Capítulo 11 #4
Como si el peñasco fuera la última prueba del día, la carretera se ensancha un poco y desciende mientras el sol declina también.
Al pie de la cuesta, una riada causó en un tiempo lejano destrozos en la carretera, y lo que queda es una superficie deforme que Jack no tiene intención de tratar de superar en un crepúsculo letalmente corto.
Lamenta no haber preguntado a Anda y a Jeryman a qué distancia está la Garganta, pero la esperanza en una mano, etcétera.
Entretanto, el calor del día ya remite, y Jack calcula que, en cuanto oscurezca, apretará el frío.
Se oye un golpe sordo y el zumbido de los servomotores.
Por lo visto, el sol está ya demasiado bajo para proporcionar energía al Binny Ding, porque, tras una breve pausa, se pone en funcionamiento el motor diésel.
Jack lo apaga y el retumbo se desvanece.
En el nuevo silencio, oye el gemido solitario del viento y ve pequeños remolinos de polvo que parecen fantasmas.
Se insta a no pensar en fantasmas y wompis, pero ya es tarde.
—Pasaremos aquí la noche, señora T.
«¿También debo responder al nombre de señora T, comandante Iulia?».
—Sí, por favor. —Se plantea decirle que en realidad es Jack Sawyer y no el comandante Iulia, desaparecido hace mucho tiempo y cuyo traje, al parecer, lleva puesto, pero decide que eso quizá la confundiera.
Al frente, árboles muertos hace mucho flanquean la carretera.
Se dispone a salir para echar un vistazo de cerca antes de que oscurezca del todo, pero en ese momento, en el raquítico bosque que se alza ante él, algo aúlla, luego balbucea y por último prorrumpe en carcajadas demenciales.
Jack se replantea la exploración y vuelve a subir al vehículo.
Al cabo de un momento, oye un doble sonido seco.
«He bloqueado las puertas —informa la señora Talbot—. Puede que haya peligro. Si quiere desembarcar, diga, por favor: “Señora Talbot, desbloquee”».
—¿Puede encender las luces un momento?
«¿Faros, luces de posición, luces del techo o las tres?».
—Todas, por favor.
Las luces se encienden. Al frente, las ramas deshojadas de los árboles parecen moverse y extenderse.
Lo que, se dice a sí mismo, es solo un efecto visual provocado por las sombras.
Puede que sea así, pero algo del tamaño de un hombre se escabulle y busca refugio de nuevo en la oscuridad.
Jack ve el destello de unos ojos verdes y algo escamoso que se arrastra y podría ser un rabo.
El hombre lagarto , piensa, y, aunque recuerda muy poco de sus viajes con Richard por las Tierras Arrasadas, sabe que está en lo cierto.
He borrado de mi cabeza gran parte de ese viaje , piensa y, cuando la señora T dice: «No entiendo “He borrado de mi cabeza”», cae en la cuenta de que ha hablado en voz alta.
—Déjelo, señora Tal…
Se oye un ululato seguido de nuevas risas ahogadas.
¿No oyeron los tres algo parecido en el tranvía cuando quedó inmovilizado?
Recuerda la expresión de miedo en los grandes ojos de Mary y se pregunta si seguirá viva.
Si es así, ¿cómo le contará lo de Pay? Puede intentar convencerse de que no se busque más problemas, pero no es fácil.
—Señora Talbot, ¿estamos ya en las Tierras Arrasadas?
«Las Tierras Arrasadas se encuentran al norte de nuestra posición actual. Es el nombre que se da a lo que antes se llamaba Minas Thomas, Minas Cressia o Zona Prohibida. Esas minas se abandonaron hace mucho tiempo».
Jack se endereza en el asiento.
—¿Cuánto tiempo?
«Dieciséis ciclos».
—¿Cuánto es eso en años?
«No entiendo “años”, comandante Iulia».
—¿Significa algo para usted el nombre Morgan de Orris? —Era el gemelo de Morgan Sloat, el padre de Richard.
«Morgan de Orris dirigía las minas Thomas y Cressia, que ahora están abandonadas, pero siguen vertiendo veneno».
—Él reabrió esas minas. También fue el cabrón que ordenó la muerte de mi padre.
La señora Talbot no responde a eso, aunque —¿quién sabe?— tal vez almacene la información.
—Me alegro de que esté muerto, señora T.
Nunca habría dicho eso en presencia de Richard Sloat, pero le proporciona una gran satisfacción decirlo en voz alta.
11
Cuando oscurece del todo, el frío penetra en la cabina del Binny.
Jack lo nota primero en los pies; luego se propaga poco a poco por el resto de su cuerpo.
Despierta de un duermevela —es lo máximo que consigue estando sentado— y pregunta a la señora Talbot si el Binny dispone de calefacción, además de aire acondicionado.
Se abren las bocas de ventilación del salpicadero y en la cabina entra aire ahora caliente en lugar de frío.
Lo agradece. Al noroeste, ve un resplandor que ilumina el horizonte y eclipsa las estrellas.
Palpita como un corazón grande y lento. Eso son las Tierras Arrasadas , piensa.
Espero mantenerme al sur, llegar a ese Tajo o Garganta y regresar luego a Dezi.
Se toca el lado izquierdo del pecho y aparece el monitor de radiación, todavía de un tranquilizador color verde. Puede que al final no necesite este traje , piensa, y se adormece otra vez.
