Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Los árboles de ese bosque están muertos, pero las ramas deshojadas se entrelazan por encima de la carretera y tapan el sol lo suficiente, así que el panel solar no sirve de nada.

El rugido del motor diésel resulta hipnótico, y Jack, que ha dormido poco en lo que ahora recuerda como la Noche de los Gusanos, se adormece y, gustosamente, deja conducir a la señora Talbot.

Sueña otra vez que levanta el hacha para cortar la cabeza a Dale. Cuando la hoja baja con un silbido, Dale abre un ojo azul —el ojo de Pay Orville— y grita: «¡Jack, no! ¡Estoy vivo! ¡TODAVÍA ESTOY VIVO! » .

Despierta con una exclamación ahogada que es casi un grito.

Han salido del bosque mutantes lentos envueltos en andrajos.

De pie a ambos lados de la carretera, como el extraño público de un desfile, observan a Jack en silencio mientras pasa.

Hay unas cuantas mujeres, pero en su mayoría son hombres vestidos con los restos de monos de faena amarillos.

Uno de ellos lleva también un casco muy agrietado.

Al verlos —algunos sin ojos, algunos con rostros céreos y dilatados, algunos con excrecencias protuberantes en el cuero cabelludo y la frente—, revive otro recuerdo reprimido del viaje que Richard y él hicieron por las Tierras Arrasadas; criaturas como esas que los perseguían diciendo con voz arrulladora: buenos sicos, simpáticos sicos, ahora basta, parad ahora, ¿vale?

Richard y él vieron monos con rostro humano.

Vieron monstruosidades indescriptibles y horrendas que surgían de charcas de agua negra.

Vieron gusanos espantosos con cabeza de perro.

O al menos los vi yo , piensa Jack. Richard cerraba los ojos e insistía en que estaba enfermo, que tenía fiebre, que deliraba.

¿Cómo lo conseguimos? ¿Fue porque éramos niños y capaces de ver cosas así sin enloquecer?

Richard sostenía que él no veía nada, pero yo sé que lanzaba miradas furtivas. Lo oí gemir y una vez lo oí gritar.

El Binny, tras superar una curva larga y suave, se detiene. «Obstrucción», advierte la señora Talbot. «Obstrucción delante». Un anuncio innecesario. El árbol atravesado de la carretera es demasiado grande para no verlo.

Invade a Jack una sensación de déjà vu. Sabe desde que tenía doce años que existen ecos entre el mundo del lado de Estados Unidos y los Territorios, pero rara vez ha experimentado uno con la intensidad con la que este lo asalta.

Lo impregna y piensa: barrena, ceba, prepara un saco de arena que actúe como detonador.

—¿Qué coño es eso ? —susurra.

«Un árbol —responde la señora Talbot—. Un kappa-kappa».

Piensa en aclararle a la señora Talbot que no se refería a eso —ya ve que es un árbol, pese a ser incapaz de distinguir un kappa-kappa de un baobab—, pero prefiere dejarlo correr. Ahora mismo nada desea menos que entablar una conversación semántica con el ordenador de a bordo del Binny.

Le pide que desbloquee las puertas y sale. Piensa

( las nueve menos cinco en París )

y no sabe ni remotamente qué quiere decir eso ni por qué ha acudido a su cabeza…, aunque debería saberlo; tiene algo que ver con su madre.

Los mutantes lentos empiezan a avanzar hacia Jack, y recuerda una vez más la película de zombis de George Romero.

Desenfunda el bláster G-H de cañón transparente.

Se detienen, reflexionan y, acto seguido, retroceden y desaparecen entre los árboles.

Excepto uno. A juzgar por las greñas de cabello gris que le llegan hasta los hombros, es lo bastante viejo como para considerarlo anciano.

Como consecuencia de la gravedad, el rostro le cuelga hasta el pecho, con lo que sus ojos han quedado reducidos a aberturas alargadas en forma de lágrimas; contrae la boca en una mueca de payaso.

Tiene un brazo más corto que el otro y los dedos fundidos.

Con la otra mano, casi normal, el muti aparta los jirones de su camisa y se toca el pecho.

Señala el bláster G-H y vuelve a tocarse el pecho.

El significado es claro. Jack mueve la cabeza en un gesto de negación.

El muti lo intenta de nuevo: primero se toca el pecho, después señala el arma.

Jack vuelve a negar con la cabeza. El muti deja escapar un extraño grito gutural, la viva esencia de la tristeza, y desaparece entre los árboles. Jack se queda solo.

2

Ve algo que no tendría por qué estar en este bosque muerto y se dirige hacia el árbol con el bláster G-H en la mano, consciente de que aún no sabe si le servirá de algo en caso de necesitarlo.

Apoya una rodilla en el suelo, echa una ojeada alrededor para asegurarse de que los mutis no han vuelto y coge el objeto que le ha llamado la atención.

Es un envoltorio de Slim Jim, comprado (o robado) casi con toda seguridad en una tienda del lado de Estados Unidos.

Van dejando un rastro de basura , piensa, pero ese es el menor de los delitos de Kinneston y Speckhoffer.

