Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 13 #5
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Capítulo 13 #5

—Según parece, no acaba de entrarle en la cabeza que esto no es una negociación.

Roy Kinneston y esa Speckhoffer, la muy cabrona, mataron a una mujer en mi ciudad y le robaron el coche.

Abandonaron una camioneta que era de otra víctima de asesinato.

Secuestraron al sheriff de un condado vecino.

Quiero encontrarlos. No voy a nombrarlo a usted ayudante, como Joel McCrea en una de las viejas películas de su madre, y va a quedarse aquí mientras yo crea que tal vez pueda ayudarme a atraparlos.

—Handler devuelve a Jack la libreta de Sophie—.

No voy a esposarlo a la cama y puede quedarse con su libro ilegible, así que dese por satisfecho.

—¡Oiga, por Dios! ¡Yo no soy el malo de esta historia! —En la pared, el monitor emite un aviso cuando las pulsaciones de Jack saltan a ciento treinta.

—No creo que lo sea, pero retiene información porque quiere trabajar en este caso. Yo insisto en que eso no es posible .

—¿Sabe al menos Sarah Gilbertson que estoy aquí? —Ve la respuesta en el rostro de Handler—. Claro que no.

Handler se pone en pie y señala con el dedo a Jack, quien casi espera que se marque un Pay Orville y diga: Ya lo pillo. En cambio, dice:

—Continuará. —En la puerta añade—: Consúltelo con la almohada. Reflexione.

Jack confía en que la alarma que siente no se refleje en su semblante, pero el monitor lo delata: el pulso sube ahora a 137.

—Yo también tengo cosas que consultarle a la almohada —añade Handler—. Así, además, daremos un poco más de tiempo al equipo forense.

—Handler, me pondré enfermo si me quedo aquí y tengo que ir a por esos chicos antes de que causen más daños.

—Es usted un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, señor Sawyer. Winston Churchill dijo eso sobre la Unión Soviética, pero también lo describe a usted. Al pie de la letra.

¿Qué letra? ¿La T? La T de señora T , piensa.

—Llame a Sarah Gilbertson. ¡Por favor!

—Diría que tal vez mañana por la mañana esté usted más dispuesto a hablar.

Si es así, podemos examinar la posibilidad de que se ponga en contacto entonces con la señora Gilbertson.

—Handler vuelve a señalar a Jack con el dedo en un gesto sarcástico y a la vez respetuoso—.

Háblele a quien usted quiera sobre esa pistola de juguete. A ver si le creen.

—Mi madre nunca actuó con Joel McCrea.

—Bueno es saberlo.

Handler se marcha.

5

Transcurre una hora. Con la libreta de Sophie aún entre las manos, Jack echa una cabezada.

Después llaman a la puerta con el golpeteo imperioso propio de un médico.

La puerta se abre y entra el doctor Ed con un estuche de plástico.

Lo acompaña una enfermera con una tablilla portapapeles.

Los dos visten traje de Tyvek blanco. La enfermera cierra la puerta, pero no antes de que Jack vea fuera a un policía sentado en una silla plegable.

No es Cormier ni el que le disparó con la táser.

Jack desconoce cuántos agentes uniformados componen los efectivos de Taylor City, pero salta a la vista que no están escatimando recursos con él.

—Hola de nuevo —saluda el doctor Ed. Abre el estuche.

A Jack le trae a la memoria la fiambrera que, de niño, llevaba al colegio en Hollywood.

Ahora que lo piensa, recuerda que era una fiambrera de EEL3F en la que se veían platillos volantes pasar a toda velocidad entre un grupo de cabinas de peaje.

Podría ser una coincidencia, pero no lo cree.

Otro puñetero eco, eso es lo que es. El doctor Ed extrae un aparato similar a un mando a distancia de televisor.

—¿Eso es un contador Geiger?

—Sí, pero no la versión de su abuelo. Esto es tecnología punta. Un detector de radiación e isótopos. Nos lo ha prestado el Departamento de Geología de la universidad comunitaria.

Retira la manta y la sábana, enciende el aparato y empieza a deslizarlo por encima de Jack desde la coronilla hasta los dedos de los pies.

