Capítulo 12 #5
La mascarilla, sujeta solo por la cinta elástica tensada, se separa de su rostro.
Un peñasco casi del tamaño de una autocaravana se desgaja de la Torre del Diablo, ya en rápida desintegración, y pasa rodando a un metro de su cabeza.
Rebotando como si fuera una pelota de espuma en lugar de una roca de una tonelada o más, se dirige hacia la Garganta.
Entra en la zona de cegadora luz viviente y desaparece.
Jack se suelta de la roca. Por un momento cede a la fuerza de atracción, que de pronto lo pone en pie de un tirón, como si fuera un títere movido con hilos. Nota que algo caliente le baja por las mejillas y la nuca. Está sangrando sabe Dios por cuántas heridas.
Cuando intenta afianzar los pies, los tacones de los botines abren estelas en el suelo, como si practicara esquí acuático en tierra seca.
El Binny Ding entra en esa refulgencia cegadora y se acerca a la hendidura…
, de la que sale una voluta de luz para recibirlo.
Jack ve los destellos intermitentes de sus luces traseras —pálidas en medio del brillo mucho más intenso procedente de la abertura—, como si emitiera un último SOS desesperado. O quizá sea su manera de despedirse.
Lo observa mientras se ladea. En uno de los vaivenes de la puerta abierta, ve su mochila salir despedida y caer a la Garganta.
La señora Talbot va detrás, aquí hace un instante y acto seguido engullida.
Resbalando sobre los tacones de los botines, con los brazos extendidos, en medio de una tormenta de piedras grandes y pequeñas, Jack se ve arrastrado hacia el abismo cada vez mayor.
El contorno de esa gran luz se encuentra a ochenta metros, luego a setenta, luego a cincuenta.
Se resiste con toda su fuerza física y mental, pero no le sirve de nada: va a precipitarse tras el Binny en esas fauces en continua expansión y ahí pasará a formar parte de la Garganta…
, o lo que sea que da vida a la Garganta.
Entiende —vagamente— que él, en cierto modo, es cómplice de lo que está ocurriendo, que la Garganta es también una especie de wympi.
Se alimenta de Jack . A su espalda, la mesa resquebrajada que lleva ahí miles de años se disgrega en una lluvia de piedras que vuelan en torno a él, pero rara vez lo golpean, y, cuando eso ocurre, es solo de refilón.
Lo cual es imposible. A no ser que, claro, la Garganta esté librándolo de los impactos a la vez que se propone engullirlo.
¿La han despertado de algún modo Kinneston y Speckhoffer?
¿Han arrancado de su sueño a una sintiencia latente?
¿Tiene eso acaso la menor importancia? Solo lo separan treinta metros de la abertura, y el icono del corazón está ya en negro.
No necesita preocuparse por el envenenamiento radiactivo cuando va a desintegrarse hasta quedar reducido a átomos, quizá incluso a partículas subatómicas, en cuestión de segundos.
La única escapatoria es saltar, pero, para eso, debe concentrarse, y ahora no puede encauzar el flujo de sus pensamientos en el intenso haz que hace posible el salto.
Por el contrario, las imágenes desfilan con rapidez por su mente como naipes desparramados en lugar de barajados.
¿Se refieren a eso cuando dicen que, poco antes de morir, la vida pasa en un instante ante los ojos de una persona?
Ve a su madre en el ataúd con las manos entrelazadas sobre los menguados pechos
( ¡salta! )
y luego ve a Sophie en sus andas, su rostro tan blanco como la mortaja
( salta, maldita sea )
y, mientras vuelan a su alrededor piedras, rocas y peñas con diamantes incrustados, que le golpean las piernas y los hombros sin partirle el cráneo, de forma que pudiera quedar inútil o incapaz de centrar el cerebro
( ¿por qué no puedes? )
oye la declaración de Lobo antes de su muerte sobre la protección del rebaño
( concéntrate y SALTA , ya )
y ve a Pay Orville con la cara quemada y la mirada fija de su único ojo
( ahora que todavía puedes )
y, cuando el resplandor de la Garganta empieza a envolverlo, cuando está a punto de abrasarle los ojos y después incendiarle el cerebro, recuerda el chiste de la señora T sobre lo que dijo una uva verde a una uva morada: respira. Llega a él
( ¡Beebop! ¡Beebop, el batería! ¡Me enteré por ahí! )
la voz de Dale.
El Binny ha desaparecido. La señora Talbot, que contaba chistes ante los que Pay se habría llevado las manos a la cabeza y habría gemido (salvo quizá con el último), ha desaparecido.
La Garganta ha desaparecido pese a que ya envuelve a Jack con su voraz resplandor.
Ve al hijo de Dale a los cuatro o cinco años, en los tiempos de French Landing, que bailotea en calzoncillos por el salón, agita a Beebop y canta «Me enteré por ahí» mientras Jack, Sarah y Dale aplauden.
Beebop, el batería de los California Raisins —en el anuncio de pasas californianas—, fue un regalo de Navidad que hizo Jack a David Gilbertson (junto con el resto de las pasas del grupo, los Raisins), quien luego se lo regaló a su padre, porque, según Davey, si su padre ponía a uno de los Raisins en su coche patrulla, lo protegería del peligro, y Dale dijo: Beebop en lugar de san Cristóbal; me gusta, así que pegó a Beebop en el salpicadero de su coche patrulla, en presencia de Jack, a la vez que decía: Ese niño, ¿qué he hecho yo para merecerlo?
Beebop justo en el centro del salpicadero, Beebop con una baqueta en alto en una especie de bendición pagana del rock and roll, y ese es el único asidero que Jack encuentra, lo único que ve con claridad, porque Jack regaló los California Raisins a David y David regaló su Raisin preferido a Dale para que lo protegiera, y en efecto lo protegió hasta que Kinneston y Speckhoffer aparecieron, células cancerosas en forma humana, intrusos que dejaron al viejo amigo de Jack a merced de los wympis de Riven para que se alimentaran de él, y Jack no encuentra el establo del anuncio de Mail Pouch en ruinas, no encuentra el multicine Town Line Sixplex donde Lobo se asustó, no encuentra siquiera el Walmart de Taylor City, lo único a lo que puede agarrarse es Beebop, un California Raisin molón con la baqueta en alto en un gesto de bendición y confirmación.
Jack se concentra en eso con toda su alma y toda su voluntad mientras la Garganta tira de él hacia su yo vivo e incognoscible, y en los últimos segundos y últimos metros cae en la cuenta de que no morirá ; ese es el mayor horror .
Él es un caso único, un hallazgo especial, la llave en la cerradura, la clavija en el ensamble, la última pieza de un rompecabezas, el acoplamiento perfecto, es NUESTRO MUCHACHO , como susurraban las voces hace mucho tiempo, cuando Jack era Jacky, un viajero imberbe en el camino de las tribulaciones
( nuestro muchachooo, sííí, SÍÍÍ , nuestro MUCHACHOOO eeespecial )
y solo está Beebop, esa pasa arrugada, morada, sonriente, con la baqueta en alto, el santo patrón de los sheriffs de condado que a veces patrullaban por carreteras solitarias ya de noche, y ahí está Jack, que mira en el escaparate de un bazar y ve los polvorientos California Raisins en medio de las jaulas para pájaros, las fiambreras de Star Trek y los marcos con fotografías de estadounidenses olvidados; Jack, que piensa Seguro que eso le molaría a Davey Gilbertson , y la Garganta asciende por sus piernas, todavía tirando, todavía tirando, y él entiende, JACK ENTIENDE …