale.

— Decía. —David se enjuga los ojos con el antebrazo—. Vamos.

Llegan a la planta baja, recorren un pasillo revestido de azulejos verdes y entran en la lavandería del hospital.

Atraen alguna que otra mirada indiferente mientras pasan por delante de las lavadoras industriales: son solo un empleado del servicio de limpieza, una enfermera y un celador, aquí nada digno de interés.

La calandra escupe sábanas recién planchadas a una cesta de lona. Más allá, encuentran una puerta con el rótulo solo salida de emergencia. sonará alarma. Medio ladrillo la mantiene abierta. Fuera hay un muelle de carga y un bote de café Maxwell House a rebosar de colillas.

—¿Cómo conocíais esta salida? —pregunta Jack.

—Reddit —contesta David—. En Reddit se encuentra todo. Pregunté dónde desactiva la gente las puertas con alarma para salir a fumar en el Memorial de Taylor City. Encontré cuatro opciones. Podría haber encontrado más, pero no había tiempo. Voy a por el coche. Esperad aquí.

Salta del andén de carga, y Jack, pese a su debilidad, es capaz de envidiar la desenvoltura de los atléticos movimientos del joven, que uno solo valora en retrospectiva.

—¿Está muy lejos el coche? —pregunta a Sarah.

—Hemos aparcado en la calle. Volverá en un pispás.

Más vale , piensa Jack. A pesar de la flojera en las rodillas, la tos, la arritmia en el corazón —que se salta un latido de cada tres— y los hilillos de sangre en la nariz y en la comisura de un ojo, aún tiene tiempo para deleitarse con el aire fresco de última hora de la tarde.

Se percibe un leve tufo a lejía de la lavandería y cierto hedor residual a tabaco procedente del bote de café, pero, por lo demás, no contaminan el aire los olores del hospital.

Ni la horrenda atracción magnética de la Garganta.

—¿Cómo lo llevas? —pregunta a Sarah. En su imaginación, ve a Clinger consultar su reloj, arrugar la frente y después entreabrir la puerta de la sala de hidromasaje para echar una ojeada, por si acaso. Y entonces…

—Cuando encontraron su coche, pensé que seguía vivo —contesta Sarah—.

De verdad. Tal vez ese par de malnacidos se habían escapado…

Por lo que se ve, tienen la suerte de un demonio.

Pero pensé…, creí… , que estaba vivo y volvería conmigo.

Luego, más tarde…, lo supe. Lo supe, así sin más. Lo mataron a tiros, ¿no?

—Sí. —Jack la mira a los ojos al decir esa mentira descomunal.

—Quiero creerte, pero eso no puedes saberlo —replica ella, y se echa a llorar.

—Créelo igualmente —dice Jack, que la rodea con el brazo.

El coche se detiene ante el muelle de carga y ¿ se sorprende Jack al ver que es un Kia? No. Es solo un eco más en la cámara de resonancia de los muchos que reverberan entre el lado de Estados Unidos y el lado de los Territorios.

Jack es incapaz de saltar desde el andén de carga pese a que no hay más de un metro de altura. Tiene que sentarse y dejarse caer. Le sobreviene un mareo. David lo sujeta.

—Vas a perder el trabajo por esto —dice Jack. No sabe ni remotamente en qué trabaja David. Su voz parece llegarle desde muy lejos.

—A la mierda el trabajo —responde David—. Esos dos gilipollas mataron a mi padre.

Llevan a Jack al lado del acompañante del Kia. Sarah le abrocha el cinturón de seguridad y pasa al asiento trasero. David se sienta al volante.

—¿Por qué no saltas al otro lado y ya está? —pregunta David—. Mi padre decía que era así como lo llamabas. Si en ese otro sitio mejoras, es lo que deberías hacer.

—Desde aquí no puedo.

—¿Por qué?

—Es difícil de explicar. ¿Buscarán este coche?

—Si buscan un coche, será el mío —contesta Sarah—.

Que está en Hemingford Home, aparcado detrás del cine.

Este es el coche de Davey. Vino por carretera desde San Diego cuando se enteró de que su padre había desaparecido.

Sin parar. —Lanza a David una mirada de desaprobación y luego se inclina hacia delante para darle un beso en la mejilla.

El Memorial Hospital de Taylor City queda atrás.

Jack vuelve a toser y luego se limpia la sangre del ojo y de la nariz con la manga de la casaca que ha tomado prestada.

Se le contrae el estómago cuando oye una sirena más adelante, pero es un coche de bomberos que avanza a toda velocidad hacia el desastre que ha sufrido otra persona.

—¿Adónde vamos? —pregunta David.

Entre las diversas visitas que ha recibido en su habitación, Jack ha tenido tiempo de pensar en eso.

