Capítulo 13 #3
—Es lo que Poncio Pilatos preguntó a Jesús.
A lo que Jesús respondió: «Para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad».
Que no fue una gran respuesta, sino solo una manera de reformular la pregunta.
Por decir algo que viene más al caso, podría citar a Jack Nicholson en Algunos hombres buenos : «Tú no puedes encajar la verdad».
—Ya decidiré yo qué puedo encajar, ¿vale?
Empecemos por su nombre, que no es Benjamin Sawyer, sino John Sawyer, en otro tiempo detective de primera clase del Departamento de Policía de Los Ángeles.
Trabajó en Robos y Homicidios, en Bandas y Narcóticos, en Personas Desaparecidas.
Muchas condecoraciones, incluida la Medalla al Valor del Departamento de Policía de Los Ángeles, lo cual tiene mérito. ¿Quiere que siga?
—Adelante. —Cuanto más hable Rolf Handler, menos tendrá que hacerlo Jack.
—Su padre era un importante cazatalentos. Su madre era una actriz de cierta fama, nominada una vez para el Oscar a la mejor actriz de reparto.
— Blaze. Después de eso ya no consiguió muchos buenos papeles.
—Optó usted por el retiro anticipado, se trasladó a un pueblo de Wisconsin, intervino allí en la resolución de un conocido caso de asesinato en el que también participó Dale Gilbertson.
Le dispararon durante una rueda de prensa y le dieron de pleno.
Desapareció. Se dio por supuesto que, o bien llevaba un chaleco antibalas, o bien había muerto.
Pasan los años. En una de esas películas antiguas en las que actuaba su madre seguramente se verían volar las hojas de los meses y los años de un calendario.
—Ya lo pillo —masculla Jack.
—¿Cómo?
—Nada. Una frase de un viejo amigo. Adelante.
—Años después, aparece usted en el Walmart de Taylor City sin identificación y se presenta con un nombre falso.
—Falso no. Benjamin es mi segundo nombre.
—Bueno es saberlo. En los documentos que recibí solo ponía John B. Saw…
Llaman a la puerta con un golpeteo imperioso y entra un médico.
Perilla. Cabello recogido en una coleta corta.
El símbolo de la paz tatuado en una muñeca.
Echa una ojeada a Handler, considera que no merece su atención, se centra en el hombre tendido en la cama, comprueba el monitor y, a continuación, saca un aparato del bolsillo de la bata blanca.
—Monitor de presión arterial —anuncia—. Lo último. Tecnología de la era del espacio. Solo…
—¿No podría volver más tarde? —pregunta Handler—. Soy detective de policía y estoy llevando a cabo un interrogatorio.
El médico le dirige una parca sonrisa.
—Y yo soy un médico que intenta verificar si se han normalizado las constantes vitales de un paciente después de recibir la descarga de una táser. Un paciente con un problema cardiaco. —Acopla el aparato al brazo de Jack. Suena el pitido casi de inmediato.
—Mi agente desconocía ese problema cardiaco —aclara Handler—. Obviamente. Solo cumplía con su deber.
—Eso es discutible —afirma Jack.
—Para usted, nada de discusiones, amigo mío —dice el médico—. La tensión arterial no es catastrófica…
—¿A cuánto estoy?
—La alta, 138; pero la otra, 90. A ese respecto, el interrogatorio de un policía no ayuda. Dicho esto, su ritmo cardiaco es más preocupante. Soy el doctor Edward Buczkowski. Casi todo el mundo me llama solo doctor Ed.
—A la gente no le gustan los polis hasta que los necesita, doctor Ed —comenta Handler.
Jack piensa: He aquí un hombre que ha tenido un día difícil y está un poco molido. Además, es posible —probable, incluso— que Handler esté recibiendo presiones desde arriba para resolver este último enigma, y deprisa.
El doctor Ed parece a punto de replicar —Jack advierte que se le enrojecen las mejillas—, pero se limita a comprobar de nuevo el monitor.
—La cosa mejora —dice a Jack.
No, no mejora , piensa Jack. Usted lo sabe y yo también. Noto el esfuerzo que hace mi corazón por recuperar el ritmo, por acompasarse. No nací ayer ni usted tampoco.
—Voy a subirle un poco la dosis de metoprolol, y la enfermera Kelly le traerá una bebida con sabor a naranja, parecida al Tang…
—Cloruro de potasio. Para tratar la hipocalemia.
—Exacto.
—Y usted quiere que me lo beba entero, sin dejar una gota.
—Ya se conoce la rutina. ¿Con qué frecuencia tiene estos espasmos cardiacos, señor Sawyer?
—Bastante a menudo.
—Mañana le haremos un chequeo cardiológico completo. De cabo a rabo. Entretanto volveremos a darle cloruro de potasio a las tres de la madrugada. En algún momento tendrá que tratar con el departamento financiero. Si usted no puede bajar, ya subirán ellos.
Handler deja escapar una risita, como hace la gente cuando quiere asegurarse de que se la oye. El médico se vuelve hacia él, otra vez irritado.
—Si espera que este caballero saque una tarjeta de Blue Cross o Major Medical de la cartera, ya puede esperar sentado. Porque, mire por dónde, no tiene cartera.
