Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Le pedí que se calmara, pero no sirvió de nada.

Lanzó uno de sus atroces aullidos de lobo.

Para entonces ya nos miraba todo el mundo.

El encargado nos advirtió que había llamado a la policía.

Yo dije algo así como que mi hermano mayor tenía epilepsia y salimos por piernas al día encapotado y lluvioso de Indiana.

Lobo estaba desolado. Tenía la sensación de que me había fallado.

Intenté hacerle entender que era yo quien le había fallado a él.

«Lo siento —repetía una y otra vez—. Soy un desastre, maldita sea, un desastre».

Sophie, no sé cómo explicarte esto para que lo entiendas, pero se me estaba acabando la mecha, el poco temple que pudiera tener se me había casi agotado. Me sentía vacío y perdido, y añoraba a mi madre. A la vez, nunca he querido tanto como en ese momento a aquel pedazo de bruto.

«Eres muy útil, Lobo», dije, y entonces me quedé dormido de pie.

Lobo cargó conmigo. Richard Sloat era amigo mío, pero nunca he tenido un amigo como Lobo.

9

Cuando Jack despierta, ya ha amanecido. La libreta de Sophie le ha resbalado de la mano y está en el suelo del Binny Ding.

La recoge. Se ve ya bastante maltrecha, que es como él se siente…

, pero no está enfermo, como en Muncie, cuando Lobo se lo llevó del Town Line Sixplex y lo acarreó por una red de carreteras secundarias con un sentido de la orientación instintivo e infalible.

Pasa las páginas de la libreta hasta el punto donde lo dejó y ve que ha avanzado a la parte siguiente de sus aventuras: el Hogar del Sol.

No escribió (posiblemente porque estaba cansado o quería reunirse con Sophie en la cama) la historia de cómo Lobo lo encerró en un granero en ruinas durante varios días mientras él, Lobo, experimentaba su cambio.

Porque un lobo no se atreve a estar cerca de su rebaño cuando llega el cambio.

Seguramente me vino bien , piensa Jack. Me permitió descansar. Para cuando él volvió, me encontraba mejor.

—Me trajo comida mientras dormía. —Eso lo había olvidado hasta este momento. Al leer sobre Lobo en el cine, ha aflorado ese recuerdo oculto.

Jack se guarda la libreta en el bolsillo de atrás, sale de la señora T y contempla —echa una visteada, como dicen en Mundo Medio— el paisaje hundido mientras orina.

Cree ver a lo lejos la vía del tren en el que viajaron Richard y él, pero está dispuesto a reconocer que podrían ser solo imaginaciones suyas.

El panel solar se eleva sobre su grueso soporte y se despliega. Jack entra en el Binny y empuña la palanca de dirección.

—Un día más, señora T, y después volveremos. ¿Le gustan las manzanas?

«No entiendo “manzanas”, comandante Iulia».

—Da igual. Cuénteme un chiste.

«¿Qué le dijo una uva verde a una uva morada?».

—No lo sé.

«Respira. ¿Quiere oír otro?».

—No, con uno basta. Active el piloto automático.

«Piloto automático activado».

El Binny empieza a descender por el terreno hundido que se extiende al sur y al sudoeste. Le inquieta pensar que toda esta inmensa porción de tierra se haya desplomado a causa de la Garganta, pero es lo que piensa.

Ni más ni menos.

10

Hacia la mitad del descenso por la carretera, con sus sucesivas curvas, recodos y revueltas, el Binny se detiene y la señora Talbot anuncia: «Control de radiación, comandante Iulia».

Jack se toca el lado izquierdo del pecho. El pequeño corazón cambia de color.

—Está amarillo en lugar de verde. Eso no debe de ser buena señal, ¿verdad?

Como la señora Talbot no responde, Jack dice lo único que se le ocurre:

—Control de radiación concluido.

El Binny Ding avanza de nuevo. En un punto donde la carretera se nivela, parte a la izquierda un ramal en dirección a la Garganta y la mesa similar a la Torre del Diablo.

Marca el desvío un indicador ladeado en el que se lee: solo vehículos autorizados.

La señora Talbot emite cinco tonos que tienen un inquietante parecido con las notas musicales de la película de Spielberg.

De algún lugar (Jack cree que tal vez de un altavoz instalado en lo alto de la mesa) llegan cinco notas en respuesta.

Acude a su memoria el título de la película: Encuentros en la tercera fase.

Richard y él empezaron a llamarla EEL3F cuando la vieron (y quedaron fascinados) a la edad de nueve o diez años.

Fue en una cinta VHS de Blockbuster, que tenía una pegatina en la funda de plástico negro en la que se indicaba: rebobinar después de usar.

Es increíble que, cuando una persona está aterrorizada —como Jack ahora, advierte—, afloren a la luz esos viejos recuerdos apolillados.

El Binny se adentra en la carretera de servicio abandonada desde hace años, que tal vez en su día daba acceso a las minas.

Después de recorrer un par de kilómetros por el llano hundido, en medio de la crepitación de los neumáticos sobre los guijarros y las conchas arrastrados hasta allí por alguna inundación prehistórica, el Binny se detiene y la señora T solicita otro control de radiación.