El detector emite un ronroneo de fondo, salvo al pasarlo por la cara y las manos.

Ahí el ronroneo se convierte en un leve fragor de estática.

El doctor Ed repite el proceso dos veces y a continuación susurra algo a la enfermera, que toma nota en su portapapeles.

—¿Llevaba las manos al descubierto cuando ocurrió lo que sea que ocurrió?

—Sí.

—Tiene una dosis de radiación en las manos y también un poco en la frente. Eso que llevaba puesto…, mono, buzo…, le protegió el resto del cuerpo.

—¿Es grave? ¿Hablamos de un cáncer grave?

—No, no, ni mucho menos. En esta ciudad hay sótanos donde el nivel de radón es más alto.

—Y también refugios contra tornados —añade la enfermera.

—Pero es más de lo que yo esperaba —dice el doctor Ed—. No se corresponde ni de lejos con la radiación de fondo. ¿Cómo ha ocurrido?

—Podría contárselo, pero me mandaría al manicomio.

El doctor Ed guarda el detector de radiación.

—Se sorprendería, señor Sawyer.

—Muy bien —dice Jack—, allá vamos. Estuve expuesto a la radiación en otro mundo donde hay una brecha en el tejido mismo de la realidad. Kinneston y Speckhoffer no son nada en comparación con el peligro que eso representa, porque se está agrandando.

El médico y la enfermera cruzan una mirada que Jack interpreta sin la menor dificultad.

—Ya se lo he advertido —dice.

6

No quiere volver al horrendo llano hundido, pero no puede quedarse en el lado de Estados Unidos; siente el lento avance de la mortalidad en el esfuerzo para respirar y en la desgana que le impide levantarse de la cama e ir a mirar por la ventana.

Puede que la dosis de radiación a la que ha estado expuesto no baste para provocar leucemia o cáncer de pulmón, pero pronto le saldrán más moretones de Kaposi.

También llegará el dolor articular. El sangrado en las encías y las comisuras de los ojos.

El deterioro de la visión de lejos y un pitido agudo y constante en los oídos.

Y lo peor de todo: la dificultad para pensar.

Todavía no ha llegado a ese punto. Aún logra concentrarse en la calle principal de Riven, ve con nitidez suficiente para saltar allí, pero ¿y si es de noche, las horas en que los wympis salen a jugar?

¿Y la estación de tren en Ellis-Breaks? Al fin y al cabo, he estado allí dos veces, una hace poco y la otra de niño. ¿Y no dicen que los recuerdos de la infancia son los más vívidos?

Ve la estación de tren con relativa claridad (en esta imagen mental, el gran reloj de arena del jefe de estación aparece de nuevo intacto), pero no experimenta la sensación de que la habitación del hospital se disipe en torno a él, que se funda con ese otro mundo.

Bueno…, quizá muy ligeramente. Una mera ondulación.

Algo me bloquea.

Sabe lo que es. Lo intenta otras dos veces y ni siquiera percibe esa momentánea fluctuación. Podría volver al llano hundido, sin duda. Tiene abierta esa opción. Volver a la lluvia de rocas procedentes de la mesa resquebrajada, sin duda. Al borde de la Garganta… y después a su interior. Sin duda.

Quiere atraerme.

Mira el techo de su habitación de hospital, que bien podría ser la celda de una cárcel. ¿Y acaso no hay fuera un vigilante? Sin duda.

Sigue tirando de mí.

Sí. Puede volver a la Garganta, pero tiene bloqueadas todas las demás vías de escape, al menos por el momento. Y, si se queda aquí, morirá.

Lo intenta una última vez, se esfuerza con toda su alma, y… nada.

Speedy, no me vendría mal un poco de zumo mágico…

Agotado, Jack se duerme profundamente por primera vez desde que se marchó de Dezi. Sueña con Mejis y la gran estatua erigida en la plaza del pueblo, un monumento en memoria del ka-tet que salvó Mundo Medio y, muy posiblemente, todos los mundos.

En plena noche, un hilillo de sangre escapa de una de sus fosas nasales y mancha la almohada.