Al cabo de un rato indefinido, la señora Talbot anuncia: «Intrusos».
Jack despierta de golpe.
—Las luces, señora T. Todas.
Se encienden las luces delanteras y superiores, e iluminan a media docena de humanoides con llagas que les desfiguran el rostro.
Uno de ellos es una mujer a la que parece brotarle entre los pechos un brazo regordete que termina en una mano deforme con solo dos dedos.
Las criaturas huyen de la luz con expresiones de miedo y gritos de dolor.
—Dios bendito, ¿qué era eso? —pregunta Jack, pero cree que ya lo sabe. Richard y él vieron a muchos de ellos cuando cruzaban las Tierras Arrasadas en el pequeño tren. No eran wompis. Ahora ese viaje empieza a cobrar forma en su memoria. Pero preferiría que no fuera así.
«Son mutantes lentos —informa la señora Talbot—. Descendientes de los mineros y de quienes vivían en la Zona Prohibida».
—Este es un mal sitio —dice Jack—. Muy malo.
—Durante las semanas y los meses posteriores a la muerte de Sophie, se sumió en una profunda tristeza, sin que nada ocupara su mente aparte de su ka-tet de fracasados, pero ahora también siente tristeza, además de nostalgia, pesadumbre y lúgubres presentimientos—. ¿Están bloqueadas las puertas?
«Sí, comandante Iulia, las puertas están bloqueadas».
Vuelve a tocarse el pecho. Observa el reconfortante corazón verde.
Palpa el bláster de ciencia ficción en la funda donde debería estar su Glock y se pregunta si le servirá de algo en caso de necesitarla.
Se le ocurre que debería haber probado a retirar el peñasco con un misil Dragonfire.
Se le ocurre que tal vez hubiera abierto un agujero en la carretera además de eliminar aquella roca enorme.
Se le ocurre que es un estadounidense bien jodido en una tierra extraña. Se adormece de nuevo.
12
Despierta en la espectral luz del amanecer y al principio piensa que aún debe de estar dormido y tener una pesadilla. Enormes gusanos blancos reptan por el parabrisas del Binny. Lo miran con unos ojillos negros rebosantes de curiosidad malévola.
—Por Dios, señora T, ¿de dónde ha salido eso?
«No lo sé».
—Si tiene limpiaparabrisas, dele fuerte, por favor.
«No entiendo “dele”».
—Active el limpiaparabrisas, señora T, por favor.
El limpiaparabrisas se activa. Los bichos revientan y segregan un pringue verdoso.
«¿Quiere que limpie el parabrisas, comandante Iulia?».
—Sí.
Se elevan unos chorros azules. Los restos desmembrados de los gusanos desaparecen.
—Desbloquee las puertas, señora T.
Los seguros se abren. Jack sale. Flota en el aire un leve olor acre.
Emanado tal vez por las tripas de los bichos.
Desenfunda el bláster G-H y lo sostiene mientras orina, pero nada se abalanza sobre él.
Monta otra vez, ordena a la señora T que vuelva a bloquear las puertas y después le pregunta si conoce el Gran Desfiladero, o lo que los mannis llaman la Garganta.
Quizá debería habérselo preguntado antes, pero otras cosas le rondaban por la cabeza; por ejemplo la decapitación de un viejo amigo.
«Sí».
—¿Me llevará esta carretera hasta allí?
«Sí».
—¿A qué distancia está?
«A doscientas ruedas».
Joder. Eso implica otra noche en la carretera. Como mínimo. Incluso más si la carretera empeora. A Jack se le cae el alma a los pies. Este asunto se ha convertido en una soberana mierda. Mientras tanto, ¿qué estará ocurriendo en Pernil? ¿O en Dezi, si a eso vamos?
—¿A qué distancia al sur de las Tierras Arrasadas se encuentra la Garganta?
«Al sur de las minas, comandante Iulia, pero cerca de la Zona Prohibida conocida como Tierras Arrasadas. A diez ruedas. Puede que solo cuatro. La frontera de la Zona Prohibida es fluida».
—Cómo no. No haga caso, señora T. Hablaba solo.
«Así seguro que nadie le lleva la contraria».
Jack, un tanto boquiabierto, fija la mirada en los árboles esqueléticos que se alzan junto a la carretera.
—Señora T, ¿acaba de hacer un chiste?
«He aquí un chiste. Toc, toc».
—¿Quién es?
«Tomás».
—¿Qué Tomás, señora T?
«Agua».
—Ya lo pillo. Muy gracioso.
«Sí. ¿Quiere oír otro?».
—Ahora no. Active el piloto automático y lléveme a la Garganta.
Se pone en marcha el motor diésel. Jack, como sagaz polizonte que es, deduce que el sol no está aún lo bastante alto para que la señora T despliegue el panel solar. Con incesantes zarandeos y sacudidas, debidos a los baches y socavones causados por antiguas riadas, avanzan entre los árboles.
Por propia iniciativa, la señora Talbot dice: «La Garganta es un lugar peligroso, comandante Iulia».
—¿Por la radiación?
«También por la atracción», contesta la señora Talbot. Pese a que Jack la interroga, se limita a repetir esas palabras, como si no necesitara más explicación. O , piensa él, como si eso fuera lo único que está autorizada a decir a alguien como el comandante Iulia.