Capítulo 12 #3
Seth, Lena y otros dos o tres lo siguen durante todo el día, a veces corriendo sobre dos patas y a veces trotando sobre las cuatro.
Los demás se quedan con el rebaño, pero estos otros son…
¿Qué? ¿Guardaespaldas? ¿Una guardia de honor?
Piensa que tanto lo uno como lo otro. Jack desea apresurarse, desea dar por concluida esa misión cuanto antes, pero a la vez no quiere dejarlos atrás, así que la señora T y él avanzan despacio.
Más o menos a eso de las tres, calcula, Seth se planta ante el Binny y alza una mano.
Bajo la luz intensa del sol, en efecto es una mano. Jack sale del Binny.
—Jacky. Paramos aquí.
—Gracias por acompañarme hasta tan lejos.
Seth lo mira con seriedad. A la luz del día, tiene los ojos castaños, sin perder del todo su montaraz tonalidad verdosa.
—No seguro, Jacky. No. Seguro. Atracción. La atracción.
—¿Hablas de la Garganta?
—Ea. Malo. Atracción. No seguro. —Por lo visto, ya ha hecho todo lo que podía hacer.
—Iré con cuidado. Lo prometo.
—No puedes. No cuidado. No cuidado.
Jack no sabe si lo entiende. Cree que el lobo tal vez esté diciéndole que no es posible ir con cuidado, pero ¿cómo no va a ser posible?
Coge a Seth por los hombros greñudos y afirma:
—Todo saldrá bien.
El lobo, en lugar de emitir una respuesta verbal, se lleva una mano a la frente peluda e inclina la cabeza. Los otros hacen lo mismo y Jack imita el gesto. Se dispone a abrir la puerta del Binny cuando Lena apoya una mano en su hombro. Sostiene algo en la otra.
Es la caja aplastada de un pastelito Little Debbie. Vacía. Lena la olfatea y después se la tiende a Jack.
—Malos. Malos.
—Sí. Sé que las personas que tiraron eso son malas y voy a ocuparme de ellas.
Lena lo mira con sus ojos tristes y extraños, y mueve la cabeza en un lento gesto de negación.
— Da song.
Se han ido.
7
Una hora después de marcharse los lobos, la llanura cubierta de hierba termina y el terreno, ahora rojizo por la presencia de mineral de hierro, se hunde, como si Dios lo presionara con el pulgar.
Jack se detiene y sale del Binny. La carretera desciende en zigzag hacia un paisaje desértico rocoso donde no crece nada.
No hay árboles, ni siquiera muertos. Jack comprende que ha llegado al límite de las Tierras Arrasadas.
Una luz blanca, más intensa que el sol poniente, resplandece por detrás de una alta mesa con barrancos en los costados.
Aunque a esa distancia solo ve la parte de arriba, le recuerda a la Torre del Diablo en la película de Spielberg sobre platillos volantes.
No ve el origen de la luz, pero supone que casi ha llegado a la Garganta.
La luz procede del lugar por el que ha realizado tan largo viaje, el lugar que ha ido a ver.
La Garganta es un paso entre mundos. O puede serlo, si algo así lo decreta.
Esos jóvenes psicópatas lo encontraron o fueron conducidos hasta allí por ese algo .
Esa fuerza. Lo cruzaron en el Kia de esa mujer, McMeel.
Desde Nebraska hasta los Territorios. La fuga perfecta.
Solo que algo fue con ellos. Un autoestopista.
Una infección. En el lado de Estados Unidos podrían haber sido solo una pareja de chicos desafectos en una orgía criminal. Horrendo, sí, pero aquí…
—Aquí son otra cosa.
Un viento constante ha borrado todas las huellas, pero Jack encuentra otro envoltorio de Slim Jim agitándose en un espino muerto.
Sin lobos que lo protejan, se resigna a pasar una noche incómoda en el Binny con su camiseta de cerveza Kingsland a modo de almohada.
La prenda ha visto tiempos mejores y despide un claro aroma.
El resplandor procede del otro lado de unos montes bajos.
Es intenso y estable, un reflector que iluminaría las nubes, si las hubiera.
Cree sentir una ligera fuerza de atracción desde ese punto, pero se dice que probablemente son imaginaciones suyas, instigadas por las agoreras palabras de Seth.
Como no tiene sueño, saca la libreta de Sophie y, hojeándola, busca lo que no ha podido contar a Seth porque, para ese grandullón, no habría tenido el menor sentido. Por fin lo encuentra después de varias páginas sobre gemelos.
Me hallaba en un área de descanso próxima a Lewisburg, en Ohio, cuando las alarmas empezaron a sonar en mi cabeza.
Sí. La intuición; incluso a los doce años, incluso antes del Talismán.
Lo que percibió fue que Morgan Sloat se acercaba. Para complicar aún más las cosas, Jack empezaba a encontrarse mal. Con el zumo mágico de Speedy Parker, había saltado a los Territorios y conocido a Lobo…, que se llamaba, como ahora sabe, Jesse.
En el relato, lee que Sloat lo siguió a los Territorios y, en la transición, se convirtió en Morgan de Orris, su gemelo.
