Capítulo 14
—Despierte, Sawyer. Despierte.
Por un momento, Jack es Jacky, otra vez a sus doce años. Está en la habitación de Richard Sloat, en la residencia de la escuela Thayer, y fuera hay criaturas semejantes a los perros de los Territorios, híbridos de La isla del doctor Moreau que aúllan: «¡Despierta, despierta, despierta!» .
Abre los ojos y no está en la habitación de Richie de la residencia, con su póster de Albert Einstein, sino en una habitación de hospital de Taylor City.
El policía que lo sacude le suena de algo y, tras hurgar en la memoria durante uno o dos segundos, aturdido aún por el sueño, lo recuerda: Greg Cormier, el poli que lo trincó en el centro comercial.
Fuera, la lluvia, impulsada por el viento, azota la ventana con tal fuerza que el cristal vibra.
—¿Está despierto?
Jack asiente con la cabeza.
Cormier le entrega un puñado de pañuelos de papel.
—Límpiese la nariz.
Jack coge los Kleenex. Se enjuga. Observa la mancha de sangre sin mucha sorpresa.
Siente un vuelco en el corazón, el monitor emite un aviso y, sin más ni más, acude a su cabeza una frase, extraída posiblemente de un antiguo anuncio de televisión: La arritmia puede derivar en derrame cerebral, así que consulte a su médico.
Lo asalta una imagen breve y escalofriante de los vasos sanguíneos de su cerebro dilatándose y contrayéndose al compás de los latidos desincronizados de su corazón. Se obliga a apartarla de la mente.
Cormier le tiende algo con ademán insistente. Al principio, Jack piensa que es el detector de radiación y que Cormier quiere que se realice él mismo la prueba. De pronto cae en la cuenta de que es un iPhone.
—Dese prisa —insta Cormier—. Podría perder el trabajo por esto. Dos minutos.
Antes de que Jack le pregunte de qué se trata, Cormier echa el móvil a la cama y sale de la habitación. Jack lo coge y contesta.
—Jack, ¿de verdad eres tú?
Sarah Gilbertson, ¿quién si no?
—Soy yo, Sarah. ¿Está David contigo?
—Sí. Llegó en coche de San Diego hace dos días. ¿Sabes algo de Dale? Si has aparecido así de repente en su coche de policía…, o eso dice Greg…, quiere decir que sabes algo.
Jack cierra los ojos. No quiere hacer lo que viene a continuación, pero ¿acaso ha de dejar en el limbo a esa buena mujer… y su hijo? ¡Su hijo! Y hay otra cosa. Por horrible que resulte (y probablemente lo sea), Sarah puede llegar a serle útil.
—Preferiría cortarme las manos antes que decirte esto, Sarah, pero Dale ya no está entre nosotros. —Siempre ha detestado ese eufemismo cobarde y respeta a Sarah demasiado como para no terminar la tarea—. Cariño, ha muerto, eso quiero decir. Me es imposible expresar cuánto lo siento.
Sarah grita. Su lamento transmite pena, horror y pérdida.
Oye a David —a quien siempre recuerda como un niño pequeño en pantalón corto con costras en las espinillas— alzar la voz desde algún sitio.
—¿Mamá? ¿Ma? ¿Qué pasa? ¿Es por papá?
Otro grito. A Jack le traspasa el cerebro. Desearía apartarse el teléfono del oído, pero no lo hace. Necesita ser testigo del dolor de Sarah. Se oye un sollozo, de esos que nacen en lo más hondo del pecho, y acto seguido Sarah logra recuperar un precario control.
—¿Estás seguro? Claro que lo estás, ¿por qué, si no, ibas a…, ibas a…?
—Sí, estoy seguro. —Podría repetir que lo siente, podría repetirlo mil veces, y lo haría si eso fuera a traer de vuelta a Dale.
David se pone al teléfono.
—¿Lo has encontrado?
—Sí.
—Estás seguro de que mi padre está…, está…
—Sí.
David se echa a llorar. Sarah recupera el teléfono.
—¿Cómo…? Por Dios, Jack, ¿cómo ha sido? —Y, sin darle tiempo a contestar, añade—: No, no me lo cuentes. Quiero saber si lo pasó mal. Dime la verdad, porque si mientes me daré cuenta.
Jack espera con toda su alma que Sarah se equivoque a ese respecto.
—No lo pasó mal. Fue rápido.
David vuelve a coger el teléfono. Llorando de tal modo que cuesta entenderlo, pregunta:
—¿Han sido esos dos chicos, esos psicópatas?
Sí y no, pero en esencia sí.
Sarah vuelve a hacerse con el teléfono. Ya no llora.
—¿Han sido ellos? ¡Contesta!
—Sí.
—¿Has estado en ese otro sitio? ¿Al que tú vas?
—Sí.
—¿Pasó allí?
—Sí.
—Dale… ¿Esos dos animales se lo llevaron allí de alguna manera? Hay una pequeña cueva al final de la carretera de Goshen, más allá de donde encontraron su coche. Había huellas…
—Se lo llevaron allí. Sí. Lo secuestraron. —Jack aún tiene los ojos cerrados. Esta situación es difícil. Mucho.
Cormier vuelve a entrar. Tiende una mano para reclamarle el móvil.
—Sarah, escúchame y díselo a David. Dale me salvó la vida. Me salvó la vida. —Eso es verdad solo por aproximación, pero es lo único que puede darle a Sarah.
Cormier señala el teléfono y después se señala a sí mismo. Su mirada, bastante cordial cuando ha entrado, ahora presenta una expresión severa.
