Capítulo 13 #4
—¿Eso es lo único que tiene? Porque, en la vista ante el juez, yo vería esa apuesta y la aumentaría enseñando las quemaduras de la táser de su amigable agente. Quizá incluso llamaría al doctor Ed para que contribuyera con su testimonio de progre.
—Puedo retenerlo como testigo clave en los asesinatos de Cole Travers y Rhonda McMeel, o como posible individuo de interés en el secuestro de Dale Gilbertson. Porque usted tuvo algo que ver. Me jugaría la casa y la mula a que es así.
—¿Incluso tiene mula?
—Eso no viene al caso. —Pero en los labios de Handler se dibuja una leve sonrisa, y Jack se siente un poco mejor.
Buena señal. Un poli con sentido del humor es un poli con el que se puede colaborar—.
Como testigo clave, dispongo de cuarenta y ocho horas de su tiempo antes de acudir al juez.
Como posible individuo de interés, dispongo de noventa y seis.
O puede explicar qué ha hecho y cómo lo ha hecho, y salir de aquí en cuanto sea capaz de andar.
—Introduce un silencio retórico—. Siempre y cuando salga del paso con el departamento financiero y su versión se sostenga, por supuesto.
—¿Puedo hacer una pregunta?
—Pensaba que eso ya había quedado claro durante nuestro primer encuentro, Jack: yo pregunto, usted contesta.
—Pero siento curiosidad. ¿De verdad cree que tengo algo que ver con esos dos chicos, esos despojos humanos? ¿Un par de asesinos por placer?
Entre cuyas víctimas se incluye por lo menos una de la que usted no sabe nada, un humorista no muy bueno que nunca más se pondrá en la cabeza una diadema en forma de flecha ni estrujará un tirapedos.
Están, además, los estragos que esos dos causarán en Riven o Pernil o Mejis con armas mucho m ás pod erosas que las escopetas o las carabinas de calibre 401. O que han empezado a causar ya.
—Trabajó usted con el sheriff Gilbertson cuando él era el jefe de policía de French Landing, en Wisconsin.
Capturó a Charles Burnside, alias el Pescador, alias el Hannibal Lecter de la vida real.
También en aquel caso hubo apariciones sin explicación.
¿O no? Cientos de niños salieron de la nada allí en las quimbambas.
Más o menos como ha salido usted de la nada en el coche del sheriff Gilbertson.
Según Handler, si lo declara posible individuo de interés, dispondrá de noventa y seis horas.
Jack no tiene muy claro que a él le queden noventa y seis horas.
Ha llegado a pasar diez días en el lado de Estados Unidos antes de empezar a sentir los efectos de la bala de Wanda Kinderling, pero entonces era más joven y no había recibido una descarga de táser en el pecho.
Eso le ha dejado alguna secuela. Una secuela que podría agravarse mucho más que el sarcoma de Kaposi.
Jacky, muchacho, ándate con cuidado. Esa no es la voz de Sophie; es la de su madre.
—¿Y si le dijera que Roy Kinderling y Tara Lynne Speckhoffer han ido a un sitio donde la Policía del Estado de Nebraska no tiene jurisdicción?
Como tampoco el FBI. Ni hay extradición posible.
¿Y si le dijera que yo soy su mejor opción para atraparlos?
¿Qué pensaría, detective Handler? —El policía guarda silencio, pero observa a Jack con curiosidad—.
Y digamos que, si me retuviera noventa y seis horas, yo podría ponerme enfermo otra vez. Muy enfermo. Mortalmente enfermo.
—Aparte de una ligera arritmia, se lo ve en buena forma física. Para aliviarle eso, le darán la medicación adecuada y quedará en perfectas condiciones.
—Los problemas cardiacos son solo el principio. Luego vendrán las manchas de Kaposi. Más tarde, el sangrado espontáneo.
Handler se echa a reír.
—¿Me está hablando del sida? ¿O de estigmas? ¿Acaso tiene complejo de Jesús?
Jack no le ve ningún sentido a enfadarse con este hombre, que solo hace su trabajo ante circunstancias imposibles, pero se enfada. Ha sido una semana larga. De hecho, desde que Wanda Kinderling desenfundó su hierro, han sido veinticinco años largos.
Enseña a Handler el brazo, con un hematoma oscuro justo por debajo del codo.
—¿Un morado?
—Kaposi. Me saldrán más. También otras cosas. Esta vez no puedo desaparecer así como así, Handler; moriría si volviera al lugar del que he venido. Y, por cierto, ¿han comprobado si he estado expuesto a radiación?
El detective lo mira con los ojos muy abiertos.
— ¿Cómo?
—Seguramente estoy bien, pero en algún sitio de este hospital alguien debe de tener un contador Geiger, o lo que sea la siguiente generación. No estaría de más comprobarlo.
Handler saca un cuaderno del bolsillo de la chaqueta y toma nota.
—Supongo que eso no es problema… —dice Jack.
—¿Por el traje que llevaba puesto? ¿Quiere hablar de eso, comandante Iulia?
Jack no quiere. El traje antirradiación es la menor de sus preocupaciones.
—Permítame que se lo repita para que me entienda: moriré si me quedo aquí. No tiene contra mí ningún cargo aparte de un par de infracciones ridículas por acceso no autorizado. Así que déjeme marchar. Déjeme hacer mi trabajo.
