Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

El agente Stingley la ve y no se lo piensa dos veces.

Dispara la táser contra el desconocido, que, con la descarga, acaba metido parcialmente en el coche patrulla de Gilbertson.

Con los pies sobre el cemento manchado de aceite, uno de ellos, con la bota calzada, se sacude como un metrónomo.

El arma cae de la funda y repiquetea contra el suelo.

— ¡No la toques! —vocifera Stingley.

Elvis, sin prestar atención, la recoge. La examina y luego la deja en la mano extendida del Stinger.

—Menos mal que no le has pegado un tiro. Creo que es un fáser.

—¿Un qué? —Stingley examina el cañón de plástico transparente y la empuñadura de metal barato.

—Un fáser. Como los de Star Trek. —Y, cuando se da cuenta de que el Stinger aún lo mira perplejo, Elvis se lo simplifica—. Es un juguete.

2

No es el arma lo que interesa a Jack; se ha olvidado de que la metió en la funda destinada a la Glock.

Es la libreta lo que quiere, la que lleva el nombre de Sophie estampado en letras doradas en la tapa.

En su estado de aturdimiento, no recuerda si se la ha guardado en el bolsillo o la ha dejado en el asiento del Binny Ding.

Si la ha dejado allí, ha caído en la Garganta junto con la señora T y el resto de sus pocas pertenencias.

Eso le duele, porque es lo único de ella que tenía a mano. Lo único que ella atesoró y tocó.

Pero, antes de llegar a averiguarlo, ha sido alcanzado por un rayo.

Ya sufrió en otra ocasión la descarga de una táser.

Ocurrió en la Academia de Policía de Los Ángeles.

El novato que lo agredió, un tal Tommy Monroe, era uno de esos capullos que consideran que colocar petardos bajo la cama de otro novato dormido es el colmo del humor jacobino.

Jack se desplomó, pero logró levantarse y soltarle un buen guantazo a Monroe para borrarle de la cara aquella estúpida sonrisa.

Esta situación es distinta. Muy distinta. Se halla en algo así como un espacio blanco, acompañado por las voces del poli gritón y del otro tipo —este tal vez sea un mecánico—, que le llegan a través de una conexión por satélite defectuosa a punto de exhalar el último suspiro.

El poli le ordena que se levante. Jack obedecería encantado, pero no puede.

Las piernas no le responden, esa blancura vibrante lo envuelve por los cuatro costados y el corazón se le ha desacompasado.

Cómo no. Tiempo atrás, una bala lo hirió de refilón.

A no ser por Sophie y la magia de los Territorios, habría acabado en la tumba muchos años antes.

Además, aún intenta recuperarse de su reciente experiencia: estar a punto de verse succionado por la Garganta y entrever con horror lo que tal vez sea ese ser.

El poli le advierte de que le disparará de nuevo con la táser si no se levanta con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. El otro, el mecánico, dice ya basta, le pasa algo, ¿es que no lo ves?

Eso tenlo por seguro , piensa Jack. Ese poli acaba de soltarle una descarga de cincuenta mil voltios a mi pobre corazón maltratado por Wanda Kinderling.

En lo que más que a negro parece un fundido a blanco, sus voces llegan a Jack de manera indistinta. Según cree oír, el mecánico dice le has provocado una arritmia; y el poli contesta y una mierda, se está haciendo el muerto.

De eso nada, trata de decir Jack, pero no le salen las palabras, porque, he aquí un detalle interesante, tiene los dientes trabados y se resisten a destrabarse.

Empieza a volver al mundo, pero siente otro aleteo en el corazón: Kad DUM -uac, kad DUM -uac, ka… ¡ UAC-UAC-UAC !

Lo levantan y lo tienden en la camilla del mecánico; en algún momento, el efecto doppler descendente del ululato de una ambulancia traspasa las cortinas movedizas de blancura que lo envuelven.

Difusamente, como si mirara por el extremo equivocado de un telescopio, tiene la casi total certeza de que ve ángeles o auxiliares sanitarios inclinados sobre él.

Uno de ellos le ausculta el corazón, que nunca ha funcionado muy bien en el lado de Estados Unidos desde que Wanda Kinderling se lo desgració.

El sanitario se disuelve en la blancura, pero, mientras desaparece, Jack oye una palabra —adenosina— e intenta decir: Estoy de acuerdo, ya lo he tomado antes, pero sus dientes se resisten aún a destrabarse.

Le administran una inyección que en un primer momento le acelera el corazón y luego se lo estabiliza.

Lo levantan — «¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!» — y lo colocan en una camilla.

No es cómoda, pero sí mejor que la del mecánico, forrada de moqueta.

Siente un calor repentino en la cara. El rojo disipa la blancura. Comprende

( deduce )

que es la luz del sol al filtrarse a través de sus párpados cerrados. Elemental, querido ( polizonte ).

