Capítulo 12 #2
La señora Talbot le pregunta si le apetece oír un chiste.
—Paso, señora T —dice.
4
Poco antes de detenerse para hacer noche, el Binny deja atrás el bosque de árboles muertos.
Delante se extiende una llanura cubierta de hierba.
Cuando se desvanece la luz del crepúsculo, Jack ve bolas de electricidad, tan brillantes que ha de entrecerrar los ojos para mirarlas.
Rebotan y se entrecruzan a lo lejos, y a veces chocan entre sí y dejan de existir.
Recuerda haberlas visto desde el pequeño tren cuando Richard y él realizaron su travesía.
Trata de ponerse lo más cómodo posible en la cabina del Binny (que se le antoja cada vez más pequeña a medida que se prolonga el viaje) y al final se adormece.
Despierta de sus atormentados sueños con wympis cuando la señora Talbot, en su voz nocturna, más queda, dice: «Intrusos».
Jack se endereza.
—Luces. Todas.
Las luces se encienden y Jack ve ocho o diez siluetas alrededor del vehículo. No son mutantes lentos. Sus ojos despiden destellos verdes en el luminoso círculo de los faros y las luces del techo del Binny, pero no huyen. Visten pantalones de peto, y Jack los reconoce. Bueno, no. Pero sabe qué son.
—Abra mi ventanilla —indica a la señora T.
El cristal baja. Dirigiéndose a la silueta greñuda de mayor tamaño, dice:
—Supongo que no me conoces, pero tuve un amigo que era de los vuestros. Yo lo llamaba Lobo. Él me llamaba Jacky. Puede que él fuera parte de vuestro… —¿Cuál es la palabra correcta?—. Vuestro ka-tet. O tal vez vuestra manada. Yo era su rebaño y él me protegía.
El más grande se acerca con andar torpe.
Tiene los ojos verdosos y rasgados, y contrae la boca —en realidad, más bien un hocico—, dejando a la vista muchísimos dientes blancos.
Podría ser una sonrisa. También podría ser un gruñido.
Jack se plantea decir a la señora T que suba la ventanilla, pero no lo hace.
De perdidos al río , piensa, y tiende la mano esperando (rogando, de hecho) recuperarla.
La criatura la acepta con la suya, cuya palma está cubierta de pelusa. Con un sonido gutural e inarticulado, dice (en la lengua):
—¿Rebaño? ¿Tú?
—Sí —contesta Jack—. Yo era el rebaño. Mi amigo Lobo…, seguramente tenía un nombre real, pero así lo llamaba yo…, me protegía.
Sin soltar la mano a Jack, el ser greñudo levanta la cabeza hacia el cielo nocturno estrellado y aúlla.
Los otros se suman. Esas voces, en lugar de provocarle frío y miedo, lo reconfortan.
Lobo era bueno y estos lobos son buenos.
En algún lugar hay rebaños —una extraña combinación de vacas y ovejas que Jacky llamaba «vavejas»— que este ka-tet protege.
Con su voz gutural, el jefe dice:
—Seth.
—¿Eres Seth?
El lobo asiente.
—Seth. Rebaño. Protege. A ti. Nosotros.
—Gracias —responde Jack con la esperanza de que él lo entienda—. Jack. Jacky.
—Tú. Vuelve. No seguro.
—No puedo. Tengo que ver la Garganta.
Seth alza la cabeza y vuelve a aullar. Los otros se suman, y esta vez el sonido no reconforta a Jack. Esta vez sus aullidos suenan a canto fúnebre.
—Rebaño —repite Seth, y acaricia la mano de Jack. Solo que ahora la suya se parece más a una zarpa—. Rebaño. Rebaño. Nos quedamos. Mientras. Podamos. ¿Entiendes? —Seth golpetea la frente de Jack con lo que es más una garra, o un espolón, que una uña.
—¿Os quedaréis mientras podáis?
El ser asiente.