Lee que Morgan intentó matarlos utilizando lo que en el lado de Estados Unidos era solo una llave oxidada.
En los Territorios se transformaba en un artefacto lanzarrayos que Jack llamaba «tubo fatídico de Morgan».
No podía hacer más que una cosa y la hizo.
Agarrando a Lobo, apuró el último trago del zumo mágico de Speedy y saltó de regreso al lado de Estados Unidos.
Hoy día no puede llevar a nadie allí. El mero hecho de intentarlo es para él como tratar de levantar un piano de cola; después se pasa tres días con dolor de cabeza.
En cambio, a los doce años, Jack lo hacía sin el menor esfuerzo.
Morgan frio con los rayos de su tubo fatídico la mayor parte del rebaño de Lobo y a punto estuvo de freír a Jack y a su nuevo conocido. Jack recuerda que leyó ese fragmento de su historia en voz alta a Sophie. Es un relato triste, pero no sin lo que Pay llamaba «chispa».
A Pay esto le habría gustado , piensa.
8
Recuerda un dato clave, Sophie: yo creía que necesitaba el zumo mágico de Speedy —en realidad, vino barato— para saltar.
Cuando Lobo y yo tuvimos que huir de Morgan de Orris y su tubo fatídico, me acabé lo que quedaba.
Morgan no nos siguió, y mejor así, pero no podíamos volver a saltar a los Territorios, y eso era un problema.
Hacía frío, llovía y yo estaba enfermo. Intentamos hacer autostop y fue un desastre.
En la primera camioneta que paró, el conductor tenía cáncer.
Me parece que ese hombre aún no lo sabía, pero Lobo sí. Lo olió en él.
«Un hedor a uvas podridas», me dijo después.
Lobo se alteró un poco cuando intenté hacerlo subir. Fue una suerte que aquel hombre no avisara a la policía. Salió de allí quemando caucho. Si hubiese ocurrido en los tiempos de los teléfonos móviles —ya te he explicado lo que son, Sophie—, seguro que habría avisado.
Lobo trató de montar en coches unas cuantas veces después de eso, pero no era lo suyo.
Después de uno de esos intentos fallidos, perdí la paciencia y le pegué.
No le dolió, no físicamente, pero lo hirió en su espíritu.
Yo lo sabía y lo hice de todos modos; todavía me avergüenzo.
Tenía fiebre y estaba agotado, al límite de mis fuerzas, pero, para mis adentros, eso nunca me ha servido para justificar semejante comportamiento.
Y Lobo… lo aceptó sin más. Podría haberme partido por la mitad, pero lo aceptó sin más.
No había nadie con un corazón tan grande como el suyo.
Tenía la fortaleza de los poderosos y la mente de un niño ilusionado.
Era una situación exasperante, él era exasperante, y no sabes cuánto lo quería.
Decir que no estaba hecho para la vida en Estados Unidos es quedarse corto. Lo llamaba el País de los Malos Olores.
Me puse más enfermo. Como no podíamos hacer autostop, Lobo me llevó cargado a la espalda.
Y no caminando: ¡corriendo! Era incansable.
Cruzamos Ohio. Dormíamos casi siempre en graneros.
En dos ocasiones intenté volver con él a los Territorios sin el zumo mágico, porque sabía que allí me encontraría mejor.
Pero no fui capaz, y menos con Lobo como pasajero, y no podía dejarlo atrás.
Llegamos a Muncie, en Indiana. Yo estaba para el arrastre.
Compré un poco de comida con el dinero que me quedaba y también un periódico que traía más malas noticias: faltaban solo unos días para la luna llena, y entonces Lobo cambiaría.
Como ya sabrás, Sophie, los lobos tienen que marcharse en esos momentos, porque, si no, se comerían a su rebaño.
Y, según El libro del buen agricultor , quien come animales de su rebaño está condenado.
Vi un cine y pensé que sería un buen sitio donde descansar un rato. Yo podía dormir en la oscuridad y Lobo podía ver la película. Pensé que le fascinaría. Tendría que haber previsto que no sería así, incluso a mis doce años, pero estaba enfermo.
Lobo pidió palomitas. Esa parte estuvo bien. Solo que no las quería con mantequilla falsa. Para él, olía a orina de animal. Lo que mejor recuerdo, curiosamente, es que dos entradas nos costaron solo cuatro pavos.
En aquel multicine pasaban seis películas, y elegí la sesión doble, que eran dibujos animados de un tal Ralph Bakshi. Pensé: «A los niños les encantan los dibujos. Lobo es un niño grande, ¿qué puede salir mal?».
Todo, como se vio.
En cuanto se atenuaron las luces, Lobo empezó a gemir.
Yo le repetía que le gustaría, que hiciera el esfuerzo.
Yo no sabía lo aterrorizado que estaba. De alguna manera, aguantó los tráileres del comienzo, pero la película arrancaba con una escena en la que ardía un fuego espantoso.
Era la forja de los Anillos de Poder, pero posiblemente Lobo pensó que se trataba de un plunja que escupía fuego y que era real .
Gritó: «¡Tenemos que salir de aquí o nos quemaremos! ».