Jack se toca el icono del corazón, que esta vez pasa a rojo.

—Rojo. ¿Qué hago ahora, señora T?

Solo piensa en voz alta, pero de pronto se abre un panel del salpicadero que no había visto antes, lo que trae otro recuerdo a su memoria: la forma en que se abría la guantera de su primer coche cada vez que superaba un bache.

El compartimento contiene una mascarilla de plástico transparente, como las que antes usaban los pilotos de caza.

La extrae y ve un clip que sujeta una cinta elástica.

No hay botella ni tubo, pero, cuando desprende el clip, nota una corriente de aire fresco en el rostro sudoroso.

—¿Esto crea su propio oxi, señora T?

«No entiendo “crea su propio oxi”, comandante Iulia».

—¿Me protegerá el traje de la radiación?

«Sí. ¿Quiere oír un chiste?».

—Ahora no. ¿Durante cuánto tiempo me protegerá?

«¿Quiere oír antes un chiste?».

—Si no hay más remedio…

«No entiendo “Si no hay más re…”».

—Cuénteme un chiste y luego sigamos.

«¿Cuántos veteranos de guerra hacen falta para cambiar una bombilla?».

Jack deja escapar un suspiro.

—No lo sé.

«¡Exacto, tío! ¡Porque tú no estabas presente!».

Jack se queda helado. Es una voz masculina. Tal vez la voz de Pay. A continuación, la señora Talbot, con su habitual tono de maestra de escuela, dice: «Cuando el detector pase a negro, debe marcharse de inmediato».

—Desactive el piloto automático, señora T.

«¿Está seguro, comandante Iulia?».

—Sí.

«Piloto automático desactivado».

Se coloca la mascarilla, inhala el magnífico aire fresco, pone la directa en el Binny y avanza de nuevo.

La carretera de servicio se bifurca para rodear la Torre del Diablo.

Toma por el ramal de la izquierda y, en cuanto rebasa el flanco rocoso de la mesa, empieza a sentir un hormigueo en la piel.

Cae en la cuenta de que lo nota desde hace un rato, quizá incluso desde anoche.

De pronto se intensifica, y Jack percibe un tirón en los brazos y en el rostro.

Al cabo de unos segundos, esa misma sensación le invade la mente.

En un primer momento piensa que el presunto aire fresco de la mascarilla es en realidad un caballo de Troya: lo está envenenando.

Entonces ve —a menos que sean alucinaciones— que el traje antirradiación, antes muy ajustado, ha empezado a hincharse por la parte delantera.

Poco después, las manos se desprenden de la palanca de dirección y saltan hacia delante, como los brazos del sujeto de un hipnotizador en una vieja película proclive a la sobreactuación.

De esas de las que, en su día, Richard y él se reían.

Es la atracción. Ahora entiendo a qué se refería Seth.

Percibe que se le desorbitan los ojos y entiende que, si no hace algo, podrían llegar a salírsele de la cabeza junto con la lengua y los dientes.

El Binny ha dejado atrás la Torre del Diablo y ahora Jack ve una luz intensa que surge de una hendidura zigzagueante en el suelo.

En un extremo de esta, hay una pendiente no muy distinta de la que descendía al aparcamiento del fuerte.

En lo alto distingue unos cuantos rubíes esparcidos.

Piensa (en la medida en que es capaz de pensar) en Pay llenándose los bolsillos de diamantes en bruto, carentes de valor en este mundo, y advierte entonces que los rubíes son fragmentos de cristal de las luces traseras del Kia de 2024 de Rhonda McMeel.

—¡Atrás, señora Talbot! ¡Active el piloto automático y retroceda!

Con todas sus fuerzas, logra desplazar la palanca de cambio a la posición de marcha atrás, pero el Binny Ding sigue avanzando, atraído por el río de luz zigzagueante.

Ante sus ojos, la grieta abierta en el mundo salta hacia delante hasta la base de la Torre del Diablo y empieza a socavarla.

Trozos de roca, algunos grandes como casas, se desprenden de la mesa.

Rebotan contra la tierra y se precipitan en la fisura.

—¡Atrás, señora T! ¡Atrás, joder!

«Lo haría si pudiera, comandante Iulia, pero no puedo».

La atracción es tan fuerte que ni siquiera puede tender la mano hacia la puerta, así que pide a la señora Talbot que la abra.

No sabe si podrá obedecer, pero lo consigue, y Jack se lanza afuera y cae en el suelo con el hombro izquierdo.

Tragando polvo y tosiendo, rueda sobre sí mismo dos veces.

La mano derecha extendida, al agitarla, topa con un saliente de roca y se aferra a él.

Logra mantenerse agarrado, pero la roca se desprende de la tierra y él sigue resbalando.

La roca abre un surco poco profundo en el suelo ante los ojos desorbitados de Jack.

Oye un martilleo rítmico y ahogado. Intenta convencerse de que en lo más hondo de la Garganta hay algún tipo de máquina apocalíptica, que es la que provoca la atracción, pero en realidad sabe que no es así. Es el latido de un corazón. La Garganta es un ser vivo.