—Mátalos —dice Sarah Gilbertson. Ahora ningún sollozo distorsiona su voz—. Si están allí, en tus Territorios, búscalos y mátalos.
—Sí. Entendido. Dile a David…
Cormier le arrebata el móvil y pone fin a la llamada. Jack dice:
—Me habrían venido bien otros treinta segundos.
—A la gente en el infierno le vendría bien el agua helada —replica Cormier—.
Trabajé con Gilbertson en el condado de Hemingford y una vez me hizo un gran favor.
Aquella vez yo podría haber perdido el puesto de trabajo.
Su mujer se ha enterado de que está usted bajo custodia…
, la radio macuto de la policía…, y me ha pedido que le devolviera ese favor.
Así lo he hecho. Handler quiere mantenerlo a usted en el más absoluto secreto.
Si descubre que esto se ha convertido en la comidilla de la policía y que le permito hablar con la señora Gilbertson, estoy listo.
En la mesa hay una caja de pañuelos de papel junto a una jarra de plástico llena de agua. Jack coge la caja y la vuelve del revés.
—Anote el número de Sarah.
—No cuente otra vez con mi móvil. Ya he estado aquí demasiado tiempo.
—No quiero su teléfono. Solo el número de Sarah. Por favor.
Jack piensa que Cormier va a negarse, pero de pronto el poli suelta un suspiro de exasperación, consulta sus contactos y apunta el número de Sarah Gilbertson en la parte de atrás de la caja de Kleenex. La devuelve a la mesa.
—Para lo que va a servirle…
—Puede que sí. Puede que no.
—La mujer de Dale le hablará a Handler de usted, pero da igual, porque no dará mi nombre; me lo ha prometido. Si usted menciona mi nombre en relación con esto, lo joderé. Lo juro por Dios.
—No tengo la menor idea de qué está hablando.
El comentario arranca una sonrisa a Cormier, que se guarda el móvil en el bolsillo de la camisa del uniforme y va a ocupar su puesto junto a la puerta.
Jack se mira las manos y ve sangre bajo las uñas.
2
Handler se presenta a eso de las ocho, sacudiéndose la lluvia del ala de su sombrero de fieltro a lo Humphrey Bogart.
—Ahora que ha tenido una noche para pensárselo, ¿qué tiene que decir, Sawyer?
—Un abogado.
Jack duda que se lo proporcionen, pero le produce una enorme satisfacción utilizar esas palabras que ha oído decir a muchos tipos despreciables. Le complace aún más ver que Rolf Handler parece un hombre al que han privado de pronto de una opípara comida dominical.
—¿Está seguro? —Señala el monitor de seguimiento cardiaco—.
Eso ha estado dando avisos con bastante frecuencia, y me consta que le gustaría a usted salir de aquí, pero no quiero que llame todavía a un abogado.
Tengo unos asesinos a quienes capturar y un policía desaparecido a quien encontrar.
Es probable que Gilbertson haya muerto, pero la probabilidad no es certeza.
Usted era policía, así que ayúdeme con esto.
—Un abogado.
Handler vuelve a ponerse el sombrero.
—No le he leído sus derechos, así que no necesita un abogado. ¿No?
—Un abogado.
A él en su día lo sacaban de quicio esas palabras, y, aunque Handler trata de disimularlo, Jack juraría que le está haciendo mella.
—Ya veremos qué opina al respecto esta tarde. Y, BTW , como dicen ahora los jóvenes, le sangra la nariz.
Jack se limpia con un Kleenex. Handler no da un portazo, pero cierra con autoridad.
3
El doctor Ed Buczkowski entra con paso enérgico a eso de las nueve, seguido por una enfermera y Greg Cormier.
La enfermera empuja una silla de ruedas.
Jack ve con interés que el doctor Ed, bajo la bata, viste vaqueros y una camiseta en la que se muestra un arcoíris sobre las palabras más orgullo, menos prejuicios.
Handler sabe que Jack quiere salir de aquí; esa es su ventaja.
El doctor Ed, que ya ha dejado claro que no siente gran aprecio por los policías, es la mayor baza de Jack.
Junto con Sarah. Tal vez esta no haga lo que Jack espera, pero cree que, si consigue ponerse en contacto con ella otra vez, sí lo hará.
Búscalos , dijo, la respuesta implacable de la mujer de un policía que siempre ha sabido que algo así podía ocurrir. Búscalos y mátalos.
—¡Unas pruebas! —exclama el doctor Ed. Muestra la jovial actitud de un profesor de primaria. Eso, o hace poco se ha metido un puñado de anfetaminas—. ¡Vamos a buscar la causa de esa taquicardia y a darle una patada en el culo!
Así me gusta, ese es mi hombre , piensa Jack.
—Tengo que acompañarlos —dice Cormier, pero le queda casi como una pregunta—. Solo para no perderlo de vista.
Un viejo poli dijo una vez a Jack: Jacky, nunca se sabe cuándo vas a tener que cruzar el Rubi. Se refería al Rubicón, y Jack comprende que debe cruzar ese legendario río ya. Capta la atención del doctor Ed y le dirige un mínimo gesto de negación con la cabeza.
—Este hombre va a hacerse una resonancia —informa el doctor Ed—. Dudo que escapar del tubo sea factible. Se lo devolveré. Lo prometo.
—Bien, entonces, se hace usted responsable.
En sus tiempos en las fuerzas del orden, Jack habría dado una patada en el culo a un agente uniformado por decir algo así, pero, dadas las circunstancias, Jack se alegra de oírlo. Cormier vuelve a sentarse y coge su revista.