—Jacky. Rebaño.
Esa respuesta le recuerda tanto a su viejo amigo Lobo que siente el escozor de las lágrimas en los ojos.
Seth se vuelve hacia los demás.
—Jacky. Rebaño.
Los otros emiten un murmullo de compresión y conformidad. Pese a sus voces guturales, hablan la lengua de Mundo Medio.
—Gracias. Me gustaría salir. Desperezarme. ¿Sería posible?
—Salir. Jacky. Rebaño. Protegido.
Sale del Binny y se tiende al lado de la carretera.
La tierra está fría, pero no le importa.
Es todo un placer tumbarse de espaldas y estirar las piernas.
Dos de los otros se acercan a él, un macho y una hembra.
Llevan un bulto alargado sujeto con madejas de lo que acaso sea cuero sin curtir.
Lo desatan y dejan a la vista una manta de piel de oveja con la que cubren a Jack.
Se siente a gusto. No, muy a gusto. Está abrigado.
En el cielo brillan las estrellas. Asoma una luna creciente.
Lo rodean los lobos. Los lobos cuidan de él.
Vuelve a ser Jacky, el rebaño, y agradece el alivio que eso le produce.
Despierta de madrugada porque tiene la vejiga llena y los lobos aúllan a la luna. Son más peludos que nunca, cercanos a la forma animal que adoptarán con la luna llena, pero su humanidad esencial —y su bondad esencial— sigue presente.
Mis hijos de la noche, qué música crean , piensa Jack mientras evacúa.
Seth, medio caminando, medio trotando, se acerca a Jack. Se agacha para olfatear el charco de orina, que emana un leve vapor. Señala primero el pis (sus manos, aún más similares a zarpas) y luego a Jack.
—Salud. Tú. No enfermo, no aquí. Hay enfermedad, pero… —Se lleva un dedo peludo a los labios y emite un chistido.
—Enfermedad, pero aquí está tranquila —responde Jack—. Dormida.
Seth lanza un aullido de asentimiento. Los demás se suman.
—Agacha, Jack. Garlar.
Jack se agacha.
—Di. Tu Lobo. ¿Él Jesse?
—Yo lo conocía solo como Lobo.
—Pero tú. Él. Viajasteis. Aquí y allá. —Seth señala la tierra, y Jack entiende que se refiere a la otra tierra.
—Sí. Y conocía a mi padre —dice Jack—. Phil.
—¡Phil! ¡Phil! ¡Phil ARUUU !
—¿Lo conocías?
—Ea, pero mucho. Mucho tiempo. Vosotros decís: dela. —Seth levanta las manos-zarpas en un gesto que Jack conoce bien.
—Sí. Mi Lobo…, Jesse, si te place…, decía que mi padre era bueno, pero el otro, su socio, no. El otro era Morgan de Orris. Él…
—¡Morgan! —Es casi un gruñido.
Los ojos de Seth cambian, pasando de verde a un naranja intenso. Jack recuerda que eso mismo ocurría con los ojos de su Lobo cuando se alteraba o enfurecía. Los otros suman sus gruñidos al oír ese nombre.
—Se llevaba a los lobos y los volvía malos. Había un sitio. Allí aprendían a… —Seth imita movimientos de boxeo.
—Sí. Morgan los enseñaba a luchar. —Jack recuerda vagamente la empalizada—. Morgan planeaba dominar Mundo Medio. Yo se lo impedí. Bueno…, no. Conseguí el Talismán…, no sé cómo…, y eso lo detuvo. Cómo ocurrió…, no lo recuer…
Pero, ante la palabra «Talismán», todos los lobos se arrodillan y apoyan la frente en el suelo.
—Tu Lobo, ¿bueno? —pregunta Seth a la vez que alza la cabeza. Vuelve a tener los ojos verdes.
—Muy bueno.
—¿Buena muerte?
