Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Elvis Gladstone es el supervisor del parque móvil del condado de Elm.

Es un hombre a quien le gusta ir a su aire.

Disfruta del silencio cuando se encuentra en el garaje amplio (bastante amplio, sobre todo para ser un condado rural poco poblado de Nebraska) de veinte plazas en la carretera de Santee-Sioux, a tres kilómetros de Taylor City.

En estos momentos, la mayoría de esas plazas están ocupadas.

Dos coches del Departamento de Policía de Taylor City han pasado por mantenimiento y están ya listos, en espera de que los recojan.

Hay media docena de quitanieves pendientes de mantenimiento, pero no hay prisa; aún faltan meses para la temporada de nieve.

También hay dos Trundl-Buses con el rótulo taylor city, acelera, acelera en los costados (incluso con una estela de líneas cinéticas pintadas detrás para mayor efecto visual de velocidad, pese a que los Trundl rara vez superan los cincuenta kilómetros por hora).

Esos autobuses los utilizan principalmente los ciudadanos de la tercera edad, que reciben abonos gratuitos y desplazan sus ancianos huesos en los Trundl hasta lugares tan exóticos como la biblioteca municipal y el hogar del jubilado, donde se juega al bridge y al tejo de mesa, y se dispone de una excelente colección de DVD .

En el garaje hay también varias camionetas municipales de Taylor City a la espera de mantenimiento o de reparaciones menores.

Y además está el vehículo gafado, aparcado, con todo el acierto, en la plaza del número trece pintado en el pavimento. Pertenece al sheriff del condado, Dale Gilbertson. Consta como desaparecido, según la versión oficial, pero, por desgracia, sabemos que la realidad es otra.

A Elvis Gladstone le gusta ir a su aire porque se cansa de los empleados municipales, los conductores de Trundl-Bus y los polis (sobre todo los polis), que dejan caer comentarios pseudoingeniosos siempre acompañados, en apariencia, de signos de exclamación verbales.

Cosas como ¡Caray, Elvis, pensaba que ya habías abandonado el edificio!

y ¡Caray, Elvis, márcate una canción con tu guitarra!

Las ha oído todas y, aunque adora a su madre como las abejas adoran la miel y como Elon adora el dinero, lamenta que ella fuera tan aficionada a Elvis el Pelvis.

O que su padre no protestara más enérgicamente. No es fácil ser el Rey.

—¡Caray, Elvis! ¡Me vendría bien un gran gran gran pedazo de amor!

—Prueba con un poco de cremita y tu mano derecha, ¿cómo lo ves?

El Stinger suelta una de sus peculiares carcajadas, similares a un rebuzno. Es uno de esos individuos que camina con las piernas arqueadas, como si tuviera las pelotas tan grandes que le fuera imposible andar de otra manera. Profiere otra risotada y da una palmada en el hombro a Elvis.

—¡Muy gracioso! ¡Tan gracioso como una muleta de goma! Tan gracioso como… como…, bueno…

—¿Un pedo en un ascensor? —sugiere Elvis.

—¡O un funeral en una tormenta de nieve! —exclama Stingley—. También…, no sé…

—Guárdate unos cuantos para tu libro de chistes.

—¿Qué libro de chistes?

— El ingenio y la sabiduría de Maynard Stingley. Tendrá al menos cinco páginas. Y ahora que nos hemos quitado ya de encima las futilidades…

Stingley arruga el entrecejo.

—¿Qué quiere decir «futilidades»?

Elvis exhala un suspiro.

—Dejémoslo. Las llaves de tu coche…

— ¡Gracioso como una mosquitera en un submarino! —prorrumpe el Stinger.

—Muy buena, Maynard. Un clásico. Tu coche ya está listo. Por cierto, ¿cómo has llegado hasta aquí?

—Me ha acercado Tommy Tudor. Ese tío es tan gracioso como…, en fin…, caramba…, no sé…

—¿Un pollo muerto en una tarta de cumpleaños?

Elvis observa fascinado a Stinger mientras este se troncha de risa, se dobla por la cintura y se da una palmada en la rodilla. Había oído hablar de esa clase de reacción ante un chiste, pero nunca la había visto con sus propios ojos.

—¡Un pollo muerto! ¡Una tarta de cumpleaños! ¡Déjate ya de cantar «Heartbreak Hotel» y búscate un bolo de humorista en Las Vegas!

Bendito sea Dios , piensa Elvis. Bendito, bendito sea Dios.

—Las llaves están en la oficina. Te sugiero que vayas a cogerlas. Luego haz como el pájaro y ahueca el ala. Haz como la puerta y ábrete. Haz como Pulgarcito y piérdete.

El Stinger lo señala con el dedo y dice:

—No pierdas nunca ese sentido del humor.

El agente Stingley va a por sus llaves, con ese andar patiabierto de hombre de grandes huevos, y por unos afortunados segundos vuelve a imponerse el silencio.

Elvis se tiende en su camilla rodante de mecánico, que ha forrado con restos de moqueta, y se sitúa debajo de la primera quitanieves, pensando que, cuando el Stinger regrese, puede contar esos estúpidos chistes a sus botas Georgia Giants.