—¿Y cuál es ese trabajo?
—Atrapar a Kinneston y Speckhoffer. Entregarlos, si es posible. Y, si no, liquidarlos.
—Por si se ha olvidado, usted es el señor Sawyer, no el detective Sawyer.
En ese momento lo asalta una de sus intuiciones.
—No me ha enseñado el arma que yo llevaba encima. Ni siquiera una fotografía, si es que está bajo custodia como prueba. ¿Por qué no?
—Repito, señor Sawyer, yo pregunto y usted contesta.
—¿Era una réplica? ¿O solo un juguete?
Las viejas dotes nunca se pierden, y advierte un indicio revelador en la mirada de Handler al oír la palabra «juguete».
—¿Y si le digo al doctor Ed, el médico progre, que casi he sufrido una arritmia letal por una pistola de juguete ? ¿Cree que correría la voz? ¿Que causaría problemas a su amigable agente y a todo el departamento? ¿Que recordaría a la gente las cagadas de Minnesota?
—Es muy combativo para ser un poli retirado, ¿eh?
Jack sonríe.
—He descubierto que es posible sacar al hombre de la policía, pero no sacar al policía del hombre.
Quizá descubra usted lo mismo de aquí a quince o veinte años.
Veamos, yo podría callarme lo de esa pistola de juguete, y quizá esta podría desaparecer del armario de pruebas donde la tienen guardada.
Seguro que eso a su amigable agente le gustaría. Por no hablar ya del jefe de policía.
Handler, nervioso, golpetea el cuaderno con el bolígrafo.
—Solo usted puede entregar a Kinneston y Speckhoffer a la justicia, ¿es eso lo que debo entender?
Después de concederle un momento para que su no respuesta sea oficial, Handler vuelve a llevarse la mano al bolsillo y saca el móvil. Lo trastea.
—Tengo que enseñarle una cosa, porque siento curiosidad. Sigo sin culpar al agente Stingley por lo que ha hecho: en el calor del momento no sabía qué tenía ante los ojos.
Entrega el móvil a Jack. En él, ve una foto de una prueba policial que muestra lo que a todas luces es una pistola espacial de juguete de otra época. Empuñadura metálica barata, cañón de plástico transparente.
—Tenemos una mujer de la limpieza que todo el mundo llama la madre de la comisaría, Donna Malinenko —dice Handler—.
Debe de faltarle poco para cumplir los noventa, pero sigue limpiando como una fiera.
Según ha contado, su hijo tenía una como esa en el año de la nana.
Ha dicho que en la base de la empuñadura se leía «Hecho en Japón».
Una vez que la hemos espolvoreado en busca de huellas, esa mujer ha encontrado un par de pilas LR14 y las ha puesto.
Ha apretado el gatillo. La pistola ha hecho un ruido, algo así como «zap, zap», y ha lanzado destellos verdes.
Ha apretado otra vez el gatillo y la pistola ha hecho el mismo «zap, zap», pero los destellos eran rojos. Totalmente inofensiva.
No era inofensiva cuando disparé contra el árbol en la carretera. No lo movió, pero le dio una buena sacudida.
—Stingley ha pensado que era un arma de verdad. Y usted también , ¿verdad?
Lo era , Jack se abstiene de decir. En lugar de eso, dice:
—Yo no intenté sacarla. Si eso es lo que dice el agente, miente para cubrirse las espaldas.
—Deslice la pantalla a la siguiente foto. Sabe hacerlo, ¿no?
Jack desliza la pantalla y ahí aparece el traje antirradiación. A diferencia del bláster, parece casi igual en este lado y en el de los Territorios.
—Por lo visto, nadie sabe qué es esa tela —le informa Handler—.
Donna Malinenko dice que podría ser seda tejida en algo como aluminio, pero no tenemos acceso inmediato a un espectrógrafo.
Hay uno en Creighton, así que en algún momento lo llevaremos allí.
A no ser que quiera usted darnos alguna explicación al respecto…
—Ya lo he explicado. Le aconsejo que no se lo entregue a la policía del estado ni al FBI. Habrá filtraciones. Hablo por experiencia personal.
—A eso no digo ni que sí ni que no.
—¿La policía del estado conoce siquiera mi existencia?
Handler ladea la mano a uno y otro lado en un gesto de comme ci, comme ça.
—¿Y el Departamento del Sheriff del condado de Hemingford?
Handler dirige a Jack una mirada compleja: una irritación afable que enmascara una irritación auténtica.
—Ya estamos otra vez con lo mismo, como diría Ronnie Reagan. Pregunta en lugar de contestar. Yo quiero saber quién es usted…
—Ya sabe quién soy…
—… de dónde ha venido y qué relación tiene con Kinneston y Speckhoffer. Sobre todo, quiero saber cómo desapareció de mi sala de interrogatorio y reapareció en el coche patrulla de su amigo Dale Gilbertson.
—Soy agente del orden, como usted. O lo era. Y, si ha hecho su trabajo, sabrá que Dale es uno de mis más viejos y leales amigos. Usted quiere respuestas, y he aquí lo que le propongo. Permítame hablar con la mujer de Dale…
—Imposible.
—Y con su hijo David, si está a mano. Después le daré unas cuantas respuestas. No se las creerá, pero eso es su problema.
—¿Qué parte de «imposible» no entiende, señor Sawyer?
—Pero…