Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La enfermera ayuda a Jack a acomodarse en la silla.

El doctor Ed permanece atento al monitor durante esa maniobra, pero la enfermera —de unos cuarenta años, guapa— no quita ojo al buen doctor.

La intuición de Jack funciona, pero, en vista de esa mirada, apenas la necesita: el doctor le gusta.

El monitor emite un aviso cuando el pulso de Jack se dispara momentáneamente hasta 180. Tengo que salir de aquí y pronto.

—Pero no a la Garganta.

—¿Cómo dice? —pregunta el doctor Ed.

—Nada —responde Jack, y antes de salir coge la caja de Kleenex.

4

Ahora viene la parte difícil.

En el ascensor, mientras bajan a Diagnóstico por Imagen, Jack pide al doctor Ed que le deje usar su móvil.

—Dudo que el agente lo aprobase —contesta el doctor Ed—. O el detective Handler.

—Ninguno de ellos está aquí —señala Jack.

La enfermera sonríe al doctor Ed y dice:

—Y yo jamás lo contaría.

El ascensor se abre a un pasillo vacío salvo por un celador, en apariencia medio dormido, que empuja una camilla.

—Me retienen contra mi voluntad —dice Jack. Aunque parezca un arrebato de paranoia, es la pura verdad.

—Usted mencionó la expresión «testigo clave» —aduce el doctor Ed.

—Cosas de polis, chorradas —contesta Jack—. Ya sabe cómo son.

La enfermera empuja la silla. Más adelante un cartel indica: resonancia magnética. Incluye el icono de un teléfono móvil tachado con una raya roja.

—Bueno, siempre andan al límite de la legalidad —comenta el doctor Ed—, eso me consta.

La enfermera alarga el brazo por encima de Jack y da un apretón en el hombro al médico. ¿Refuerzo positivo? ¿Solidaridad? ¿O sencillamente se muere por tocar su cuerpo? A Jack lo trae sin cuidado; sea lo que sea, actúa en su favor.

Entran en la sala de resonancia. El doctor Ed se lleva la mano al bolsillo de la bata blanca y saca el móvil.

—Podría meterme en un lío por esto.

Pero deja caer el teléfono en el regazo de Jack.

—Es solo una llamada —tercia la enfermera.

El doctor Ed exhala un suspiro, ahora un maestro de primaria asediado por alumnos díscolos.

—Mientras ese trasto enorme no esté en marcha, no hay problema.

—¿Pueden dejarme a solas un momento?

La suspicacia del doctor Ed parece aún mayor.

Ahora no es un maestro de primaria, sino solo un hombre a quien se pide que sea fiel a ciertas convicciones acerca de esos abyectos polis.

Jack sabe que los polis, en su mayoría, no son abyectos, aunque solo unos cuantos son los «caballeros de azul» sobre los que escribió Joe Wambaugh, él mismo veterano del Departamento de Policía de Los Ángeles, y entiende que Rolf Handler necesita respuestas con desesperación.

Si él estuviera en la posición de Handler, tal vez recurriría a las mismas tácticas semilegales para obtenerlas.

Pero ¿se creería Handler lo que Jack pudiera contarle?

—No sé… —empieza a decir el doctor Ed.

La enfermera se pone de puntillas y susurra algo al oído del médico. Jack se plantea aducir que Handler se vale de un tecnicismo para mantenerlo incomunicado. Decide que eso se parecería demasiado a una súplica.

—¿Es muy importante esa llamada que quiere hacer? —pregunta el doctor Ed—. Porque su taquicardia también es importante. Por Dios, ¿qué le ha pasado en realidad?

—Me pegaron un tiro que me rozó el corazón. Sin duda ha visto usted la cicatriz. Pero de eso hace años.

—Tiene la taquicardia ahora, además de otros varios síntomas preocupantes. Lesiones de Kaposi, para empezar.

La enfermera tira de la mano del doctor Ed, y él —benditos sean los recelos hacia la policía de ese corazoncito suyo— asiente con la cabeza y sale con ella de la sala.

Jack se queda solo con el tubo de resonancia magnética, aunque seguramente no por mucho tiempo.

Da la vuelta a la caja de pañuelos y marca el número de Sarah, temiendo que salte el buzón de voz porque ella esté informando a alguien por el móvil de la muerte de su marido.

Pero Sarah contesta en cuanto suena el timbre, como si esperara la llamada de Jack, y este no duda que bien podría ser así.

No después de todo lo que él mismo ha visto y ha hecho.

—Atiéndeme, Sarah, y no hagas preguntas. Es importante.

—¿Tiene que ver con esos cabrones que mataron a mi marido?

—Sí.

—Entonces, dime —responde ella.

Jack así lo hace.

5

Cuando Jack vuelve de sus pruebas, Greg Cormier ha sido sustituido frente a su habitación por Maynard Stingley, alias el Stinger.