Está a punto de abrir la válvula de drenaje y dejar salir el aceite sucio del invierno pasado cuando oye «Me enteré por ahí», salida de la nada, a un volumen termonuclear.

En su sobresalto, Elvis se olvida de dónde está y, al intentar incorporarse, se golpea la cabeza contra los bajos grasientos de la Sierra.

En el garaje hay un altavoz viejo y maltrecho conectado a una radio antigua, pero ese altavoz no habría podido emitir un sonido a ese volumen ensordecedor e insoportable ni siquiera cuando él y la radio eran nuevos.

Ha sido el puto Stingley , piensa. No sé cómo, pero eso ha sido cosa suya.

Elvis se desliza para salir de debajo de la camioneta con un incipiente chichón en la frente.

Pero el agente Stingley sale de la oficina a toda prisa y, con los ojos desorbitados, grita «¿Qué coño es eso ?

» por encima de ese volumen propio de concierto de rock.

Está a punto de repetir la pregunta (cosa que se les da muy bien a los Stingley de este mundo) cuando la música se interrumpe tan repentinamente como ha empezado.

Elvis se incorpora en la camilla.

—¿No has sido…?

—¿Estás de guasa? Casi me meo encima. —Se lleva la mano a la empuñadura amarilla de la táser a la vez que busca al culpable, supuestamente al acecho entre las sombras con el altavoz más grande del mundo al hombro.

Elvis también echa un vistazo a su alrededor y lo que ve lo induce a llevarse una mano abierta al pecho en una imitación inconsciente de su muy querida madre.

—¿Quién demonios es ese ?

El coche patrulla de Dale Gilbertson espera aún una última inspección forense (esta vez no de la Policía del Estado de Nebraska, sino del FBI ).

Ese coche malo, viejo y gafado lleva vacío en la plaza trece un par de días.

Ahora no está vacío. Al volante, hay sentado un hombre con una mata de pelo negro cano y un asomo de barba.

Le corre sangre por las mejillas y la frente.

Con los ojos desorbitados, mantiene la mirada fija en el California Raisin pegado al salpicadero.

A modo de especulación, Elvis comentó con uno de los agentes de la policía del estado que quizá era el amuleto de la suerte del sheriff.

«En ese caso —respondió el agente—, la suerte se le acabó».

Stingley aparta de un empujón a Elvis, que cae al suelo manchado de grasa.

— ¡Sal de ahí y enséñame las manos! —brama.

Al principio, el hombre del coche patrulla sigue mirando el amuleto de la suerte del sheriff Gilbertson; luego vuelve la cabeza lentamente.

Tiene en los ojos una expresión tan enloquecida como alborotado el cabello.

Parece una persona que acaba de ver un fantasma.

O lo es , piensa Elvis… ¿Y qué podría ser si no?

El coche estaba vacío. Elvis lo juraría.

No lo toque, ni siquiera le eche el aliento encima , advirtió el agente del FBI , todo un macho alfa.

—¡Fuera! ¡Sal! ¡Ya!

El hombre abre por el lado del conductor, saca una pierna, intenta ponerse en pie y se agarra a lo alto de la puerta para no caerse.

Se oye un repiqueteo cuando unos cuantos guijarros y fragmentos de roca se desparraman por el suelo.

Viste una especie de mono, quizá blanco en otro tiempo, ahora embadurnado de polvo y hecho jirones en las rodillas y los codos.

En el lado izquierdo del pecho tiene representado el icono de un corazón.

Calza unas botas gastadas, tal vez de ante.

Da la impresión, o eso piensa Elvis, de que lo han arrastrado por un rallador de queso gigante.

—¡Las manos! ¡Las manos! ¡Arriba!

El hombre del coche patrulla no parece oírlo… ¿Acaso lo ha ensordecido la música? Da media vuelta para mirar de nuevo dentro del coche, sujeto todavía a la puerta para conservar el equilibrio.

—Beebop —dice—. Me ha salvado. Un mundo de locos. Mundos .

—¡Arriba las manos! ¡De rodillas! ¡Las manos detrás de la cabeza!

El hombre se vuelve hacia Stingley. Es obvio que está aturdido, pero Elvis juraría que también ve un amago de humor en sus ojos.

—¿Qué quiere que haga primero, agente?

Stingley parece confuso por un momento, pero acto seguido endurece el semblante y adopta su mirada glacial de policía.

—¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Abajo!

El recién llegado no obedece. Mira a Elvis.

—Estamos en Nebraska, ¿no?

Elvis asiente con la cabeza.

—¿De dónde ha venido, caballero?

—¡Amigo, no voy a repetírtelo! ¡DE RODILLAS!

El hombre de ninguna parte no contesta a la pregunta de Elvis ni se arrodilla.

Se tira de los costados del mono que lleva puesto —de una especie de tejido de malla que quizá en otro tiempo fue brillante— y se oye el sonido a desgarrón de una tira de velcro al abrirse.

Debajo aparece una camiseta aún más sucia salpicada de manchas de sangre antiguas.

Elvis distingue una jarra y las palabras cerveza kingsland, elaborada orgullosamente en wisconsin.

Le cuelga hasta medio muslo sobre un vaquero baqueteado y en un estado lastimoso.

El hombre se remanga el dobladillo de la camiseta y deja a la vista un cinturón.

Y un arma enfundada.