Cuentan otra vez hasta tres y lo cargan en la parte de atrás de

( mejor que un coche fúnebre )

una ambulancia. Alguien informa de que está bajando la tensión arterial y otro dice chútale otra y Jack piensa: No más chutes, por favor; es solo que voy de complicación en complicación desde que me marché de Dezi , y acto seguido nota el pinchazo de una aguja en el hueco del hombro; su corazón se dispara otra vez y Jack piensa: Creo que ya llego, Sophie; si hay un claro al final del camino, como todo el mundo dice, por favor, espérame allí.

Desde su habitual posición detrás de él, Sophie dice:

—Todavía no, corazón mío. No. Tienes un trabajo pendiente.

En ese momento, Jack se acuerda de la Garganta y el blanco da paso al negro.

3

Cuando Jack recobra el conocimiento, cae la noche de a saber qué día.

Está en una habitación de hospital, conectado a un monitor cardiaco.

En un rincón hay sentado un policía que lee un número de RV World .

El reportaje de portada trata de algo llamado Jayco Jay Flight.

Jack no está familiarizado con eso, pero reconoce al agente que lo está leyendo.

Después de hurgar en la memoria por un instante, recuerda el nombre, lo que demuestra que parte de su cerebro aún funciona.

—Agente Cormier, ¿no?

El poli baja la revista y escruta la cama en la que reposa, hecho un guiñapo, el polizonte llamado Jack Sawyer.

Este cae en la cuenta de que vuelve a estar en Taylor City.

Salir de la sartén para caer en las brasas , piensa…

, pero, teniendo en cuenta la horrenda atracción que ha sentido cuando la Garganta lo arrastraba, considera que, en conjunto, ha acabado bien parado.

Este no es buen sitio, pero es mejor que ser atraído por la Garganta en medio de una lluvia de rocas.

Jack hace lo posible por conservar el optimismo.

—¡Maldita sea! —exclama Cormier—. Aquí lo tenemos, de regreso en el mundo de los vivos. Había ciertas dudas al respecto.

—Reacciono mal a las táseres. El último que me disparó con eso se llevó un puñetazo en la boca.

—A Maynard le encanta ese trasto. También le encanta su revólver a lo Harry el Sucio. Tiene suerte de que ese tarado no le haya pegado un tiro. De eso habría tardado aún más en recuperarse.

Jack levanta la sábana y mira debajo. El traje antirradiación ha desaparecido.

También la libreta de Sophie, si es que la llevaba encima.

Le han puesto un camisón de hospital. En cuanto a la mascarilla, no guarda un recuerdo claro, pero supone que se la tragó la Garganta. Mejor la mascarilla que yo.

Cormier llama por el móvil.

—Está despierto y habla de manera coherente.

—Corta la comunicación—. Le dejaré un poco de intimidad para que ponga en orden las ideas.

Ese hombre está en el vestíbulo, pero aquí los ascensores son más lentos que un caracol con muletas.

—Se detiene por un instante a reflexionar sobre el símil—.

Quizá no tan lentos, pero ya se hace una idea.

Jack suspira. El monitor emite pitidos, no del todo regulares. Entretanto ha acudido a su memoria otro nombre.

—¿No estará hablándome acaso del detective Handler?

—El mismo —contesta Cormier, y sale de la habitación sin dar tiempo a Jack a añadir nada más.

Sophie, esto va a ser complicado.

Ella no contesta. Como cuando no tenía nada productivo que añadir a la conversación.

4

—Vaya, fíjese, presente y localizado —dice Rolf Handler al entrar en la habitación de Jack—. Dudaba de que fuera a encontrarlo aquí después del número de desaparición de hace un par de días. Aquello fue digno de David Copperfield en su máximo apogeo.

Hace un par de días se corresponde con los cálculos de Jack.

Se ha planteado saltar de nuevo a los Territorios entre la salida de Cormier y la llegada de Handler, pero sospecha — intuye — que, por mucho que se concentrara para volver a algún otro lugar (Riven, Pernil o incluso su casa de piedra kinna rosada en Dezi), iría a parar de nuevo a aquel espantoso llano hundido, bombardeado por las rocas de la mesa en desintegración. Y la Garganta terminaría

( nuestro muchacho, sííí, sííí )

lo que empezó.

Entretanto, el detective Handler. La misma calva. Los mismos hombros caídos. La misma chaqueta de tweed fachosa.

—¿Se le ha comido la lengua el gato, señor Mago?

No, solo me preguntaba qué contar. Cuánto contar.

Si So phie estuviera aquí, y no solo en mi cabeza, tal vez propondría: «¿Por qué no la verdad?

». Porque, querida Sophie, eso me obligaría a rebobinar hasta mis doce años, cuando un negro viejo me dijo por primera vez que había otros mundos aparte de este y me enseñó cómo llegar allí.

Handler sonreiría, asentiría y llamaría a los hombres de las batas blancas.

En voz alta —dirigiéndose tal vez a Handler o, más probablemente, a su esposa muerta—, Jack dice:

—¿Qué es la verdad?

Las cejas de Handler, muy pobladas, compensan en cierto modo la falta de cabello en la cabeza. Las alza y pregunta:

—¿Cómo dice?