También ve unas huellas fragmentarias de neumáticos.

Jack no dispone de un equipo forense del Departamento de Policía de Los Ángeles para que las examine y las fotografíe, y él desde luego no es rastreador, pero tiene la certeza de que las ha dejado un Kia de 2024 rumbo al fuerte, y a Riven, y a otros lugares del este.

Examina el tocón del árbol. Aunque lleva mucho tiempo muerto, las astillas que sobresalen parecen recientes. Eso no es todo. Se advierten marcas cerca de la base del tronco del kappa-kappa.

Lo vieron inclinado, lo rodearon con una cadena y lo derribaron.

¿Estaba la cadena que utilizaron en el maletero del coche de Rhonda McMeel?

¿Ahí guardada para usarla en caso de quedarse atrapada en la nieve durante el invierno?

¿O la cogieron Kinneston y Speckhoffer en algún sitio a lo largo del camino?

Seguramente nunca lo sabrá, pero cree que sí sabe por qué derribaron el árbol.

Algo les indicó que bloquearan la carretera hacia la Garganta.

Es imposible especular con lo que ese algo pueda ser.

Afianza la muñeca en previsión de un posible retroceso —formación básica de la academia de policía— y aprieta el gatillo del bláster, sin saber muy bien qué esperar.

Se produce tal vibración subsónica que le tiemblan los empastes y le lloran los ojos.

El kappa-kappa atravesado en la carretera se sacude.

Vuelan trozos de madera no procedentes de un orificio de bala.

El enorme árbol caído sigue obstruyendo el paso. Esa sensación de déjà vu

( las nueve menos cinco )

le indica que necesita un cabrestante, pero este no forma parte del equipamiento del Binny. Regresa al asiento del conductor, donde tamborilea con los dedos la palanca de dirección sin apartar la mirada del árbol.

—Es hora de sacar la artillería pesada, señora T.

«No entiendo “sacar la artillería pesada”».

—No se caliente esa linda cabecita.

«No…».

—Olvídelo.

«Sí, comandante Iulia. Lo olvido».

A ambos lados de la carretera hay zanjas profundas de aspecto malévolo, llenas de agua turbia.

Jack no quiere dar completamente la vuelta al Binny por temor a que quede atascado, pero consigue maniobrar hasta colocarlo en diagonal para disponer de un ángulo de fuego aceptable.

Se encarama a la parte de atrás del Binny y examina el mortero.

Como ocurre con las armas más letales, parece fácil de usar.

Tiene una flecha estampada en el cañón. Apoya la base de la mano en ella y presiona.

Se abre la recámara. Inserta uno de los misiles Dragonfire, oye un chasquido y cierra la recámara.

Gira el mortero y apunta hacia el árbol.

No me estalles en la cara, hazme ese favor , piensa.

Entorna los ojos —un gesto inútil pero instintivo— y aprieta el gatillo.

Se produce un zumbido, se ve una estela muy recta de humo blanco y suena una explosión tras la que saltan por los aires pedazos de madera en llamas.

La parte central del árbol prácticamente se ha vaporizado.

Los restos arden. Desconocía que hubiera tafis en el bosque esquelético, pero centenares de ellos alzan el vuelo con graznidos de consternación.

Las nueve menos cinco . En París , piensa Jack.

Y a continuación: Le salaire de la peur.

¿Qué significa eso? No lo entiende, pero asocia la expresión —ambas expresiones, de hecho— a su madre. Si tuviera un diccionario de francés, podría traducir la segunda.

Jack piensa: La esperanza en una mano , y sigue adelante.

3

Una manada de seres semejantes a perros sale de entre los árboles y persigue a la señora Talbot, pero cuanto más se adentra Jack en el bosque, menos hay.

Llega a una bajada tan pronunciada que prescinde del piloto automático y desciende pisando el freno del Binny sin cesar.

Los perros (de rostro extrañamente humanoide) han desaparecido.

Ve el sol a través de los árboles, de un rojo enconado ahora que se acerca ya al horizonte.

La inclinación de la pendiente es cada vez mayor.

Ahora mantiene los dos pies en el freno y lo pisa con todas sus fuerzas.

Las ruedas se bloquean, pero el Binny, en lugar de detenerse, empieza a resbalar como uno de esos discos lastrados del juego del tejo de mesa que hay en los bares.

Si llego a un precipicio, me despeñaré.

Se plantea saltar del vehículo, pero opta por seguir, en parte porque no quiere abandonar a la señora Talbot a su suerte: absurdo pero cierto.

El Binny empieza a deslizarse de costado.

Jack deja de preocuparse ante la posibilidad de caer por un precipicio y empieza a preocuparse por la posibilidad de que el Binny vuelque y él muera aplastado como un bicho dentro de una lata.

Se replantea la idea de abandonar la nave justo cuando la pendiente comienza a moderarse y el freno agarra.

Manipula la palanca de dirección para volver a orientar el Binny hacia delante y lo deja en punto muerto el tiempo suficiente para recobrar el aliento y dejar que el pulso se le acompase.