—Al norte —responde—. Quizá un poco al nordeste. Hacia la línea divisoria de Dakota del Sur.

—¿Tienes pensado algún destino en concreto?

—No en este mundo —dice Jack, y lo acomete otro ataque de tos.

7

David Gilbertson es consciente de que no les conviene tomar por la carretera 81.

Cuando la policía descubra que Jack se ha ido, puede que busquen el coche de Sarah, pero un poli inteligente —Handler, por ejemplo— también podría hacer averiguaciones sobre el hijo del sheriff Gilbertson.

Para enterarse, entre otras cosas, de la marca y del modelo del coche de David.

Además de su matrícula de California, que en este estado de la zona central de Estados Unidos sin duda no pasa desapercibida.

David toma por lo que se conoce como vieja carretera de Nebraska, una vía de dos carriles que atraviesa puebluchos de mala muerte como Cornlea, Platte Center y Humphrey.

Jack tiene fiebre y la arritmia empeora.

Tiempo atrás le recetaron un fármaco para esos latidos desacompasados de su corazón; no el metoprolol prescrito por el doctor Ed, sino propranolol.

Le quedan unos cuantos comprimidos, pero guardados a buen recaudo —ironía de las ironías— en el botiquín de Dale en Hemingford Home.

También intenta pensar, pese a la fiebre cada vez más alta que le recalienta el cerebro, qué debe hacer. En otro tiempo creía que saltar desde el lado de Estados Unidos era saltar a una zona geográfica más o menos equivalente en los Territorios. O…

—O viceversa —masculla.

—¿Cómo? —pregunta David.

—Nada. Da igual.

Desde una gran distancia, oye a David preguntar a su madre si Jack va a morirse ahí mismo.

Ella lo niega rotundamente. Es una afirmación audaz, pero Jack ya no está muy seguro de que sea fiel a la verdad.

En cuanto llega a los Territorios, la recuperación siempre ha sido rápida, pero nunca antes había estado tan enfermo.

Durante sus visitas anteriores al lado de Estados Unidos —para visitar a Dale, para hacer recados al servicio del Gran Jefe—, siempre pudo saltar en cuanto empezaban la arritmia, la tos y el sangrado espontáneo.

Pero en sus anteriores visitas no había ninguna Garganta de la que preocuparse.

En los últimos tiempos ha observado que, si se concentra en un objeto en particular, puede salir a una zona geográfica totalmente distinta.

Por eso consiguió regresar desde Riven hasta aquel establo abandonado de Nebraska en lugar de acabar en la escuela Thayer de Illinois, donde estaba su amigo Richard.

Conocía la existencia de ese establo porque Dale, fotógrafo aficionado, tenía fotos de él en contrastado blanco y negro en el estudio de su casa.

Me gusta sobre todo el anuncio de Mail Pouch , decía Dale.

Saltar a Nebraska desde las afueras de Pernil era algo tan natural que Jack ni siquiera se detenía a pensar mucho en ello.

Pero ahora sí se detiene a pensarlo. Alejarse de Taylor City era imprescindible por su cercanía geográfica a ese llano hundido en los Territorios donde la Garganta abrió su boca voraz.

Debe apartarse lo máximo posible de su magnetismo para evitar que la Garganta lo atraiga.

En el otro platillo de la balanza están su enfermedad, cada vez más grave, y la preocupación de que, de repente, puedan aparecer detrás de ellos unas luces azules acompañadas de la orden amplificada: paren en el arcén, paren en el arcén.

Procura convencerse de que eso es improbable, porque el delito más grave del que Handler puede acusarlo es el de acceso no autorizado, pero el detective sabe que Jack tiene alguna conexión —a través de Dale— con Kinneston y Speckhoffer.

Al final, a eso de las diez de la noche, comprende que ya se han alejado lo suficiente, porque ahora la alternativa es saltar o morir.

Abre los ojos y ve los dos carriles de la carretera abrirse paso entre campos en apariencia interminables plantados de maíz (para etanol) o de soja (para biodiésel). Pide a David que se detenga.

—¿Estás mareado? —pregunta Sarah desde detrás—. ¿Vas a vomitar?

—No. ¿Dónde estamos?

—South Yankton —contesta David—. Seguro que los niños, si es que hay alguno, lo llaman «Yanqui Tonto».

Jack se desabrocha el cinturón de seguridad y abre la puerta antes de que el coche pare del todo.

Detrás, Sarah abre la suya. Jack sale tambaleante y ella se apresura a agarrarlo por las mangas de la casaca del uniforme antes de que se caiga.

Sarah llora de nuevo, pero Jack sospecha que esta vez es por él más que por su marido.

—¡Los ojos ! ¡Jack, te sangran los ojos !