Capítulo 14 #3
El primero es el nuevo vigilante de la puerta, por gentileza del Departamento de Policía de Taylor City.
Por lo visto, Howard Clinger considera que es su obligación presentarse.
Para Jack, no aparenta más de diecisiete años.
Luego llega una masajista, que se concentra en sus pies, asegurándole que eso liberará sus chakras, con lo que le bajará el ritmo cardiaco y se le acompasarán los latidos.
Jack comenta que no sabía que sus chakras estuviesen presos, y ella se ríe a carcajadas.
Mientras la masajista realiza su tarea, aparece Handler para preguntar a Jack otra vez cómo demonios acabó en el coche del sheriff del condado y, a propósito, ¿tiene Jack alguna idea sobre el actual paradero de Gilbertson?
Jack no contesta. Handler le dirige una sonrisa un tanto amenazadora (podrían ser imaginaciones de Jack, pero no lo cree) y dice que volverá a pasarse por allí más tarde.
La masajista termina. Entonces lo visita una persona de Servicios Financieros, que se va, perpleja, cuando Jack le indica que envíen una copia de la factura («desglosada, por supuesto») a la Tesorería del condado de Elm y otra al Departamento de Policía de Taylor City, a la atención del detective Rolf Handler.
La mujer de Servicios Financieros (blanca) da paso a una mujer del servicio de limpieza (negra, con un agradable acento jamaicano).
Mira a Jack como si fuera radiactivo…, y en realidad lo es, aunque solo en pequeña medida.
Se marcha y, alabado sea Dios, ahí está Handler otra vez , tan alegre como un demonio retozando en una bañera de pecadores licuados.
Repite las mismas preguntas, insinúa que se ve a Jack un poco pachucho y añade que él, Rolf Handler, le proporcionaría con gusto una inyección de aire fresco a cambio de unas cuantas respuestas a unas cuantas preguntas acuciantes. Jack contesta:
—No quiero que se ofenda, porque se lo digo con el máximo respeto, teniente, o cualquiera que sea su rango…
—Teniente, sí.
—Se lo digo con la mayor cordialidad…, la mayor gentileza… y el antedicho máximo respeto: váyase usted a cagar en su sombrero.
Handler se quita el sombrero de fieltro, lo examina, advierte —cabe suponer— que dentro no hay mierda, se lo pone y se marcha, no sin antes pronunciar una breve rima que induce a pensar que ha hablado con el doctor Ed:
—En fin, Jack, lo dejo aquí en su cuarto. Entretanto, cuidado, no vaya a tener un infarto.
Acude una enfermera a tomarle la tensión.
Entra un farmacéutico, examina el zigzagueo del monitor y pregunta a Jack si le apetece tomar un refresco tranquilizante.
Jack contesta que le encantaría y le sirven uno de lima limón.
Reconfortado, el pulso le baja más que después del masaje en los pies.
Vuelve Handler, masticando una chocolatina.
Jack le pide la llamada a la que está autorizado.
Handler le contesta que quienes se encuentran en custodia protectora no tienen derecho a llamadas telefónicas, pero, si Jack decide eximir a la policía de su responsabilidad de custodia, puede marcharse.
Jack baja las piernas al suelo y empieza a toser.
La nariz le sangra de nuevo. El monitor cardiaco no solo emite un pitido, sino que se dispara como una alarma antirrobo.
Se presenta un tal doctor Carstairs acompañado de enfermeras y un carro de parada, pero a Jack se le ralentiza el pulso antes de que tengan que someterlo a todo el melodrama hospitalario televisivo.
—Vaya, parece que no va a ir a ninguna parte —comenta Handler, y da unas palmadas a Jack en la mano—.
El hospital es el sitio indicado para usted, no cabe duda, pero este es un centro de poca monta.
Hable, Jack, y quizá pueda llevarlo a la Cleveland Clinic.
Son los mejores en lo que se refiere a problemas cardiacos.
Hacen incluso trasplantes de corazón. Cosa que, según el doctor Buczkowski, necesita usted plantearse, y muy en serio.
Jack se ha taponado los dos orificios de la nariz con trozos de Kleenex, así que la voz le sale un poco empañada, pero suficientemente clara cuando dice a Handler (otra vez) que se cague en su sombrero.
Handler se pone en pie. Ahora no sonríe.
—Su estado se está agravando, Jack. Los médicos lo saben, las enfermeras lo saben, juraría que incluso el personal de limpieza lo sabe. Tiene fiebre y eso es una tos de moribundo. Sería una lástima que entrara en coma y muriera sin contar lo que sabe. Piense en la mujer de Dale.
—Salga de aquí —responde Jack—. Y, si ve a ese farmacéutico, dígale que me traiga otro refresco tranquilizante.
—Howie Clinger pasará toda la noche ante la puerta —informa Handler—. Si tiene algo que decirme, él se pondrá en contacto conmigo.
Jack cierra los ojos.
—Váyase.
Eso hace Handler.
Al cabo de dos minutos, rompe el grato silencio una enfermera que le mete un termómetro en la oreja. En cuanto la mujer sale, entra un interno que quiere mirarle la garganta y palparle los ganglios linfáticos del cuello.