Este lanza a Jack una mirada hostil. Una vez en la habitación, por fortuna al fin a solas, Jack sucumbe al arranque de tos que venía conteniendo.

Supone que ha pillado un resfriado o un virus, contagiado quizá por un poli, quizá por el doctor Ed o por su guapa enfermera.

Su cuerpo es como una casa abierta a los gérmenes.

Eso le ocurre casi siempre que vuelve al lado de Estados Unidos, pero ahora todo se ha acelerado.

Quizá como consecuencia de la descarga de táser, quizá (no le gusta la idea) por su extrema proximidad al error cósmico llamado la Garganta.

Cuando aparta el Kleenex con el que se ha tapado la boca, ve un leve salpicón de sangre. Lo oculta entre otros pañuelos limpios y los tira todos a la papelera.

Pasa el tiempo. Los minutos se hacen eternos.

A mediodía, un celador le lleva pollo troceado, unas judías verdes tan brillantes que parecen fluorescentes y una masa aterradora de gelatina naranja con trozos de zanahoria flotando dentro como bichos atrapados en ámbar.

El Stinger entra mientras Jack contempla ese asqueroso postre. Se sienta en la cama sin pedir permiso.

—¿Qué hay, guapo? —Jack guarda silencio—. No esperes que me disculpe por la descarga de táser.

—Ni se me ocurriría. Los hombres como usted…, los po lis como usted… nunca se disculpan.

Stingley comprueba que la puerta está bien cerrada y a continuación desenfunda la táser y la apunta al pecho de Jack. A quemarropa.

—¿Quieres otra descarga, bocazas?

—Eso me pararía el motor para siempre. ¿Quiere pasarse una temporada en la penitenciaría del estado de Nebraska por matarme?

Stingley sonríe y enfunda la táser.

—Apareciste en el coche de Gilbertson. —Jack calla—. A ver, guapo, ¿dónde está Gilbertson?

—¿Qué anda buscando, agente Stingley? ¿Un ascenso? No veo eso en su futuro.

Stingley coge el plato de papel con el bloque de gelatina.

—¿Y si te tiro esto a la cara, listillo?

Jack se ha hartado ya de ese tarado.

—Hágalo de una puta vez o salga de mi habitación.

Por un momento, Jack cree que en efecto va a acabar con la gelatina encima, pero el Stinger la deja y se va, no sin antes lanzarle una última mirada de inquina que —por usar la letra de una antigua canción que cantaba Speedy Parker— no altera mucho a Jack.

Este dedica unos instantes de bendito silencio a contemplar la gelatina ( tanta y tan naranja ) y de pronto entra el doctor Ed, que ha adoptado de nuevo la actitud de maestro de primaria decidido a infundir en sus alumnos la sensación de que hoy vamos a aprender mucho .

El médico tiene el corazón bien orientado, y de hecho le ha dejado su móvil (aunque a instancias de la guapa enfermera), pero todo ese positivismo puede llegar a cansar.

—¿Se ve con ánimos para hacerse unas cuantas pruebas más mañana?

—¿Y qué ha salido en las de hoy?

—Los resultados aún están evaluándose —responde a la vez que esboza una sonrisa de desconcierto y ladea la cabeza, gestos reveladores que Jack aprendió a detectar e interpretar en su etapa de detective.

Ha visto usted el resultado de la resonancia y se ha dicho: «Este hombre debería estar muerto».

Y si no salgo de aquí y vuelvo a Mundo Medio, en efecto estaré muerto, y esos dos chicos desquiciados harán lo que les venga en gana con esas nuevas armas tan guais que ahora tienen.

Y la Garganta, por supuesto, hará lo que su voluntad le dicte. A menos que se lo impidan.

—No sé si esto lo sabe, señor Sawyer…

—Seguro que puedo adivinarlo —dice Jack—. ¿Tiene algo que ver con mi corazón?

—El ventrículo izquierdo está destruido en su mayor parte… a causa de un balazo, creo…, y, aun así, el corazón sigue latiendo.

—De momento.

—Sí, de momento. —El doctor Ed le dirige una sonrisa tranquilizadora—. Cuando tengamos los resultados de las pruebas, le informaré. Pero tenga paciencia. Ya sé que tanto pinchazo y tanto toqueteo resultan agotadores, pero tal vez tengamos una solución para usted, señor Sawyer.

Lo mío solo se soluciona en los Territorios, doctor Ed.

En cuanto a mañana, confía en no estar ya en este hospital. Ni en Nebraska, a decir verdad. Si para entonces sigue en el estado de los desgranadores de maíz, estará en una mesa mortuoria.

6

Para ser un hombre acostumbrado a vivir solo (cosa que ha hecho por su propia elección desde la muerte de Sophie), Jack está viéndoselas con un agotador desfile de visitantes; tiene la impresión de que cada vez que sale uno aparece el siguiente.