—No es mi departamento —responde el médico. Y luego, ya en la puerta, no puede contenerse—. A mí esto me parece un caso típico de uso excesivo de la fuerza. Tiene quemaduras en la piel, además de abrasiones. Eso constará en mi informe.
Ahora es Handler quien se ruboriza.
—Haga lo que considere oportuno, doctor. El agente Stingley reaccionó a un hombre armado que quizá se disponía a echar mano de su arma.
Jack recuerda el bláster de los Territorios, pero, si la memoria no le engaña, no iba a echar mano de él.
No puede saberlo con seguridad, porque estaba aturdido por la atracción de la Garganta y doblemente aturdido por el repentino cambio de lugar, pero cree que solo pretendía salir del coche y ver si tenía la libreta de Sophie. Eso sin caerse de bruces.
El médico parece a punto de añadir algo más, pero al final, tras menear la cabeza, sale envuelto en una nube de indignación.
Handler centra la atención de nuevo en Jack.
—Ahora que el progre de la casa se ha ido, ¿por dónde íbamos?
La montaña de documentación que recibí al enviar sus huellas era enorme.
Treinta páginas. Es usted famoso, Jack. Tengo su nombre, y con eso hemos conquistado un cerro, pero más allá se extiende toda una cordillera de preguntas sin respuesta.
—Como metáfora, quizá sea un tanto exagerada, detective. ¿Cuál era el arma?
—¿Cómo?
—Ha dicho que yo llevaba un arma. ¿Qué era?
Handler parece azorarse por alguna razón que Jack empieza a entender. En el paso de un mundo a otro, las cosas cambian.
—Claro. Ahora hace ver que no lo sabe, muy gracioso.
—No hago ver nada. —Lo cual es verdad. Jack se pregunta dónde estará el traje antirradiación, pero prefiere no mencionarlo.
Handler se lleva la mano al bolsillo interior de la chaqueta y saca un libro de tapa blanda.
El título consta en la versión escrita de la lengua, una sucesión de garabatos sinuosos similares a los caracteres cirílicos, aunque no iguales.
En el otro lado, Jack sería capaz de leerlos, pero no aquí.
Sí reconoce, no obstante, la imagen de la portada: unos bailarines exhaustos que solo logran mantenerse en pie apoyándose unos en otros.
¡Venga, venga, venga! , piensa Jack. ¡El baile continúa!
—Este libro estaba en el bolsillo de atrás de su pantalón —informa Handler—. Ya lo han espolvoreado en busca de huellas y fotografiado, así que puedo manipularlo.
—Eso me pertenece, detective. Devuélvamelo. —Tiende la mano. Le tiembla un poco.
Handler esboza una parca sonrisa y pasa las páginas.
—Cada tanto aparecen una o dos palabras en inglés, pero casi todo está en la misma jerigonza que las palabras del dinero de juguete que tenía usted en nuestro anterior encuentro. ¿De dónde lo ha sacado? ¡Espere, no me lo diga! Lo vio junto a la carretera y lo cogió.
Handler lleva una de esas chaquetas con dos bolsillos interiores. Jack se pregunta si en el otro guarda el bláster de ciencia ficción, tal vez en una bolsa hermética.
—Lo compré en Lincoln. En la librería Toren. Es un ejemplar raro. ¿Acaso no matan a los caballos? , pero en una traducción eslava antigua. No cuesta una fortuna, pero tiene su valor.
Jack considera que esa es una magnífica improvisación sobre la marcha, sobre todo para un hombre con una enfermedad cardiaca degenerativa.
No le cabe duda de que la libreta de Sophie se ha convertido en esta versión de ¿Acaso no matan a los caballos?
cuando ha saltado. Lo que significa que puede ejercer cierta influencia en cómo cambian las cosas cuando salta de ese mundo a este.
Archiva esa deducción para analizarla más tarde.
—Explíquese —invita Handler. Jack permanece callado—. ¿No? Intuyo que el felino ha tomado posesión otra vez de su lengua, Jack.
Ten cuidado con lo que viene ahora.
—¿Estoy detenido? —Jack mantiene aún la mano extendida en espera del libro.
—Todavía no.
—Pues deme lo que es mío. A usted no le sirve de nada y, en cambio, es importante para mi amigo.
Handler se queda el libro. El ejemplar auténtico de ¿Acaso no matan a los caballos? está en Pernil, con el resto de su artilla.
—Antes hablemos en serio un rato, ¿qué le parece?
¿De dónde ha venido? ¿Quién es el comandante Iulia?
Porque desde luego no es usted. ¿Por qué ha venido?
¿Cómo salió de la sala de interrogatorio y pasó sin ser visto ante diez o doce agentes?
¿Por qué la cámara de la sala perdió la imagen durante tres minutos y después volvió a funcionar por arte de magia?
¿Cómo lo hizo y cómo ha acabado en el coche patrulla de Dale Gilbertson?
—Se inclina hacia delante—. ¿Y por qué ?
He acabado en el coche patrulla de Dale porque Beebop estaba en el salpicadero. Me ha proporcionado algo a lo que agarrarme, como el zumo mágico de Speedy en su día. Beebop me ha traído.
En lugar de contarle eso al detective Handler, se limita a preguntarle si ha cometido algún delito.
Handler contesta sin vacilar:
—Entrada no autorizada en una propiedad municipal y acceso ilícito al escenario del crimen, es decir, al coche patrulla de Dale Gilbertson.