—Hinchados —dictamina.
Él y otro hombre con bata blanca —este, un médico de verdad— hablan de su caso como si Jack no estuviera presente. La enfermera regresa y le introduce un bastoncillo en la nariz para la prueba del covid-19 y las dos variantes de gripe actuales.
Para entonces son las cinco de la tarde y Jack está agotado.
Es consciente de que el continuo desfile de visitantes se debe a su conexión con la desaparición de Gilbertson y al peculiar estado de su corazón.
Naturalmente, los resultados de la resonancia han circulado.
Hay una radio macuto de la policía; también hay una radio macuto de los hospitales.
Por usar el habla de Mundo Medio, todos quieren «echar una visteada».
Pone las noticias locales. Nada sobre el misterioso Jack Sawyer; hasta el momento, por lo menos, el Departamento de Policía de Taylor City ha conseguido mantener eso en secreto.
La noticia principal se centra en Kinneston y Speckhoffer, que han sido vistos en Olathe, una ciudad de Kansas.
Y un carajo , piensa Jack.
El interno vuelve para comunicarle que las pruebas del covid-19, la gripe y el sida han dado negativo.
—Eso merece un refresco tranquilizante, ¿no le parece? —pregunta Jack, y el interno se ríe como si fuera lo más gracioso que ha oído en la vida; le ha pillado las intenciones.
Llega la cena. Jack apenas puede mirarla, y menos aún comerla.
Cuando regresa la empleada del servicio de limpieza jamaicana, le pide que se la lleve.
Aparece una enfermera nueva, seguida de una auxiliar voluntaria, y le toma otra vez las constantes vitales.
Cuando se van, la siguiente visita es una enfermera con una blusa y un pantalón estampados de conejitos saltarines.
La acompaña un celador que empuja una silla de ruedas.
Ella le comunica que la bañera de hidromasaje está en la planta de abajo y que, aunque no es obligatoria —no, por Dios—, tal vez le resulte relajante.
—¿Puede visitarme allí el detective Handler?
—La bañera de hidromasaje es un lugar muy privado, señor Sawtelle.
—Sawyer. Y la privacidad se me antoja el paraíso. Ayúdeme un poco. No tengo fuerza en las piernas. —Eso no es del todo cierto.
El celador lo ayuda a pasar a la silla de ruedas.
Jack se coloca la libreta de Sophie en el regazo mientras el celador le tapa con una manta y se lo lleva.
La enfermera de los conejitos saltarines informa al agente Clinger de que estarán en la segunda.
Puede quedarse donde está o acompañarlos si quiere esperar fuera de la sala de hidromasaje.
Clinger va con ellos. En el ascensor, Jack tiene la impresión de que el agente ni siquiera ha cumplido los diecisiete años.
El celador pregunta a Jack la razón de su ingreso.
—Porque no tiene buen color, ¿eh? —Jack no contesta—. ¿Es así de grave, pues?
En la segunda planta, Clinger se sienta en un banco de madera del vestuario mientras el celador le quita a Jack la manta y el libro, y la enfermera lo despoja de su camisón.
Desnudo como un langostino, sujeto de un codo por la enfermera y del otro por el celador, se deja llevar a la sala de hidromasaje.
La enfermera de los conejos saltarines cierra la puerta y coge una pila de ropa plegada del estante.
Jack se alegra de ver que su camiseta de cerveza Kingsland, ahora limpia, está entre las prendas. Hay también unas botas de faena.
—Un uniforme de empleado de limpieza —dice Sarah Gilbertson—. David te ayudará.
—Puedo hacerlo yo solo —responde Jack a la vez que se pone unos calzoncillos bóxer—. He estado fingiendo un poco. David, ¿cómo estás? No sé si atreverme a preguntártelo.
—He estado mejor otras veces —contesta el hijo de Dale—. Mucho mejor. Aquí tienes. El pantalón. Deprisa.
Jack mete la libreta de Sophie en uno de los enormes bolsillos traseros del uniforme.
—¿Esto va a traerte muchos problemas? —pregunta Jack a Sarah.
—¿Te han acusado de algo?
—No.
—Entonces, que se jodan —responde ella—. Dale siempre decía que aquí en Taylor City la policía era una calamidad. —Señala la bañera de hidromasaje. A través del vapor que se eleva del agua, Jack ve otra puerta—. ¿Te ves capaz de bajar dos tramos de escalera?
—Sí. ¿De dónde has sacado ese horror de uniforme?
—Uniformes TT. Lincoln. De mi talla, podía elegir entre conejitos o payasos. Me he quedado con los conejitos. Tenemos que ponernos en marcha, Jack. Ese hombre que han asignado para vigilarte parece joven pero no tonto.
—¿Cuánto crees que tardará en empezar a preocuparse? —pregunta David.
Jack cree que quizá dispongan de diez minutos hasta que Clinger comience a sospechar y eche un vistazo a la sala de hidromasaje, así que contesta a David que serán cinco.
—Entonces, espabilemos.