—Muy buena muerte, has dado en el clavo. —Ahora se le saltan las lágrimas. Piensa en contar a Seth (y los demás; ahora todos lo escuchan, dispuestos en círculo a su alrededor) que Lobo y él fueron al cine, o al menos lo intentaron, pero no lo entenderían.
—¿Buena buena muerte? —Seth parece desear más claridad a ese respecto—. ¿Como dice en el Libro del buen agricultor ?
—Exactamente así. Protegió al rebaño.
Seth tiende una mano hacia él. Jack no se resiste. Seth retrae las garras en el extremo de los dedos. Enjuga las lágrimas a Jack.
—Seth, quiero irme a dormir otra vez. He tenido unos días difíciles. Ya no soy joven y no tengo a mi amigo Lobo para que monte guardia.
—Nosotros. Tú. —Seth señala al círculo de lobos, todos agachados, y luego a Jack. El significado es claro: Nosotros montamos guardia.
—Gracias. Muchas gracias. —Se tapa con la piel de oveja, contempla la luna y prueba a lanzar su propio aullido. No le sale muy bien, pero los otros lo acompañan: una armonía peculiar y hermosa, en cierto modo otoñal.
Jack se duerme.
5
Cuando despierta por la mañana, ya ha salido el sol.
Hay dos lobos sentados junto a él, uno a cada lado.
Cerca, otro guisa algo en una marmita puesta sobre una pequeña fogata.
Emana un olor delicioso. Más lejos, en una ladera cubierta de hierba (hierba auténtica, no aquella maloliente inmundicia amarilla), otros cuidan de un numeroso rebaño de vavejas que se mueve despacio.
—Jacky. Rebaño. Come. —Es Seth. Trae la marmita a Jack.
—No quiero dejaros sin desayuno.
—Tú. Rebaño. Come. Come. —Separa los labios en lo que decididamente es una sonrisa, no un gruñido. Con la luna ya oculta, parece mucho más humano y habla con más claridad.
Aunque Seth lleva la marmita con la mano desnuda, está demasiado caliente para Jack, que ha de bajarse la manga del traje de protección, a modo de manopla improvisada, para sujetarla.
—Gracias —dice Jack. Se propone tomar uno o dos sorbos ceremoniales y después devolverlo, pero es estofado de carne, delicioso y con abundante salsa. Vacía la marmita y la devuelve.
—¿Más? —pregunta Seth.
—Me sería imposible —responde. A continuación, añade—: O quizá sí. Solo un poco. Llevo mucho tiempo sin probar la comida casera.
Seth ladea la cabeza.
— Dela —dice Jack mientras señala la marmita.
Ante eso todos se echan a reír, aunque sus risas parecen más bien unos gruñidos.
—¡Rebaño! —exclama el jefe, y da a Jack una palmada en la espalda con tal fuerza que le castañetean los dientes—. ¡Jacky! ¡Rebaño! —Y añade—: ¡Aquí y ahora!
Jack, al oírlo, echa de menos a su Lobo, lo añora.
—Seth, ¿han venido otros como yo? ¿Han pasado en esa dirección? —Señala.
—Ea. Malos. No rebaño. Sus heces, locura.
—Olían a personas locas.
—¡Ea! ¡Locas!
—¿Cómo sabes que eran malos?
Una mujer se acerca a Seth y se lleva la mano al pecho.
—Yo. Mí. Lena.
—¿Un chico y una chica, Lena?
—Ea —responde ella—. Nos fuimos. —Señala la colina más cercana—. El rebaño se fue. Debemos proteger rebaño, ya lo sabes. Escondimos, pues.
—¿El hombre tenía el pelo rojo? —Se toca su propio cabello.
—Ea. Como sangre. —Lena baja la cabeza y muestra su propio pelo, gris y largo, que le cae por la espalda hasta la cintura del viejo peto. Luego mira otra vez a Jack y pronuncia una palabra más antes de volverse para echar tierra al fuego—. Malvados.
6